Ana María Sánchez

Ana María Sánchez

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la divulgación científica. Es autora de cuentos, ensayos, novela y teatro. Ha sido responsable de numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. En 2003 recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar”.

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Papel verde

“Pues cómo ves”, me dijo el editor sin siquiera hacer alusión a nuestra querida revista. Me tendió un libro de no menos de 300 hojas aunque ligero como una pluma. Tenía muy buen aspecto, y no solo por su diseño convencionalmente atractivo o por su tamaño ergonómicamente perfecto, sino por una banda color verde hoja que delimitaba el primer sexto de la portada de arriba hacia abajo. Sustentabilidad, anunciaba el título, tema oportuno y actual, si los hay. Se trataba de una compilación de textos sobre un concepto considerado clave para la supervivencia de la humanidad.

A mi hermana Carmen
Este texto debe mucho al Metro y al Pumabús, mas no porque lleven a quien lo escribe a su destino mañanero, sino por la inspiración que le significan.

La leche

Günter Grass, autor de El tambor de hojalata, describe cómo los extremos de la vida se asemejan. Oskar, el protagonista, niño vitalicio por decisión propia, toca el tambor frente a un grupo de ancianos, sus oyentes más numerosos y agradecidos.

El bibliotecario lector

En los años 90 surgió la idea de que la mente humana, de forma muy elemental, está compuesta de módulos que realizan tareas especializadas, módulos que ya traemos como parte de nuestra “programación”. Salta a la vista que clasificar, o categorizar, es uno de ellos; su estudio es parte de la psicología cognitiva y de la filosofía del lenguaje.

Forúnculos famosos

Los forúnculos son dolorosos, pero no es eso lo que los hace tan conocidos. Su popularidad se debe a que son muy comunes y han acompañado desde siempre a la doliente humanidad, como lo constatan algunas momias egipcias.

Callar

El verbo callar tiene varias acepciones, todas en torno a dejar de hacer ruido. Puede callar una persona, un violín, una rana o el viento. Una persona calla por conveniencia, por educación, por timidez... Callar es abstenerse de manifestar lo que se siente o se sabe.

En un centro comercial por el que pasé el otro día se atravesó ante mi vista una pared inmensa compuesta de pantallas. En un despliegue tecnológico apareció primero en cada pantalla una imagen diferente, luego una misma imagen en todas las pantallas y después una composición: la imagen anterior amplificada y dividida entre todas las pantallas.

Chicle fosforescente

A pesar de la conseja de las abuelas sobre mascar chicle como actividad vulgar, especialmente si se produce con tronidos, sabios de todos los tiempos han dicho que mascar chicle estimula la concentración y reduce la ansiedad y el estrés, entre otros amables efectos, aunque también contribuye a tragar más aire y por tanto a expulsarlo, con lo que la concentración podría disminuir y aumentar el estrés social, me imagino. Hay muchas cosas que podría decir la ciencia del chicle: basta con leer el artículo No pegues tu chicle publicado en el nº 81 de ¿Cómo ves?

A finales de los años 80 se presentó con gran éxito una exposición fotográfica a lo largo de los túneles que conectan las líneas cinco y tres del Metro de la Ciudad de México en la estación La Raza. Las fotografías se tomaron del libro Potencias de diez, donde una serie de imágenes de tamaño progresivamente creciente o decreciente en órdenes de 10 ilustra lo más grande y lo más pequeño que conforma la actual noción del mundo, noción derivada de la ciencia.

Ivan Ilich se muere

Hace algunos años, cuando daba clase de redacción en un posgrado de biomedicina, para señalar la necesidad de que un profesionista tuviera una cultura amplia, más allá de sus necesidades e intereses técnicos, insistí en que mis estudiantes leyeran literatura, acudieran a conciertos y vieran buen cine.

¿Robot yo?

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

En una ciudad tan activa como la Ciudad de México, cada manzana ostenta cuando menos una propiedad en venta. Las agencias de bienes raíces han proliferado, y sus anuncios, aunque diversos en diseño, comparten casi todos una torpeza lingüística: "Se vende previa cita".

Simulación

Gente muy letrada hay que se considera afrentada si se le pregunta qué libro elegiría, en caso de quedar varada en una isla tropical y solitaria, para pasar sus días y noches leyéndolo, mientras escucha el rumor del mar e imagina el ronroneo de las máquinas del buque que viene al rescate. Es una afrenta no porque no suela viajar en barco o porque no acostumbre llevar consigo su libro favorito, sino porque es imposible tener siquiera un autor favorito. ¿Cervantes o Shakespeare?, por ejemplo. Confieso que yo respondería al instante y sin ofenderme: me llevaría sin dudar los cuentos completos de Chéjov, pues no hay nada humano que le sea ajeno, lema del cartaginés Terencio.

La charca del diablo

Viví intrigada durante muchos años por una predilección que no comprendía: la de mi madre por La charca del diablo, novela breve de George Sand. La incomprensión se debía a varios factores, no el menor a mi ignorancia del idioma. Ella insistía en que estudiara el francés en serio. Arrepentida, confieso que desoí su atinado consejo, así que durante muchos años me perdí La mare au diable.