Poseedoras de una magia y de un atractivo sin igual, estos quiméricos híbridos entre doncella y pez han inflamado la imaginación de incontables artistas, si bien en el cine no han disfrutado de la misma atención suscitada por otras bellas fatales como las vampiresas.

En Nueva Iberia, una ciudad de Louisiana, el detective Dave Robicheaux (Tommy Lee Jones) investiga el macabro asesinato de una joven prostituta. Uno de sus sospechosos es el mafioso local “Baby Feet” Balboni (John Goodman), que últimamente anda metido en el negocio del cine coproduciendo una película sobre la Guerra Civil cuyo rodaje trascurre por la zona.

Avalada por un sólido reparto encabezado por Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley, redondeado por secundarios de lujo como la veterana Charlotte Rampling, Nunca me abandones (Never Let Me Go, 2010) llevó a la pantalla la novela homónima de Kazuo Ishiguro.

Parece que Hollywood ha encontrado un nuevo (viejo) filón en el folklore universal, que se ha desprendido del formato infantil made in Disney –aunque no por ello menos apasionante– para trasegar por senderos aparentemente más adultos.

La siempre elegante imagen de Vincent Price (1911-1993), con sus cejas arqueadas, su gesto adusto y una voz que modulaba con maestría para poner los pelos de punta, ocupa un puesto de honor en el panteón del cine de terror y fantástico junto con otros grandes como Lon Chaney, Boris KarloffBela Lugosi, Christopher Lee o Peter Cushing.

Cualquiera que haya acudido a una reunión de vecinos sabe que la convivencia no siempre es fácil; los deseos e intereses del individuo chocan con los estándares impuestos por la mayoría. A través de la figura del vecino, el cine ha hurgado en las rugosidades de la relación entre individualismo y colectividad, entre el Yo y el Otro, entre la imagen que proyectamos de cara a la galería y la oscuridad que acecha desde nuestro interior.

Tras reinventar en Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, Hayao Miyazaki, 2008) “La sirenita” de Andersen, el Studio Ghibli volvió a atacar de nuevo con Arrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti, 2010); en esta ocasión el veterano maestro de la animación japonesa cedió el testigo de la dirección al debutante Hiromasa Yonebayashi, a la sazón el director más joven del estudio avalado, eso sí, por una dilatada experiencia como animador.

Prácticamente, casi todos los asesinos "famosos" han tenido su correspondiente libro o película. John Wayne GacyTed BundyAlbert DeSalvoManuel Blanco Romasanta o Andrei Chikatilo, entre otros nombres de una siniestra galería, han servido de inspiración a filmes de todo tipo, desde grandes clásicos u obras de culto hasta olvidables biopics realizados para la televisión o lanzados directamente al mercado doméstico.

A veces pienso si no lo soñé: en 2003, durante un viaje por el sur de Francia con mi novia de entonces, tras detenernos de buena mañana a comprar agua en un bar, me encontré con Jean-Paul Belmondo en la terraza. Me quedé helado: sí, era nada menos que Belmondo.
Yo ya me había encontrado en París con Jean-Hugues Anglade, paseando el carrito con su bebé a la vera del Sena, le había reconocido y él me dio conversación y estuvimos charlando unos minutos. Muy agradable el tipo.

La carta (1940) forma parte del cuarteto de las mejores interpretaciones de Bette Davis. Con ella están Eva al desnudo (1952), La loba (1941) y Jezabel (1938). El prototipo de mujer fría, a veces por dentro y por fuera y, en ocasiones, solamente de cara al exterior, se acuña en estas cuatro películas, distintas pero con el denominador común de la personalidad de la Davis, con toda seguridad la actriz con más hondura interpretativa del cine americano (o, lo que es lo mismo, del cine).

Lo más curioso en la historia de la mitomanía de Bond es la reacción que provoca entre sus admiradores más cultos. A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a pesos pesados de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de parecido prestigio, que también nos predisponen a favor del bondismo literario y cinematográfico. 

Pasado más de un siglo desde su nacimiento, Ian Fleming (28 de mayo de 1908 – 12 de agosto de 1964) es un novelista famoso, pero también un creador oscurecido por su personaje más logrado: el agente secreto James Bond.

Si alguien te hace huir estás perdido para siempre. Aunque nadie lo sepa, aunque pasado el tiempo nadie lo recuerde, aunque estés entre gentes desconocidas, tú lo sabrás y ese pensamiento no te va a dejar nunca. No se trata de heroicidades, sino de que hay veces en las que uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.

Esos personajes que, después de llevar una vida de conflictos y violencia, vuelven a sus lugares de origen y se convierten en mansos corderillos me resultan muy atractivos. Ya conocéis el tipo: gente que ha sido marine, policía, ranger, pistolero o asesino a sueldo.

El último magnate es el canto del cisne de Francis Scott Fitzgerald. Comenzó a escribirlo en septiembre de 1939 y lo hizo como una manera de sentirse vivo después de una serie de desgracias familiares, personales y económicas que lo habían estado zarandeando durante los últimos tiempos. No hubo suerte, sin embargo.

Imagino la cara que debió de quedársele a Hrundi V. Bakshi cuando, después de ser expulsado del rodaje de una película que supuestamente tenía lugar en el desierto (que es un sitio lejano, con mucha arena, donde no se usan relojes de pulsera), recibe una invitación del productor de la misma para una fiesta en su mansión de las afueras de Hollywood.

Phyllis Dietrichson es una rubia impostada que usa cadenitas en los tobillos. Y eso en plena década de los cuarenta. Una mujer así tiene por fuerza que engatusar a un tipo anodino, agente de seguros por más señas, que tiene escasos horizontes en su vida salvo evitar que alguien abuse de la compañía en la que trabaja.

La personalidad de Hitchcock era tan potente, tan cuidadosamente agresiva, que sus propias opiniones acerca de las películas que dirigió son capaces de influir al público de una forma muy decisiva. Si lees en cualquier libro o página dedicada al cine las opiniones sobre esta película, encontrarás que muchas de ellas se dejan llevar por la propia inquina que el director inglés le tenía.

“Los negros mienten” parece pensar el jefe de policía de Sparta (Mississipi), el rudo y terco Bill Gillespie. No lleva un buen día. El asesinato de Colbert, poderoso industrial del norte, le ha contrariado.

En la película Hechizo de luna (1987), de Norman Jewison, hay dos escenas que vienen al pelo para este post. En la primera de ellas, Rose Castorini, la madre de la protagonista, observa una disputa entre un profesor de edad madura y una de sus alumnas, que evidentemente mantiene una relación sentimental con él. 

El amor se condensa en una carta. Las palabras cuentan lo que los labios callan. Los ojos en los ojos desnudos se han quedado. Nada hay que no sea sufrimiento después de tantos años. El tiempo que ha pasado no ha convertido en agua clara el sueño que viviste después de conocerlo tan de cerca. Él no ha entendido y tú no has sido capaz de olvidar.

Blanche Dubois es una mujer madura que pertenece a una rancia familia del sur venida a menos. Las circunstancias de su vida la llevan a tener que vivir en Nueva Orleáns con su hermana pequeña, Stella, y su cuñado, Stanley.

Dicen que la idea se le ocurrió a Bob Gale mientras visitaba a sus padres en St. Louis, Missouri. Al descubrir los anuarios estudiantiles de la familia, le dio por pensar qué habría ocurrido si hubiera coincidido en la misma clase con su padre.

Miranda Frayle y Don Lucas, actores de mediana fama, hollywoodenses en activo, han roto. Después de protagonizar varias películas, su tórrido romance se ha terminado y ella da en consolarse, al estilo de otras de su oficio, con un aristócrata que merodea por la Riviera Francesa en busca de ligues con los que poder soportar la pesada vida del Lord inglés.

La fiesta está podrida. El sábado noche es el momento en que los habitantes de este pueblo de Texas deciden dejarse sus buenas intenciones en casa y salir a la calle a arrasar con todo lo que encuentren. Mujeres que engañan a sus maridos; maridos que miran hacia otro lado (lado en el que, curiosamente, está el trasero de otra señora que no es la suya); ricos que mangonean a modo; hijos de ricos que, a pesar de todo, tienen su corazoncito; esposas de presidiarios que vivaquean entre el enamoramiento y la chapuza...

Los clásicos del cine negro reflejan la pasión erótica desde sus ángulos más tortuosos. Una pasión que, como ahora veremos, a veces trasciende la ficción y se contagia a los actores encargados de conducir la trama.

Edith Head. Un nombre mítico. Sus vestidos han creado estilo en el mundo del cine. Una película con la ropa de Head es un éxito seguro en lo que se refiere al look de las estrellas. Una garantía que perduró durante años.

Una de las primeras escenas de Crimen perfecto, la hitchcokiana película de 1954, nos presenta a su protagonista, Grace Kelly (que no era todavía, como es obvio, Gracia Patricia de Mónaco) con este vestido rojo tan especial, insinuante y que le sienta tan bien. Se trata de un vestido forrado de encaje, con escote corazón, cintura ajustada, falda amplia, que llega hasta media pierna y que se complementa con un bolero que, apenas cubre las mangas y la espalda de la actriz.