"El testigo invisible", de Carmen Posadas

Leonid Sednev, deshollinador imperial y más tarde pinche de cocina, tenía quince años la noche del 17 de julio de 1918, cuando un grupo de militares de la revolución bolchevique asesinó brutalmente a la familia Imperial rusa. Leonid fue el único superviviente y testigo invisible de la tragedia.

Mucho tiempo después un Leonid ya anciano decide recomponer sus recuerdos y comienza este relato, desde los ojos del sirviente de la familia imperial, con el que recrea los últimos años del Imperio ruso y el cambio de régimen.

Carmen Posadas nos sumerge, con su habitual maestría, en el fascinante mundo de la familia imperial rusa: luces y sombras de palacio, mientras desfilan princesas y deshollinadores, zares y bolcheviques, lujo y miseria.

La escritora corre el velo de la historia para mostrarnos a unos seres humanos, los Romanov, que se encaminan sin saberlo hacia la muerte. La historia al servicio de la ficción; la ficción como forma de acercarnos al conocimiento de la historia. Lealtad, amor, melancolía y muerte en la Rusia de la revolución. Esta es la historia del deshollinador que se enamoró de las princesas, el apasionado y apasionante relato de un testigo de lo peor de la revolución.

La zarina, una mujer que creyó en Rasputín. El zar, un hombre que creyó en su mujer. Dos equivocaciones que quizás transformaron el mundo.

Argumento

Leonid Sednev, un hombre de noventa y dos años, enfermo en un hospital de Montevideo y consciente de la proximidad de su muerte, nos cuenta los seis años más importantes de su vida, los que van de 1912 a 1918. En 1912, a punto de cumplir los diez años, Leonid Sedned pasa a formar parte de «las huestes de deshollinadores imperiales» del palacio Aleksandr, donde vivían los zares de todas las Rusias con sus hijos. El cometido de estos muchachos, los llamados water babys, era limpiar los rescoldos de las estufas en las habitaciones, para lo cual debían introducirse en unos conductos por los que no cabía el cuerpo de un adulto, de ahí que todos los integrantes de este «pequeño ejército de servidores» fueran niños.

El pequeño Leonid queda fascinado por el mundo que descubre, para él inalcanzable. En su calidad de «invisible» (siempre escondido en los conductos de las estufas), es testigo de primera mano: oirá conversaciones y presenciará escenas que más tarde pasarán a formar parte de la historia. Los dos primeros años, hasta la Primera Guerra Mundial, son felices e instructivos.

Acompañado siempre por su fiel amigo Iuri, un enano que, dado su pequeño tamaño, sigue siendo water baby a pesar de su edad, Leonid recorre el palacio, escucha conversaciones y aprende a vivir entre grandes señores. Las hijas del zar le fascinan: la primera vez que las ve lo hace desde su escondite, a través de la rejilla de una de las estufas. Están dando su clase de francés y le parecen traviesas, alegres y encantadoras. Al principio son inalcanzables para él, que tiene que limitarse a admirarlas oculto tras las estufas. Con el tiempo se enamorará de una de ellas, Tatiana. Será un amor imposible, secreto. Leonid asiste a una de las peores crisis de hemofilia que sufre el zarévich, crisis que, según él, resultaría determinante pues el pequeño mejora gracias a la providencial intervención de Rasputín, con quien la zarina inicia una amistad que escandalizará a todos en Rusia.

El comienzo de la Primera Guerra Mundial marca un punto de inflexión y es el inicio del declive, el principio del desastre. Cuando el zar decide marchar al frente en contra de la opinión de sus consejeros, la zarina y Rasputín hacen y deshacen a su antojo, ganándose así las iras de todos debido a sus desacertadas decisiones y equivocados nombramientos. A medida que la guerra avanza las noticias van empeorando. En las calles cunden el hambre y la desesperación, el pueblo clama contra la guerra y, sobre todo, contra Rasputín y la zarina, a quien llaman «la alemana», porque se dice que está de parte del enemigo. En medio de todo este caos, la vida de Leonid sufre un cambio. Su tía Nina le dice en una carta que su madre se está muriendo y el muchacho decide ir a su casa. No le resulta fácil conseguir permiso, pero al fin lo obtiene y parte a San Petersburgo.

Allí, la noche de la muerte de su madre, Leonid es testigo de una escena singular: sale a dar un paseo y ve desde lejos a tres hombres tirando un bulto al río. Más tarde descubrirá que lo que arrojaban al río era el cadáver de Rasputín. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan y tres meses después de la muerte de Rasputín estalla la revolución. Durante un tiempo el zar, que continúa en el frente, se niega a aceptar la gravedad de los acontecimientos; finalmente es obligado a abdicar y regresa al palacio, pero ya es demasiado tarde. Las cosas cambian mucho en palacio.

El protocolo ya no es tan rígido y cada vez va siéndolo menos, de manera que nuestro protagonista ahora puede disfrutar de una mayor intimidad con las princesas y con el zarévich, que dejan de ser inalcanzables figuras lejanas para convertirse en seres humanos, verdaderos compañeros de fatigas. Y empieza el peregrinaje.

Personajes

En este soberbio relato se mezclan dos tipos de personajes: los históricos y los de ficción. Ambos conviven y se relacionan de forma magistral, en una singular mezcla de imaginación y exposición de hechos documentados cuyo resultado es un magnífico fresco en el que se puede leer la historia y la intrahistoria de esos seis años que condujeron a la revolución y a la muerte de la familia imperial.

El zar Nicolás II: Es descrito como un hombre de buenas intenciones, pero un torpe político. Muy familiar y enamorado de su esposa, está muy influido por ella, que es quien suele imponer su criterio en casi todas las cuestiones. Su carácter pusilánime y su cortedad de miras hacen que el zar no sea consciente de lo que se avecina y no haga nada para evitar la revolución.

La zarina Alejandra: Es también muy familiar, ama profundamente a su marido y a sus hijos y prefiere la vida hogareña a los viajes imperiales y las fiestas. Su timidez será malinterpretada, por lo que tiene fama de antipática y muy altiva. Profundamente religiosa, su fe ciega en Rasputín precipita los acontecimientos que conducirán a la revolución.

Las grandes duquesas: Las cuatro son bellas, divertidas, encantadoras. Leonid las tiene idealizadas y para él, que las contempla embelesado desde su escondite en las estufas y las adora en silencio, personifican la femineidad en estado puro, la perfección juvenil. Hasta la guerra han llevado una vida privilegiada, cómoda y alejada de cualquier sinsabor. Todo a su alrededor es encanto, buen humor y simpatía. A partir de la guerra y, sobre todo después de la revolución, su estilo de vida se hunde, desaparece la sobreprotección que siempre las ha mantenido alejadas de los problemas. Las jóvenes afrontan las desgracias con buen ánimo, adaptándose con valor a las circunstancias. Leonid nunca deja de tenerlas idealizadas. Olga es la mayor y, según Leonid, la más rusa, la más pasional. Tatiana la sigue en edad. Para nuestro protagonista, que al principio de la novela está enamorado de ella, es la más guapa de las cuatro, siendo todas preciosas. María, la tercera, es la más cariñosa, la más entrañable. Leonid se enamorará de ella al final y recordará con nostalgia ese amor durante toda su vida, Anastasia, la pequeña, es traviesa e inteligente. La bromista de la familia.

El zarévich Alexis: Es un niño muy enfermo, que ha heredado la hemofilia de sus antepasados. En la época final, cuando criados y señores se tratan sin la distancia del protocolo, se convierte en amigo y compañero de juegos de nuestro protagonista.

Rasputín: Es el personaje más enigmático. No sabemos si cree en su propio poder o es una pose que mantiene frente a los demás para adornar su personaje y alimentar su fama. La nefasta influencia que ejerce sobre la familia, muy especialmente sobre la zarina, es factor decisivo para el triunfo de la revolución.

Mr. C. es un enigmático inglés amigo de la tía Nina, en cuya casa lo conoce Leonid. El muchacho nada sabe de él, sólo que mantiene una extraña relación con su tía. Muchos años más tarde, cuando ve en televisión el reportaje de la BBC que habla de la muerte de Rasputín, Leonid lo reconoce. El misterioso amigo de su tía es Mansfield Cummings, primer jefe del Servicio Secreto Británico (SIS), que, siempre según el reportaje, participó en la muerte de Rasputín.

Ana Vyrubova: Íntima amiga de la zarina y de Rasputín, ejerce también una influencia nefasta sobre Alejandra. Es absolutamente leal a la familia y solo los abandona cuando la obligan a marcharse. Los demás personajes reales que aparecen en el relato tienen menos presencia, pero son fundamentales a la hora de entender el relato, tanto en lo que atañe a la vida y la muerte de los protagonistas como en lo relativo a la historia rusa. Podemos destacar:

Yusupov: El encargado de la muerte de Rasputín. El príncipe cuenta en sus memorias cómo se llevó a cabo el asesinato, aunque Leonid lo desmiente, ofreciéndonos la versión que le parece más verosímil: la de la intervención de los servicios secretos británicos, con el misterioso Mr. C a la cabeza.

Monsieur Gillard: Es el profesor de francés de las grandes duquesas, un leal acompañante que solo deja a la familia cuando es obligado a hacerlo. Sus memorias han servido a la autora para recrear algunos pasajes del libro. Los demás servidores que los acompañan, y mueren con ellos, son el doctor Bodkin y los criados Demitova, la doncella, Iván Trupp y el cocinero Kharitonov, fieles a la familia hasta el final. Y por último están los carceleros, en cuya evolución se hace patente la constante radicalización del proceso revolucionario: Desde Kerenski, que de todos los custodios después de la revolución es el que mejor protege a la familia, hasta Yurovski, el último de ellos, el que lleva a cabo el asesinato, narrado en su diario. Cabe mencionar en este apartado a Grisha Ivanovich, el tío de Leonid, criado del asesino de Rasputín, el príncipe Yusupov, y uno de los que echaron el cuerpo del starets al río. Este personaje existió realmente y es el que la autora ha elegido como tío del protagonista, mezclando así, una vez más, realidad y ficción.

Iuri, el leal y cínico amigo de Leonid. Es enano y gracias a su tamaño sigue siendo water baby a pesar de que ya pasa de los veinte años. Consejero y mentor del protagonista, le enseña muchas cosas del palacio y está presente siempre en su vida. Se las da de duro, pero tiene un corazón tierno y, siempre acompañando a Leonid, sigue a la familia imperial en su destierro. Se sospecha que es hijo ilegítimo de un Romanov, probablemente de Miguel, el hermano del zar. Un día, unos soldados comienzan a meterse con Olga y él sale en su defensa. Los soldados lo matan de un disparo. Al registrar sus bolsillos, Leonid descubre una fotografía de Olga, de quien el cínico Iuri estaba enamorado en secreto. Iuri es el más conmovedor de todos los personajes.

Tía Nina: Mujer alegre y bondadosa, es la «cronista» de Leonid. Ella le habla, interpretando los hechos a su manera, del contexto histórico en que se mueven, de los personajes de la familia imperial, a los que conoce por haber sido ella doncella en Palacio. Leonid siempre ignorará el carácter de su relación con Mr. C, y si su tía, aunque quizá sin ser consciente de ello, tuvo algo que ver en la muerte de Rasputín.

María, la enfermera de Leonid, es la mujer que cuida al anciano y escucha sus relatos. Es a quien encarga que haga públicas sus memorias cuando él muera.

Olga es la periodista a la que María, la enfermera, debe enviarle el manuscrito para que lo publique. Apenas aparece, pero es un personaje importante porque es la encargada de revelar al mundo las memorias del anciano Leonid. El simbolismo de sus nombres es evidente: los dos personajes que merecen la confianza de Leonid en sus últimos momentos, y que son fundamentales para que su historia se publique, son María y Olga. Así se llamaban las dos grandes duquesas de las que él mismo, Leonid, y su gran amigo Iuri estaban enamorados.

Estilo y estructura

La Historia se vive de persona en persona, de uno en uno. Y es vivida por todos, estén donde estén. La Historia, que, cambiando las circunstancias, cambia las relaciones entre las personas, cambia los sitios desde donde se miran, y, por tanto, los afectos. Cambian los zares y cambian sus criados. Y habrá traiciones, por cobardía o por convicción, en un momento en que la promesa de la igualdad, de la mano del miedo al nuevo régimen, pueden romper la red de fidelidad y afecto (o sumisión) que regía el ancien regime. Sólo sabiendo que un Zar no es el mismo en el poder que en la desgracia, y que un criado ve tambalearse sus obligaciones entre uno y otro caso, entenderemos la hondura con que Carmen Posadas nos transmite esa peculiar travesía del desierto.

Que, en El testigo invisible conseguirá hacernos creíbles esas discretísimas pero apasionadas corrientes amorosas que lo van a recorrer, que de otra manera –en sus inicios- serían imposibles, y que, por haber marcado de manera indeleble la personalidad del narrador, forman parte fundamental de sus razones para hacer memoria.

La conmovedora novela de Carmen Posadas transcurre en dos líneas narrativas, espaciales y temporales, distintas, montadas alternativamente: el pasado, relato de los seis años que Leonid convivió con la familia imperial, y el presente, en el que el anciano Leonid, postrado en la cama de un hospital, escribe para dar a conocer al mundo su verdad. El viejo coteja los documentos históricos que han llegado a él con sus recuerdos, y así es como, en un armonioso crescendo, la novela va tomando cuerpo. Muchos capítulos se basan en un documento concreto, que la autora cita y que sirve de punto de partida. Una y otra vez, Posadas enmarca la ficción en los hechos históricos sin que se resientan la una y los otros. Lo imaginado y lo que en verdad ocurrió se integran en un todo bello y emotivo, sin fisuras, apoyado en un estilo vivo y directo.

El principio y el final están conectados en algunos de los más memorables pasajes: Tras una pequeña introducción del autor, en la que nos cuenta su propósito, la novela comienza con el relato del verdugo, Yakob Yurovski, que narra el asesinato de la familia imperial y sus criados, es decir el final de la narración.

El lector sabe desde el principio cómo termina la historia. Pero la autora se guarda un as bajo la manga, un último efecto que solo se desvelará en las últimas páginas, lo que hace que el lector continúe pendiente de la lectura, intrigado por su desarrollo y su final. La primera y la última vez que Leonid ve a las grandes duquesitas está escondido, atisbando sin ser visto. La primera las observa felices, en toda su plenitud, y la última aterrada, en el momento de su muerte. Y contempla sobre todo a María, de quien finalmente está enamorado y a quien en el último momento tiene la esperanza de poder salvar. Leonid muere el mismo día que María, en 1994, setenta y seis años después.

Los lugares como personajes

De la experta mano de la autora, los escenarios de la tragedia de los Romanov cobran vida hasta convertirse casi en unos personajes más de esta honda historia. La felicidad y la desgracia van unidas a palacios y casas concretas.

A medida que la desgracia se va cebando en la vida de los protagonistas, los lugares son cada vez más incómodos y sórdidos. Hasta llegar al último, el peor, donde son asesinados. La autora nos los describe con fuerza y realismo, como marco perfecto de las andanzas de personajes abandonados a su suerte, cada vez más desvalidos, tierna, dolorosamente patéticos porque en ningún momento parecen sospechar el final que los aguarda.

Desde los palacios de Aleksandr y Catalina, hasta la casa de Tobolsk y el último escenario, la llamada Casa de Propósito Especial, el entorno parece adaptarse a sus vivencias, envolviéndolos con un manto cada vez más oscuro, lleno de malos augurios.

Un gran trabajo de investigación

El trabajo de investigación llevado a cabo por la autora es magnífico. Con mano maestra maneja su amplia documentación para conseguir que una historia de ficción se inserte en la realidad de forma tan verosímil que casi sea imposible llegar a distinguirlas… Para el lector, Leonid, Iuri y tía Nina son tan reales como lo fueron los propios zares, las grandes duquesas o Rasputín.

Con habilidad indudable, Carmen Posadas ha conseguido unir dos géneros: en primer lugar, El testigo invisible es una novela histórica de gran envergadura, y en segundo lugar, pero no menos importante, es una historia de iniciación, una educación sentimental.

Carmen Posadas (Montevideo, 1953). Reside en Madrid desde 1965, aunque pasó largas temporadas en Moscú, Buenos Aires y Londres, ciudades en las que su padre desempeñó cargos diplomáticos. Comenzó escribiendo para niños y en 1984 ganó el Premio Ministerio de Cultura. Es autora, además, de ensayos, guiones de cine y televisión, relatos y varias novelas, entre las que destaca Pequeñas infamias, galardonada con el Premio Planeta de 1998. Sus libros han sido traducidos a veintitrés idiomas y se publican en más de cuarenta países. La acogida internacional, de lectores y de prensa especializada, ha sido inmejorable. Pequeñas infamias recibió excelentes críticas en The New York Times y en The Washington Post.

En el año 2002 la revista Newsweek saludaba a Carmen Posadas como «una de las autoras latinoamericanas más destacadas de su generación». Su última novela, Invitación a un asesinato continúa la línea de éxito entre los lectores. Carmen Posadas también ha sido galardonada con el premio Apeles Mestres de literatura infantil y el Premio de Cultura que otorga la Comunidad de Madrid.

Copyright de texto e imágenes © Editorial Planeta. Departamento de Comunicación de la Editorial Planeta. Reservados todos los derechos. 

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Hay un momento para echar la vista atrás, recordando las condiciones en que nosotros, la especie Homo sapiens, emprendimos nuestra andadura. Hay un momento para explicar lo que fuimos, en el plano científico y cultural, e imaginar lo que seremos, más pronto que tarde. Tú y yo. Ustedes que nos leen y los que escribimos a este lado de la pantalla. Hay, en fin, un momento para explicar el trabajo de los paleontólogos ‒los historiadores de la vida‒ y sumarlo al de tantos otros investigadores que comprueban cómo la cultura altera nuestro recorrido social y evolutivo. Sabios que rastrean las civilizaciones en que se escindió la humanidad. Expertos que nos hacen partícipes de creencias y costumbres, creaciones artísticas y avances tecnológicos. Entre todos, definen una sutil conexión que que nos mantiene unidos desde hace... ¿cuánto tiempo ya? ¿165.000 años? ¿315.000?

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