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El cine de acción es, fundamentalmente, un riesgo contado en imágenes. El humor tiene la misma naturaleza. No olvidemos que, desde los tiempos en que Buster Keaton, Douglas Fairbanks o Harold Lloyd rodaron sus escenas más memorables, el peligro y la comicidad han estado unidos. ¿Y cuál es la clave para armonizarlos? Yo diría que la convicción necesaria para convertir una caída, una pelea o una ocurrencia chistosa en una exhibición de verdad y de talento.

No hubo mejor época que los ochenta para ser héroe de acción. Me refiero, por supuesto, a los Schwarzenegger, Stallone, Norris y compañía, dotados de invulnerabilidad y capaces de doblegar a un regimiento con una ametralladora Uzi en cada mano.

Aunque parezca lo contrario, el humor para todos los públicos no es algo habitual. No lo regalan al salir de la escuela de cine. Por eso es tan elogiable esta película de Peyton Reed, una comedia de aventuras en la que grandes y pequeños pueden encontrar muchas y bien justificadas razones para disfrutar.

A la vista de tantas otras secuelas que nos llegan últimamente, y aunque esta reivindicación pueda escandalizar a algunos, creo que es justo reconocer que Gary Ross ha logrado revivir la franquicia Ocean's volviendo a sus raíces: la comedia clásica y el robo de guante blanco.

Casi nadie esperaba que Sicario (Denis Villeneuve, 2015) fuese a tener una secuela. Pese a entusiasmar a público y crítica, parecía un film cerrado y sin necesidad de extensiones de ningún tipo. Sin embargo, viendo el resultado de Sicario: El día del soldado, quien escribe estas líneas no tiene ningún problema en disfrutar de las siguientes entregas que nos depare esta insospechada saga.

Pocos guionistas de cine se convierten en celebridades, y la fama de esta minoría resulta especialmente efímera. Le sucedió a Joe Eszterhas a raíz del tremendo éxito de taquilla que fue Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) y a Diablo Cody a causa de la buena recepción de la película indie Juno (Jason Reitman, 2007).

Hubo un tiempo en el que los espectadores nos aventurábamos en los cines en busca de horrores primordiales. Me refiero a historias que nos dejaban perdidos en laberintos infernales, oyendo las pisadas de alguna aberración que no debería existir, pero que parecía verosímil en la pantalla.

¡Ya han pasado catorce años desde el estreno de Los Increíbles! Tempus fugit, y de qué manera. El caso es que a uno le extraña que aquel éxito de Pixar dirigido por Brad Bird no haya tenido su secuela hasta ahora.

Hay tantas variantes de la comedia que no vamos a intentar resumirlas aquí. En todo caso, ¡Qué guapa soy! (I Feel Pretty) intenta abarcar unas cuantas: la comedia romántica ‒hay que dar lustre al amor‒, la comedia desfasada ‒sin miedo al qué dirán‒, la comedia con mensaje ‒para los amantes del cine con moraleja‒ e incluso la comedia fantástica ‒tomando Big (1988), de Penny Marshall, como santo y seña‒. De esta forma, combinando lo irreverente y lo libertino, lo tierno y lo ingenuo, Amy Schumer se apropia de una trama construida a la medida de sus cualidades como actriz y humorista.

Juan Antonio Bayona como realizador, Eugenio Mira como director de la segunda unidad, Bernat Vilaplana en la sala de montaje y Óscar Faura como director de fotografía. Ahí tienen cuatro razones que explican la calidad de esta superproducción, una cinta de aventuras en la que los detalles previsibles se alternan con una sucesión de aciertos más que sorprendente en una secuela.

¿Cómo terminar de una vez por todas con la rutina en las comedias románticas? Es sencillo. En realidad, sólo hay que fijarse en los maestros del género e introducir una novedad lo más llamativa posible. Greg Berlanti ha cumplido esos dos preceptos ‒ahora veremos cómo‒, y el resultado es una película que funciona estupendamente.

Cuando un proyecto no llega a rodarse, uno siempre se imagina ese momento en el que todos miran al suelo, y se instala en el equipo ese silencio propio de una unidad de cuidados intensivos a medianoche.

Dos Rachels, Weisz y McAdams, son las protagonistas de este film en el que las interpretaciones son lo más importante. Ambas Rachels, por otro lado, destacan por haber conseguido algo no tan sencillo para las actrices de buena presencia física: demostrar que son excelentes intérpretes y que pueden hacer algo más que lucir palmito.

A la hora de ver una película, ninguna emoción es trivial, y la nostalgia menos. Por esto último, entre otras cosas, cualquier lector veterano de cómics Marvel se enamorará de Deadpool 2 instantáneamente, especialmente si leyó los primeros tebeos de este personaje ‒Masacre, creado por Fabian Nicieza y Rob Liefeld‒ cuando llegaron a nuestro país hace más de veinte años.

En 1997 los Allegri, padre Renzo e hijo Roberto, publicaron un libro cuyo título era Callas by Callas. En él, a través de la documentación oportuna al caso, la cantante contaba su vida y hablaba de su arte.

Rob Cohen es uno de esos directores especializados en encargos. Suelen contratarle para películas de acción y espectáculo de presupuesto medio, sin intención de ser los grandes blockbusters del verano. Pero así y todo, se convirtió en el iniciador (¿accidental?) de una de las sagas más largas y sustanciosas del actual cine palomitero, al dirigir la primera entrega de The Fast and the Furious en 2001.

Hace unos años, llegó a las librerías Soldados a caballo (Horse Soldiers: A True Story of Modern War, 2009), de Doug Stanton, la narración periodística de una aventura real, protagonizada en el Afganistán de los talibanes por un equipo de agentes de la CIA y soldados de las Fuerzas Especiales, en alianza con combatientes afganos de la Alianza del Norte.

Diez años después del estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008), el universo cinematográfico de Marvel ya tiene bien claro qué ofrecer a su público objetivo. Un público que se divide en tres categorías: 1) fans acérrimos de estas películas, 2) lectores de cómics Marvel que no pueden evitar ver qué han hecho con sus queridos héroes, aunque sea para quejarse, y 3) simples espectadores con ganas de entretenimiento ligero e intrascendente, como es mi caso.

Hay ocasiones en que el espectador se siente obligado a hojear con discreción uno o dos libros mientras se ilumina la pantalla del cine. Y ésta de hoy, sin duda, es una de esas oportunidades. No sólo por la magnitud del personaje protagonista, J.D. Salinger, como por la importancia que adquiere su obra maestra, El guardián entre el centeno (1951), en el guión de la película que nos ocupa.

Si ustedes se divierten ahora con las películas de monstruos gigantes, puedo imaginarme que que también eran felices cuando, de niños, leían relatos de caballeros y dragones. La explicación es simple: en el fondo, se trata del mismo género.

En el mejor cine de terror, la presa eres tú. Eso no no olvides. Como sucedía en aquellos cuentos que el viejo de la tribu contaba a la luz de la hoguera, las buenas películas del género apelan a dos temores arcaicos: el que sentimos por los misterios del más allá y el que nos inspiran esos depredadores que, en otro tiempo, devoraban a nuestros antepasados prehistóricos.

Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

A los seguidores de Agatha Christie no siempre les importa la calidad literaria. Esto es así, aunque sorprenda a algunos. Más de un admirador de la vieja dama del crimen usa los relatos de Christie como un ejercicio intuitivo. Como una partida de ajedrez, si lo prefieren. No es tanto cuestión de asombrarse ante el retrato de personajes y el ritmo narrativo ‒dos virtudes de doña Agatha‒ como de disfrutar ante un engranaje diseñado con primor.

Da la impresión de que Javier Gutiérrez aparece últimamente en todas las películas y series españolas. Pero no nos vamos a quejar por ello. Más bien al contrario. El trabajo de este excelente intérprete es lo mejor, con diferencia, de Campeones, un film tan bienintencionado como artificioso.

Lo mejor de Ready Player One no es que Spielberg mejore el planteamiento ideado por Ernest Cline en su novela. O que, de cuando en cuando, reavive ese estilo entrañable y desenfadado que ya disfrutaron los niños y jóvenes de otro tiempo en sus primeras producciones para el sello Amblin. En absoluto. Lo mejor está en su modo de narrar. Que siga siendo el Spielberg de siempre, capaz de convertir cualquier historia en un relato único.

Nadie oculta la enorme deuda de esta secuela de Pacific Rim con esos dos subgéneros japoneses protagonizados, respectivamente, por robots colosales, controlados por humanos o biomorfos ‒los mecha, habituales en el anime y en los videojuegos‒, y por monstruos gigantes ‒los kaiju, herederos de Godzilla‒. Pero más allá de esta obviedad, Pacific Rim: Insurrección se presenta como una cinta juvenil muy eficaz dentro de sus limitadas ambiciones.

La franquicia de videojuegos Tomb Raider pasó por un lavado de cara en 2013. Fue aquel año cuando salió a la venta un reboot (reinicio), en el que sufrían cambios tanto el tono del juego como el aspecto de Lara Croft, la protagonista. En aquella ocasión, asistíamos a la primera aventura de la arqueóloga, que se nos mostraba como una joven con recursos, pero vulnerable. Por su parte, su voluptuoso y caricaturesco físico daba paso a una anatomía realista, en la que ya no se hacía explotación de su sex appeal.

Se dice pronto, pero son 20 años ya los que lleva Santiago Segura atado a la figura de José Luis Torrente, protagonista de su ópera prima como director de largometrajes. Desde entonces, la exitosa carrera como realizador de Segura se ha limitado exclusivamente a las entregas de Torrente (cinco películas, nada menos). Por supuesto, nadie le puede mirar raro por querer intentar algo distinto.