"Internet no es la respuesta", de Andrew Keen

El principal problema al intentar decir algo sobre internet es el de precisar, con el mayor equilibrio posible, cuándo nos referimos a sus prodigiosas potencialidades y cuándo aludimos al uso mayoritario que se hace de la red. En ese sentido, este magnífico y revelador ensayo de Andrew Keen no es, ni mucho menos, un canto a las virtudes de la vida analógica ‒Keen no es un luddita‒ sino un profundo análisis de los gravísimos problemas que han generado esos a quienes el autor llama los evangelistas de internet.

En cierto modo, la obra es la descripción de un sueño truncado. Se nos vendió internet como una fuerza democratizadora que permitiría acabar con la desigualdad. También se insistió en que la distribución de la publicidad gracias a nuevos e imaginativos algoritmos crearía numerosos puestos de trabajo y acabaría con los monopolios. Pero si atendemos a cómo se han concretado ambas promesas, la realidad, según queda demostrado en este libro, es bastante desoladora.

Keen no es alguien ajeno a las decisiones que llegan desde Silicon Valley. Todo lo contrario. Conoce por dentro el mundo digital y figura entre sus protagonistas. Sin embargo, a diferencia de otros muchos, ha dejado de soñar en utopías tecnológicas.

Desde sus primeros años de vida, internet dio un vuelco a nuestras vidas, tanto individual como colectivamente. Distribuyó ilimitadamente la información y nos brindó la oportunidad de comunicarnos sin barreras ni distancias. Nos permitió comprar de forma eficiente, ofreciéndonos un escaparate tan opulento como accesible. También generalizó un espejismo libertario, que convirtió la globalización digital en una meta democratizadora y redistributiva. Incluso ‒hasta la inversión de todo lo negativo en positivo‒ se convirtió en una luminosa promesa de negocio.

Estos objetivos, repetidos hasta la saciedad, aún sirven de estribillo en las redes sociales y en los blogs destinados al público geek. Es, obviamente, una perspectiva simplista e infantiloide que sirve para enmascarar la realidad descrita por Keen. Internet nos dio la oportunidad de ser gigantes, pero elegimos ser liliputienses, felizmente interconectados por corporaciones millonarias que, a cambio de crear equipos minúsculos, destruyen miles de puestos de trabajo y fomentan la inequidad.

Internet, en principio, podría iluminar nuestro horizonte colectivo, pero en muchos sentidos ha acabado siendo una pesadilla disfuncional. Hasta ahora, escribe Keen, esta revolución digital nos ha aportado "menos empleo, un exceso de contenido, una plaga de piratería, un círculo de monopolistas de internet y una reducción radical de nuestra élite económica y cultural".

El anterior entrecomillado sería inmediatamente contestado si se mencionase en una red social. Pero estamos hablando de un libro de 380 páginas, documentado hasta la extenuación y repleto de evidencias. Un libro que hay que leer antes de rebatir en un tuit sus meticulosos planteamientos ‒habrá quien se empeñe en hacerlo‒ y que no merece ese tipo de ruido viral que hoy parece dominar en la opinión pública.

Frente a los apologistas de la economía colaborativa, el monopolismo sin trabas legales, el periodismo ciudadano y el trabajo gratuito, Keen va desmontando, uno a uno, los mitos difundidos desde Silicon Valley, interpelando al lector con certezas que afectan ‒¡y de qué manera!‒ a la economía, la cultura y la política internacionales.

Para empezar, el autor deja claro que la gratuidad no es un modelo económico válido, por mucho que sectores como la prensa se hayan visto abocados a él.

Internet no es la respuesta denuncia la concentración de poder en manos de los plutócratas tecnológicos y la buena imagen pública de esas empresas cuyo nuevo modelo de negocio, claramente insostenible, destruye infinidad de puestos de trabajo y aumenta la desigualdad.

El libro también nos advierte del mal uso de la inteligencia artificial, el internet de las cosas, los algoritmos predictivos, el big data y otras funcionalidades que, bien empleadas, deberían mejorar nuestras vidas, pero que ya empiezan a conducirnos hacia una sociedad narcisista y constantemente vigilada, en la que el desempleo irá creciendo sin freno y las grandes empresas de datos manipularán el gusto social y las tendencias políticas.

Sinopsis

¿Por qué todos asumimos sin dudar que la nueva economía de internet será nuestra salvación y que la crisis actual es el paso indispensable hacia un nuevo paradigma? Cuando parece que todas las respuestas las tenga Google, Andrew Keen pone encima de la mesa los peligros de internet y trata temas como la falta de privacidad y el gran poder de los datos que en este momento están fuera de control. También reflexiona sobre el modelo de sociedad que ha creado internet, una sociedad narcisista y desigual en la que es más importante el momento que la reflexión, la imagen que la persona, el avatar que la realidad.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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