El problema con la ciencia

Hace unos días compré, por 25 pesos, un billete de la Lotería Nacional con el que, si le pego al número premiado, podría ganar unos 300 mil pesos. Lo compré no por hábito, sino porque me hizo gracia que la ilustración, que muestra el bien conocido logotipo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), que celebra su 45 aniversario.

Mi gesto podría parecer supersticioso: apostarle a ganarse la lotería es el ejemplo clásico de dejar las cosas a la suerte. Pero lo cierto es que alguien, inevitablemente –salvo casos de excepción– gana en cada sorteo de la Lotería. ¿Por qué no yo? Por otro lado, si no compro nunca un billete es seguro que jamás ganaré premio alguno.

Pues bien: uno de los principales problemas que tiene la ciencia, o más bien la percepción que muchos tenemos de ella, es que se trata de una actividad que puede planearse. Que uno puede decidir que va a dedicar tantos millones de dólares a desarrollar un maíz resistente a las sequías, o a producir la vacuna del sida o del resfriado común, o a generar baterías que permitan tener autos eléctricos seguros y baratos, o celdas solares más eficientes, y el resultado se obtendrá inevitablemente, con sólo dedicarle suficiente dinero y trabajo.

Esta visión, que comparte no sólo el ciudadano común, sino también los gobernantes y tomadores de decisiones, proviene de no entender el carácter fundamentalmente darwiniano de la investigación científica (y quizá de ver, cuando eran niños, demasiadas caricaturas en las que aparecen científicos que producen la máquina del tiempo o la fórmula de la invisibilidad con sólo pasar unos minutos metidos en su laboratorio secreto).

En realidad, un investigador puede decidir qué investigar, y puede soñar qué le gustaría descubrir, pero nunca puede saber con certeza qué hallará. La historia de la ciencia está llena de ejemplos de descubrimientos producidos totalmente al azar. Y en la práctica cotidiana de la investigación científica, los investigadores continuamente tienen que improvisar ante datos inesperados, problemas no previstos y hallazgos casuales que pueden llevar a resultados totalmente distintos de los que buscaban en un inicio… y que a veces resultan de mucha mayor importancia.

Por eso, cuando se juzga a la investigación científica con criterios eficientistas, como si fuera una labor comercial, se comete una gran injusticia. Igual que ocurre en la evolución biológica, y en todos los procesos darwinianos, en ciencia se necesita explorar azarosamente una gran cantidad de posibles rutas para hallar la opción óptima que permita avanzar. Hay que comprar muchos boletos, en forma constante, para ganar, de vez en cuando, premios grandes que paguen con creces todo lo invertido.

Los países ricos e industrializados lo saben: son lo que son gracias a que apoyan a una gran cantidad de científicos para que realicen investigación en una amplia gama de temas. Los países que sólo apoyan unos cuantos proyectos que prometen resolver los “grandes problemas nacionales” son como yo, que creo poder ganar la lotería comprando sólo un boleto muy de vez en cuando. Como dijera hace algunas décadas el doctor Ruy Pérez Tamayo, lo importante no es apoyar la “mejor” ciencia, sino apoyar toda la ciencia, siempre que esté bien hecha.

Creo que el Conacyt, en estos 45 años, y a pesar de sus fallas y carencias, de las críticas que ha recibido y de lo mucho que podría mejorar, ha logrado impulsar el desarrollo, perfeccionamiento y calidad de una gama amplia de proyectos de investigación científica y tecnológica en México. Sin Conacyt, la situación de la ciencia en nuestro país, y del país en general, sería mucho peor.

(Ahí les aviso si me gano la lotería.)

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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