El mundo de Oz

Cuando era niño disfruté muchísimo con la película El mago de Oz, protagonizada por Judy Garland. Me sigue gustando y creo que es una de las mejores películas de la historia del cine.

Lo que no sabía cuando la vi es que la historia era una más de la saga del mundo de Oz. Su autor, Lyman Frank Baum, escribió otras trece historias que transcurren en el mundo de Oz. Además, otros autores escribieron 26 más. Creo que lo supe al leer algún artículo del matemático y filósofo Martin Gardner, en el que contaba verdaderas curiosidades de ese mundo de Oz y de los personajes que lo habitaban.

Durante años estuve esperando que se publicaran en español el resto de los libros de Oz (sólo se publicaba una y otra vez el que cuenta la historia que se adaptó para la película), pero no ha sido hasta hace poco (2004) que dos editoriales, casi al mismo tiempo, por fin se han decidido a traducir las otras aventuras. Mientras tanto, intenté incluso leerlo en esperanto: La mirinda sorcxisto de Oz (puedes leerlo en la Bitoteko, es decir, la Bytoteca esperantista).

Por alguna razón que quizá tenga que ver con las ideas políticas de Baum, toda su obra está en esperanto, el lenguaje artificial promocionado por los anarquistas, cuya pretensión era unir a la humanidad acabando con la maldición de la torre de Babel: la incomprensión entre unos y otros acentuada por las diferencias idiomáticas.

Otro aficionado al mundo de Oz es mi admirado Walter Murch, montador y sonidista habitual de Coppola, que incuso dirigió una segunda parte de El mago de Oz, mezclando varias historias de Baum.

"Oz, un mundo fantástico" ("Return to Oz", 1985), de Walter Murch.

Los relatos de Baum son alegóricos y simbólicos en ocasiones, tienen segundas lecturas, que es una cosa que puede dar muy malos resultados si se abusa de ello o se descuida la historia que se está contando, como sucede a un libro tan interesante como El sueño de Polifilo, de Colonna, que resulta demasiado árido, porque los personajes son tan simbólicos que no te preocupas por ellos, por lo que sus andanzas por el mundo de la simbología te importan poco. Mejor, en este sentido, están los primeros textos rosacruces, por ejemplo, o El progreso del peregrino, de John Bunyan, que es tan trasparente en sus alegorías que la lectura se hace fluida, o Pinocho, de Collodi, que probablemente se inspiró en Bunyan (esto es una hipótesis que lanzo sin más datos que haber leído por fin, en 2014, a Bunyan).

Goethe también era a veces aficionado a cierto simbolismo, como en La serpiente verde o en Wilhem Meister (también, por supuesto, en Fausto), pero casi siempre se asentaba en el terreno firme de las cosas concretas: lo simbólico aparece en él, como en Shakespeare, como en una sublimación alcohólica lo hace un producto secundario en forma de gas etereo.

Por otra parte, lo concreto también puede ser al mismo tiempo simbólico. Simbólicos pueden ser los versos de Omar Jayyam en los que habla del vino: los sufís dicen que se refiere a Dios o la religión pero la verdad es que a casi todos los lectores nos traspasa ese vino real y apenas nos interesa la alegoría que pueda esconder (alegoría que también es dudosa, por cierto).

Pero los símbolos desnudos suelen cansar e incluso resultar triviales, ya que, como acabo de decir, todo el simbolismo de la rosa puede convertirse en un vulgar lugar común frente a una rosa viva que tienes en las manos.

Portada de "Jack Pumpkinhead of Oz" (1929), de Ruth Plumly Thompson. Ilustración de John R. Neill.

La maravillosa tierra de Oz

Hace poco, en fin, leí La maravillosa tierra de Oz (el libro que había leído a medias en esperanto) y descubrí que toda la historia tiene mucho que ver con la distinción entre la vida y la no vida, lo natural y lo artificial, pues varios seres cobran vida gracias a unos polvos mágicos (como todos nosotros, se podría decir, a la manera de un chiste malo que me contaron de niño). Entre esos seres están una calabaza (que ya es un ser vivo, claro), un tronco caballo de madera y un alce-sillón volador.

El más importante de estos seres es Jack Pumpkinhead (Jack Cabezadecalabaza), el protagonista de la aventura junto al niño Tip. Poco después de cobrar vida, dice Jack:

“Aunque me doy cuenta de que sé muchísimas cosas, al no conocer todo lo que hay, no he podido hacerme aún cargo de cuanto me queda por saber. Me llevará algún tiempo averiguar si soy muy sabio o muy tonto”.

Es una interesante reflexión, que muestra que sabiduría y estulticia se definen a menudo por comparación. Villiers de L’Isle Adam, que ya había tenido tiempo para investigar a los demás: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Esta y las siguientes ilustraciones de John R. Neill pertenecen a "The Marvelous Land of Oz: Being an Account of the Further Adventures of the Scarecrow and the Tin Woodman, commonly shortened to The Land of Oz" (5 de julio de 1904)

Algo parecido le pasa al caballo hecho de un tronco, que corre locamente sin atender a las llamadas de su creador (que es también Tip). Finalmente, cae en un agujero y se ve obligado a parar. Dice entonces:

__¿”So” significa parar?

__Sí.

__¿Y un agujero en el suelo también significa parar?

Otra excelente reflexión que hoy tendría en cuenta un diseñador de videojuegos al establecer los comportamientos de sus criaturas virtuales.

El alce-sillón volador también se hace preguntas semejantes:

“Es mi primer día de vida, así que no puedo saber si estoy sano o estoy enfermo”.

En un momento de la aventura, Jack y Tip viajan a la Ciudad Esmeralda y allí conocen a su rey, el Espantapájaros (al que conocemos muy bien por la película de Judy Garland). Mantienen entonces Jack y el Espantapájaros un diálogo con traductora simultánea incluida, la niña Jaleíta. A pesar de que se entienden perfectamente, porque hablan el mismo idioma, se desarrolla una absurda y divertida situación en la que casi llegan a las manos porque Jaleíta “traduce” lo que le da la gana. Una situación muy semejante se puede ver en la película de los Hermanos Marx Sopa de ganso entre Groucho y el embajador del país rival.

Al final, Jack al Espantapájaros dice:

“Ha sido culpa mía. He dado por supuesto que hablaríamos idiomas diferentes porque somos de diferentes países”.

Es probable que haya un doble sentido, o triple, una alusión a Gran Bretaña y Estados Unidos, o al Canadá anglófono y Estados Unidos.

A menudo en el libro se trata el asunto de la diferencia, de las personas que son diferentes a lo que la sociedad considera normal. Así, el Espantapájaros le dice a Jack:

“Como somos distintos de la gente corriente, seamos amigos”.

También dice:

“Todo en la vida es raro hasta que uno se acostumbra”.

Y en otro momento alguien dice:

“Estoy convencido de que las únicas personas que merecen cierta distinción en este mundo son las que se salen de lo corriente”.

Una idea que coincide con la defensa que hacía John Stuart Mill de los excéntricos.

También las niñas tienen aquí un papel fundamental, no sólo porque se produce una revolución contra el Espantapájaros dirigida por una niña, llamada General Jinjur, sino por el asombroso desenlace que puede hacer considerar a esta novela uno de los libros de cabecera de travestis y transexuales. No lo cuento aquí, por si alguien quiere leerlo sin conocer el final.

Un dato curioso, que quizá tenga relación con todo esto, es que el autor, Baum, escribió varios libros con nombre de mujer, que es justo lo contrario de lo que se hacía en su época, en la que las mujeres solían esconderse bajo seudónimos de hombre, como George Elliot o Fernán Caballero.

Copyright © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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