Alan Turing: el genio y la leyenda

Alan Turing: el genio y la leyenda Ilustración del número especial que la revista "Nature" dedicó a Alan Turing en febrero de 2012 © 2014 Copyright Andy Potts Limited.

Hasta hace poco, Alan Mathison Turing (1912-1954) era un personaje conocido sólo por el reducido grupo de los nerds aficionados a la computación, la inteligencia artificial, la criptografía y demás disciplinas arcanas.

La vida de Turing se ha convertido en toda una leyenda. De hecho, ya se han rodado algunas películas sobre su dramática existencia. En 1996 se emitió por televisión Breaking the Code, con Derek Jacobi dando vida al personaje. Posteriormente, Ed Stoppard interpretó ese mismo papel en Codebreaker (2011), y tres años después, llegó a los cines The Imitation Game, un largometraje dirigido por Morten Tyldum. En esta ocasión, quien interpreta a Turing es el actor Benedict Cumberbatch.

“The Imitation Game (Descifrando Enigma)” © 2014 Black Bear Pictures y Bristol Automotive. Cortesía de Tripictures. Reservados todos los derechos.

Oí hablar de él por primera vez en relación con su “prueba de Turing”, propuesta en 1950 para determinar si una máquina puede ser inteligente, y que lo llevó a ser considerado el padre de la inteligencia artificial.

Este experimento mental consiste en poner a un “juez” humano ante dos pantallas de computadora, conectadas a otras dos pantallas en cuartos separados.

En una hay una persona; en la otra, una máquina. El juez no sabe y tiene que decidir, basándose sólo en los mensajes que aparecen en su pantalla, cuál de los dos es la máquina y quién el humano.

Si la máquina logra engañar al juez, la podemos considerar “inteligente”. Turing planteaba juzgar la inteligencia no por cómo funciona la máquina, sino por sus resultados; una postura notoriamente avanzada para su tiempo, que todavía hoy cuestionan quienes se niegan a aceptar que una máquina pueda ser “realmente” inteligente, haga lo que haga…

Turing era ya famoso, respetado e influyente por haber colaborado de forma crucial en la victoria aliada durante la Segunda Guerra Mundial, al inventar un método matemático robusto para descifrar los mensajes en clave que los alemanes generaban usando la máquina Enigma.

Pero quizá su logro más importante haya sido su “máquina universal de Turing”, concebida en 1936 para responder la pregunta “¿es posible inventar una única máquina que pueda usarse para computar cualquier secuencia computable?”.

En otras palabras, una máquina que pudiera realizar cualquier operación lógica con datos.

¿Suena conocido? Gracias a este invento teórico, que lo convierte en uno de los padres de la computación, hoy contamos con las computadoras con que trabajamos y que hacen funcionar nuestros teléfonos celulares, reproductores de música, autos, aviones, televisores y juegos digitales, así como el tráfico, las telecomunicaciones y prácticamente todo artefacto moderno.

Todas ellas se basan en la lógica de algoritmos (“conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”, define la Real Academia), que Turing planteó para su máquina. Ésta era una construcción mental que constaba de una memoria, un lector, una cinta infinita en la que se podían escribir, leer y borrar datos, y una tabla de instrucciones. Turing describió cómo, siguiendo una serie de procedimientos lógicos detallados, tal máquina podría ir leyendo lo escrito en la cinta, y demostró matemáticamente que podría ejecutar cualquier operación y simular a cualquier otra máquina que manejara datos.

Turing también exploró lo que hoy se conoce como biología teórica, proponiendo mecanismos químicos que podrían explicar la formación de patrones biológicos. Hoy el estudio de la morfogénesis, el desarrollo de los órganos de los seres vivos a partir de las señales químicas que se difunden entre las células del embrión, confirma que sus intuiciones eran correctas.

Pero la leyenda toma vuelo con su caída en desgracia. Turing era homosexual de clóset (la única forma de serlo en la Inglaterra de los 50, en que la “sodomía” era un delito punible con cárcel). En 1952, un ligue casual, a quien invitó a su casa, le robó. Turing denunció el delito, y al hacer la investigación salió a relucir su homosexualidad.

Las cartas se voltearon y Turing fue condenado a la cárcel o bien a recibir un tratamiento con hormonas femeninas (la famosa “castración química”).

Aceptó la segunda opción, obviamente, pero ello le causó graves trastornos emocionales, además de impotencia. Se le impidió seguir colaborando con las autoridades antiespionaje británicas y no pudo seguir utilizando las avanzadas computadoras que éstas poseían.

El 8 de junio de 1954 su sirvienta halló su cuerpo en la cama, envenenado con cianuro. Se dice que Turing, de 41 años, se suicidó debido a la depresión que su tratamiento le causó. Junto a su cama se halló una sugestiva manzana mordida.

Su película favorita era Blancanieves y los siete enanos; muchos asumieron que Turing, aficionado a la química —tenía un laboratorio en un cuarto anexo— había envenenado la manzana para suicidarse.

Sin embargo, y aunque se ha reconocido a Turing como una víctima más de la homofobia imperante, investigaciones posteriores cuestionan la versión del suicidio.

Es posible que se haya envenenado accidentalmente, al aspirar vapores de cianuro, que usaba para recubrir cucharas con oro; solía comer una manzana antes de dormir, y no siempre se la acababa; era descuidado en el laboratorio, y los testimonios no indican que estuviera deprimido. Nos quedaremos con la duda.

Por cierto, la versión de que el logotipo de Apple Computer —una manzana mordida—sea un homenaje a Turing, aunque atractiva, es también una leyenda.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

 

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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