El efecto placebo y algo más (o menos)

El efecto placebo y algo más (o menos) Imagen superior: Alina Sandu, CC

Vuelvo a tratar el tema del optimismo y el pesimismo, ahora para ver su relación indudable con el efecto placebo: nos dan un azucarillo diciéndonos que es una potente medicina y nos ponemos mejor.

Hasta hace poco el efecto placebo se consideraba un interesante fenómeno psicosomático que parecía consistir en que nuestro convencimiento de que estábamos tomando una buena medicina podía hacer que nos sintiéramos mejor (aunque no lo estuviéramos), o que al mejorar nuestro estado de ánimo nuestro organismo luchaba mejor contra la enfermedad. Sin embargo, hace poco se ha descubierto que el efecto placebo es literal: no es que no percibamos o no hagamos tanto caso al dolor que realmente sentimos, es que no lo sentimos.

“Encontramos que los placebos disminuyen la respuesta cerebral al dolor en áreas que parecen codificar la magnitud de la experiencia dolorosa. Esto sugiere que dicha experiencia se altera realmente”. ( Dr. Tor Wager, de la Universidad de Columbia en Nueva York, en Doyma)

El efecto placebo parece mostrar, pues, que el optimismo ante un tratamiento determinado puede contribuir a mejorar nuestra salud. Eso plantea ciertos problemas, algunos seguramente insolubles. Por ejemplo, la obligación de informar al enfermo de lo que le pasa y no ocultárselo deliberadamente. Es un derecho, establecido por ley más o menos explícita en muchos países, al que es difícil oponerse, debido a diversas razones. Pero eso no impide que si el asunto nos afecta personalmente, y si sabemos que un medicamento no tiene efectos positivos más allá del efecto placebo, dudemos si no será mejor decirle a alguien a quien queremos que el medicamento funciona.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que recientes investigaciones parecen mostrar un resultado aún más asombroso del efecto placebo: en algunos casos funciona incluso si el paciente sabe que está tomando un placebo, es decir, incluso si sabe que es mentira que el medicamento sea efectivo. Eso debería hacernos sospechar que al menos parte del efecto placebo no se explica por el autoengaño del paciente, sino simple y sencillamente porque hay un porcentaje de pacientes que mejorará tome lo que tome. Es decir, dada una muestra de enfermos, un porcentaje de ellos, supongamos que entre un 10 y un 15 por ciento, mejorará, incluso aunque no tome nada, confíe o no confíe en sus medicinas y piense o no piense que se va a curar.

Es algo que saben muy bien quienes venden las llamadas medicinas alternativas, entre ellas los productos homeopáticos. Incluso en el peor de los casos (la nula efectividad del producto) siempre habrá pacientes que mejorarán por simple casualidad o por muy diversas causas no relacionadas con el producto curativo en cuestión.

Imaginemos a 100 personas que quieren adelgazar. Al cabo de tres meses, si volvemos a examinarlas, descubriremos, por ejemplo, que:

el 55 por ciento se mantienen en el mismo peso

el 25 por ciento han engordado

el 20 por ciento han adelgazado

Eso sucederá en cualquier circunstancia. No hay ningún misterio en ello. Los porcentajes pueden variar, pero es obvio que el 100 por cien de las personas no se mantendrán tal como estaban. Así, pues, si alguien hace un tratamiento a esas cien personas con cualquier cosa, al cabo de un tiempo podrá atribuir el 20 por ciento de mejoras a su intervención. Además, el 55 por ciento que se mantenga estable, quizá hasta repita el tratamiento, porque, al fin y al cabo, no ha empeorado y, además, tiene el testimonio de los que han mejorado. En cuanto a los que han empeorado, es fácil no tener en cuenta su testimonio con diversas tácticas: no han seguido bien el tratamiento, son precisamente un porcentaje “inevitable” en los que no funciona el producto, etcétera. Aunque el mejor truco, que se emplea a menudo es presentar los resultados de la siguiente forma:

“El 75% de las personas tratadas se ha mantenido estable o ha adelgazado”

Continúa en: Y finalmente… el efecto nocebo

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/
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