La película de todas las respuestas

“Yo creo en América…” (Francis Ford Coppola y Mario Puzzo en El padrino, 1972)

En una de esas estúpidas clasificaciones sobre ¿Cuál es tu película preferida?, no sé en qué puesto estaría, pero de lo que estoy seguro de que no faltaría nunca.

Esas listas siempre dependen del momento de tu vida, de tu estado de ánimo, de cómo ande tu memoria… Sin embargo, El padrino, de Coppola, aparecería siempre. Así que al final ganaría por la regularidad de mi recuerdo.

No puedo saber la cantidad de veces que la he visto. Treinta, sesenta, cien… es posible. Hoy he vuelto a verla. Y eso que no quería. Solo una secuencia, me he dicho. Pero me he vuelto a engañar.

Quedarse delante de un par de fotogramas es tener que devorarla hasta el final. Su secreto reside en que, a medida que me voy haciendo mayor descubro algo nuevo en ella. No falla.

Es como esos paisajes que cambian, que se mueven, respecto a la luz que incide sobre ellos… Así me ocurre con El Padrino. En cada visionado me salta algo nuevo algo a la vista. Algo que, curiosamente, siempre ha estado ahí. Así, comprendo más intensamente a sus personajes. Aprecio más cada uno de sus matices.

Como un buen vino al que el tiempo le hace tomar nuevos aromas y sabores, con esta historia, voy descubriéndome a mi mismo. Es un clásico. Pero no sólo de la cinematografía. Es un clásico de la creación. De esas obras que ayudan a entender al ser humano.

Creo que no exagero nada si digo que El Padrino de Coppola está a la altura de un Hamlet o un Quijote. Sus textos no tienen nada que envidiar a cualquiera de estos clásicos y, como ellos, explican a la perfección la profundidad del alma humana. Todos los sentimientos, las dudas, la oscuridad y la grandeza de nuestras vidas están contenidas en esta historia (divida en dos partes).

Y es que la familia Corleone es la historia de cualquiera de nuestras familias. En todas hay o ha habido un Don, un patriarca, una figura central de la que partió todo. En todas hay una hermana, Connie, que nos ha traído a unos cuñados que quisiéramos ver con los peces. Amigos que son parte de nuestra familia sin que lleven nuestra sangre… Y amigos que a veces nos han traicionado.

Todos, todos, tenemos alguno de los cuatro hermanos que sostienen la historia. Y, lo que es más inquietante, somos uno de ellos.

Yo he sido muchas veces Michael, el hermano pequeño que no quiere pertenecer a la familia y que termina descubriendo que no se puede luchar contra el destino. Aquel que no quería ser como su padre y que un día se descubre idéntico a él. Porque muchas veces nos damos cuenta de que somos peores de lo que sospechábamos, que somos capaces de hacer cosas por las que no podríamos mirarnos al espejo… pero las hacemos. Y seguimos viviendo.

Me he visto como Sonny, el hermano impulsivo, pasional, que ama y odia a partes iguales. De esos que besas y aborreces según el día que tenga. Que no tiene cabeza. Sólo corazón. Que no piensa lo que hace y que es presa fácil para sus enemigos… pero al que solo puedes querer porque no tiene doblez. Siempre es sincero para bien o para mal. Y siendo así, en esta vida, sólo se puede acabar mal.

He sido Tom Hagen. El hermano adoptado. Callado y tímido. Inteligente y observador. Frío y calculador. Con la palabra justa y oportuna en la boca. Que sólo habla cuando le preguntan. Fiel y agradecido. Pero siempre con el profundo complejo de saber que no perteneces totalmente a la familia. Sintiendo que eres adoptado y que en algún sitio está tu familia auténtica.

Y muchas veces me he sentido como Fredo, el hermano mayor. Porque creí ser listo, pero hice el tonto. Porque sólo serví para ser el chófer o el subdirector de un casino de Las Vegas. Porque no he tenido capacidad para tomar decisiones en el momento oportuno. Porque he sido la oveja negra. Porque he preferido llorar a vengarme. Porque me he visto como un inútil sentado en la acera junto al cadáver de su padre… Y es duro ser Fredo.

Si El Padrino es un tratado sobre la vida, lo es aún más sobre la muerte. Todos y cada uno de los finales que podamos pensar están contenidos en sus imágenes. Violentas y tranquilas, hay muertes donde elegir: en soledad, como Michael, en mitad de un patio trasero. Rodeado de los suyos, de un cáncer terminal que se nos come lentamente como a Tom. Tiroteado por nuestros impulsos en la parada de un peaje, como Sonny. O asesinado por nuestras traiciones a la vida, como a Fredo…

La Biblia es el libro de los libros y El Padrino la película de las películas. Por lo menos, a ella recurro cuando necesito respuestas.

Se que es estúpido: ¿cómo es posible que la historia de una familia de emigrantes italianos en Estados Unidos pueda contar tan bien mi vida y, sospecho, la vida de todos? Claro que ¿cómo es posible que la historia de una familia de italo-israelita en cuyo seno nace un Don y que, más tarde, muere a manos de otra familia (italiana por más señas) haya movido la conciencia de millones de personas siglos después?

Bueno, supongo que es cuestión de creencias. Y sobre creencias, a diferencia de los colores, sí que hay mucho escrito…

Estoy próximo a cumplir los cuarenta. Mi padre a esta edad tuvo que tomar una decisión crucial en su vida y en la de su familia, al igual que yo ahora. Hay una secuencia idéntica en El Padrino II: Michael en un momento determinado de la historia se encuentra con un problema similar al que tuvo que enfrentarse su padre. Él se pregunta qué habría hecho el Don. Las imágenes nos enseñan qué hizo cuando se encontró en esa encrucijada.

Yo pienso en mi padre. Él no era el Don. Y yo no soy Michael. Ningún flash back me muestra qué le pasó a él ni que camino he de tomar. Así que tendré que volver a ver la película de Coppola. En ella, seguro, está la respuesta.

Copyright del artículo © Pedro Luis Barbero. Reservados todos los derechos.

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. Tuno negro (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de esas fechas en el nuestro país, logro que le llevó a no volver a hacer cine en España hasta 2015, año en que rodó El futuro ya no es lo que era.

Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como Impares o ¡Viva Luisa! con las que consiguió pagar el alquiler.  Actualmente, como todo el país, está pensando en emigrar… aunque quizá sea más fácil conseguir que sea el país quien emigre de él.

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