Genes, razas y racismo

El tema de las razas humanas siempre levanta polémica. Y resurge periódicamente.

En 1994 un libro llamado La curva de campana (The bell curve), del psicólogo Richard Herrnstein y el politólogo Charles Murray, ambos estadounidenses, causó gran revuelo al afirmar que la inteligencia humana (medida como IQ, concepto ya bastante polémico en sí mismo) presentaba diferencias entre las distintas razas humanas, y que estas diferencias podían atribuirse a los genes.

Se imaginará usted la discusión que siguió. Todo tipo de especialistas en ciencias sociales y humanidades, además de biología, psicología y genética, denunciaron al libro como racista. Y con razón.

Más recientemente, el famosísimo biólogo James Watson, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN, se suicidó académicamente en 2007, mientras promovía su más reciente libro Prohibido aburrirse (y aburrir) (Avoid boring people), al declarar que la inteligencia de los negros era inferior a la de los blancos. (Probablemente pensaba que estaba ayudando a combatir la injusta situación de la población negra de África, al pedir que tal diferencia de inteligencia se tomara en cuenta al diseñar políticas educativas… Pero su legendaria torpeza y falta de tacto le impidió darse cuenta de las implicaciones racistas de lo que para él eran simplemente “datos”.)

Pues bien: en 2015 se presentó la edición en español del libro Una herencia incómoda (A troublesome inheritance, 2014), del periodista científico inglés Nicholas Wade. ¿Su tesis? Que los modernos estudios de genomas humanos permiten reconstruir la historia de nuestra especie en los últimos 50 mil años, a partir de nuestro origen en África, y muestran que conforme los grupos humanos se fueron dispersando geográficamente, fueron acumulando cambios evolutivos que hoy explican la existencia de tres (o cinco, o siete, pues el dato cambia a lo largo del libro) “razas continentales” humanas (blancos, negros y asiáticos, a las que podrían añadirse otras).

Esto bastaría para levantar controversia, pero Wade va mucho más allá: argumenta que son esas diferencias genéticas entre razas las que explican las características de las diversas culturas (la democracia e innovación occidentales, la sumisión y respeto por la tradición de los orientales, por qué los judíos ganan tantos premios Nobel, por qué las sociedades árabes tienden al autoritarismo y las africanas a la organización tribal, entre otras barbaridades).

En otras palabras, Wade pretende reducir no sólo las características físicas raciales, sino la historia humana entera, y las peculiaridades de las distintas sociedades, a la influencia de los genes en el comportamiento de los individuos de cada “raza”.

El debate que se ha desatado es intenso, y proseguirá. Pero conviene aclarar un poco qué hay detrás del concepto de raza.

En primer lugar, no es una categoría biológica claramente definida, sino un nivel de clasificación (inferior al de especie y subespecie) informal y más bien arbitrario. Obviamente, las diferencias en el promedio de ciertas características físicas (color de piel, cabello, estatura…) existen objetivamente, y tienen bases genéticas. Pero son generalizaciones del promedio de lo que en realidad es un mar de variaciones individuales, y no equivalen a “razas” en el sentido que éstas existen en otras especies.

Dentro de cada población hay varias versiones (alelos) de cada uno de los genes que controlan estas y otras características de los individuos. Además, su expresión depende de las condiciones ambientales. Pensar en una “raza” como si fuera un grupo homogéneo es incorrecto. Mas aún: si se analiza la variación en la composición genómica de las distintas poblaciones humanas que ocupan los distintos lugares geográficos (qué alelos de ciertos genes son más predominantes en la población, y cuales son minoritarios o están ausentes), se hallará que no hay bordes definidos, sino grupos diversos que, aunque en promedio difieren entre sí, se mezclan continuamente, sin separación.

En segundo lugar, la cantidad de diferencias genéticas (en promedio) entre las varias “razas” humanas (que, como el propio Wade muestra, se definen arbitrariamente) es ínfima. Mucho menor que la que separa, en promedio, a dos individuos cualesquiera.

Las razas caninas, por ejemplo, son genéticamente más distintas entre sí; y aun así, más allá de las obvias diferencias físicas, desde el punto de vista biológico y evolutivo resultan una sola especie: las diferencias entre ellas no justifican considerarlas siquiera como subespecies.

Para todo fin práctico, entonces, la existencia de razas humanas es sólo una manera arbitraria de clasificar individuos. Una manera que además resulta muy poco confiable, y para colmo, que socialmente causa muchos problemas. Esto no quiere decir que ciertas poblaciones no tengan ciertas características que las distinguen, en promedio, de otras poblaciones, como tener piel más morena o ser más susceptibles a ciertas enfermedades (esto último es importante por ejemplo para desarrollar tratamientos médicos y políticas de salud adaptadas a las características de las distintas poblaciones).

Lo que quiere decir es que considerar tales diferencias como algo biológicamente importante, algo que define a distintos tipos de ser humano, es erróneo.

Finalmente, Wade también yerra al suponer que las diferencias entre poblaciones humanas evolucionaron por selección natural, dando origen a “razas” adaptadas a distintos ambientes. Numerosísimos estudios de distintas disciplinas (antropología, genética de poblaciones, biología evolutiva, paleontología) muestran que fueron otras fuerzas evolutivas, como la deriva génica (producto del aislamiento geográfico de ciertas poblaciones) o el intercambio de genes de una población a otra (flujo genético), no la selección natural, lo que generó estas diferencias, y por tanto ello no implica que las distintas “razas” estén “mejor adaptadas” a ciertos ambientes, ni que debido a ello presenten ciertas temperamentos.

Pero quizá lo más importante es que gente como Wade, Watson o Herrnstein y Murray olvidan que la idea de “raza” humana no es un concepto biológico, sino social. Por eso su uso da pie a interpretaciones que, más allá de sonar ofensivas, tienen consecuencias graves a nivel individual, social, legal, de derechos humanos y en muchos otros ámbitos.

Como dice Arthur Allen en una reseña del libro de Wade publicada en el New York Times, “Pocas áreas de la ciencia han contribuido más a la infelicidad humana que el estudio de las diferencias raciales”. Presentar los estudios sobre raza como conocimiento científico y pretender justificar con ellos juicios infundados sobre poblaciones humanas es un típico ejemplo de mala ciencia. Mal planteada, mal interpretada y que sólo sirve para justificar la injusticia.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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