¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

Quien plantea en Sopa de ganso la pregunta que nos sirve de título es Chico Marx. Haciéndose pasar por su hermano Groucho, Chico pone a prueba la eficacia de su disfraz, y de paso, expone uno de los más significativos problemas en la era de la comunicación digital. Me refiero, como habrán supuesto, a esa credulidad cuyos síntomas más inquietantes son la superstición y el fanatismo.

El crédulo contemporáneo no es siempre un ingenuo –aunque también pueda serlo–, sino alguien que, en su fantasía, comprende lo que considera verdad. Alguien que, cuando recibe el titular de una conspiración, cabecea asintiendo, precisamente porque acepta como legítimo cualquier dato que, en esas espirales rítmicas de la viralidad, refuerce sus prejuicios y emborrone el perfil de aquellos a quienes considera enemigos.

La verdad... esa ilusión que aparece cuando uno chasquea los dedos, condensada en pocas palabras, como una alucinante percepción extrasensorial. No tenemos que salir en su busca, porque ella sale a nuestro encuentro. El crédulo se sitúa junto a ella como si no hubiera más espacio, y la comparte entre guiños y codazos de complicidad, feliz de componer un "nosotros" luminoso frente a un "ellos" más o menos siniestro.

He aquí otro toque de distinción: el crédulo se considera inmune al engaño. No en vano, la Gran Cortina de Humo ha caído para él, y por fin, gracias a algún espía generoso, ha descubierto qué laboratorio se encarga de fumigar el ébola en Centroáfrica, cuál es el secreto terrible que justifica su odio por un determinado político, en qué medida debe resultarle insidioso ese sistema adormecedor que llaman democracia o por qué tiene que reproducir y compartir ese vídeo que contiene [sic] las alucinantes imágenes que la Casablanca y el Kremlin No Quieren Que Veas.

La credulidad es un monstruo voluble y puntilloso. Quienes la aprovechan en beneficio propio –los propagandistas y los estafadores– saben que siempre pueden alistar nuevas almas gracias al impulso gregario de los prejuicios. Así, el creyente en las seudociencias se reafirma gracias a sus enemigos –los científicos– al tiempo que alimenta su fervor con nuevas certezas –las multinacionales farmacéuticas son las que manejan el títere de la Ciencia–. Pero su principal refuerzo es el sentimiento comunitario que comparte con otros crédulos. Casi sobra añadirlo, esa reunión se efectúa hoy en un entorno que parece fabricado a su medida: las redes sociales.

En contra de lo deseable, este foro de internet no suele convertirse en un parlamento civilizado o en una mesa de debate, sino en un ring en el que sabemos quién merece ganar y quién debe ser doblegado.

Cuanto más errónea o extrema sea la certeza del crédulo, más impermeable será este a los razonamientos ajenos. La sutileza –¡ay!– es aquí una cuestión enojosa.

Por supuesto, ni este fenómeno ni su denuncia son nuevos. Cuando en 1762 William Hogarth publicó el grabado satírico Credulity, Superstition and Fanaticism los delirios eran otros –una mujer madre de una camada de conejos, un paisano de cuya boca salen ranas...–, pero el efecto de los bulos y de los prejuicios fanáticos era bastante similar al de hoy.

Aunque lo que define la credulidad es la certeza en ausencia de pruebas, la tecnología actual ha superado esa limitación. Un medio digital puede permitirse difundir cientos de noticias falsas o manipuladas porque no le resultará costoso –al contrario, es rentable– y porque el escrutinio crítico e independiente queda difuminado en las comunidades de crédulos.

Por otra parte, un programa como el Photoshop logra que la realidad física y la realidad fingida sean casi indiscernibles.

Gracias a esta novedad técnica, es cada vez más frecuente confundir el deseo con la realidad. ¿Ejemplos? Los hay a cientos.

Si uno es seguidor de John Lennon y quiere recordarlo como el no va más del compromiso político, decidirá que es cierto que un día se sentó a tocar la guitarra con el Che Guevara. Una foto de ambos, generosamente difundida, viene a certificar que ese encuentro existió. Oportunamente, el crédulo jamás hará caso a los malpensados que lo cataloguen como un fotomontaje, y es posible que ni siquiera se inmute al ver esta imagen del ex Beatle junto al músico Wayne "Tex" Gabriel.

Una de las herencias más preciadas de la Ilustración es la metodología científica o racional que nos permite confirmar la veracidad de una afirmación. Esta herencia, para nuestra desgracia, queda un tanto deslucida en el laberinto digital.

Cuando un charlatán o un manipulador carecen de pruebas que demuestren esto o aquello, simplemente las construyen. De ese modo, al crédulo le bastará con acumular titulares ad hoc –falsos o debidamente coloreados– para confirmar su convicción con algo que le parecerá tan fiable como la cita de un experto o un documento oficial.

A la hora de estudiar este tipo de materiales apócrifos, lo que más puede llamarnos la atención es que afecten incluso a personas cultas. El método empírico se limita, para ellas, en considerar que lo que leen merece ser cierto. Por estrafalaria que sea su confianza, la exhibirán como un hecho factual. Y nunca faltará un hortera posmoderno que les de la razón.

En su empeño por fomentar ciertas tesis para alcanzar determinados fines, el periodismo digital promueve irresponsablemente esta epidemia. Dado que la creencia puede llegar a ser un sinónimo de lo real, los nuevos charlatanes periodísticos lo tienen fácil para blindar sus círculos. Les basta con equiparar dos planos radicalmente distintos: la realidad comprobable y la percepción de la realidad.

Ya saben, se mezcla un poco de cada, y a otra cosa. Al fin y al cabo, la narración de los hechos se compone hoy de dudosas estadísticas, convicciones pesimistas, prejuicios atávicos, rumores y párrafos que explotan al llegar al punto final. El desvarío novelesco se apropia de los titulares, y de ese modo, la materia prima de muchas noticias deja de ser la verdad y pasa a ser el caldo conspirativo. Gajes del oficio, sobre todo cuando lo que cuenta a la hora de hacer caja es el número de clicks o la simpatía de un determinado partido.

Abro paréntesis: la irritación y el odio también se añaden a esta ecuación. Al crédulo hay que convertirlo en fanático, y precisamente por ello, relativizar la verdad forma parte del juego. No es una vía de escape retórica. Para vender como es debido un titular de esa naturaleza, no basta con adornarlo con detalles que parezcan plausibles y reveladores. Hace falta, además, subrayar que quien diga lo contrario miente. ¿Por qué razón? Muy sencillo. Porque de ese modo nos vemos obligados a escoger quiénes somos y en contra de quién estamos.

Los hechos –opresivos y exclusivistas– no pueden competir con los bulos y las pixeladas sospechas de la Era Twitter.

Como ya indiqué, la credulidad contagiosa no es un fenómeno que llegue con retraso. Leer estudios como A Philosophical Essay on Credulity an Superstition de Rufus Blakeman (Nueva York, 1849) nos permite comprender su longevidad y su vigencia a lo largo de los siglos.

Ahora bien ¿qué función tiene la credulidad en nuestra evolución cultural? Daniel M. T. Fessler, Anne C. Pisor y Carlos David Navarrete publicaron un estudio en Plos One (15 de abril de 2014) donde sostienen que, a la hora de resolver problemas adaptativos complejos, la credulidad es necesaria en hábitos como el aprendizaje. Pese al riesgo que plantean efectos nocivos como la susceptibilidad a la explotación o las falsas creencias, estos investigadores sostienen que hay un nivel óptimo de credulidad en las redes de transmisión de conocimientos.

Sin embargo, más allá de esta evaluación pragmática, es oportuno que nos preguntemos en qué medida las nuevas tecnologías han variado las reglas. Veámoslo de este modo: cuando la demagogia se apropia de las fórmulas más eficaces de comunicación política en internet, quien sale perdiendo no es sólo el crédulo, sino la sociedad en su conjunto. Cuando el periodismo digital sustituye la verificación de los hechos por la manipulación y el sectarismo, los damnificados no son únicamente los consumidores de información basura, sino los propios resortes de la democracia. Y por último, cuando los charlatanes, entre trago y trago de soluciones homeopáticas, logran que las seudociencias sean tan respetadas como la biología molecular, el daño no sólo recae en sus clientes, sino en nuestro propio porvenir colectivo.

El que avisa no es traidor. Conviértanse ustedes en defensores numantinos de la razón y del pensamiento crítico. Casi todo lo que llevo dicho mejora con esa vacuna, y a la larga, puede que muchos se lo agradezcan.

Mientras tanto, que el purgatorio nos sea leve. Nos lo hemos ganado a pulso.

Copyright © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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