Nancy Boy ha muerto. Larga vida a Brian Molko

Hay quienes no perdonan a sus grupos de juventud que crezcan, que maduren, que dejen de tener veinte años. Eso es lo que parece ocurrirles a algunos críticos con Placebo. O tal vez simplemente la displicencia parece una actitud más apropiada. Lo cierto es que cuando un grupo al que llevas siguiendo desde la adolescencia, cuyas canciones te han acompañado en momentos clave de tu vida, buenos o malos, saca nuevo disco es normal sentir cierta ansiedad.

Saltan las preguntas tópicas: ¿Se habrán vendido ya a la industria?; o si uno está muy metido en el mundillo de la jerga se preguntará «¿Se habrán vuelto demasiado mainstream?» Inmediatamente al leer estas últimas preguntas, habrá quien haya pensado que Placebo perdió hace mucho su toque transgresor e indie, y que hace mucho que sus discos podrían optar a los premios MTV, algo que ciertos gurús de la música alternativa consideran algo similar a revolcarse en el cieno de una piara.

Es cierto, Placebo, o Brian Molko, su líder, ya no es Nancy Boy. Es decir, ya no es el veinteañero casi anoréxico, de imagen andrógina y que salía con vestidos al escenario. De hecho, hace tiempo que en sus conciertos no incluyen esa canción en sus sets de los conciertos. Sí puede que caiga Teenage angst o They don’t care about us. Desde luego Every you, every me no suele faltar, para deleite de sus fans más acérrimos.

Placebo empezó siendo un grupo que bebía de Pixies, de Bowie, de The Cure y desde luego de Sonic Youth. Probablemente ni Brian Molko ni Stefan Olsdal, los miembros permanentes del grupo, se habrían imaginado que, con solo dos discos en el mercado, tendrían ya la oportunidad de tocar con casi todos sus ídolos cuando montaron su primera banda Ashtray Heart, que después, con Steve Hewitt, se convertiría en Placebo.

Como explicaba antes, el primer CD de la banda se hizo famoso por su forma de jugar con la ambigüedad sexual y por sus himnos adolescentes, llenos de rabia contra el mundo de los adultos. Después de eso, llegó Without you I’m nothing, el segundo álbum con el que confirmaron que estaban en el negocio para quedarse, y que acabó incluyendo una sonada colaboración de David Bowie en la canción que daba disco al título. Sin embargo, al final, el disco esconde una de las canciones mas delicadas y melancólicas de su discografía, My sweet prince, una canción con la que jovencitas y jovencitos con los ojos pintados de negro se enamoraron de Placebo, cuando la canción trataba, en realidad, sobre la adicción a la heroína con la que Brian Molko, y su entorno, debían librar una lucha continua (hay continuas referencias, la más clara está en el verso «Me and the dragon can’t chase all the pain away»).

 El tercer disco fue Black Market Music, donde se incluye la famosa Special K. Célebres son ya las declaraciones de Molko en las que, preguntado por un periodista, dijo que Special K tenía que ver con cualquier cosa menos con los cereales (Especial K es uno de los nombres, entre otros muchos -también se la llama Kit Kat o Vitamina K- que recibe la ketamina en argot). Estos tres discos dieron grandes singles, es cierto, y grandes éxitos, como Taste in men. Pero su música, aunque poderosa como siempre, parecía cada vez más oscura, los temas se repetían una y otra vez: drogas, autodestrucción, desesperanza, soledad. Sleeping with ghosts siguió en esa línea, con cada vez más influencia de la electrónica, y además del hit The bitter end, dio algunas de las canciones más bellas a la par que tristes, hablo de Special Needs, I’ll be yours y desde luego Protect me from what I want, (cuya versión en francés incluso mejoró a la original), y que de forma casi obsesiva ahondaba en el tema de la autodestrucción y la falta de objetivos de una juventud que rozaba el nihilismo.

Después de giras larguísimas, de conciertos ante audiencias masivas, y de encabezar multitud de festivales en todos los continentes, volvieron al estudio y allí cristalizó el que es uno de los más bellos a la par que sombríos álbumes de la banda: Meds. En, él los coqueteos con la electrónica se convirtieron en un auténtico affair como atestigua Space Monkey. Contiene canciones que siguen levantando al público en los conciertos: Infrared (con la que siguen acabando muchas de sus actuaciones), Because I want you, One of a kind y por supuesto, Song to say Goodbye. Pero también están Blind, Follow the cops back home  o Pierrot the clown, algunas de las canciones más melancólicas, pero también desasosegadoras de su discografía. (No en vano corre por la red un montaje de Réquiem por un sueño, de Darren Aronofsky con Blind de fondo). Por no olvidar Broken Promise, donde Brian Molko y Michael Stipe de REM ponen en escena una traición amorosa, esta vez entre dos hombres.

Durante todo el tiempo de la grabación de Meds y la gira siguiente Molko se había sumido, aunque suene demasiado tópico, en una espiral de alcohol y drogas descontrolada. Si se une eso al hecho de que, como él mismo ha reconocido en varias entrevistas, sufre trastornos depresivos desde la adolescencia, por los que tiene que medicarse regularmente, uno se puede hacer una idea de cómo vivió Brian Molko todo ese periodo. El vídeo de la canción de Meds, que Molko canta acompañado de Alison Mosshart de The Kills, era absolutamente simbólico: en él interpreta a un hombre que se despierta solo en la habitación de un hotel; el suelo se hunde bajo sus pies, las cosas pasan a su alrededor sin que él interactúe y la línea entre realidad y delirio desaparece.

Así, cuando acabó la larguísima gira de Meds, según declaraciones de Brian Molko y Stefan Olsdal, se dieron cuenta de que ya no sentían nada al salir al escenario, y Molko, especialmente, estaba completamente desconectado de todo. En palabras suyas, Placebo se había convertido en una marca. Así que se vieron en la necesidad de tomar una decisión radical.

El momento no podía ser más oportuno pues finalizaba el contrato que tenían con su discográfica de entonces. Estaban en una disyuntiva: o volvían a tomar el mando de la banda y se desintoxicaban, o todo aquello por lo que habían luchado durante años se acababa. Molko no pierde oportunidad para recordar que detrás de todo su maquillaje y su pose hay un músico. Y eso se hizo patente en unas declaraciones en las que hablaba del llamado «club de los 27», y en general de los músicos que morían jóvenes. El cantante de Placebo se rebelaba contra el romanticismo enfermizo que rodea a todas esas leyendas del rock congeladas en el tiempo. Claramente no quería ser una de ellas, y eso se reflejó en el rumbo que tomó su vida y su música a partir de entonces.

Así, decididos a dejar atrás adicciones y malas compañías, despidieron a Steve Hewitt, con quien la relación se había deteriorado extremadamente, se largaron a Canadá, contrataron a un nuevo batería californiano veinteañero de un grupo que los había teloneado, Steve Forrest, y volvieron a escribir. Solo que en este caso, eran ya hombres maduros decididos a luchar contra sus demonios. En definitiva, Molko había elegido el camino de su ídolo, Bowie, sobrevivir a la fama, al rock y seguir componiendo la música que le gustaba.

Steve Forrest no fue el único que se unió a la banda. Bill Lloyd, que ya llevaba años colaborando como teclista ganó protagonismo, y sobre todo, en el que me parece uno de los movimientos más inteligentes como músicos de Molko y Olsdal, reclutaron a la maravillosa violinista Fiona Brice, que se ocupó de los arreglos de cuerdas y de poner ella misma coros y melodías de violín. Todo esto dio como resultado Battle for the sun. El título en sí mismo es ya una declaración de intenciones. Después de un periodo tan oscuro, había que luchar porque el eclipse solar finalizara, aunque por supuesto, dentro de sus límites; pero en ese trabajo se nota ya un cambio de rumbo, que en parte consiste en recuperar la ilusión de los inicios, pero con toda la experiencia aprendida, por ello, no es casual que la segunda canción del disco se titule Ashtray Heart, como hemos dicho antes, el primer nombre de su banda.

Battle for the sun los llevó a una gira de dos años, uno de cuyos últimos conciertos tuve la oportunidad de ver en Barcelona. Y allí, como bis, presentaron B3, el epílogo del disco que ahora nos ocupa. B3 ya trataba de la necesidad de sanar y de saber convivir con los fantasmas que cada uno guarda en su armario. Todo esto coincidió con que el grupo, desde Battle for the sun, se volvió políticamente más combativo, y todo ello se resumió en la fantástica canción Trigger Happy Hands, donde se denuncia la avaricia y corrupción de los mercados que nos gobiernan.

En definitiva, en aquellas nuevas canciones se respiraba ya un aroma más adulto, pero sin renunciar a la base de Sonic Youth o de los Pixies, sus ídolos de juventud y madurez.

Llegamos por fin a Loud like Love, el disco que salió el pasado 17 de septiembre en España, grabado y producido por Adam Noble, productor entre otros, del que en mi opinión es el mejor disco de Muse, Absolution. Todo este recorrido por la carrera de Placebo me parece necesario para entender por qué un disco como Loud Live Love es el mejor paso que podían dar ahora mismo en su carrera, y es más, es el álbum que los salva de convertirse en una parodia de sí mismos. Es un disco que hay que escuchar más veces, es cierto, pero también es un alivio que los temas hayan evolucionado y que no hable de gente que se suicide lentamente (como el hit Julien, de cuya fuerza no dudo, pero que es sumamente perturbador), ni de los delirios que puede provocar el síndrome de abstinencia, ni de entrega absoluta a la autodestrucción como I’ll be yours.

El álbum se abre con un acorde que cualquier amante de la música de Placebo reconocerá. Las distorsiones de guitarra siguen estando ahí. Quienquiera que vaya a ver a Placebo seguirá viendo a Brian y Stefan sudar la gota gorda hasta casi romper, o sin casi, las cuerdas de sus guitarras con nombres de mujer, y seguirán disfrutando del ruido que inunda la sala cuando acercan sus instrumentos a los altavoces o las manipulan en el suelo completamente encorvados sobre ellas. Todo eso, no se ha perdido, sigue ahí, y yo diría que más aún.

El álbum empieza con una canción que romperá pistas allá por donde vaya, digan lo que digan los críticos de ceño fruncido. Y es una canción bastante optimista, influida quizás por la paternidad de Molko, o simplemente por el anhelo de todo ser humano de ser feliz. En momentos oscuros como el que estamos atravesando, una canción como Love Like Loud, aunque no sea la mejor de su discografía, es necesaria.

A partir de ahí, el disco despliega un abanico de canciones que tratan todos los aspectos del amor, aunque Molko declaró hace unos días que no tenían ese plan cuando entraron en el estudio, que fue surgiendo sin más. Así, Scene of the crime, otro hit, describe el placer que reside simplemente en intentar conseguir ese amor apasionado, aunque se pierda por el camino, como expresa con la frase lapidaria de «Making it is overrated» (Conseguirlo está sobrevalorado).

Two many friends fue el primer single que adelantó la banda, y decepcionó a algunos. Es fácil que lleve a pensar en la soledad que puede experimentarse detrás de un ordenador, en lo difícil que es mantener relaciones de amistad y también en la incapacidad de estar a la altura de lo que tus amigos esperan de ti. Y justamente esta en una de las grandes virtudes, sus letras siguen siendo inspiradoras. En otras canciones, como Hold on to me,  se retoma el anhelo de conseguir una relación que funcione, de que te tiendan una mano, solo que este tema tiene sorpresa al final, cuando consigue un ritmo casi hipnótico que Placebo remata con unos acertadísimos arreglos de cuerdas de Fiona Brice, y por un recitado final de Molko. Es un corte realmente especial del disco, que vale la pena escuchar con atención. Rob the bank vuelve a ser una canción potente, con guitarras desgarradas, y sexo. En definitiva, dice la canción, haz lo que quieras pero vuelve a casa para que hagamos el amor.

Y eso es algo que se puede dejar de mencionar: se hable de amor que funciona, de desamor, de celos, en Placebo el amor se concibe como algo inseparable del sexo. La voz de Brian, quebrada, desgañitada, calmada, da igual, transmite una sensualidad imposible de pasar por alto, y que muy pocos otros cantantes han conseguido. Desde luego, Bowie lo hace, y quizás tampoco sería descabellado compararlo (cada uno en su estilo) con Serge Gainsbourg. No es casualidad que haya colaborado con su hija, ni que grabara con Asia Argento una versión de Je t’aime, moi non plus.

Asimismo, la omnipresencia del sexo o de la sensualidad en la música de Placebo responde también a su manera de entender el arte. En una reciente entrevista con una bloguera inglesa, el día 16 de septiembre, cuando esta le preguntó qué consejo le daría a alguien que emperaza en el negocio de la música, Molko le respondió (y suavizo la traducción, porque sus palabras fueron más explícitas) «haz siempre aquello que te excite». 

En definitiva, Placebo escribe música sobre el dolor que provocamos en los demás (Bosco), sobre la emoción de iniciar algo nuevo con alguien (Purify), o, por el contrario, sobre la falta de ganas de luchar por una relación muerta (Begin the end), e incluso sobre los celos que siente un amante despechado al imaginar a quien has amado estremeciéndose en brazos de otro (Exit wounds); y lo hace en todo momento con las virtudes de siempre, o mejoradas, que enloquecen a multitudes en conciertos, a quien los escucha a solas en su casa, o en su mp3 por la calle.

Placebo aprovecha lo mejor de la electrónica y lo mejor de la clásica. Han dejado de ser aquellos niños rebeldes que pretendían escandalizar con felaciones fingidas en el escenario para convertirse en grandes músicos preocupados por hacer algo más que un buen producto vendible. Y la voz de Molko sigue siendo irreemplazable en el panorama musical.

í﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽aba intentando desengastaba dispuesto a dejar el alcohol y otras sustancias de las que Molko estaba intentando deseEn uno de los titulares que protagonizaba Brian Molko se leía: «El amor siempre acaba en lágrimas». Tal vez sea así, y tal vez siempre llevemos a cuestas nuestros demonios internos, pero también nos quedará el refugio del arte y la fuerza de luchar por aquello que nos haga derretirnos de placer. Así que Nancy boy quedará como un hit del post-punk de finales de los 90, o parafraseando la misma canción de T-Rex que Placebo versionó en Velvet Goldmine (producida por M. Stipe), como un juguete del siglo XX. Esperemos que Brian Molko, Stefan Olsdal y Steve Forrest sigan creciendo y encontrando fórmulas para reinventarse y conservar la pasión por lo que hacen.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Imágenes de Placebo © Kevin Westenberg. Reservados todos los derechos. Imagen inferior © Elevator Lady Ltd. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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