La triste realidad de la guerra se ha convertido en espectáculo desde hace mucho, mucho tiempo. No hay más que contemplar todos los monumentos bélicos, o recordar esas poéticas gestas que nos llenan de espíritu heroico y guerrero, pero que tan poco tienen que ver con el sufrimiento y el horror de los conflictos, más allá de la propaganda y el triunfalismo.

Basada en el ensayo biográfico de Margot Lee Shetterly, Figuras ocultas nos narra una etapa apasionante en la vida de tres mujeres afroamericanas que en 1961 unieron su destino al de la carrera espacial.

Recuerden el esquema clásico que se estableció con El padre de la novia (1950), de Vincente Minnelli, y que tuvo su mejor vuelta de tuerca en Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer. Bien... Ahora, introduzcan en esa vieja receta el delirio procaz y malhablado al que nos han acostumbrado tipos como Jason Mewes ‒el eterno colega de Kevin Smith‒, y entonces se podrán hacer una idea de lo que nos brinda ¿Tenía que ser él?

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?

¿Qué línea separa el suspense del terror? Un ejercicio estimulante para el aficionado al cine de género puede ser intentar localizar esa frontera en esta notable película de André Øvredal, director noruego que llamó la atención mundial hace unos años con su sorprendente Trollhunter (2010).

En lo que llevamos de siglo, los zombis han pasado de ser “propiedad” de los aficionados al cine terror a convertirse en un producto de consumo general. El éxito de la adaptación televisiva del cómic The Walking Dead, las “marchas zombi” (zombie walk), la avalancha de comedias zombi a raíz del éxito de Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004), glamourosas muñecas infantiles zombi, videojuegos, monólogos zombi (!)... todas estas cosas y alguna más han “democratizado” a los zombis, y de paso han terminado por cansar un poco.

En el melodrama, las palabras emocionantes y el gesto sincero son armas muy poderosas. Belleza oculta acude a su cita con los espectadores usando ambos recursos, pero también lastrada por algún que otro problema de guión.

Hace poco, todos nos entusiasmamos con la serie de televisión Stranger Things, básicamente porque remitía al cine juvenil de los años 80, con un buen puñado de referencias directas e indirectas a las películas y la cultura popular de aquellos tiempos.

Jim Preston (Chris Pratt) sólo quería emprender una nueva vida en otro planeta. ¿Era eso tanto pedir? Jim quería ser un colono espacial, pero acaba de descubrir que su cápsula de hibernación se ha desactivado noventa años antes de lo previsto. Para su desgracia, no puede regresar al estado de letargo y morirá de viejo antes de llegar a su destino.

El cine fantástico está hecho de grandes saltos, de movimientos novedosos y también de fórmulas y secuelas. En realidad, la reiteración de un modelo forma parte esencial de eso que llamamos género, y que en realidad, no es otra cosa que volver a contar una historia que merece ser repetida.

Mine atrapa a cualquiera que se atreva a ir más allá de los géneros, y sobre todo, acepte que su trasfondo bélico esconde un relato más próximo al realismo mágico. La película es, en este sentido, una muñeca rusa que va mostrando, capa a capa, los secretos y las emociones más profundas de su protagonista, un convincente Armie Hammer dispuesto a sostener todo el largometraje sobre sus hombros.

Por alguna razón que se escapa, en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda la figura del célebre narcotraficante colombiano Pablo Escobar. Series de televisión, películas y documentales han brotado como setas. ¿Por qué? Ni idea, pero al menos hay que reconocer que don Pablo fue un personaje mucho más interesante que Steve Jobs (lo de los mil biopics y documentales sobre ese vendedor de ordenadores sí resulta inexplicable).

Nos hemos convertido, por distintas razones, en un espectadores cínicos. En estos tiempos, los cineastas encargados de hacer películas de Superman sienten vergüenza a la hora de decir la palabra “Superman”, y convierten al héroe por excelencia en un personaje amargado y homicida. No hay lugar para la pureza, todo tiene que verse a través de una lente de desdén.

Hace más o menos una década, el cine surcoreano se puso de moda entre la cinefilia española. La principal causa fue la excepcional película de Park Chan-wook Oldboy (2003) un adaptación del manga homónimo de Minegishi Nobuaki que a todos impactó por su intensidad, originalidad y asombrosa realización.

Hay quien dice que las películas al estilo de Aliados son “películas para señoras”. Quizá haya cierta verdad detrás de dicha categoría, pero sería un poco ingenuo pensar que a todas las señoras les gustan las mismas cosas, o que films como Aliados sólo puedan ser disfrutados por ellas.

El aspecto de cartón piedra de los personajes del cartel anunciador no representa, en modo alguno, el sentido de la película, su contenido, su estilo.

El protocolo obliga a comenzar estas líneas acerca de la película diciendo que su director, el canadiense Denis Villeneuve, es uno de los realizadores de moda en Hollywood.

Sé que en algún momento concluyó la saga de Harry Potter, pero J.K. Rowling se está ocupando de hacernos olvidar cuándo fue.

En sus más de seis décadas de existencia, el Rey de los Monstruos ha variado de aspecto y de personalidad, protagonizando películas de todo tipo. Si el film original (Japón bajo el terror del monstruo, dirigido por Ishirō Honda en 1954) era un reflejo de los traumas de un país sacudido por la guerra y el átomo, donde el lagarto era una encarnación imparable del horror radiactivo, en algunos films posteriores Godzilla llegó a ser el héroe, enfrentándose a otras criaturas gigantes y a invasiones extraterrestres en historias de ciencia-ficción dirigidas al público más joven.

Aventura. Humor. Momentos entrañables. Del buen tratamiento de estos materiales se destila el guión de esta nueva entrega de la factoría Disney.

¿Cómo se le llama a posar un avión en un río para salvarlo de estrellarse contra un edificio? ¿Aterrizaje de emergencia? ¿Amerizaje de emergencia? Es un río, no tierra ni mar. ¿Como se le llama a eso, entonces? Un buen susto, esa es la expresión más acertada.

El proyecto de la bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999) es una de esas película que demuestran que el terror cinematográfico es algo muy subjetivo. Mucha gente piensa que es una tomadura de pelo en la que no pasa nada, que son imágenes de gente paseando por el bosque y dando gritos. Y tienen razón, en realidad.

Vuelve a la pantalla el personaje creado por el novelista británico Lee Child: un ex-militar, Jack Reacher, que resuelve sus casos con grandes dosis de intuición y riesgo. Un nómada, capaz de ver sin ser visto, que pasa desapercibido hasta que sus servicios resultan imprescindibles.

Nos habíamos distraído con la espera de otros superhéroes más conocidos, y de pronto, Doctor Extraño nos invita a pensárnoslo dos veces antes de olvidar a los secundarios del panteón Marvel. Y eso que, créanme, la formidable película de Scott Derrickson me ha obligado de reconocer que este personaje fue uno de los que más disfruté hace décadas, cuando descubrí sus cómics casi por casualidad.

Rodado íntegramente desde la perspectiva visual del protagonista, en plano subjetivo, Hardcore Henry es un experimento que trata de importar al cine el lenguaje de los videojuegos de disparos en primera persona (First-Person Shooter), un subgénero que ya cuenta con éxitos como Call of Duty, Halo, BioShock y Doom.

El gran espectáculo del apocalipsis es uno de los más socorridos en estos tiempos. Seguramente podamos encontrar muchas razones por las que un futuro colapso y el fin de la civilización sean tan atractivos en la ficción moderna, pero lo cierto es que ya se han instalado como un comodín en el cine y la televisión. La prueba es esta película indie, inspirada en la novela homónima de Jean Hegland.

No sé qué ha sido más meticuloso en esta película de Gary Ross, si la dirección artística o el proceso de documentación. En todo caso, ambos factores son imprescindibles en este drama histórico, basado en uno de los acontecimientos más singulares en la historia de Misisipi.

Qué tiempos estos, en los que parece que el remake es un invento de hace dos días. En realidad, no es que se rueden más remakes, ni mucho menos. Simplemente, somos conscientes de ello gracias a la disponibilidad de todo el cine anterior y de la perspectiva inagotable que nos brinda internet.