Un gato

Takashi Hiraide, "El gato que venía del cielo", Alfaguara, Madrid, 2014. (Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés).

Tratar de imaginar el efecto que deja la lectura de este relato puede ser quizá evocado a través de la imagen de una suave lluvia de tarde vivida desde una habitación en nuestra casa. Observamos el delgado y plateado cuerpo de cada gota deslizarse calladamente sobre los cristales de la ventana. Acaba la lluvia y la luz del sol vuelve a brillar. Pero todo ha cambiado, porque ya es la luz del atardecer la que brilla. Y es como si el paso de esa lluvia hubiera transformado todo, haciéndonos advertir el final del día, los colores y la emoción del final del día. Y agradecemos esa lluvia que nos ha llevado al umbral de las horas de luz en un día cualquiera, la hermosura de su serenidad y la calma revelación de profundidad que nos pone ante los sentidos y el corazón.

El gato que venía del cielo es un relato sobre el descubrimiento de lo puro. El fulgor de ese descubrimiento (quizá imperceptible) y su persistencia, su poso después de la pérdida y la tristeza, es lo que describe Takashi Hiraide en esta breve novela.

Desdobla en ella la realidad en dos capas que, gradualmente, distinguimos: una, la de lo que se va introduciendo en nuestro mundo particular para hacerse estable y otra, la de las circunstancias transitorias. Ambas seguramente conformadas por las decisiones de la Fortuna, presente aquí en las menciones a un poema que Maquiavelo escribió sobre ella: «…así la Fortuna, en su curso impetuoso, cambia aquí y allá la faz de este mundo». La Fortuna que tiene por igual en sus manos la vida del anciano emperador, cuyo inminente fallecimiento dará fin a la era Showa, como la del narrador de este relato y su esposa, y la de sus amigos y vecinos. Los vaivenes de la Fortuna entretejiendo de manera simultánea vidas y rutinas individuales y colectivas más o menos próximas, empujando a cambios, a meditar decisiones que ayuden a dirigir el curso de las circunstancias o a dejar fluir lo que sucede y transformarse en ello.

Quizá por eso, por hablar desde una pasividad consciente y atenta a ese fluir externo e interno y describir la realidad vivida y sentida en ese estado, la voz en primera persona que narra esta historia resulte como involuntariamente lírica y nos sitúe (visual y emotivamente) ante belleza y sentimientos con una intensidad clara y esencial que no precisa en absoluto de elaboraciones retóricas, como la de un haiku.

Hay otro aspecto muy importante sobre el fondo de este libro que quizá Hiraide nos revela entre la narración, cuando alude a la diferencia casi imperceptible pero esencial que existe entre las palabras inazumadori e inazumatori. Hiraide atiende y nos detiene en instantes en que la realidad brilla sublimemente bella en un resplandor fugaz o bien se reconoce la presencia de una metáfora, y centra la revelación lúcida del significado de inazumadori («captar el destello») en la contemplación de los juegos y actividades de Chibi, el pequeño gato que es eje de este relato.

Chibi, el gatito guapo, vivaracho e independiente, literal y figuradamente inasible, que un buen día hace acto de presencia en la vida de un matrimonio de treintañeros que ya no esperan tener hijos y que tampoco son especialmente amantes de los mininos, es el portador de un cariño y alegría inesperados que intensifican el sentir y el significado de todo lo que sucede. De lo que es rutina, de lo que es sobresalto. La enfermedad de un buen amigo, la viudedad, dejar el empleo, tener que mudarse de casa, un rincón con una camita y una escudillita, la atención a una libélula y a otra que regresa al año siguiente…

Y es Chibi quien seguramente nos revela el alma de Hiraide, quien nos hace sentir a un escritor capaz de palpar lo invisible y de poetizar en la respiración y la mirada. Emanante de un misterio casi mágico, el ser volátil de Chibi nos revela que existe lo que permanece y a lo que se pertenece (y que se pertenece también a mucho que no se posee), haciendo de sí un presente constante en el que los símbolos, lugares y ritos íntimos vinculados a ello hacen la trascendencia verdadera de nuestra propia vida.

Copyright del artículo © Alicia Guerrero Yeste. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Alfaguara. Reservados todos los derechos.

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