Eels en concierto: la felicidad de los finales agridulces

 La música de Eels se mantiene siempre pegada a la tierra, igual que el mago que se esconde tras la cortina de toda esta magia, Mark Oliver Everett, cronista de vicisitudes grandes, pequeñas, alegres y tristes de su vida, que podría ser la de cualquier otro.

Hay quienes lo acusan de repetirse y de haberse quedado sin historias que contar. Yo diría, sin embargo, que Mr. E se mantiene fiel a sus principios y a su modo de crear música: que lo difícil parezca siempre fácil, como si la melodía surgiera del piano de forma natural, y que las letras que la acompañan puedan confundirse con frases de una conversación capturadas al azar o de confesiones impregnadas de vulnerabilidad.

Esas son las señas de identidad que Eels ha pulido durante toda su trayectoria hasta reducir el artificio a su mínima expresión y convertir la escucha de su música en una conversación entre Everett y su público. 

Con ese mismo espíritu llegó al Teatre Grec de Barcelona el pasado día 12 de julio, acompañado del resto de su banda (Knuckles, en la batería, P-boo a la trompeta, guitarra y piano, Upright Al, al contrabajo, y The Chet al teclado), dispuesto a presentar los temas de su último álbum The Cautionary Tales of Mark Oliver Everett.

Como era de esperar, éstos fueron los primeros en aparecer, aunque Mr. E decidió abrir el espectáculo con el clásico de 1940, When you wish upon a star, escrita originalmente en 1940 para la adaptación de Pinocho de Walt Disney, pero que también ha cantado Louis Armstrong, entre otros. Es una canción para soñadores, y el líder de Eels lo es.

También sirvió para marcar el tono de la primera parte de un concierto, en la que prevalecieron los temas nuevos que Everett calificó como bummer rock, algo así como rock tristón, plomazo, en un alarde de ironía.

Sin embargo, los temas que eligió de su último disco (Parallels, dedicada a su padre y amores pasados, The Morning, Lockdown hurricaine o Where I’m from, necesaria reflexión sobre los propios orígenes) embelesaron al público, que guardaba un silencio reverencial.

Su nuevo álbum no supone ninguna ruptura respecto a sus trabajos anteriores, pero tampoco creo que nadie deba esperarla. Eels ha encontrado su nicho natural, canciones que puede modificar en directo y adaptarlas al tipo de espectáculo que quiera dar esa noche; por tanto, considerar eso una falta de imaginación o de creatividad, como se ha dicho en algunas críticas, carece de fundamento.

Eels no necesita estar entre la lista de novedades que el mercado canibaliza sin parar. Son clásicos contemporáneos de la música moderna, que mezclan estilos musicales a su antojo y que hablan de temas tan simples como universales.

Everett marcó el inicio de la segunda parte cuando afirmó estar harto de deprimir a la gente (traduzco literalmente) y que había llegado la hora de divertirse. De modo que el tono lírico dejó paso a temas más optimistas, rápidos e incluso con un toque de rock, como A Daisy Through Concrete, Grace Kelly Blues, I like birds (uno de sus éxitos de siempre que hizo las delicias del público); y aunque Eels dejaron fuera de su lista temas como Novocaine for the soul (que probablemente habría encajado bien dentro de la parte de “bummer rock” ), sí sonaron otros clásicos como My beloved monster y Fresh Feeling, donde no solo se lucio Everett sino todos los miembros de la banda, con un maravilloso trabajo de Upright Al en este último tema.

En definitiva, el concierto fue un éxito, con canciones que oscilaron entre la tristeza y el optimismo, y con un grupo entregado al heterogéneo público que se reunió allí.

Hubo momentos para todo, desde la carita sonriente que Everett hizo que dibujaran en la parte vacía del escenario, y que restaba algo de la excesiva solemnidad al escenario de roca del Grec, hasta el baño de multitudes que se dio cuando, ya en la recta final del concierto, se acercó a las gradas y pidió abrazos al público, que respondió corriendo escaleras abajo para abrazarse a un tanto abrumado Everett, a cuyo rescate acudió su guardaespaldas, que tuvo que apartar a sus fans como si fuera un ídolo adolescente.

A medio camino entre la ironía y la realidad, el músico reconoció que la experiencia le había resultado algo aterradora, aunque volvió a repetirla al día siguiente en su actuación en el Circo Price de Madrid.

Eels es el maestro de la tristeza, y, sin duda, utiliza la tristeza y el desengaño como nadie para crear arte, pero también hace lo propio con la alegría.

En numerosas críticas y artículos encontrarán una retahíla de todas las desgracias que Mark Oliver Everett ha sufrido durante su vida, y que recoge en su libro Cosas que los nietos deberían saber (Blackie Books, 2009, trad. de Pablo Álvarez).

Me parece innecesario citarlas aquí, y de hecho, me resulta curioso que sea lo que mucha gente recuerda de ese libro. Como si la tragedia y la tristeza en la vida fueran características extraordinarias que les pasan a algunas personas.

De hecho, recuerdo un comentario que oí por azar una vez acabado el concierto, en los jardines del Teatro Grec. Un chico comentaba en tono de mofa que menuda valentía la de quienes se había atrevido a abrazarlo, pues seguro que daba mal fario. Claro que era un chascarrillo, pero es un buen ejemplo de la fama de artista maldito que algunos quieren endosarle, y a la que él se resiste.

Everett no está en la música para ser una estrella al modo de los Rolling Stones, y tampoco se siente cómodo cuando lo comparan con Eliott Smith, a quien ha manifestado admirar, pero cuyo final no le parecía nada romántico, sino todo lo contrario: una pérdida innecesaria de un gran músico.

Si se desprende un mensaje del libro y la música de Eels es el empeño por salir adelante a pesar de todas las adversidades. En una sociedad en la que pretendemos desterrar el dolor de nuestras vidas y, más aun, alejarnos de dolor ajeno, Everett da una palmada en la mesa, presenta la realidad y recuerda que sí, en la vida hay mucha porquería, pero que no hay necesidad de esperar que el viento sople a tu favor para aprender de tus errores y encontrar tu parcela de felicidad, porque, de hecho, no hay otra opción.

Permítanme que cite a continuación algunos párrafos de Cosas que los nietos deberían saber, que considero muy reveladores y que recogen las ideas que explicaba y que vertebran la música de Eels.

Los primeros párrafos del capítulo 7, titulado muy apropiadamente “Espero que te guste pasar hambre”, recogen la crudeza, despojada de cualquier romanticismo, de una vida dedicada al arte. No se trata de pensamiento positivo, sino de pura supervivencia.

En este momento de su historia, Everett había perdido ya a su padre, y decidió marcharse a California para ser músico. Fue una huida hacia delante. Así lo explica: «Bob Dylan dijo una vez que ya de joven era consciente en secreto de su destino. Me gustaría poder decir lo mismo, pero nunca lo fui. Nunca. Lo único que sentía era desesperación y un total y absoluto desconcierto: mala combinación, muy mala. No tenía ni idea de qué cojones estaba haciendo, y si lo hacía era sólo porque no sabía qué otra cosa hacer. La música era lo único que me apasionaba, y era una pasión que cada día se hacía más fuerte. Pero no tenía ni idea de qué podría salir de ella. El mío era un caso desesperado, porque, tal y como yo lo veía, tenía dos opciones: una rendirme y palmarla; dos, ponerme las orejeras y sacar algún tipo de partido a mi pasión. Al optar por intentar salir adelante con mi música, me impuse una presión inmensa, porque no me parecía que tuviese otro asidero. Literalmente, era eso o morirme».

Y eso fue lo que hizo durante años hasta que consiguió, tras años de oscuridad y depresión, entrar en la industria de la música. Trabajaba de lo que podía y se encerraba en su casa a grabar cosas nuevas con un equipo que tenía instalado en un armario. Siempre llevaba encima una cinta con composiciones nuevas, dispuesto a entregársela a quien fuera necesario.

Cosechó, como todos los que intentamos abrirnos paso en algún aspecto del mundo de la cultura sin venir de ninguna parte, multitud de negativas porque nadie sabía qué hacer con su música, que traducido sería nadie sabía cómo vender su música y a quién.

Él, como muchos, no supo, hasta que lo sufrió, que tu situación en el mundo del espectáculo, del arte en general, está sujeta a multitud de factores que no tienen nada que ver con uno mismo, ni con el trabajo propio.

Por ejemplo, el cambio de dirección en una discográfica dio al traste con la promoción de su segundo disco, después de que el primero hubiera tenido una buena acogida en las listas de música independientes.

No obstante, como todos sabemos ahora, triunfó y logró un gran reconocimiento de público y crítica, al contrario de lo que muchos le auguraban tanto en su Virginia natal, como en las oficinas de discográficas. Ahora bien, junto a ese éxito laboral, llegaron numerosas pérdidas familiares y sentimentales, como le ocurre a tanta gente en el mundo a diario.

Lo que hace a Everett un tipo admirable es su forma de enfocar las cosas. Las reflexiones que plasma en su libro son de una sensatez que parece casi una evidencia y, sin embargo, no lo es.

Dice: «Sí, había pasado por situaciones bastante terribles. Pero tampoco podía cerrar los ojos a las cosas maravillosas que también me habían pasado, y eso era algo que quería reflejar en mis canciones. […] Todos los infortunios que he pasado hacen que los demás momentos de mi vida resulten más atractivos y me gusten más. Quería celebrar la vida, con lo bueno que tiene y con lo malo. […] Las duras circunstancias a las que había tenido que sobreponerme me hacían ahora más fácil apreciar de verdad las cosas realmente maravillosas de la vida. Vivía en una casa que me encantaba y estaba en condiciones de ganarme la vida haciendo algo que adoro y que tengo que hacer. ¿Cuánta gente hay que de verdad llegue a encontrarse en esa situación? Aún sufría momentos de desesperación, pero me sentía más fuerte, y ya no tenía la sensación de que fuesen a abrumarme. Quería expresar lo agradecido que estaba por las experiencias de mi vida, tanto por las espantosas, como por las fantásticas.» Y así escribió Hey man, now your really living (Hey, tío, ahora vives de verdad).

El directo de Eels no solo es una experiencia casi catártica, sino que uno sale con la sensación de que sí, le irá bien de algún modo, como Everett canta en Grace Kelly Blues, y de que además se puede ser feliz aunque la vida esté llena de finales agridulces.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © 2000-2014 Eels/Eelstheband.com. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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