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En 1968 Philip K. Dick publicó la novela de ciencia ficción ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que se convertiría en obra de culto, y sirvió de argumento para el ahora clásico de la historia del cine, Blade Runner.

Cuando Julio Verne describió en De la Tierra a la Luna el “primer” vuelo tripulado a la Luna, y la tecnología necesaria para su lanzamiento, no podía imaginar lo cerca que estaba la humanidad de cumplir su sueño. Esta obra sirve de excusa al autor para proponer soluciones a algo que hasta hace poco era ciencia ficción: visitar nuestro satélite.

Leer en tiempos del digitalismo

Un ensayo fotográfico de André Kertész, donde las instantáneas nos muestran momentos de recogimiento y fascinación en torno a la lectura, se tituló sencillamente Leer. En una de las fotografías, tres niños húngaros desharrapados devoran con avidez, encorvados, el mismo libro.

El académico sueco Hans Rosling se percató del auge de una tendencia preocupante: aunque el mundo se esté convirtiendo en un lugar mejor, las personas de países con economías sólidas piensan todo lo contrario. No es de extrañar, ya que las noticias hablan de catástrofes naturales, ataques terroristas, guerras y hambrunas más que de otros asuntos.

La relación entre la vida contemporánea y el sistema de dominación (o de seducción) de nuestra era digital es el hilo conductor que sigue en sus libros el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959).

Cuando un teléfono deja de funcionar, la mayoría compramos uno nuevo. Pocos piensan que ese aparato podría ser reparado, reutilizado o incluso reciclado. Millones de dispositivos acaban acumulados en hogares o vertederos, convirtiéndose en una amenaza emergente para el medio ambiente y la salud.

Si algo nos han enseñado Twitter es que la gente prefiere las malas noticias, sobre todo cuando son falsas. Hagan la prueba y comprobarán que el catastrofismo o los comentarios apocalípticos son infalibles, tanto en esa como en otras redes sociales.

Para el académico de la lengua José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) la ciencia no promete “un destino eterno, o la demostración de que pertenecéis a una especie elegida, ni respuestas para todas las preguntas, ni siquiera, ¡ay!, virtud moral”; pero sí “respuestas fiables, entretenimiento y, sobre todo, dignidad”.

En cierta medida, este es un asunto generacional. Quienes crecimos disfrutando de las utopías de la ciencia-ficción, aún nos relacionamos con los robots o con la inteligencia artíficial como si aún fueran clichés del genero. Es decir, promesas del futuro que se cumplirán en una fecha indeterminada, cuando nuestros hijos o nietos estén preparados para ello.

Mis ojos se abren y contemplan las palmeras sobre fondo azul que resplandecen bajo el deslumbrante sol australiano. Es un día precioso que comienza apaciblemente. De forma instintiva, tanteo con las manos la mesita de noche buscando el smartphone para consultar mis mensajes pendientes.