Difusión cultural de la ciencia

Difusión cultural de la ciencia Imagen superior: Hartwig HKD, "Beauty of Time", CC

¿Se puede hacer divulgación científica si uno no soporta a los niños, no le interesan las noticias científicas y no pretende enseñar nada?

Es frecuente que los solteros de más de treinta que no tenemos hijos enfrentemos un problema: qué hacer cuando la conversación, en un grupo de amigos, deriva –caso frecuente y casi inevitable– al tema de la crianza, virtudes y cuidado de los respectivos vástagos.

Enfrentado con esta situación, se me ocurren varias posibilidades. 1) Levantarse violentamente de la mesa y abandonar la habitación dando un portazo, opción claramente poco viable (a menos que quiera un quedar excluido del grupo de amigos). 2) Vetar el tema, otra alternativa poco prometedora e injustamente impositiva. 3) Resignarse a estar callado y escuchar a los presentes disertar interminablemente sobre un tema en el que uno no tiene el menor interés hasta que se les acabe la cuerda. Recurso que, desde luego, tampoco me parece aceptable.

No tengo la solución a este dilema (me enfrento a otro equivalente cuando la conversación, normalmente en un grupo de puros hombres, gira hacia otro de mis temas aborrecidos: el futbol). Pero la situación es semejante a la que enfrentamos los divulgadores de la ciencia que no queremos hacerle la competencia los maestros de escuela, ni nos interesa entretener infantes, ni nacimos con vocación de periodistas.

El primer caso se encarna en la llamada "enseñanza no formal" de la ciencia, que hasta donde alcanzo a entender es una especie de escuela fuera de la escuela, donde se pretende que los alumnos aprendan los conceptos científicos que sus maestros –o las lagunas en los programas de estudio, o la falta de tiempo– no les permitieron asimilar.

El problema es que precisamente una de las características esenciales de la divulgación científica, incluso una de sus mayores virtudes, es ser una actividad que busca acercar al público a la ciencia como algo que se hace por gusto, no como obligación. Y es sabido que para aprender algo, máxime si se trata de conceptos relativamente complejos o abstractos como los que pueden hallarse en la ciencia, es necesario hacer un cierto esfuerzo intelectual y de atención. En una escuela se cuentan con las condiciones para exigir a los alumnos esta dedicación, pero difícilmente puede lograrse esto cuando, por ejemplo, se visita un museo, se lee una revista o se observa un programa de televisión. Todo esto me hace pensar que probablemente la pretensión de "enseñar" ciencia sea una meta fútil para el divulgador científico.

La ciencia como mero entretenimiento infantil es otro objetivo que no resulta excesivamente prometedor para el divulgador de la ciencia. La diferencia entre una auténtica labor de divulgación –que implica necesariamente poner la ciencia al alcance de un público que no está en contacto directo con ella ni con sus lenguajes especializados– y un enfoque meramente recreativo es más o menos la que puede hallarse entre un centro de ciencia como el Exploratorium de San Francisco –o, en nuestras latitudes, un museo como Universum, por ejemplo– y un parque temático de diversiones como Epcot Center. Quizá el entretenimiento habría que dejárselo a los profesionales; por otro lado, no puedo evitar sentir que presentar la ciencia como mero entretenimiento es devaluarla un poco (opinión que, desde luego, es estrictamente personal).

El periodismo científico, por su lado, es una labor que admite muchas variantes, pero que esencialmente se caracteriza por enfocarse en lo novedoso. Se podría decir que para que algo sea periodismo tiene que se noticia: novedad. Otras características frecuentes en el trabajo periodístico son la premura con la que tiene que trabajarse y la necesidad imperiosa de contar con fuentes autorizadas y confiables, cuya información debe regularmente confirmarse, normalmente recurriendo a otras fuentes. Muchos divulgadores de la ciencia, sin embargo, nos interesamos por tratar temas que no son ni novedosos ni necesariamente importantes, aunque sí muy interesantes. El público, por su parte, necesita, para desarrollar una cultura científica, contar con antecedentes y un panorama que le permita desarrollar una perspectiva en la que las últimas noticias científicas puedan ser interpretadas y cobrar sentido, labor que no siempre logran hacer los periodistas científicos, ya sea por falta de espacio, de tiempo o hasta de interés.

Bien; y entonces, ¿a qué quiere dedicarse este hipotético divulgador científico al que describo triplemente amenazado por Escila, Caribdis y su hermana desconocida?

Simplemente a difundir, divulgar, compartir algo que a él mismo (o ella) le causa placer, le interesa y le permite llevar una vida más rica y útil: la ciencia, entendida no sólo como conocimiento, sino también como método y como forma de enfrentar la realidad.

Esta visión de la ciencia es muy similar a la que adoptan los artistas y quienes se dedican a labores de difusión cultural cuando organizan conciertos, sesiones de lectura de poesía, espectáculos de danza, recorridos arquitectónicos o exposiciones de cuadros o esculturas. No se trata de enseñar, ni de dar noticias, ni tampoco simplemente de entretener o divertir (para ello está la feria, la tv o el cine). Se trata de poner al alcance del público una parte de la cultura con la que normalmente no tiene contacto por iniciativa propia, pero que creemos que vale la pena compartir.

Así como vale la pena, a pesar del poco público que pueda apreciarlo, apoyar a un grupo que interpreta música antigua con instrumentos originales de la época, es válido defender una visión cultural de la divulgación científica que no la conciba como algo obligatorio, necesario y ni siquiera útil, sino simplemente como algo interesante, hermoso y enriquecedor. Como el arte, la ciencia no tendría por qué justificar su valor. Finalmente, junto con el arte, la ciencia es uno de los logros más elevados de la especie humana, ¿no es así?

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Humanidades, periódico de la Dirección de Humanidades de la UNAM. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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