La ciencia: una inteligencia colectiva

La ciencia: una inteligencia colectiva Imagen superior: Sherman Geronimo-Tan, Science Experiment, CC

Vale la pena divulgar la ciencia. No sólo por su gran utilidad práctica y por lo urgente de ampliar la comunidad científica. No sólo por lo necesario que es incorporar el pensamiento científico a la cultura mexicana para acercarnos aunque sea un poquito a salir del subdesarrollo. No sólo por el valor intrínseco de la visión del mundo que nos da la ciencia, que al igual que las visiones poéticas o literarias, las artes bellas o populares y las tradiciones, merecen la pena de ser divulgadas sólo para que los demás tengan también oportunidad de conocerlas y disfrutarlas.

No: también es necesario divulgar la ciencia auténtica (la que es reconocida y aceptada, luego de haberla puesto a prueba y discutido, por la comunidad científica) como una forma de poner límites a los abusos y trampas de todo tipo de charlatanes, que descubren que empanizando sus productos chatarra en una delgada capa de lenguaje científico pueden disfrazar el sabor del fraude y aumentar sus ventas (y sus ganancias).

Y sin embargo, queda la duda: ¿cómo es que charlatanes como la señora JZ Knight, dueña de la Escuela de Iluminación de Ramtha, logran convencer a varios físicos serios y (más o menos) reconocidos de convertirse en sus discípulos y prestarle su apoyo? Sus testimonios aparecen en su filme promocional, disfrazado de documental filosófico–científico, What the bleep do we know (¿Y tú qué $%&?#* sabes?). Uno esperaría que contaran con las herramientas para distinguir un engaño bien disfrazado de una ciencia auténtica. ¿Cómo explicar su credulidad?

El apoyo de los científicos a charlatanes, que los usan como una excelente forma de propaganda (el viejo truco de buscar el apoyo de una autoridad para lograr que los demás crean lo que uno dice), es muy común, y en lo personal me produce una gran desazón. Me consuela recordar que la idea de que los científicos son seres superiores; más inteligentes que el resto de los mortales, es sólo uno más de los mitos que existen acerca de la ciencia.

En realidad, por más que se nos siga vendiendo la imagen del científico genial tipo Einstein, la ciencia no es una empresa individual, sino colectiva. No basta con tener buenas ideas: hay que someterlas a prueba. Y no sólo a la prueba del experimento, sino a la más importante: la de la aceptación de una comunidad de colegas bien preparados para cuestionar las hipótesis que planteamos.

Varios filósofos han planteado que la ciencia (el sistema más avanzado que conocemos para predecir lo que puede ocurrir en nuestro entorno, y por tanto aumentar nuestras posibilidades de supervivencia) es el más elevado escalón en la escala de evolución de la inteligencia. Ello se debe a que aprovecha nuestras capacidades de comunicación para unir los cerebros de los científicos en una labor de pensamiento colectivo (por medio del lenguaje y la cultura, no telepatía). Se suman así las capacidades creativas y críticas de cientos de individuos para generar hipótesis y examinarlas, y quedarse finalmente con las más robustas y resistentes.

Pero el carácter colectivo de la inteligencia científica no obsta para que individualmente los científicos puedan actuar como tontos. Tener un doctorado en ciencia no lo hace a uno más inteligente; formar parte del riguroso proceso de pensamiento colectivo de la ciencia, sí. Quizá por ello seguiremos viendo, de vez en cuando, personalidades científicas respetables que apoyen a charlatanes; no por ello debemos tragarnos la píldora, ni dejar de tener confianza en la ciencia. ¡Después de todo, los científicos son sólo humanos!

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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