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En este volumen, brillante y cuidado hasta el más mínimo detalle, disfrutamos del arco argumental que consolidó la nueva etapa de Batman emprendida en 2011, dentro de la nueva continuidad de los Nuevos 52.

Una regla no escrita de los superhéroes es que, cada cierto tiempo, deben retornar a sus orígenes. Esto impide que pierdan la pureza que los caracterizó cuando emprendieron su cruzada contra el crimen.

Tal vez un rasgo de Batman aparece en cada uno de sus amigos y colaboradores. Tal vez el héroe original se difuminó para siempre para que esas cualidades prosperasen en sus herederos. Tal vez Gotham puede sobrevivir sin su principal protector, gracias a quienes defienden su legado.

Al otro lado de las viñetas tenemos al recordado guionista Len Wein y al dibujante John Higgins. Sabes que puedes confiar en sus cualidades narrativas en el justo instante en que abres las páginas de este cómic. Un tebeo que, además, nos brinda una oportunidad para echar de menos a un creador como Wein, cuya larga carrera estuvo llena de títulos formidables.

Pocos personajes de cómic que yo conozca son tan distintos como Cable y Masacre. El primero lleva la justicia enhebrada en su genética. Recordemos que es hijo de Cíclope y de la heroína/villana Madelyne Prior, clon de Jane Grey.

En ocasiones, el universo Marvel es como una serie de cajas chinas o como una muñeca matrioska: una historia dentro de otra historia dentro de otra historia. Esto es algo que uno llega a sentir cuando accede a macroseries como El Guantelete del Infinito, originalmente ideada por el guionista Jim Starlin y hecha realidad por los dibujantes George Pérez y Ron Lim.

Cuto es a la tradición de la historieta española lo que Tintin o  Spirou son a la francobelga. En España, el tebeo de este perfil ‒el protagonizado por un chaval aventurero, metido en mil complicaciones‒ lleva el nombre de Cuto, y créanme, ya va siendo hora de que las nuevas generaciones lo tengan en cuenta.

El árbol genealógico que prospera a partir del Lázaro de la Biblia incluye a sus tres hijos, Abraham Skybourne, Thomas Skybourne y Grace Skybourne, genéticamente superpoderosos y bendecidos con dos cualidades: una piel impenetrable y una biología inmortal.

Tras el guión de un tebeo puede haber toda una concepción del pasado y del presente. En este sentido, la nueva entrega del El Castigador está respaldada por un conocimiento histórico que, en algunos momentos, convierte a este cómic en una lectura que se podría añadir a otros testimonios reunidos en la miniserie documental La Guerra de Vietnam (The Vietnam War, 2017), escrita por Geoffrey C. Ward y dirigida por Ken Burns y Lynn Novick.

Con guión de Cullen Bunn y un estupendo trabajo gráfico del cántabro David Baldeón, Monsters Unleashed parte de una premisa que siempre funciona: un chaval a cargo de monstruos gigantes, enfrentados con criaturas de similar poderío.

El acento prioritario suele ponerse en la calidad de su trazo o en su versatilidad estilística, pero el mayor mérito del barcelonés Jesús Blasco (1919-1995) es su potencia narrativa. Por eso hay que leer con gran atención este magnífico volumen, donde ese mérito ‒y tantos otros‒ se expone en cada viñeta. No en vano, hablamos de uno de los mejores historietistas españoles ‒quizá el mejor‒, con una personalidad y una excelencia equiparables a las de los grandes dibujantes de cómic de su tiempo.

Comprendo perfectamente el hechizo que despierta el recuerdo de Watchmen (1986). Y también comprendo que Alan Moore decidiera no involucrarse en las precuelas de su obra maestra. ¡Vaya sí lo comprendo!

Surrealista es un calificativo bastante complejo. Los que no dominamos las disciplinas artisticas solemos apresurarnos a pronunciarla, a veces sin acierto, en un intento de catalogar a los pintores que buscan su inspiración en el imperio de los sueños. Paul Nash (1889-1946) fue un surrealista británico que se acoge bien a esa fórmula, sobre todo durante su etapa final.

Nos pasamos la vida diciendo: claro, Batman y Joker otra vez, con el cortocircuito moral de siempre, espoleados por una locura de la que, en el fondo, no se libra ninguno de los dos...

De entre todos los personajes del thriller sobrenatural que uno recuerda con claridad, el único que da la impresión de ser un buen compañero en la barra del bar es John Constantine. En este tomo, en el que participan figuras secundarias de su universo, esa simpatía aflora con la misma intensidad con la que se manifiestan el misterio y el terror.

Si los superhéroes son los semidioses de la cultura de masas, y si sus aventuras son la reformulación de las viejas leyendas, entonces Flash expresa nuestra asunción de que la máxima velocidad es un don lo suficientemente poderoso como para seguir admirando a este heredero escarlata del dios Hermes (o de sus equivalentes: el romano Mercurio y el nórdico Hermód).

Esto de revivir el pasado mítico lo tiene el cómic muy bien resuelto. Así lo comprobamos en este excepcional recorrido por una historia, la de los Dalton, que ha pasado a ser leyenda del western. La trama, a todos los efectos, la inventó el superviviente de las correrías que aquí se cuentan: Emmett Dalton (1871-1937), forajido y miembro de la partida de cuatreros que se dio a conocer como el Dalton Gang, o entre nosotros, la banda de los Dalton.

Hombre, si uno puede apasionarse con una precuela bien hecha, es que una franquicia funciona. Aunque no lo parezca, secuela, precuela o reboot ‒en nuestro idioma: reinicio‒ son palabras mayores. Ya saben cuánto nos deben importar el respeto a un legado, la continuidad de un proyecto creativo o el homenaje a una obra con mayúsculas.

Hoy es un buen día para acordarnos de aquellos tebeos de terror en nos alegraron la vida en los setenta y los ochenta. Tal vez tú mismo eres uno de los miles de lectores que atesoraron en sus estanterías ejemplares de Dossier Negro, Creepy, Drácula (sí, aquellos fascículos de Buru Lan), Fantom o los cuadernos de la colección Escalofrío (subtitulada "Historias gráficas de medianoche"). Si es así, seguramente conserves en la memoria títulos legendarios de los felices setenta, como La Tumba de Drácula, Vampire Tales, Monsters Unleashed!, Dracula Lives! o el que hoy nos importa: Tales of the Zombie.

Imagínense lo que supone este descubrimiento para quienes no somos británicos. Una vieja revista inglesa, Scream!, publicada en 1984. Una revista que, además, seguía la moda de aquellas fechas, con episodios de terror y misterios góticos equiparables a los que había editado Warren al otro lado del Atlántico.

¿Creen que el Castigador podría cambiar? Pues no. Todo debe seguir en su sitio. A Castle sólo le importa la pedagogía preventiva. Es decir, liquidar al criminal e intimidar al que pretende serlo.

Me encanta el tira y afloja entre el Hombre Araña y sus sucesivos adversarios. Spidey, desde sus orígenes, requiere un público al que le interese su vida privada ‒puro costumbrismo‒ y al que le importen sus enemigos, desde los más amenazantes a los más pintorescos.

El deseo de combinar franquicias de éxito es tan viejo como la cultura pop.  A veces, los resultados son seductores y divertidos, y en otras ocasiones son tan opacos como las intenciones de quienes los promovieron. En este caso, nos encontramos ante un ejemplo de lo primero. Como podrán comprobar, el encuentro del xenomorfo de Alien con el Caballero Oscuro no puede ser más interesante, sobre todo en su primer tramo.

Nadie puede explicar la magia. Es uno de sus misterios, y por eso nos atrae de una manera tan directa. Por supuesto, hablo de las hechicerías y los embrujos de la ficción, y no de su equivalente real, que históricamente condujo de la sabiduría popular a la alquimia, y de ésta, a la ciencia. Pero no nos desviemos del tema.

¿Deben casarse los superhéroes? ¿Pueden aceptar las convenciones sociales del matrimonio cuando lo suyo es lucir un vistoso uniforme elástico y acreditar que no han perdido ni un ápice de sus poderes? Si esas preguntas han generado complicados debates, imaginen lo que ocurrió cuando en 1996 DC Comics optó por llevar al altar al primer representante de esa estirpe: el mismísimo Superman.

La más temprana manifestación de este antihéroe tan peculiar fue su papel secundario en The Sandman (1989). Sólo a Neil Gaiman se le podía ocurrir la idea de un Lucifer con el rostro de David Bowie, hastiado de su papel en el Infierno, y lo más importante, dispuesto a gozar de los placeres mundanos mientras sortea los problemas que le persiguen desde el más allá.

Los malentendidos y certezas sobre la muerte y la posibilidad de un más allá han generado un sinnúmero de relatos, y han seducido la imaginación de muchas generaciones de lectores. Consciente de ello, Mark Millar se asoma a este panorama y nos regala una aventura encantadora, repleta de ensueño y de buen ánimo.

No puede decirse que los Guardianes de la Galaxia fueran los más conocidos antihéroes del universo Marvel. O al menos, no podía decirse antes de que Kevin Feige anunciase su inesperado lanzamiento como franquicia cinematográfica. Desde entonces, la vida ha dado muchas vueltas, y ahora son legión los lectores de cómics que se sienten acompañados por esta tropa de héroes disfuncionales, popularizados masivamente gracias al bueno de James Gunn.