Suicidio homeopático

Suicidio homeopático Imagen superior: James Randi demuestra la inocuidad e ineficacia de la homeopatía en Helsinki (Autora: Maria Morri, CC)

A pesar de su fama y de los millones de personas en todo el mundo que juran que es de lo más efectiva como “medicina alternativa”, la homeopatía nunca ha logrado el reconocimiento de la medicina científica.

Esto se debe no a prejuicios ni a complots de transnacionales médicas para acabar con esta competencia, más barata. No. Simplemente, se debe a que la efectividad de esta medicina –que por cierto no es, ni mucho menos, “milenaria”, pues fue inventada a finales del siglo XVIII por el médico alemán Samuel Hahnemann (1755–1843)– nunca ha podido ser demostrada en estudios clínicos rigurosos.

Quizá convenga explicar un poco. A pesar de que usted seguramente conoce personas que dirán que la homeopatía los ha curado de diversas enfermedades –quizá usted mismo haya vivido este experiencia–, existen también infinidad de testimonios personales, igual de confiables, que afirman que ciertas imágenes religiosos realizan curas “milagrosas”, o que los cristales de cuarzo, los péndulos o los imanes sirven para lo mismo. (Para el caso, hay también miles de personas que aseguran haber sido secuestradas –abducidas, en el infame anglicismo de moda– por extraterrestres en platillos voladores.)

Pero nuestros cinco sentidos –y nuestro sentido común– son guías más bien poco fiables para estudiar la naturaleza. Lo que parece cierto muchas veces resulta no serlo. Y en un asunto donde intervienen tantas variables como en la salud humana –además de la genética, puede ser influenciada por el ambiente, la alimentación e incluso, sí, el estado mental– la única forma de saber con certeza si un remedio tiene efecto es hacer un estudio clínico controlado.

Para ello, se requiere una cantidad suficiente de pacientes voluntarios, los cuales se dividen en dos grupos: uno al que se le proporciona el medicamento a probar, y otro –el de control– al que se le administra, en presentación idéntica, una dosis de alguna sustancia inocua (azúcar, almidón), pero sin la sustancia activa que se está probando (es decir, un placebo).
Para hacer más efectiva la prueba, se utiliza un método de “doble ciego”, en el que la persona que administra la dosis a los voluntarios tampoco sabe si se trata del medicamento o el placebo, para que su actitud no influya involuntariamente en las expectativas del paciente.

Sólo al tener los resultados, luego de un cuidadoso análisis estadístico, y si los del tratamiento propuesto son significativamente mejores que las curaciones espontáneas en el grupo de control –debidas al llamado “efecto placebo”– puede afirmarse que el tratamiento sea efectivo. De lo contrario, por más anécdotas que lo apoyen, se lo tiene que declarar inútil. (Se sorprendería usted de la cantidad de medicamentos desarrollados por esas “malvadas” transnacionales farmacéuticas que, luego de años de pruebas y millones de dólares gastados, resultan no ser más efectivas que un placebo, y tienen que ser dolorosamente desechados. Por desgracia, esto incluye varios candidatos fallidos a vacunas contra el VIH.)

Para la ciencia no es extraño que la homeopatía no funcione: se basa no sólo en el uso de sustancias que causan el mismos síntomas que pretenden curar, sino más fundamentalmente en el absurdo principio –contrario a todo lo que sabemos de química– de que al diluir una sustancia, ésta aumenta su potencia.

A pesar de todo, como tantos remedios ineficaces pero convincentes, la homeopatía sigue vendiendo bien, y tiene muchísimos adeptos. Lo grave es que en varios países del mundo se está intentando incluir a esta “medicina alternativa”, que es objetivamente inútil, e incluso fraudulenta, en los presupuestos públicos de salud. Incluso, en nuestro país, México, el Instituto Politécnico Nacional tiene una Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía –¡fundada en 1895!–, y el gobierno del Distrito Federal anunció en 2010 la inclusión de la homeopatía en el sistema de salud, mientras que el gobierno del Distrito Federal modificó su Ley de Salud para que incluyese la meta de “Desarrollar e implementar un programa de medicina integrativa, en el que se incluya lo relacionado a la homeopatía, herbolaria, quiropráctica, acupuntura y naturoterapia” (artículo 24, inciso XXVI).

Es por todo esto que se llevó a cabo en la ciudad de México (como parte de un movimiento global), un Suicidio Masivo Homeopático, donde los asistentes consumimos sobredosis “letales” de productos homeopáticos para demostrar que son inocuos, y por tanto fraudulentos como medicamentos.

Imagen superior: Protesta antihomeopática en Bristol (Richard Craig, CC)

Soberbia científica

El suicidio fue un rotundo fracaso: nadie murió.

El evento, promovido por la organización Espejo Escéptico y llevado a cabo frente a la Secretaría de Salud, tenía como objeto protestar contra la promoción de la homeopatía como un método eficaz de curación. No se trató de una protesta aislada ni original, sino parte de un movimiento global en el que participaron activistas escépticos (es decir, defensores del pensamiento racional frente a las charlatanerías y seudociencias) de países como Inglaterra (donde se originó el movimiento anti–homeopatía), Estados Unidos, Alemania, Australia, Holanda, Suiza, Argentina, Francia, Finlandia, Filipinas, Austria, Bélgica, Portugal, Hungría, Canadá, Israel, Polonia, Rumania, Chile, Nueva Zelanda, Noruega, Sudáfrica... ¡y hasta la Antártida!

Este columnista consumió frasco y medio de glóbulos de Arsenicum album (anhídrido arsenioso), en una concentración homeopática de 30C (equivalente, según fuentes homeopáticas, a una concentración química de 10–60 (10 a la potencia de –60, es decir, 0.00000000000000000000000000000000000000000000000000000000001, un punto seguido de 59 ceros y un uno).

Frente a la preocupación de algunos amigos –y de mi santa madre–, que temían que incluso una concentración tan baja de arsénico pudiera ser peligrosa, aclaré tal dosis equivalía a una gota de “tintura madre” de arsénico diluida en un volumen de agua equivalente a cien millones de galaxias. Incluso el agua de la llave tiene concentraciones más altas (de hecho, como el Arsenicum album está formado por moléculas, y no puede subdividirse infinitamente, la probabilidad de que en un chochito –o en un frasco– dado haya incluso un átomo de arsénico es prácticamente nula... ¡por mucho!).

Por supuesto, recibí numerosos mensajes criticando, atacando o descalificando el evento y mi participación en él (incluso algunos despistados creyeron que yo lo había organizado). Bien; cada quien tiene derecho a su propia manera de pensar. Pero la protesta era contra la tendencia, compartida por las autoridades mexicanas de salud, a gastar dinero público en una terapia que, demostradamente, carece de eficacia.

La homeopatía, como puede verificar en la red quien quiera que desee hacerlo, se basa en principios comprobada y comprobablemente falsos: la creencia en una “fuerza vital” innata a las sustancias y los seres vivos (reflejo del  vitalismo del siglo XVIII, hoy completamente obsoleto), la idea de que entre más se diluya (y se agite) una sustancia, más se libera dicha fuerza, y el principio sin base de que “lo semejante cura lo semejante”.

Frente a esto, la ciencia médica y la química farmacéutica, ambas basadas en evidencias, ofrecen tratamientos no infalibles (eso sería magia), pero sí demostrablemente efectivos.
Si esto es soberbia científica frente a las mal sustentadas pretensiones de la homeopatía (y otras “medicinas alternativas” fraudulentas), es, por más que suene mal decirlo, una soberbia bien fundamentada.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

 

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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