Un optimista es sólo un pesimista bien informado

Un optimista es sólo un pesimista bien informado Imagen superior: Ilkka Jukarainen, CC

En la continua pugna entre pesimistas y optimistas, hasta hace poco los optimistas se llevaban todo lo bueno, excepto la capacidad de informarse: “Un pesimista es sólo un optimista bien informado”, o bien: “un optimista es sólo un pesimista mal informado”, decían, ufanos, los pesimistas.

No estar informado implicaba para el optimista algunas de las siguientes calificaciones: ingenuidad vergonzosa, complicidad con el sistema, ceguera ante lo que le rodea, indiferencia hacia el sufrimiento, buenismo infantil…

Naturalmente, no todos los optimistas acumulaban esa ristra de defectos, pero eso era más o menos lo que se daba a entender al decir que estaban mal informados: si estuviesen bien informados, se convertirían en pesimistas. Dicho de otra manera: eran optimistas porque estaban mal informados. Ya lo decía García Márquez: “Cuando yo era feliz e indocumentado”.

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Heráclito y Demócrito, por Johann Moreelse. Hay que suponer que el joven es Demócrito, aunque su actitud es extraña, más que reír, parece disfrutar con el dolor de su compañero.

Las cosas están cambiando y ahora resulta que los optimistas están mejor informados que los pesimistas, algo que ya sabíamos quienes nos situábamos más cerca del optimismo que del pesimismo, precisamente porque estábamos mejor informados.

Resulta que las personas optimistas, como leí hace poco en una revista de divulgación científica, viven mucho mejor que los pesimistas. No sólo porque su carácter les hace capaces de enfrentarse a los problemas, a los mismos problemas que derrumban a los pesimistas, sino también porque su manera de ver el mundo les da más oportunidades de disfrutar de cosas que a los pesimistas les pasan al lado sin que las vean. Incluso se podría decir que los optimistas disfrutan más del tiempo (e incluso de más tiempo), porque pierden mucho menos tiempo lamentándose.

Sin embargo, el problema que tienen los optimistas es que desde un punto de vista filosófico su postura tiene poco glamour. Excepto entre la mayoría de los filósofos de la antigua Grecia, algunos heterodoxos de la India, varios taoístas, algunos raros filósofos chinos de la época de las cien escuelas y muchos de los ilustrados (que eran pesimistas informadísimos y, por tanto, optimistas), no recuerdo ahora muchos pensadores que considerasen que la meta del ser humano ha de ser la búsqueda de la felicidad, o que la postura vital más adecuada es el optimismo, sobre todo en los últimos doscientos años.

Se da la curiosísima paradoja de que la fe en el progreso, considerada hoy en día como un cachivache filosófico que hay que tirar a la basura, siempre decae en los momentos en los que precisamente se demuestra que las cosas pueden mejorar, dando pábulo a que los pesimistas se hagan con el mando proclamando que nada tiene remedio, pero asegurando que ellos tienen la solución, casi siempre dolorosa y sangrienta, como todo tratamiento drástico y radical. Una paradoja de este tipo es la de los fervorosos fans de la alienación, que consideran alienadas precisamente a las sociedades menos alienadas, que son casualmente las que ellos tienen el privilegio de habitar. En las sociedades verdaderamente alienadas es imposible percibir siquiera la alienación.

Pero ahora la diferencia entre optimismo y pesimismo se empieza a poder medir, y como parece que si una cosa se mide entonces es más cierta (lo que tiene su parte de verdad, quizá también cuantificable), el optimismo empieza a tener cierto glamour intelectual, porque al menos la ciencia lo respalda. El problema es que este glamour está en riesgo de perderse a causa de la avalancha de libros de autoayuda más o menos simplistas que inundan las librerías.

Continúa en: Los libros de auyoayuda

[Publicado el 10 de octubre de 2005 en Mundo Flotante]

NOTA en 2012: Quizá sea necesario aclarar que mi opinión acerca del optimismo no tiene absolutamente nada que ver con esa moda llamada pensamiento positivo, que consiste más que nada en negarse a ver la realidad y practicar el autoengaño.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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