Un grupo de personajes recluidos en un recinto concreto a causa de una amenaza externa tendrá que enfrentarse no sólo a dicho peligro, sino a la eterna verdad ‒Homo homini lupus‒, en situaciones en las que el miedo y la desconfianza sacan lo peor que llevamos dentro.

El drama pugilístico parece ser uno de esos géneros que nunca pasan de moda, aunque el propio boxeo ya no sea algo tan popular como antaño. Lo cierto es que no ha evolucionado demasiado a lo largo de su historia: recordemos que Arthur Conan Doyle, Jack London o Robert E. Howard escribieron no pocas líneas sobre los modernos gladiadores del ring.

Los géneros cinematográficos evolucionan parejos a la sociedad, y lo común en las películas de misterio y/o terror actuales es que las tecnologías digitales formen parte importante de la trama. Ahí tenemos, por ejemplo, títulos como Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014) o Eliminado (Levan Gabriadze, 2014), donde típicas historias de suspense y miedo se narran a través de las pantallas de diferentes redes sociales o aplicaciones informáticas.

Los amantes de las buenas interpretaciones no pueden perderse una película sobre una familia en la que la madre está encarnada por Margo Martindale y el padre lleva el rostro de Richard Jenkins. Así de sencillo. De hecho, si en la cinta apareciesen estos dos intérpretes leyendo prospectos de jarabe para la tos durante hora y media, ya merecería la pena.

Además de la pesadillesca canción De niña a mujer (gran éxito de Julio Iglesias), el paso femenino a la madurez ha propiciado un puñado de buenas películas fantásticas y/o de terror donde suelen abundar los simbolismos y las imágenes poderosas.

Aunque siempre existieron, nunca se ha hablado tanto como ahora de los remakes de aquellos títulos que tuvieron éxito en su día.

Si tuviera que elegir un subgénero de la fantasía, me quedaría, sin dudarlo ni un momento, con el de los mundos perdidos. Ambientados en tierras incógnitas, esos relatos suelen enfrentar a sus protagonistas con saurios prehistóricos y con otras bestias olvidadas por el tiempo.

La guerra de las galaxias, Alien, Blade Runner, Cazafantasmas, Terminator, Parque Jurásico… Películas que los miembros de la Generación X llevamos en el ADN. Las adoramos de manera religiosa, las hemos visto mil veces en todos los formatos posibles y Hollywood, sabiendo que somos la quinta más nostálgica que ha existido, todavía sigue ofreciéndonos secuelas, remakes y reboots a estas alturas.

Hace unos años, Mark Millar nos sorprendió muy gratamente con una visión crepuscular y sombría del futuro de Lobezno. Aquel cómic se titulaba El viejo Logan, y aunque su argumento es muy distinto al de la película de James Mangold, es evidente que plantea una inspiración muy poderosa.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Veinte años? Cuando en 1996 se estrenó Trainspotting, los espectadores entendimos que aquella película era pura mitología urbana. Un relato febril, subversivo, moderno en el mejor sentido, sobre todo porque en su metraje podían verificarse con facilidad las enfermedades sociales de aquel tiempo.

Esta es una de esas películas que no te deja indiferente. O te atrapa o te molesta. Quizá porque esa es una de sus pretensiones. Y también porque mantiene una dureza en todos sus aspectos de la que nada se salva: no existe ningún bueno que pueda consolarnos de la maldad.

Isabelle Huppert es una actriz excepcional. Su fragilidad aparente esconde una fortaleza sin límites, y en este papel esa dualidad es fundamental.

Esta comedia no es una película pensada para romper moldes o llamar la atención por transgresora, sino un producto dirigido al público que no busca nuevas sensaciones, sino pasar un rato de entretenimiento ligero y sin complicaciones.

Existe una película con este mismo título, famosa por ser una de las producciones más incómodas de historia del cine: por un lado, fue una cinta esencial en el desarrollo del lenguaje cinematográfico, pero por otro, se trata de uno de los films más moralmente nauseabundos que se recuerdan.

Lo primero que debería apuntar sobre esta película es que la vi con una reticencia. Nunca he sido aficionado a las construcciones de LEGO, y tampoco estoy familiarizado con la subcultura pop que éstas han generado. Esta excusa ‒creo‒ me permite ser un poco más imparcial a la hora de contar las virtudes de este film, que son muchas y nada desdeñables. Sobre todo, en estos tiempos en los que originalidad es la palabra menos citada por los cinéfilos veteranos.

El teatro y el cine son dos cosas distintas. Sí, el público disfruta de ambas expresiones artísticas desde patios de butacas, hay actores y se suelen contar historias, pero, aparte del formato, son dos artes con códigos narrativos bien distintos.

No me gustaba el jazz hasta que un amigo me llevó a un concierto de John Pizzarelli y me convertí a su religión. Tampoco los musicales son cosa de mi predilección, aunque suene a herejía. Sin embargo, de esta película, La ciudad de las estrellas (La La Land), hay dos cosas que me atraen por encima de todo: la música y Ryan Gosling. Probablemente el tipo al que mejor le sientan los trajes de todo el mundo mundial.

Casey Affleck está dejando de ser el hermano de Ben Affleck para ser considerado un estupendo intérprete por sus propios méritos. En estos momentos, ya son muchos los que le consideran el mejor actor de los Affleck, pero su papel en Manchester frente al mar ‒al igual que su protagonismo en la adaptación de El asesino dentro de mí que dirigió Michael Winterbottom en 2010‒ le acerca cada vez más a la emancipación.

“El sistema educativo acabará contigo”, decía Parade en su canción “Niño zombi”, tema que bien podría formar parte de la banda sonora de esta interesante película de ciencia ficción y terror.

Nos llega Resident Evil: El capítulo final catorce años después de que Alice (Milla Jovovich) se topara con la primera horda zombi en la película inaugural de esta saga, inspirada en el videojuego homónimo.

Alguien podría decir que la miseria es afrodisíaca, y por eso la gente que vive en las peores condiciones no deja de procrear. Por supuesto, ese alguien sería una persona desinformada e indudablemente cruel, pero habría que darle la razón en un solo detalle: en los lugares más carentes de recursos, suele haber niños por doquier.

A veces abrigo la sospecha de que algunos de los problemas del cine moderno se deben a una infeliz necesidad de complicarlo todo, como si un largometraje fuese un retablo barroco lleno de golpes de efecto, temblores de cámara y alardes digitales. Frente a esa impresión, M. Night Shyamalan parece sentirse feliz con dos virtudes del cine de antaño: el clasicismo narrativo y el ingenio de la puesta en escena.

Ben Affleck, tal vez lo sepan ya, es un formidable guionista y realizador. El núcleo de sus películas encierra siempre una verdad emocional y, cuando el argumento lo permite, una disección del alma irlandesa de Boston, su ciudad de origen.

Sin tener un nombre tan conocido como el de James Wan, Mike Flanagan es uno de los directores de cine de terror más prolíficos de los últimos años. Flanagan crea películas que tocan distintos palos (subgéneros) con desigual fortuna, pero siempre con corrección.

El cine independiente (ajeno a las grandes productoras y a los circuitos comerciales masivos, con propuestas diferentes a las tendencias populares de turno, al menos en teoría) siempre ha existido, pero estuvo especialmente de moda durante la década de los 90 del pasado siglo.

La triste realidad de la guerra se ha convertido en espectáculo desde hace mucho, mucho tiempo. No hay más que contemplar todos los monumentos bélicos, o recordar esas poéticas gestas que nos llenan de espíritu heroico y guerrero, pero que tan poco tienen que ver con el sufrimiento y el horror de los conflictos, más allá de la propaganda y el triunfalismo.

Basada en el ensayo biográfico de Margot Lee Shetterly, Figuras ocultas nos narra una etapa apasionante en la vida de tres mujeres afroamericanas que en 1961 unieron su destino al de la carrera espacial.

Recuerden el esquema clásico que se estableció con El padre de la novia (1950), de Vincente Minnelli, y que tuvo su mejor vuelta de tuerca en Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer. Bien... Ahora, introduzcan en esa vieja receta el delirio procaz y malhablado al que nos han acostumbrado tipos como Jason Mewes ‒el eterno colega de Kevin Smith‒, y entonces se podrán hacer una idea de lo que nos brinda ¿Tenía que ser él?