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El propósito de la ciencia ficción no es adivinar el futuro. Sólo con el transcurrir del tiempo es cuando las obras (ya sean películas, novelas o comics) pueden verse con perspectiva e insertas en un momento histórico y social definido. Es fácil entonces darse cuenta de que su objeto de estudio es en realidad el presente del momento en que se crearon, con sus esperanzas, prejuicios, preocupaciones y circunstancias individuales y colectivas. Pero hay ocasiones en las que parece que parpadeos del lejano futuro consiguen abrirse paso hacia el pasado, aunque deformados, exagerados y magnificados por la borrosa lente a través de la cual miramos hacia el mañana.

La ficción especulativa británica disfrutó de un impulso fundamental en 1871, cuando la revista Blackwood publicó La Batalla de Dorking, de George T.Chesney –ya comentado en un artículo anterior–. Este relato de la derrota inglesa ante las fuerzas alemanas invasoras, como si se tratara de un terremoto, dio lugar a numerosas réplicas, fundando un subgénero de historias de guerras futuras cuyo éxito se prolongó hasta el estallido de la auténtica guerra en 1914. Los primeros seguidores/imitadores se decantaron por formatos en los que se presentaban las narraciones como “memorias”, pero no pasaría mucho tiempo antes de que esos relatos de conflictos situados en el futuro adoptaran el formato de novela.