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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: Madrid, España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Warren Beatty, esa especie de Guadiana cinematográfico que desaparece durante largas temporadas y vuelve a asomarse en Hollywood con algún proyecto inesperado, se pone de nuevo a ambos lados de la cámara (encargándose también del guión) con este inclasificable drama (¿cómico?) que transcurre en la órbita laboral del extravagante magnate-ingeniero-piloto-chalado Howard Hughes, papel que se reserva el propio Beatty.

El título original de este documental (Viaje a través del cine francés) resulta menos ambiguo que el español, ya que el célebre cineasta galo limita su análisis y sus elogios a las películas de la cinematografía francesa que más le han marcado, ya sea como espectador, como crítico o como colaborador en algunas de ellas.

Una regla no escrita cuando se enciende el proyector es que, si la película cumple cierto número de requisitos (sobre todo, entretenimiento y afinidad emocional), uno saldrá feliz de la sala. Guardianes de la galaxia Vol. 2 nos deja en esa parcela de satisfacción, pese a algún que otro inconveniente que luego comentaré.

Narrada por medio de capítulos, generalmente compuestos por una larga y única secuencia, esta película nos muestra momentos de los últimos años en la vida del célebre ensayista, biógrafo y escritor Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942), refugiado en el continente americano mientras que su Austria natal está ocupada por monstruos que quieren acabar con él, tanto por ser judío como por ser intelectual.

Por suerte para el espectador con ganas de divertirse sin mayores ataduras, siempre han existido filmes como Fast & Furious 8. De hecho, salvando las lógicas distancias, hay una línea directa que va desde la etapa de Roger Moore como 007 hasta las nuevas peripecias del clan de Dominic Toretto.

En El terror del más allá (Edward L. Cahn, 1958), una criatura alienígena se colaba en una nave espacial terrestre e iba acabando uno a uno con sus tripulantes. Este mismo argumento (cambiando la nave por la Estación Espacial Internacional) es el de Life, si bien, claro está, la principal influencia del film es el mil veces imitado clásico Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979).

Son los miembros de la generación llamada millennial los que han de juzgar con propiedad esta película, que actualiza uno de los shows más populares entre los que eran niños en los años 90.

Con la obra literaria de William Gibson como Biblia (en especial Neuromante, de 1984) y con la revista de cómics Métal Hurlant y la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) como principales referentes visuales, la cultura cyberpunk tuvo su mayor auge en las décadas de los 80 y los 90, justo antes de que Internet se instalara en todas las casas y cerebros del mundo, haciendo que lo que era ciencia-ficción se convirtiese en algo cotidiano.

El 19 es un número recurrente en la obra de Stephen King. Pero que no se entusiasmen los fans del archiconocido autor de La Torre Oscura, porque esta película no tiene nada que ver con su escritor favorito.

Un grupo de personajes recluidos en un recinto concreto a causa de una amenaza externa tendrá que enfrentarse no sólo a dicho peligro, sino a la eterna verdad ‒Homo homini lupus‒, en situaciones en las que el miedo y la desconfianza sacan lo peor que llevamos dentro.

El drama pugilístico parece ser uno de esos géneros que nunca pasan de moda, aunque el propio boxeo ya no sea algo tan popular como antaño. Lo cierto es que no ha evolucionado demasiado a lo largo de su historia: recordemos que Arthur Conan Doyle, Jack London o Robert E. Howard escribieron no pocas líneas sobre los modernos gladiadores del ring.

Los géneros cinematográficos evolucionan parejos a la sociedad, y lo común en las películas de misterio y/o terror actuales es que las tecnologías digitales formen parte importante de la trama. Ahí tenemos, por ejemplo, títulos como Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014) o Eliminado (Levan Gabriadze, 2014), donde típicas historias de suspense y miedo se narran a través de las pantallas de diferentes redes sociales o aplicaciones informáticas.

Los amantes de las buenas interpretaciones no pueden perderse una película sobre una familia en la que la madre está encarnada por Margo Martindale y el padre lleva el rostro de Richard Jenkins. Así de sencillo. De hecho, si en la cinta apareciesen estos dos intérpretes leyendo prospectos de jarabe para la tos durante hora y media, ya merecería la pena.

Además de la pesadillesca canción De niña a mujer (gran éxito de Julio Iglesias), el paso femenino a la madurez ha propiciado un puñado de buenas películas fantásticas y/o de terror donde suelen abundar los simbolismos y las imágenes poderosas.

Aunque siempre existieron, nunca se ha hablado tanto como ahora de los remakes de aquellos títulos que tuvieron éxito en su día.

Si tuviera que elegir un subgénero de la fantasía, me quedaría, sin dudarlo ni un momento, con el de los mundos perdidos. Ambientados en tierras incógnitas, esos relatos suelen enfrentar a sus protagonistas con saurios prehistóricos y con otras bestias olvidadas por el tiempo.

La guerra de las galaxias, Alien, Blade Runner, Cazafantasmas, Terminator, Parque Jurásico… Películas que los miembros de la Generación X llevamos en el ADN. Las adoramos de manera religiosa, las hemos visto mil veces en todos los formatos posibles y Hollywood, sabiendo que somos la quinta más nostálgica que ha existido, todavía sigue ofreciéndonos secuelas, remakes y reboots a estas alturas.

Hace unos años, Mark Millar nos sorprendió muy gratamente con una visión crepuscular y sombría del futuro de Lobezno. Aquel cómic se titulaba El viejo Logan, y aunque su argumento es muy distinto al de la película de James Mangold, es evidente que plantea una inspiración muy poderosa.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Veinte años? Cuando en 1996 se estrenó Trainspotting, los espectadores entendimos que aquella película era pura mitología urbana. Un relato febril, subversivo, moderno en el mejor sentido, sobre todo porque en su metraje podían verificarse con facilidad las enfermedades sociales de aquel tiempo.

Esta es una de esas películas que no te deja indiferente. O te atrapa o te molesta. Quizá porque esa es una de sus pretensiones. Y también porque mantiene una dureza en todos sus aspectos de la que nada se salva: no existe ningún bueno que pueda consolarnos de la maldad.

Isabelle Huppert es una actriz excepcional. Su fragilidad aparente esconde una fortaleza sin límites, y en este papel esa dualidad es fundamental.

Esta comedia no es una película pensada para romper moldes o llamar la atención por transgresora, sino un producto dirigido al público que no busca nuevas sensaciones, sino pasar un rato de entretenimiento ligero y sin complicaciones.

Existe una película con este mismo título, famosa por ser una de las producciones más incómodas de historia del cine: por un lado, fue una cinta esencial en el desarrollo del lenguaje cinematográfico, pero por otro, se trata de uno de los films más moralmente nauseabundos que se recuerdan.

Lo primero que debería apuntar sobre esta película es que la vi con una reticencia. Nunca he sido aficionado a las construcciones de LEGO, y tampoco estoy familiarizado con la subcultura pop que éstas han generado. Esta excusa ‒creo‒ me permite ser un poco más imparcial a la hora de contar las virtudes de este film, que son muchas y nada desdeñables. Sobre todo, en estos tiempos en los que originalidad es la palabra menos citada por los cinéfilos veteranos.

El teatro y el cine son dos cosas distintas. Sí, el público disfruta de ambas expresiones artísticas desde patios de butacas, hay actores y se suelen contar historias, pero, aparte del formato, son dos artes con códigos narrativos bien distintos.

No me gustaba el jazz hasta que un amigo me llevó a un concierto de John Pizzarelli y me convertí a su religión. Tampoco los musicales son cosa de mi predilección, aunque suene a herejía. Sin embargo, de esta película, La ciudad de las estrellas (La La Land), hay dos cosas que me atraen por encima de todo: la música y Ryan Gosling. Probablemente el tipo al que mejor le sientan los trajes de todo el mundo mundial.

Casey Affleck está dejando de ser el hermano de Ben Affleck para ser considerado un estupendo intérprete por sus propios méritos. En estos momentos, ya son muchos los que le consideran el mejor actor de los Affleck, pero su papel en Manchester frente al mar ‒al igual que su protagonismo en la adaptación de El asesino dentro de mí que dirigió Michael Winterbottom en 2010‒ le acerca cada vez más a la emancipación.

“El sistema educativo acabará contigo”, decía Parade en su canción “Niño zombi”, tema que bien podría formar parte de la banda sonora de esta interesante película de ciencia ficción y terror.