Biografía y obras de Tirso de Molina

Biografía y obras de Tirso de Molina

Uno de los ejemplos más insignes de nuestra desidia literaria y del olvido en que tenemos la investigación y depuración de nuestros más altos títulos de gloria nacional, es sin duda la ignorancia que todavía universalmente reina sobre los puntos capitales de la biografía del Maestro Tirso de Molina; contrastando este descuido con la grandeza cada día creciente de la figura poética del egregio Mercenario, a quien (pasada ya, aun en Alemania, la fiebre calderoniana), pocos niegan el segundo lugar entre los maestros de nuestra escena, y aun son muchos los que resueltamente le otorgan el primero y el más próximo a Shakespeare; como sin duda lo merece, ya que no por el poder de la invención, en que nadie aventajó a Lope (que es por sí solo una literatura), a lo menos por la intensidad de vida poética, por la fuerza creadora de caracteres, y por el primor insuperable de los detalles.

Tan altas cualidades, que le ponen al nivel de los más grandes artistas de todos tiempos y naciones, no bastaron, sin embargo, para salvarle de aquella especie de oscuridad en que yacieron sus obras por espacio de siglo y medio, comenzando a contar desde los días inmediatos a su muerte. La generación literaria que vino en pos de él pareció olvidar su nombre, aunque entrase a saco por sus obras. Desde los más ilustres, como Calderón y Moreto, hasta los más oscuros, como Matos Fragoso, convirtieron en botín propio la rica herencia del fraile de la Merced; y mientras que se aplaudían Los Cabellos de Absalón , La Ocasión hace al ladrón , El Convidado de Piedra , refundiciones casi siempre inferiores a sus originales, borrábanse enteramente de la memoria de nuestro público aquellos sus admirables prototipos, La Venganza de Tamar , La Villana de Vallecas , El Burlador de Sevilla. Sin el buen gusto y el celo patriótico de una doña Teresa de Guzmán, que a principios del siglo pasado tenía lonja de libros en la Puerta del Sol, y que a su costa reimprimió con cierto esmero (rarísimo en estas impresiones sueltas o de cordel) un número bastante crecido de comedias del ingeniosísimo fraile, a quien llamaba Maestro de las Ciencias , hubiéramos creído que el siglo XVIII había ignorado hasta la existencia de Tirso, cuyo nombre, ni para bien ni para mal suena, como no sea rarísima vez, en las innumerables polémicas suscitadas entonces sobre el valor de nuestra dramática antigua; ni en los escritos de los reformadores neo-clásicos, como Luzán. Nasarre y Montiano, ni en las apologías de Erauso y Zavaleta, Nifo y García de la Huerta, el cual a ninguna comedia suya, ni de Lope ni de Alarcón, dió entrada en su pobrísimo, aunque tan ruidoso, Theatro Español.

La rehabilitación de Tirso, a fines de aquella centuria y principios de la actual, no comenzó en los libros de crítica, sino en el teatro; fue popular antes de ser erudita; fue labrando día por día en la conciencia del vulgo espectador antes de penetrar en el ánimo de los doctos; no vino impuesta, como la apoteosis de Calderón, por el romanticismo extranjero triunfante, sino que tuvo todos los caracteres de una restauración indígena. El mérito principal de ella se debe a un grande y modesto literato, que desde su covacha de apuntador hizo más por el renacimiento de nuestro arte escénico, con refundiciones y traducciones admirables y con la disciplina y buen consejo a que sometió el genio de Máizquez, que la mayor parte de los engreídos dramaturgos de su tiempo con sus producciones originales. Era clásico en sus doctrinas literarias don Dionisio Solís, pero con un género de clasicismo muy amplio y tolerante, de que el bello prólogo que puso a su versión del Orestes de Alfieri da suficiente muestra. Esta relativa libertad de criterio suya, que contrastaba con la preceptiva, mucho más rígida, de su amigo Moratín, le hacía muy capaz de sentir las bellezas de nuestro teatro antiguo, si no en aquello que tiene de más peculiarmente español y romántico, a lo menos en el inagotable tesoro de sus fábulas cómicas, de las cuales arregló muchas a las exigencias y convenciones de la escena de su tiempo, siendo Tirso siempre su autor predilecto. En tal empresa le secundaron Enciso Castrillón y algún otro poeta oscuro, y a ella contribuyeron indirectamente, con sus aplausos y estímulos, personajes tan poco literarios como el rey Fernando VII y el famoso censor de teatros P. Carrillo, quien, rigurosísimo con los ingenios de su tiempo, daba, por el contrario, paso franco al raudal inagotable de las desenfadadas gracias de Tirso. De este modo, el público de Madrid, desde el rey hasta el último fraile y el último chispero, reían y se solazaban con las diabólicas transformaciones de Don Gil de las Calzas Verdes, con la profunda e insinuante malicia de El Vergonzoso en Palacio y de Marta la Piadosa, cuando en el resto de Europa era completamente ignorada la existencia de tal poeta, hasta el punto de que Guillermo Schlegel sólo llegó a saber la mitad de su pseudónimo, y eso para citarle revuelto con Matos Fragoso y otros tales en aquella famosa lección postrera de su Curso de Literatura Dramática (1808 ), en que todos nuestros grandes poetas fueron sacrificados, sin ser leídos, al ídolo, en gran parte fantástico, que con nombre de Calderón levantaba Schlegel sobre el ara, como cifra y símbolo del más perfecto romanticismo.

Acontecía, pues, en España, por los años de 1832, un fenómeno literario muy singular. Calderón, que en pleno siglo XVIII había conservado su culto popular a despecho de todas las invectivas de los preceptistas, veía ahora mermado el número de sus devotos en el pueblo y en el teatro, y en cambio reconquistaba espléndidamente el sufragio de la nueva crítica. Antes le llamaban bárbaro, pero se le representaba mucho. Ahora se le admiraba sin tasa sobre la palabra de Schlegel (difundida en España por Bohl de Fáber y Durán), pero cada día se le representaba menos, y no es seguro que fuese muy leído. Todo lo contrario acontecía con Tirso: era el poeta mimado del público madrileño; pero como no había tenido ningún alemán que le sacase a flote, y en libros de crítica no se había hablado de él ni siquiera para insultarle, y no había juicios hechos ni frases cómodas que repetir acerca de su teatro, los críticos, aunque se divirtiesen en la representación como el resto de los mortales, afectaban no tomar en serio al poeta, limitándose a aplaudir la copia de chistes y el gracejo del diálogo. Pena da hoy, en parte, y en parte también risa, leer, por ejemplo, los primeros juicios de Martínez de la Rosa y de don Alberto Lista sobre las obras de este soberano poeta. Para, uno y otro, Tirso era poco más que un juglar chocarrero, un fraile lascivo y desvergonzado, a quien dirigen los más extravagantes reparos de moral y de gusto. Tales ejemplos de miopía intelectual en hombres por otra parte respetables y beneméritos, deben hacernos muy cautos a los que nos ocupamos en este arduo ejercicio de la crítica, aunque al propio tiempo nos persuadan de las inmensas conquistas que en tal orden de ideas ha realizado nuestro siglo.

La gloria de haber conocido y proclamado por primera vez que Tirso era un gran poeta en toda la extensión del vocablo, y de haberlo comprobado con penetrantes análisis de La Prudencia en la mujer y de El Condenado por desconfiado , pertenece indisputablemente a un crítico español, al venerable don Agustín Durán, editor en 1834 de la Talía Española, primera, aunque frustrada, tentativa de una edición crítica de las obras de Fr. Gabriel Téllez. Lo que Durán inició con su poderosa intuición estética, lo realizó en parte Hartzenbusch, ya en el Teatro escogido de Fr. Gabriel Téllez, que en doce volúmenes publicó desde 1839 a 1842, ya en el tomo de Comedias escogidas de Tirso , que en 1848 coleccionó para la biblioteca de Rivadeneyra. La primera de estas ediciones es por todos conceptos muy superior a la segunda; y aunque ambas disten bastante de la perfección, al cabo nos dan en forma legible la mitad próximamente del teatro de Tirso, cuyos cinco volúmenes primitivos son de la más extraordinaria rareza. Pero la necesidad de una edición completa y ampliamente ilustrada se hace sentir más cada día, y creemos que la Academia Española habrá de atender a ella en plazo más o menos lejano. Es verdadera mengua que de tal clásico queden todavía obras inéditas , y otras dispersas y tan raras como si inéditas fueran. ¿Qué diríamos de los franceses si hubiesen dejado perder alguna parte de la herencia de Molière? Pues a los ojos de todo el que no sea francés, Tirso es, cuando menos, tan gran poeta cómico como Molière, aunque en género distinto y evidentemente más poético.

Bellamente lo reconoció la crítica alemana por boca de Schack, en las páginas, no muchas, pero sí muy brillantes, que dedica al fraile de la Merced en su Historia de la literatura dramática española , aunque no hiciese de su teatro estudio tan analítico y minucioso como del de Lope y Calderón, que por sí solos se llevan más da la mitad de su obra. En parte han reparado esta falta historiadores más recientes de nuestro teatro, como Klein y Schaefer, y bien puede decirse que el astro de Tirso, si fue tardío en levantarse sobre el horizonte, brilla cada día con fulgor más intenso. Calderón tiene innumerables panegiristas, sinceros unos, otros retóricos y rutinarios, predominando entre ellos los que nunca le han leído entero ni penetran las verdaderas condiciones de su genio, maravilloso sin duda, pero genio al fin de artista de decadencia. Tirso, que nunca ha sido ensalzado en términos tan ditirámbicos y estrepitosos, tiene algo que vale más: tiene verdaderos lectores, amigos fieles y discretos, como los tiene Horacio, como los tiene Cervantes, como los tiene Montaigne. ¿Y quién no ha de preferir este género de gloria modesta y sólida, este vivir en intimidad a través de los siglos con algunos espíritus finos y selectos, más bien que el triste privilegio, que otros genios suelen tener, de servir de tema de declamación, y de figura retórica a los ignorantes, que con exagerar su entusiasmo se creen dispensados de leer lo mismo que admiran? De todos nuestros dramáticos, los dos más vivos al presente con el género de vida que hemos intentado definir son Tirso y Alarcón: Alarcón, que no es quizá de los más grandes, pero que es sin disputa de los más amados.

Hasta las cualidades que en Tirso se señalaban en otro tiempo como defectos, por lo mucho que contrastaban con los hábitos dominantes en el teatro de su tiempo, han contribuído después a su crédito y fortuna. Su alejamiento relativo de aquel ideal caballeresco, en gran parte falso y convencional; su poderoso sentido de la realidad, su alegría franca y sincera, su buena salud intelectual, aquella intuición suya tan cómica y al mismo tiempo tan poética del mundo, la graciosa frescura de su musa villanesca, su picante ingenuidad, su inagotable malicia tan candorosa y optimista en el fondo, nos enamoran hoy y tienen la virtud de un bálsamo añejo y confortante, ahuyentador de toda pesadumbre y tedio. Y como Tirso, además de gran poeta realista, es gran poeta romántico y gran poeta simbólico, no hay cambio de gusto que pueda destronarle, y el jugo de humanidad que hay en sus obras alimentará en lo futuro creaciones nuevas, así como en tiempo del romanticismo renacieron sus Amantes de Teruel y su Doña María de Molina, se añadieron innumerables ramas al árbol genealógico de su Don Juan, y hasta Jorge Sand intentó a su modo la imitación del Condenado por desconfiado en Lupo Liverani.

La crítica no ha dicho aún lo que llaman la última palabra sobre Tirso: las comedias suyas que hoy tenemos son parte exigua de las trescientas que él mismo asegura haber compuesto: aun las que quedan no han sido estudiadas todas, y la paternidad de muchas anda en litigio: los juicios formulados hasta ahora sobre su teatro adolecen, por lo general, del inconveniente de no atender al conjunto de su producción literaria, sino a aspectos particulares de su genio; pero no hay duda que en muchos de estos juicios, especialmente en los de Durán y Hartzenbusch, en los de la última época de Lista (que en esto, como en todo, fue adelantando mucho y no tuvo tiempo para rectificarse a sí propio), en los de Schack y Klein, en algunos de Philarète Chasles y Vieil-Castel, de Pi y Margall y Revilla, hay una base amplia y firme de crítica estética, sobre la cual ya puede trabajarse con fruto.

Pero de crítica estética tan sólo, puesto que en todos ellos falta el elemento de la crítica histórica, sin el cual las apreciaciones de gusto quedan muchas veces en el aire. Si no sabemos a ciencia cierta que tal o cual pieza sea de Tirso, ¿cómo vamos a deducir de ella los caracteres del ingenio del poeta? Si no conocemos ni aproximadamente siquiera la cronología de sus obras, ¿cómo vamos a estudiar el desarrollo de su arte? Si nos faltan datos positivos acerca de su vida, ¿cómo podremos establecer la concordancia entre su persona y sus obras? ¿Quién ha de tachar de vana y pueril esta curiosidad, hoy que al crítico se le pide, no ya sólo psicología clásica, como en tiempo de Sainte-Beuve, sino fisiología y su tanto de patología, en caso necesario? Cualquiera que sea el valor de tales pretensiones, es cosa de sentido común que para llegar a las intimidades de una obra de arte, mucho más si ha sido producida en época relativamente lejana de la nuestra, no puede ser indiferente el conocimiento de la vida de su autor y del medio social en que se desenvolvió.

Tirso ha sido en esta parte de los más desgraciados. Su vida ha solido escribirse en una docena de renglones, de los cuales la mitad por lo menos contenían errores crasos. Sabíase que era madrileño, porque él mismo lo expresa en un notable pasaje de Los Cigarrales. A esta circunstancia debió el figurar en los Hijos Ilustres de Madrid de Alvarez Baena, aunque este biógrafo no supo decirnos de él otra cosa sino que había sido Comendador del convento de Soria. Pero en cambio fue el primero que echó a volar la desatinada conjetura de que Tirso había entrado en religión siendo ya de edad madura (de más de cincueta años) y después de haber compuesto la mayor parte de sus comedias. Como todos los disparates hacen fortuna, éste logró la de ser repetido como artículo de fe; ya por la mojigatería de algunos que, con entero desconocimiento de las ideas y costumbres del siglo XVII, mostraban escandalizarse de la libertad de lenguaje de Tirso, ni mayor ni menor que la que era corriente en su tiempo; ya por la psicología superficial de otros, que no llegaban a comprender que el poeta hubiese acertado a representar tan a lo vivo escenas amorosas y lances picarescos de que no hubiese sido testigo y acaso protagonista. A todo trance se quería que Tirso la hubiese corrido (como vulgarmente se dice), y aun algunos se arrojaban a decir que había sido casado , y no sabemos si marido ultrajado y paciente, como el bueno de Molière. Era un gozo ver a los críticos arquear las cejas y preguntar con mucho énfasis: «¿Qué especie de sociedad frecuentaba este hombre? ¿Qué mujeres había conocido? Su vida debió de ser en extremo relajada.» En poco estuvo que no llegasen a colgarle un asesinato, como a Moreto; pero no faltó quien le hiciese capitán en Flandes, y le achacase la muerte en duelo de su mejor amigo, de resultas de lo cual se había metido fraile.

Mientras tales disparates se propalaban en biografías populares y semanarios ilustrados, los críticos que pasaban por más formales seguían en la tarea de copiarse los unos a los otros, y todos a Baena, añadiendo alguna que otra fecha arbitraria, como la de 1585, asignada al nacimiento del poeta, y muchas lementaciones sobre la pérdida de los cuadernos manuscritos que el P. Martínez, obispo de Málaga, tenía compuestos sobre Tirso, y de otra biografía del poeta que Gallardo aseguraba haber escrito y perdido el día de San Antonio , y que quizá nunca existió más que en la fecunda imaginativa del gran bibliófilo. Como los libros perdidos nada enseñan ni remedian, la biografía de Tirso continuaba tan turbia como antes, sin que nadie se tomase ni siquiera el levísimo trabajo de hacer una visita a la Biblioteca de la Academia de la Historia, donde dormía el sueño de los justos una obra inédita de Tirso, la Historia general de la Orden de la Merced , que contiene, aunque pocos, muy seguros e importantes datos sobre su persona, presentados con la mayor lisura y modestia. Todos la citaban, y nadie caía en la cuenta de que si la biografía de Tirso estaba en alguna parte, era verosímil que estuviese en aquel libro, o que a lo menos aquel libro no fuese inútil para su conocimiento. Aun el diligentísimo Barrera, cuyo conato biográfico supera en mucho a los de sus predecesores, cayó en este común descuido, y se limitó a agrupar noticias sueltas, tomadas de diversos libros impresos del siglo XVII. ¿Qué más? Hasta los hermanos de hábito de Tirso participaban de la general ignorancia: el historiógrafo oficial de la Orden, Fr. Antonio Gari y Siumell (Biblioteca Mercedaria , Barcelona, 1875) admite la fecha asignada a la profesión de Fr. Gabriel Téllez por Baena, lo cual deja en el aire el único dato nuevo que nos suministra, aunque sin indicar la fuente; es a saber, que Tirso hizo su noviciado en Guadalajara.

El hallazgo en 1874 de un retrato (procedente de Soria), cuya inscripción dice ser de Fr. Gabriel Téllez, consignando, entre otros datos curiosos, el año de su nacimiento y el de su muerte, pareció que nos daba (además del consuelo de poseer la efigie ignorada hasta entonces del gran poeta) una luz, tenue sin duda, pero inestimable en medio de tales tinieblas, para ir penetrando en los laberintos de su vida. Por desgracia, ni el retrato ni la inscripción están a salvo de toda sospecha. Provisionalmente, sin embargo, puede alegarse su testimonio, siempre que no aparezca en contradicción con otras noticias más seguras.

Con intento de disipar tantas oscuridades, la Academia Española anunció en 1887 un certamen. Si la memoria no nos es infiel, sólo dos trabajos se presentaron aspirando al premio, que no llegó a adjudicarse. Uno de ellos, El Teatro del Maestro Tirso de Molina , fue publicado luego en Valladolid (1889) por su autor, don Pedro Muñoz Peña, catedrático de aquel Instituto. Es obra puramente crítica, y aunque apreciable y digna de atención en tal concepto, no trae novedad alguna en la parte biográfica. La otra memoria, por el contrario, que fue la favorecida por la Academia con accésit, segundo premio o mención honorífica (no otorgándose quizá superior recompensa porque la premura del plazo del certamen, que realmente era muy corto para materia tan nueva y difícil, no permitió a su discreta autora, doña Blanca de los Ríos, presentar terminados algunos capítulos ni dar a su trabajo la postrera lima) es un estudio de investigación propia y de grandísima novedad e importancia, que contiene muchos y positivos descubrimientos, los cuales muy en breve han de ser del dominio público, para honra y prez del nombre de la erudita y modesta escritora sevillana, en quien dignamente revive el espíritu de sagaz indagación crítica que tanto enalteció a su inolvidable tío, el autor de la Historia Crítica de la Literatura Española.

Tendremos, pues, quizá en este mismo año una verdadera biografía de Tirso, y entretanto, como para estímulo de la curiosidad y acicate del gusto, otro joven investigador, en quien la modestia corre parejas con el sólido saber, el buen gusto y el recto juicio, ha reunido en un volumen de poco bulto y mucha sustancia sus propias investigaciones bio-bibliográficas sobre Tirso, producto de una exploración metódica en la literatura del siglo XVII, comenzando por las propias obras del poeta, no bastante consultadas hasta ahora con este fin. Débese este trabajo al señor don Emilio de Cotarelo y Mori, erudito escritor asturiano, conocido ya por un libro importante sobre El Conde de Villamediana y la sátira política en el siglo XVII.

Nótase a primera vista una laguna grave en el estudio del señor Cotarelo, el cual sistemáticamente ha rehusado valerse del testimonio de la inédita Historia de la Merced , no porque desconociese la existencia y el valor de tal fuente, sino por un escrúpulo que algunos tacharán de nimio, pero que honra en extremo la delicadeza y caballerosidad del escritor. El señor Cotarelo no ha querido acudir a fuentes inéditas, para no quitar ni un ápice de su novedad al trabajo de doña Blanca de los Ríos, de quien le constaba que había trabajado sobre ellas. Buen síntoma es que se vayan puliendo tanto las costumbres de los bibliófilos, y que se respeten y ayuden mutuamente. ¡Qué lejos estamos ya de aquellas brutales polémicas de Gallardo y sus émulos, o de otros casos todavía más recientes, en que el campo de la erudición, más que campo de Agramante, semejaba el puerto de Arrebatacapas!

Pero aun circunscribiendo su trabajo a los libros impresos, es tanto lo que la diligencia del señor Cotarelo ha desentrañado, que sin necesidad de amplificaciones ni de fárrago, ha logrado convertir en setenta y ocho páginas los setenta y ocho renglones próximamente que constituían la más copiosa de las biografías de Tirso conocidas hasta ahora. Presentaremos en breve sinopsis los resultados de la investigación del señor Cotarelo en esta primera parte de su trabajo, adicionándolos con algunas observaciones propias.

1572. Nace Tirso en Madrid. La patria es indiscutible, la fecha no. Descansa sólo sobre la fe de la inscripción del retrato, y aun en éste parece haber contradicción, puesto que si Tirso murió en marzo de 1648, de setenta y seis años y cinco meses, como allí se dice, no pudo haber nacido en 1572, sino a mediados de octubre de 1571. Su partida bautismal no ha parecido hasta ahora en ninguno de los libros parroquiales de esta corte, a no ser que últimamente la haya descubierto doña Blanca de los Ríos, que, según tenemos entendido, se ha impuesto la ímproba tarea de registrarlos todos. La circunstancia de ser bastante comunes el nombre Gabriel y el patronímico Téllez dificulta esta averiguación, y quizá tampoco fuese Gabriel el primero de los nombres bautismales de Tirso. Hoy mismo el uso es algo anárquico en esta parte, y en el siglo XVII lo era mucho más, no sólo en cuanto a los nombres, sino en cuanto a los apellidos y patronímicos. El segundo de Téllez es hasta hoy enteramente ignorado. Sólo sabemos que tuvo un sobrino llamado Francisco Lucas de Ávila, editor de algunas Partes de sus comedias, y al parecer colaborador suyo en alguna obra.

¿Dónde y cuándo estudió Tirso? En Alcalá, sin duda: infiérese de las palabras de su condiscípulo Matías de los Reyes en la dedicatoria de su comedia El Agravio agradecido , y se afirma en términos expresos en la breve noticia de Tirso que precede a la tercera edición de Deleitar aprovechando , noticia que no ha de desdeñarse, aunque escrita en el siglo pasado, porque su autor parece haber sido un fraile mercenario, que trabajaría acaso sobre documentos del archivo de su Orden. A estas autoridades podrá añadirse otra de mucho peso, si realmente han de entenderse de Tirso, como los entendió Barrera con buenas conjeturas, aquellos versos del Viaje del Parnaso , en que, después de mencionar Cervantes por sus nombres a cinco poetas en sagrada religión constituidos , designa al sexto sin nombrarle, como queriendo respetar su pseudónimo:


«El otro, cuyas sienes ves ceñidas
Con los brazos de Dafne en triunfo honroso,
Sus glorias tiene en Alcalá esculpidas
En su ilustre teatro victorioso...
A los donaires suyos echó el resto...»

No he podido descubrir el nombre de Gabriel Téllez en los libros de matrícula y grados de la Universidad Complutente (existentes hoy en el archivo de su heredera, la Universidad de Madrid), cuando los recorrí también inútilmente, en busca de las matrículas de Lope, cuyos estudios y grado de bachiller en aquella famosa escuela constan por testimonio propio. El caso de Tirso tiene explicación más fácil: probablemente cuando concurrió a la Universidad era ya fraile, y es sabido que los frailes solían matricularse en masa, y no nominalmente, como los demás estudiantes.

La destrucción o extravío de los papeles del archivo de la Merced en las vandálicas escenas revolucionarias de 1834 y 1835, impiden fijar con exactitud el año de la profesión religiosa de Tirso. Pero ya en la Letanía moral de Andrés de Claramonte, aprobada para la impresión en 1610, aunque no impresa hasta 1613, figura en el enquiridión de los ingenios alabados «Fr. Gabriel Téllez Mercenario, poeta cómico». Y del mismo año 1613 es el autógrafo firmado en Toledo, de la comedia La Santa Juana , que no hubo de ser de las primeras, ni con mucho, puesto que en Los Cigarrales , impresos en 1621, asegura que llevaba catorce años de escribir comedias; de donde se infiere que en 1606 había comenzado a dar a las musas del teatro el culto ferviente en que persistió durante la mayor parte de su vida.

1619. El Presentado Fr. Gabriel Téllez era en esta fecha «comendador del convento de la Merced en la ciudad de Trujillo». Consígnalo don Fernando de Vera y Mendoza en su Panegírico por la Poesía , que se empezó a imprimir en aquel año, aunque definitivamente no salió a luz hasta el de 1627 en Montilla. A esta residencia de Tirso en Trujillo parece que debemos referir la composición de su trilogía de Los Pizarros , para la cual hubo de inspirarse, no sólo en la historia, sino en tradiciones locales.

De muchos pasajes de comedias de Tirso (Mari Hernández la Gallega , El Amor Médico , La Villana de La Sagra...) se infiere con toda claridad que Tirso residió bastante tiempo en Galicia y en Portugal, seguramente en conventos de su Orden o para negocios de ella; pero hasta ahora no se ha determinado la fecha precisa de estos viajes. El portugués corrompido que algunos personajes de Tirso hablan, es más bien gallego, según acertada observación del señor Cotarelo. Tirso incorporó en el riquísimo caudal de su poesía algunos elementos del lirismo tradicional de Galicia, y es notable, por ejemplo, el uso que hace del decasílabo y del endecasílabo anapéstico, popular y bailable, que vulgarmente llamamos verso de gaita gallega. Este aspecto de sus obras no ha sido bastante estudiado, y por él Tirso se enlaza con los primitivos cancioneros galaicos, con la mas vieja tradición lírica de la Península.

1620. Lope de Vega dedica a Tirso (quizá para desvanecer recelos y habladurías de los que les suponían mutuamente envidiosos y enemistados) su comedia de Lo Fingido verdadero, prototipo indudable del famoso San Ginés de Rotrou.

El mismo año da a las tablas Tirso su lindísima comedia La Villana de Vallecas , donde responde con efusión a los elogios de Lope.

1621. Tirso da a la estampa su primer libro conocido, Los Cigarrales de Toledo , miscelánea de novelas, comedias, poesías y digresiones literarias. Entre las primeras está la muy donosa de Los Tres Maridos burlados, entre las segundas El Celoso prudente y El Vergonzoso en Palacio, que son sin disputa dos de sus obras maestras. Allí están también su hermoso manifiesto romántico en defensa del teatro español y de la libertad del arte. Entre los versos laudatorios los hay de Lope y del novelista Castillo Solórzano: una de las aprobaciones es de Jáuregui. Todo esto puede servir para determinar sus relaciones literarias. Hay en el libro indicaciones autobiográficas, aunque, por desgracia, bastante oscuras. Tirso se introduce personalmente en su novela como un « humilde pastor del Manzanares, vestido de un pellico blanco con unas barras de púrpara a los pechos, insignia de los de su profesión (hábito de la Merced), el cual halló mejor acogida en la llaneza de Toledo que en su patria, tan apoderada de la envidia extranjera ». Insiste mucho en esto de la envidia , lo cual hace suponer que se trata de contiendas literarias y no de negocios interiores de su Orden, en los cuales tuvo que intervenir bastante y con mucha decisión y entereza, como por su Crónica inédita aparece; pero quédese esto a cargo de quien por primera vez puede y debe decirlo. Otra noticia muy curiosa de Los Cigarrales es la de una hermana de Tirso que vivía en Madrid, « harto parecida a él en ingenio y desdichas ». Todo esto pica en alto grado la curiosidad, pero hasta ahora es imposible satisfacerla. Y con esto y con saber que el impresor primitivo de Los Cigarrales , tras de sisar letras y añadir palabras, robó a Tirso adelantada la mitad del precio de la impresión, dejando el libro a medio hacer y obligándole a buscar nueva imprenta, de lo cual el buen fraile, no muy sobrado sin duda de dineros, se queja en tono medio cáustico, medio zumbón, queda indicado lo principal que para la biografía de Tirso contienen Los Cigarrales. Ya para aquella fecha llevaba compuestas su autor hasta la enorme cifra de trescientas comedias, «con que había divertido melancolías y honestado ociosidades». Prometía publicar en breve las doce de la primera parte, y además un tomo de doce novelas, «ni hurtadas a las toscanas, ni ensartadas unas tras otras como procesión de disciplinantes, sino con su argumento que lo comprenda todo»; en fin, una especie de Decamerone , de los muchos que hay en nuestra lengua. De estas novelas nada se sabe, y es lástima, porque si eran como Los Tres Maridos burlados , serían buenas de todas veras.

En este mismo año de 1621, Tirso, que, a pesar de la envidia de que tanto se queja, debía de ser ya un personaje literario de mucha cuenta y muy respetado, recibió la dedicatoria de la Primavera y Flor de los mejores romances ... recopilada por el licenciado Pedro Arias Pérez. El señor Cotarelo reivindica con buenas razones para Tirso la paternidad de dos de los romances anónimos contenidos en esta pequeña antología, y que íntegros o en fragmentos se leen también en comedias del insigne Mercenario.

1622. Concurre Tirso al certamen poético celebrado en Madrid con motivo de la canonización de San Isidro, presentando unas octavas y unas décimas, que ni fueron premiadas ni merecían serlo. Tirso no había nacido para poeta de certamen y de circunstancias y él mismo debía de conocerlo, puesto que en adelante se abstuvo de concurrir a tales justas.

1623. Fr. Gabriel Téllez, residente en el convento de la Merced de Madrid, aprueba en 23 de noviembre el libro de los Donaires del Parnaso (1.ª parte) del discreto y fecundo novelista Castillo Solórzano, uno de los mejores entre nuestros ingenios de segundo orden.

Entre las décimas que aquel mismo año se escribieron a modo de vejamen contra Alarcón, con motivo de su relación poética de las fiestas hechas al príncipe de Gales, hay una que en la colección de Alfay se atribuye a Tirso, y en un manuscrito del siglo XVII, visto por Hartzenbusch, a un Luis Téllez, enteramente desconocido. Si admitimos que Luis era uno de los nombres de Fr. Gabriel Téllez, quizá tengamos un indicio que nos conduzca al hallazgo de su partida de bautismo.

1624. Aprueba Tirso en 9 de septiembre la novela pastoril Experiencias de amor y fortuna , que con el pseudónimo de Francisco de las Cuevas publicó el licenciado Francisco de Quintana.

Escribe también una décima laudatoria para el Orfeo, primicias del ingenio de Montalbán, si no fue regalo que hizo Lope a su discípulo predilecto. De todos modos, prueban los versos de Tirso que por entonces continuaba en buenas relaciones con Lope de Vega y su grupo.

Entre 1624 y 1627 hay que colocar uno de los hechos más importantes y menos conocidos de la vida de Tirso, su viaje a la isla de Santo Domingo, y quizá a otras partes de América, como Visitador de los conventos de su Orden. El hecho, ya curioso en sí mismo, lo es todavía más por cuanto se enlaza con los orígenes de la obra culminante entre las de Tirso, si no por el mérito de la ejecución (de que apenas puede juzgarse en el estragado texto que poseemos), a lo menos por el de la concepción. A la ida y a la vuelta de su viaje, Téllez estuvo en Sevilla. y se supone que allí descubrió la leyenda del Burlador , de la cual (dicho sea entre paréntesis), aunque la llamen tradición sevillana, ningún vestigio se ha notado en los innumerables y excelentes cronistas de Sevilla. La primera noticia del viaje de Téllez fue comunicada en 1839 a Hartzenbusch por el malogrado erudito don Juan Colom, quien la encontró en una obra de Fr. Pedro de San Cecilio sobre Patriarcas, Arzobispos y Obispos de la Orden de la Merced , conservada en la Biblioteca Universitaria de Sevilla. Dice textualmente el P. San Cecilio: «Conocí al P. Presentado Téllez en Sevilla, cuando vino de la provincia de Santo Domingo , y caminé con él hasta la villa de Fuentes, donde yo era actual Comendador, año de 1625.» La fecha debe de estar escrita de memoria muchos años después, porque constando que Téllez se hallaba todavía en Madrid en septiembre de 1624, no hay espacio posible para el viaje de ida y vuelta a la Isla Española, por breve que supongamos la permanencia de Tirso en ella

En Sevilla seguramente trabó amistad Tirso con el donoso poeta Dr. Juan de Salinas, que le dedicó una décima, llamándole en el encabezamiento «lúcido ingenio de la Orden de la Merced».

1627. Publicación de la Primera Parte de las Comedias de Tirso. La única edición que conocemos es de Sevilla, pero no puede dudarse que hubo otra en Madrid y del mismo año, cuyos preliminares están copiados en la de Valencia de 1631.

1630. Fr. Gabriel Téllez aparece elogiado con su propio nombre y con su pseudónimo en la silva VII del Laurel de Apolo , de Lope de Vega, que le llama el Terencio español.

El mismo año, si hemos de creer a Álvarez Baena, publicó Tirso un Acto de contrición en verso.

1632. Hallamos versos laudatorios de Tirso en el Adonis , poema en octavas de don Antonio del Castillo de Larzával, impreso en Salamanca, y en las Verdades para la vida cristiana del Dr. Jerónimo de Alcalá Yáñez y Ribera, impresas en Valladolid. Quizá Tirso anduviera entonces por los conventos de Castilla la Vieja.

En 24 de mayo de aquel año, Tirso era ya cronista general de la Orden de la Merced, por fallecimiento de Fr. Alonso Remón, también famoso poeta dramático de quien dice Cervantes que sus «trabajos fueron los más después de los del gran Lope». Como de tal fecundidad quedan muy pocos rastros, y el elogio cuadraría mucho mejor a Tirso, sospecha el señor Cotarelo que Cervantes confundió los trabajos de ambos Mercenarios, o quizá llegó a creer, equivocadamente, que Tirso era el pseudónimo de Fray Alonso Remón. De todos modos, convendría registrar atentamente las obras en prosa de Fr. Alonso Remón, que son muchas y muy heterogéneas, porque es posible que en alguna de ellas se contengan alusiones o referencias a su compañero de hábito, a la vez que de profesión dramática. Me limito a indicar esta veta a los futuros investigadores, advirtiendo de paso que Tirso no parece haber tenido gran idea del criterio histórico de Fr. Alonso Remón, puesto que se creyó obligado a volver a escribir de nuevo toda la Crónica de la Merced.

1634. Tirso, según consta por las aprobaciones del Deleitar aprovechando, era ya en abril de este año Definidor general de la provincia de Castilla , puesto poco inferior al de Provincial, y que demuestra la altísima consideración de que disfrutaba dentro de su Orden.

El mismo año de 1634 apareció de molde en Tortosa la Tercera parte de las Comedias de Tirso, recogidas por don Francisco Lucas de Ávila, sobrino del autor; y por una singularidad bibliográfica, la parte que se llama segunda no se publicó hasta el año siguiente de 1635 en Madrid, sin duda porque habiendo entregado Tirso simultáneamente los originales de ambas partes , a impresores distintos, el de Tortosa acabó su tarea antes que la Congregación de Mercaderes de Libros de la Corte, a quien el tomo está dedicado por el mismo Tirso.

1635. Además de la Segunda parte de las Comedias, corresponde a este año la publicación de Deleitar aprovechando , miscelánea análoga a la de los Cigarrales, aunque formada con materiales de índole muy diversa. El cuerpo de la obra son tres novelas ascéticas: El Bandolero , que es la vida de San Pedro Armengol, tomada de las crónicas de la Merced; La Patrona de las Musas , que son las actas de Santa Tecla, libro apócrifo de los primeros siglos cristianos; Los Triunfos de la verdad , que es una refundición de la famosa y antiquísima novela ebionita de las Clementinas o Recognitiones. Quizá fue Tirso de los primeros en comprender el partido que podía sacarse de los apócrifos y de las actas de los mártires, y en traer al campo de la novela moderna las leyendas de los primeros siglos cristianos, así como otros las habían llevado al teatro. Es el mismo pensamiento que en nuestros días inspiró la Fabiola del cardenal Wiseman y otros ensayos análogos, después de haber recibido forma épica en Los Mártires de Chateaubriand.

Completan el Deleitar aprovechando tres autos sacramentales, muy bien escritos, dos diálogos representables, y algunas poesías líricas, en general de corto mérito. En la dedicatoria parece el autor algo desazonado con el público del teatro: pondera «lo contingente del aplauso», los «atrevimientos de envidiosos e ignorantes», y, sobre todo, «lo poco que permanece la memoria de los varones célebres que por este camino se manifiestan al concurso, pues la comedia que más duración goza es en la corte quince días, y en los demás pueblos tres o cuatro». La amargura de este prólogo puede hacer sospechar que la popularidad dramática de Tirso comenzaba a sufrir injustísimo menoscabo; ya porque se iniciara un cambio de gusto con las primicias del juvenil ingenio de Rojas y Calderón, ya porque la misma exuberancia monstruosa de la producción escénica en el siglo XVII, acostumbrando al público a diarias novedades, acabase por devorar, como Saturno, a sus propios hijos.

En este mismo año de 1632 anunciaba el Dr. Montalbán en su Para todos que Tirso tenía para dar a la estampa unas Novelas ejemplares , probablemente las mismas que en Los Cigarrales había anunciado. El elogio de Montalbán es bastante expresivo: califica de «excelentísimas» las comedias de Téllez, y a él de «poeta siempre grande».

1635. Publicación de la cuarta parte de las comedias de Tirso.

1636. Publicación de la quinta parte.

1638. En 8 de mayo de este año firma Tirso con una larga nota autógrafa su comedia de Las Quinas de Portugal , cuyo manuscrito inédito se halla en la Biblioteca Nacional. Fue probablemente una de las últimas suyas.

1639. Tirso, llamándose Licenciado (título que no recuerdo que en ninguna otra ocasión usara, prefiriendo siempre el de Maestro , que entre los regulares equivalía al de Doctor) , contribuyó con dos décimas, harto conceptuosas, a la corona poética que, deplorando la temprana y desastrada muerte de Moltalbán, tejieron más de ciento ochenta poetas y versificadores con el título de Lágrimas Panegíricas. Cuatro años antes se había formado otra corona, menos cargada de laureles, pero en honra de un poeta incomparablemente mayor, la Fama Póstuma de Lope , coleccionada por el mismo Montalbán. No hay en ella versos de Tirso, y esta omisión da mucho en qué pensar. Los poetas que en la Fama Póstuma se echan de menos son por lo común adversarios de Lope y aun declarados enemigos suyos: así Alarcón, Quevedo, Jáuregui, y quizá el Dr. Mira de Amescua, Falta también el nombre de Rioja; pero es sabido que en vida de Rioja no se publicó un solo verso suyo, ni el autor de las Silvas a las flores fue conocido de sus contemporáneos en calidad de poeta. Rioja, además, que era hombre de adusto ceño y de pocos amigos, gran privado del conde-duque de Olivares, que nunca favoreció ni honró a Lope como debía, no parece haber sido muy de la devoción de éste, puesto que en sus cartas familiares, donde da rienda suelta a su maledicencia, se burla de él con muchísimo donaire, diciendo que «no se apeaba nunca de su divinidad» y que «estudiaba la filosofía por los Lacedemonios». En público le elogiaba como a todo el mundo, y hasta le dedicó una epístola en tercetos; pero esto nada prueba. La vida interior de la república literaria ha de buscarse en otra parte que en los testimonios oficiales de aprecio mutuo, en que ciertamente no eran parcos aquellos grandes ingenios.

Esta misma razón me induce a dar poco valor a las muestras de cortesía que recíprocamente se tributaban Lope y Tirso. Nunca hubo entre ellos enemistad declarada, pero tampoco intimidad: sus relaciones fueron corteses, pero me parece que siempre frías. El elogio de Tirso que hay en el Laurel de Apolo contrasta por lo rápido y vulgar con las nubes de incienso que allí se queman en honor de cualquier poetastro que había escrito un soneto o pensaba escribir una comedia. Tirso era el único dramaturgo digno de hombrearse con Lope, aun habiéndolos tan insignes en aquella generación. Hasta en la fecundidad le iba muy a los alcances. La comparación y la rivalidad tenían que establecerse por sí mismas, entrando a la parte el celo oficioso y cizañero de los amigos de uno y otro. La naturaleza humana, y más la naturaleza de los poetas, es harto flaca para resistir a tales estímulos. El mismo Lope confiesa en la dedicatoria de Lo Fingido Verdadero que a los envidiosos les parecía imposible simpatía la afición que él manifestaba tener al ingenio de Tirso. Quizá tuvieran razón los envidiosos. Por su parte, Tirso no dejaba de dar pretexto y pábulo a los maldicientes, escribiendo en sus comedias alusiones satíricas tan claras como ésta de la Antona García:


Que hay hombre que haciendo versos
a los demás se adelanta,
y aunque más fama le den,
es tal (la verdad os digo)
que niega el habla a su amigo
cada vez que escribe bien...

O esta otra de Amar por señas:


¿Qué comedia
hay, si las de España sabes,
en que el gracioso no tenga
privanza contra las leyes
con duques, condes y reyes,
ya venga bien, ya no venga?
¿Qué secreto no le fían?
¿Qué infanta no le da entrada?
¿A qué princesa no agrada?
(...)
«Los poetas desvarían
con estas civilidades ,
pues dando a la pluma prisa ,
por ocasionar la risa
no excusan impropiedades.»

Finalmente, Tirso fue amigo y colaborador de don Juan Ruiz de Alarcón, como lo prueba aquel sabido epigrama:

«Vítor don Juan de Alarcón
Y el Padre de la Merced:
Por ensuciar la pared,
Que no por otra razón.»

Y es sabido que Alarcón era como el caudillo de todos los disidentes y alzados contra la monarquía literaria de Lope, los cuales llegaron a decir, por boca de Luis de Belmonte (en la dedicatoria de la comedia de nueve ingenios en honor de don García Hurtado de Mendoza), que « eran los que en España tenían el mejor lugar, a despecho de la envidia ». Además de Belmonte y Alarcón, andaban entre ellos Guillén de Castro, Luis Vélez de Guevara y Mira de Améscua. El nombre de Tirso no suena allí, pero sus simpatías hacia este grupo o pandilla me parecen evidentes.

1640. Tirso, dedicado ya con predilección a los estudios históricos, como lo exigía su oficio de cronista, publica una Genealogía de la casa de Sástago. Sólo la cita Álvarez-Baena, cuya autoridad bibliográfica no es mucha.

1645. En 29 de septiembre de este año (y también es Baena quien da la fecha) fue elegido Fr. Gabriel Téllez comendador (lo que en otras órdenes se decía prior) del convento de Soria. Allí residió el resto de sus días, ocupado sin duda en piadosos ejercicios y en la composición de su Historia de la Merced. La inscripción del retrato nos dice que «fabricó el retablo principal, el camarín, los colaterales y todo el adorno que se ve en la nave de la iglesia, dejando la sacristía llena de preciosas alhajas y ornamentos para el culto».

1646. Según una carta de pago, descubierta por el notario de Soria Abad y Crespo, y publicada por don Antonio Pérez Rioja en La Ilustración Española y Americana (mayo de 1883), Fray Gabriel Téllez aparece en 5 de octubre de 1646 otorgando recibo de 1500 reales por limosna de mil misas dichas en el convento de la Merced de aquella ciudad en sufragio del alma de un don Francisco López del Río.

1648. Fallecimiento de Tirso en Soria en 12 de marzo de 1648.

Nadie sabe dónde paran sus restos ni los papeles que dejó al morir, excepto su Historia , providencialmente salvada. El convento de la Merced, de Madrid, fue demolido, sus moradores pasados a hierro en el horrible día del Carmen de 1834, y sobre el solar de la que fue casa de Tirso se levanta triunfante, como simbólico monumento de la cultura progresista, la estatua del gran desamortizador Mendizábal, bastante por sí sola para ahuyentar a las Gracias y a las Musas, que anidaron en el alma de Fr. Gabriel Téllez. Cada época tiene los grandes hombres que merece, y los honra y festeja como puede.

Tal es, muy en esqueleto, la biografía de Tirso que el señor Cotarelo nos ha dado; primera biografía digna del nombre de tal. Hay en ella muchos datos positivos y seguros, pocas conjeturas y todas plausibles. Falta el estudio de las fuentes inéditas: falta recoger e interpretar todas las alusiones que hay sembradas en las comedias del poeta. Tarea ardua y delicada, en que importa proceder con mucha cautela, no dando valor de cosa averiguada a lo que puede ser capricho de nuestra fantasía. A la señora doña Blanca de los Ríos pertenece esta empresa, y suya será la gloria de revestir de carne y sangre este esqueleto.

Pero ya se ha dado un gran paso con marcar los principales jalones del camino, y de hoy más no será lícito escribir la vida de Tirso con la incuria y el desmaño con que hasta ahora venía haciéndose. Lo cual no quiere decir que los manuales de literatura que corren en manos de los estudiantes no vengan todavía dentro de treinta o cuarenta años reproduciendo como cosa fresca las noticias de Gil y Zárate o de Ticknor, como es uso y costumbre en esta bendita tierra, donde la enseñanza suele ir por un lado y la erudición por otro.

Vida, como se ve, modesta y ejemplar, sencilla y sin peripecias, contradice la de Tirso todos los sueños y cavilaciones que de un conocimiento superficial y mal digerido de sus obras venían deduciéndose. Fue un gran poeta y un excelente religioso: a estas dos líneas puede reducirse su epitafio. Al revés de lo que acontece con Lope de Vega; cuya biografía real y positiva es más novelesca que cualquiera novela que pueda inventarse, Tirso parece haber vivido en lo exterior la vida de todo el mundo, reservándose con plena libertad de artista otra vida interior en el mundo encantado de su fantasía, poblado continuamente de imágenes risueñas. Allí encontró (aparte de bellezas de otro orden más alto) aquel delicioso tipo de comedia amorosa, que por un lado confina con las fantasías de Shakespeare, y por otro con la amena coquetería de Marivaux.

Hay que resignarse a admitir que lo que Tirso supo o adivinó de la vida, lo supo o lo adivinó siendo fraile. Su maravillosa intuición poética pudo suplir lo que de experiencia mundana le faltaba, y, por otra parte, el siglo y el claustro estaban en aquella centuria estrechamente unidos, y no formaban, como ahora, dos mundos aparte. El contraste aparente entre el género de las obras y la condición del autor no existía para sus contemporáneos. Nadie se escandalizaba de que un fraile tuviese buen humor y escribiese obras de regocijo y pasatiempo, empleando en ello las admirables dotes poéticas que Dios le había concedido. No había entrado aún en los ánimos esa apocada y vil tristeza, ese pesimismo feroz que algunos consideran como el único signo del creyente. La devoción continuaba siendo alegre, confiada y española. Su carácter de poeta cómico en activo ejercicio no fue obstáculo para que Tirso ascendiera en la Orden de la Merced a las dignidades más altas, y se oyera con respeto su voz en capítulos y definitorios. Todo el mundo encontraba muy natural y llano que Fr. Gabriel Téllez, además de ser Lector o Maestro de teología, fuese el autor de Don Gil de las Calzas Verdes. Nueve años antes de su muerte todavía escribía comedias, a la verdad más morigeradas y también más frías que las primeras. En ningún pasaje de sus obras manifiesta remordimientos por haber dedicado buena parte de su vida a tal ocupación. Ni él ni la sociedad de su tiempo pecaban de escrúpulos monjiles. Por lo mismo que estaban tan seguros de su fe, eran espíritus sanos, que no se dejaban abrumar por embelecos y trampantojos. Hoy, que hasta el catolicismo nos le traducen de París, las cosas han cambiado mucho, y los españoles genuinos nos encontramos como forasteros en nuestra patria.

Crítica bibliográfica se titula la segunda parte del estudio del señor Cotarelo. Algo más que bibliográfica es, como iremos viendo. Pero aun la mera bibliografía de Tirso ofrece interés, aunque no sea más que por lo embrollada. Con no ser más de siete los libros suyos conocidos hasta ahora, es muy difícil llegar a ver juntas las primeras ediciones. De aquí errores, por otra parte muy excusables. Schack, que en la parte bibliográfica no solía ser muy exacto, y Hartzenbusch, que todavía lo era menos, autorizaron errores tales como el de suponer la existencia de una Primera parte de 1616 y de una segunda de 1627. Barrera, y especialmente Salvá (que poseyó la rarísima edición sevillana de la Primera parte), comenzaron a desenredar esta madeja, y el señor Cotarelo continúa felizmente esta labor. No podemos entrar aquí en este género de pormenores; además, aunque haya cuestión sobre la fecha y lugar de algunas ediciones de Tirso, no la hay sobre el contenido de las Partes 1.ª, 3.ª, 4.ª y 5.ª La verdadera cuestión está en las comedias de la Parte 2.ª, y en las que, atribuídas a Tirso, se imprimieron sueltas o en colecciones de varios, o se conservan manuscritas.

La Segunda parte es un rompecabezas bibliográfico. Fue publicada, como las restantes, por el mismo Tirso, en convivencia con su auténtico o fingido sobrino don Francisco Lucas de Ávila, pero haciendo el autor en la dedicatoria la extraña advertencia de que solo cuatro de las piezas incluídas en el tomo eran suyas, perteneciendo a diversos autores las otras ocho, que no sé por qué infortunio suyo siendo hijas de tan ilustres padres, las echaron a mis puertas.

El hecho de meterse a editor de comedias ajenas quien tenía ya compuestas más de trescientas propias sin mendigar trazas ni asuntos, y esto en un libro cuya portada reza Comedias de Tirso de Molina , sin otra aclaración alguna, todavía nos suspende y maravilla menos que la inaudita modestia de esos dramaturgos incógnitos que de tan buena voluntad echaban por puertas ajenas los frutos de su ingenio, sin permitir siquiera que se hiciese mención de sus nombres. Y cuenta que entre estas comedias estaban El Condenado por desconfiado , Cautela contra cautela , y otras tales, que, ciertamente, no eran para echadas por puertas de nadie ni para regaladas con tanto desprendimiento.

Sube de punto la sorpresa cuando se repara que en casi todas las comedias del tomo (cuál más, cuál menos) hay algo del estilo y manera de Tirso, y a pesar de la sagacidad con que la crítica va notando rasgos de la pluma de otros autores, nada tiene de temerario creer que, si no estuviésemos sobre aviso por la declaración de Tirso, leeríamos todo el volumen como producción de un solo ingenio, puesto que las desigualdades que en estas comedias se observan no son mucho mayores de las que en las obras auténticas y reconocidas de Tirso pueden notarse.

Ingeniosamente, y no sin algún dato en que apoyar su conjetura, han indicado algunos, especialmente Hartzenbusch, que quizás esas obras anónimas sean restituciones hechas a Tirso por varios refundidores de comedias suyas. ¿Pero qué autor puede haber bastante bonachón para preferir al texto de sus obras genuinas la refundición hecha por un quidam, e imprimirla por su cuenta, dando además las gracias al plagiario, sin duda por el tino y gracia con que le había desvalijado? Esta humorada heroica no puede suponerse ni de Tirso ni de nadie.

Lo más verosímil, por tanto, es que perteneciendo íntegramente a Tirso cuatro comedias, las restantes fueran escritas por él en colaboración con otros autores, y alguna quizá graciosamente prohijada por consideraciones que ahora no se nos alcanzan.

¿Pero cuáles son las cuatro comedias exclusivamente suyas? Ni siquiera en esto hay prueba plena, ni por tanto uniformidad de pareceres. De dos de ellas, Por el sótano y el torno , y Amor y celos hacen discretos , no puede dudarse, porque el nombre del autor se consigna al final:

Que por el sótano y torno
Tirso escribe , mas no afirma.
..
Dad ánimo a vuestro Tirso
Para que despacio os sirva.

En cuanto a la tercera, debemos creer que es la titulada Esto sí que es negociar , por ser refundición de otra comedia de Tirso, El Melancólico.

Resta averiguar cuál sea la cuarta. Mi opinión, acorde con la de Durán, se inclina a El Condenado por desconfiado. Las razones que en estos últimos tiempos se han alegado contra esta atribución no me convencen ni poco ni mucho. El nervio teológico que hay en El Condenado no vuelve a encontrarse en drama alguno de nuestro teatro, ni siquiera en la brillante poesía alegórica de los autos de Calderón, cuya teología es de un género mucho más popular y menos escolástico. El autor de esta creación asombrosa (en su línea la primera de nuestra literatura) no pudo ser un mero creyente, sin más doctrina especulativa que la muy sólida, en verdad, que todo el pueblo español tenía en el siglo XVII. Con esa elemental doctrina religiosa se pueden hacer autos al Nacimiento, alegorías al Santísimo, comedias de vidas de Santos, leyendas dramáticas como el Anticristo de Alarcón; se pueden presentar conflictos admirablemente trágicos como los de La Devoción de la Cruz , El Purgatorio de San Patricio , El Esclavo del demonio , La Fianza satisfecha; pero no se puede escribir un drama de controversia dialéctica, rigurosa y precisa, como El Condenado; no se puede llegar a las entrañas y a lo más abstruso de la teología; no se puede revestir de luz poética los conceptos más radicales de la Ética cristiana, dramatizando la batalla entre la predestinación y el libre albedrío. Ni Lope ni Calderón, aunque tomasen las órdenes eclesiásticas en su edad madura, eran teólogos de profesión, ni menos lo fueron Alarcón y Rojas. El autor de El Condenado tuvo que ser un hombre avezado a la disputa silogística y al estrépito de las aulas, un ergotista de pulmones de hierro, profundamente versado en la ciencia de Báñez y Molina. ¿Y a quién de nuestros grandes dramaturgos podemos atribuir tal preparación escolástica, sino al que fue toda su vida Lector y Maestro de Teología, y dejó esculpidas sus glorias en el teatro o paraninfo de la Universidad de Alcalá, según el dicho de Cervantes? Sólo de la rara conjunción de un gran teólogo y de un gran poeta en la misma persona pudo nacer este drama único, en que ni la libertad poética empece a la severa precisión dogmática, ni el rigor de la doctrina produce aridez y corta las alas a la inspiración; sino que el concepto dramático y el concepto trascendental parece que se funden en uno solo; de tal modo, que ni queda nada en la doctrina que no se transforme en poesía, ni queda nada en la poesía que no esté orgánicamente informado por la doctrina.

Hay pues, que conservar al gran fraile de la Merced en la quieta y pacífica posesión de esta joya, que habrá sido grata sin duda a los ojos de Dios (podemos pensarlo piadosamente), y bastante para redimir otras obras más livianas, aunque bien inofensivas en el fondo.

Atribuírsela a Lope es imposible. Nadie más interesado que yo en la gloria de nuestro gran poeta nacional, de quien soy editor, aunque indigno. Pero Lope es inmensamente rico, y no necesita acrecentar su tesoro con los despojos de nadie. A su lado, y sin menoscabo de su gloria, brillan otros grandes ingenios, y a cada uno hay que conservarle lo que es suyo, para gloria común de nuestra patria, que tuvo la virtud suficiente para engendrar a un tiempo vates tan excelsos. Es cierto que hay en El Condenado una redondilla que con pocas variantes se lee en El Remedio de la disdicha , comedia de Lope; es cierto que las delicadas e idílicas escenas del pastorcillo son muy análogas a otras de La Buena Guarda; pero todo esto nada prueba en sustancia. Nuestros dramático del siglo XVII se imitaban, copiaban y refundían unos a otros sin escrúpulo, y como la fecha de la composición de El Condenado se ignora, lo mismo puede sostenerse que Tirso imitó a Lope, como que Lope imitó a Tirso. Claro es que la probabilidad de la invención original está siempre a favor de Lope, poeta de más edad que Tirso, y que era ya maestro universal de la escena española cuando éste comenzó a escribir; pero tampoco Lope, según indica su contemporáneo Ricardo del Turia y puede comprobarse en varios casos, se desdeñaba de aplicar a sus propias invenciones aquellos lances y pasos que más le agradaban o más éxito habían tenido en las ajenas. Sea como quiera, la imitación es en todo caso accidental; y no recae ni por semejas sobre el fondo del argumento: recórrase la numerosa serie de las comedias de santos de Lope, y no se hallará ni una sola que tenga aire de familia con El Condenado. Lope, a pesar del título enteramente honorífico de Doctor en Teología , que le envió Urbano VIII, no sabía bastante teología para escribir El Condenado. Por otra parte, carece de sentido el suponer que Lope, en el apogeo de su gloria, fuese a la celda de Tirso como un principiante oscuro a solicitar de él la limosna de que le imprimiese anónima una comedia suya; y ¡qué comedia! ¡Bueno era Lope, tan celoso de los intereses de su gloria literaria, para cometer una insensatez semejante! Sus comedias las publicaba por sí mismo, y no dejó de hacer tomos de ellas, mientras le duró la vida.

Es cierto que El Condenado por desconfiado no presenta muy de bulto los caracteres habituales de la dicción poética de Tirso, y que hasta por la constante gravedad de estilo y la sobriedad en la parte cómica, se aleja de la manera dominante en las obras más populares de su repertorio. Pero éstas no son su teatro entero, sino una pequeñísima porción de él, y bien miradas las cosas, no hay menor diferencia, por ejemplo, entre el género de La Prudencia en la mujer y el de La Huerta de Juan Fernández , con ser una y otra obras indisputables de Tirso. A tan grandes y soberanos ingenios no se les puede encasillar en una sola de sus manifestaciones. No conoce a Shakespeare quien conozca sólo cuatro o cinco de sus grandes dramas, o al revés, cuatro o cinco de sus comedias. La singularidad de estilo de El Condenado, la mayor atención que en él se presta al concepto y menor a la expresión, la relativa pobreza de su forma poética, que parece calculada para no abrumar en demasía y oscurecer con inoportuno follaje el pensamiento que el autor quería tener siempre fijo en la mente de sus espectadores, son consecuencia natural del tema elegido; y a un drama excepcional sin duda entre los de Tirso (aunque en El Mayor desengaño , y en otras comedias de santos, mostró que no le faltaban alientos para repetir la tentativa) correspondía una ejecución algo insólita también, y apartada de su estilo más habitual. Al revés de lo que suele acontecer en nuestros poetas del siglo XVII, El Condenado por desconfiado está admirablemente pensado y sólo medianamente escrito. Tal contraste, mucho más de reparar en Tirso, que considerado como hablista y escritor es sin disputa el primero de todos ellos (sin exceptuar al mismo Alarcón, más correcto acaso, pero más pobre y más seco), es lo que más ha hecho vacilar a la crítica, y lo que todavía hace que muchos conserven dudas sobre este punto. La concepción es reflexiva y madura; la ejecución parece rápida e improvisada.

Para explicar estas deficiencias de estilo, supone el señor Cotarelo, tomando un término medio, que el plan y muchas escenas de El Condenado son de Tirso, pero que en el texto actual hubo de intervenir la mano de algún colaborador o refundidor. Ambas hipótesis, aunque ingeniosas, me parecen inadmisibles. La primera, porque si hay obra que excluya toda idea de colaboración es El Condenado , cuya poderosa unidad orgánica es uno de sus méritos más patentes. La segunda, por parecerme de todo punto inverosímil (como ya queda dicho) que Tirso llevase su longanimidad hasta el extremo de imprimir, en vez de sus propias comedias, refundiciones estropeadas por otros.

Y no admitiendo como de Tirso El Condenado por desconfiado , ¿cuál podría ser la cuarta comedia de este tomo que íntegramente le perteneciese? No Cautela contra cautela ni Siempre ayuda la verdad , ya que todo el mundo conviene en reconocer en ambas comedias intervención de dos manos, una seguramente la de Tirso, otra probablemente la de Alarcón. A una u otra de estas dos obras (cada cual en su línea muy notables) hubo de aplicarse el epigrama famoso. No tampoco las dos partes de la Próspera y adversa fortuna de D. Álvaro de Luna, que son continuación de la Próspera y adversa fortuna del condestable Ruy López de Avalos , drama muy profundamente histórico del murciano Damián Salustio del Poyo, cuyo estilo, mezclado con el de Tirso, domina también en estas dos comedias de D. Álvaro de Luna, que, sin gran escrúpulo, pudieran creerse nacidas de la colaboración de ambos ingenios, si no complicara la cuestión otra Adversa fortuna de D. Álvaro que con nombre de Damián Salustio se imprimió en la mal llamada Parte 3.ª de Lope. De Alarcón no alcanzo a descubrir ningún rasgo, a pesar de la manía que en estos últimos tiempos ha habido de aumentar su caudal dramático atribuyéndole toda comedia expósita. La Reina de los Reyes es una obra tan baladí, que puede ser de cualquiera, pero que cuesta trabajo atribuir a Tirso, ni en todo ni en parte. Quien habló, pagó vale más, pero tampoco tiene nada de orden muy relevante ni que sea forzoso atribuir a un gran poeta. No sucede lo mismo con algo (muy poco) de Los Amantes de Teruel; pero todo lo demás es tan incongruente y desconcertado, y, sobre todo, está tan mal escrito, que es imposible que sea ni de Téllez, ni de Alarcón, ni siquiera de Damián Salustio, ni de Fr. Alonso Remón, ni de ningún otro poeta bueno, aun entre los de segundo orden. El autor de este drama trágico (si fue uno solo) o el colaborador que le llenó de broza sería quizá el propio sobrino del poeta o algún fraile Mercenario aficionado a las letras, y cuyos borrones tuvo Tirso la caridad fraternal de estampar entre los suyos.

Resta una comedia, La Mujer por fuerza , y en ella hace hincapié el señor Cotarelo, para suponer que ésta y no El Condenado es la cuarta obra exclusiva de Téllez. Pero más bien parece obra de un imitador y de un discípulo. Por otra parte, el recurso de disfrazar una mujer, ofendida o celosa, en hábito de varón, aunque sea frecuentísimo en el teatro de Tirso y sugiera a su malicia más situaciones y efectos cómicos que a ningún otro poeta, dista mucho de ser invención ni patrimonio suyo. Esta forma de enredo, picante y resbaladiza (no desconocida en la comedia latina), era ya casi obligada en la comedia italiana del Renacimiento, comenzando por la obscenísima Calandria del Cardenal Bibbiena, representada en tiempo de León X; de allí pasó a las comedias de Lope de Rueda y sus secuaces, y, finalmente, entró, como entraron todas las invenciones dramáticas actuales y posibles, en el inmenso río del teatro de Lope de Vega. Por lo mismo que La Mujer por fuerza se parece tanto a otras fábulas de Tirso y hasta las calca servilmente, no veo la necesidad de admitir que sea suya. Tirso, aun abusando de este dato, sabía diversificarle de un modo prodigioso: compárense, por ejemplo, La Villana de Vallecas y Averígüelo Vargas , El Amor médico y Don Gil de las Calzas Verdes.

Las comedias de Tirso que se imprimieron fuera de su colección, y en general por textos estragados, y aun mutilados, ofrecen casi siempre motivos de discusiones críticas. Es imposible, dados los límites de este artículo, seguir paso a paso al señor Cotarelo en cada una de ellas. Con la mayor parte de sus conclusiones estoy conforme. Son indudablemente de Tirso: La Firmeza en la hermosura , Desde Toledo a Madrid , Amar por señas , La Ventura con el nombre , que está llena de rasgos autobiográficos, El Caballero de Gracia , Los Balcones de Madrid y Quien da luego, da dos veces (cuyo argumento está tomado de La Señora Cornelia , novela de Cervantes), No es tan seguro que lo sea La Romera de Santiago, atribuída también a Luis Vélez en impresiones sueltas, ni En Madrid y en una casa , que en su más antigua y autorizada edición salió a nombre de Rojas; ni La Condesa Bandolera , ni El Honroso atrevimiento (que no es más que una refundición de El Piadoso veneciano de Lope, tomada a su vez de una novela de Giraldo Cinthio); ni acaso La Joya de las montañas , Santa Orosia ni El Cobarde mas valiente , que, a lo menos en su texto actual, es de don Fernando de Zárate. De las inéditas sólo son autógrafas la Santa Juana y Las Quinas de Portugal , pero tiene más importancia literaria la titulada Habladme en entrando.

Restan dos obras capitales, que es imposible discutir en breve espacio, puesto que el protagonista de una de ellas, el personaje más teatral quizá que en ningún tiempo ha cruzado la escena (según el dicho profundo de nuestro estético P. Arteaga), llena el mundo con el estruendo de sus aventuras y con su innumerable progenie. De Don Juan , cuyo nombre es legión y cuya vida es más recia y consistente que la de ningún personaje histórico, no faltará ocasión de tratar en estas páginas, puesto que no hay año en que no nos lleguen nuevas suyas, desde cualquiera de los confines de la tierra. La bibliografía de tal asunto no lleva trazas de agotarse. A ella contribuye el señor Cotarelo con uno de los servicios más eminentes que hoy por hoy se la pueden prestar, es a saber, reproduciendo en uno de los apéndices de su libro las variantes del más antiguo y más ignorado y menos imperfecto texto que hasta ahora conocemos de El Burlador de Sevilla , el de la edición de Barcelona de 1630, volumen de estupenda rareza que lleva el título de Doce Comedias nuevas de Lope de Vega Carpio y otros autores. Este texto, en que se hace constar que El Burlador fue representado por Roque de Figueroa (y no carece de curiosidad el saber quién fue el primer actor que dió vida en las tablas al tipo del Tenorio), no es por desgracia el primitivo de Tirso, y seguramente está manco e incompleto en algunos lugares; pero tal como es, lleva inmensa ventaja al horrible y disparatado texto de las ediciones sueltas, único que Hartzenbusch consiguió ver, y aun al titulado Tan largo me lo fiáis , que en estos últimos años apareció en la Colección de libros raros y curiosos , por diligencia de los señores Marqués de la Fuensanta y Sancho Rayón. Opina el señor Cotarelo que este drama es una refundición de El Burlador, y se la achaca al famoso representante Andrés de Claramonte, fundándose en la sustitución del elogio de Lisboa por el de Sevilla, ciudad de la que era vecino Claramonte, aunque no hijo, puesto que había nacido en Murcia. La misma razón habría para sospechar que la descripción de Lisboa fue interpolada en el drama de Tirso por algún portugués ávido de ensalzar las glorias de su capital; y a no estar ya en la edición de 1630, sospecharíamos que era torcido parto del ingenio de aquel Luis Botelho Froes de Figueiredo, de quien Barbosa nos dice, sin más explicación, que había compuesto un Convidado de piedra , que hasta ahora no parece. Tan inoportuna es en El Burlador la descripción de Lisboa, como la de Sevilla, y en cuanto a disparatadas, pedantescas y mal escritas, allá se van con corta diferencia. Una y otra son verdaderos pegotes, que nada tienen que ver con la obra de Tirso. Aunque intercaladas monstruosamente en el diálogo, pertenecen al género de las loas , y tengo por cosa averiguada que los representantes las cambiaban según los pueblos, y aun las componían nuevas en caso necesario. El Burlador debió de ser popularísimo desde el momento de su aparición, tan popular como lo es hoy Don Juan Tenorio. Y como el P. Téllez, con la incuria habitual de los grandes poetas de su siglo, no se cuidó de fijar el texto imprimiéndole por sí propio, todo el mundo, impresores piratas, copleros famélicos, histriones de la legua, pusieron sus manos pecadoras en aquel drama y le dejaron tan mal parado, que cuesta hoy grande esfuerzo adivinar o reconstruir su primitiva grandeza, la cual ha de buscarse en la fuerza inicial del personaje, en el desarrollo amplio y caudaloso de la acción, en el solemne prestigio de la parte fantástica, en la cruda energía de algunas expresiones intensamente dramáticas, que de vez en cuando centellean como relámpagos en un cielo opaco y anubarrado. Salvo estas excepciones, el estilo es pedestre y descolorido, la versificación seca y desmañada, y todo ello indigno de su maravilloso autor y de tan maravilloso argumento.

El señor Cotarelo no entra en la investigación de los orígenes de esta célebre pieza, pero recuerda dos datos, que, aunque apuntados ya, por el señor Barrantes el uno y por don Juan Menéndez Pidal el otro, no han sido hasta ahora tenidos muy en cuenta. El uno es la existencia de un personaje histórico de principios del siglo XV, Diego Gómez de Almaraz, a quien llamaron en Plasencia, por motivos que no están bien claros, El convidado de piedra. Él fue terrible banderizo extremeño y anduvo muchos años tras de vengar la muerte de su padre: en los Hechos del Clavero Don Alonso de Monroy hay bastante noticia de su persona; pero no resulta muy probado el entronque de su historia con la leyenda de Don Juan Tenorio. Por su parte, el colector de la poesía popular asturiana recogió de la tradición oral, en la montaña de León, un romance en que cierto libertino innominado convida a cenar a una calavera que encuentra tirada en un camino. La calavera acepta, mostrándole los dientes,

«Lo mismo que si se riera...»

y el terrible convite se verifica en la iglesia a las doce de la noche, dentro de una sepultura abierta. Análogas fantasías pueden encontrarse en poesías populares de diversos tiempos y países; pero no conozco ninguna forma tan próxima a la leyenda de Don Juan como ésta.

El Rey Don Pedro en Madrid y el Infanzón de Illescas es otro gran drama histórico-fantástico, generalmente atribuído a Tirso, pero sobre el cual siento diferir de la opinión del señor Cotarelo. A mi entender, la atribución de este drama al fraile de la Merced, aunque aceptada con rara docilidad por la crítica, no descansa más que en un capricho del sabio y benemérito don Juan Eugenio Hartzenbusch, que con su autoridad arrastró a otros muchos, sin estar él mismo muy convencido de lo que afirmaba. Es más: Hartzenbusch rectificó, andando el tiempo, esta opinión suya, que tampoco había presentado nunca en el tono afirmativo con que otros la han repetido. En las notas que puso al catálogo de las comedias de Lope de Vega formado por Chorley, Hartzenbusch vuelve sobre sus pasos y llega, aunque tímidamente, a la única conclusión que yo creo aceptable: El Infanzón de Illescas es una comedia de Lope, refundida por Andrés de Claramonte.

Cuatro nombres andan en este litigio: Lope, Tirso, Calderón y Claramonte. El primero que hay que descartar es el de Calderón, con cuyo nombre se imprimió en una Quinta parte apócrifa de sus comedias (Barcelona, 1677), que aquel gran poeta rechazó indignado. Además, El Infanzón no está en la lista de sus comedias que envió al Duque de Veragua, y por otra parte, así como no siempre es fácil determinar si una obra pertenece a Lope o a Tirso, poetas de un mismo tiempo y de un mismo gusto, es de todo punto imposible confundir una comedia de Calderón con una de sus predecesores. Calderón, grande artista, pero artista esencialmente barroco, tiene una manera que trasciende, no sólo al estilo, sino a la total composición y artificio dramático. Esta manera después de él fue imitada por todo el mundo, pero antes de él no existía. El Infanzón de Illescas pertenece a la época libre del teatro español, no al convencionalismo reflexivo de su vejez.

En Andrés de Claramonte no hay que pensar como autor original. Este pobre Claramonte, contra quien el señor Cotarelo demuestra una inquina particular donde quiera que tropieza con su nombre, atribuyéndole todos los plagios imaginables (como si el siglo XVII no hubiese estado lleno de Claramontes), era ciertamente un escritor vulgar y adocenado, que, siendo comediante de oficio y viéndose obligado a abastecer la escena con novedades propias o ajenas, se dedicó a la piratería literaria, con el candor con que ésta se practicaba en aquel tiempo, y del cual daban ejemplo grandes poetas. ¿Qué fue Moreto en la mayor parte de sus obras sino un Claramonte muy en grande? ¿Cuándo hizo Claramonte mayor plagio que el de Calderón, en Los Cabellos de Absalón , copiando ad pedem litterae un acto entero de La Venganza de Tamar del Maestro Tirso? Estas eran las costumbres literarias de aquel siglo, y no hay que quebrar la soga por lo más delgado. Todavía Claramonte podía alegar disculpas que no alcanzan a esos grandes poetas: su pobreza, su oficio, entonces tan abatido, su ninguna preocupación de gloria literaria. Ni se le pueden negar ciertas cualidades, inferiores sin duda, pero muy recomendables: conocimiento de la escena, y cierto brío y desgarro popular, que principalmente lucen en su comedia soldadesca de El Valiente Negro en Flandes. Lo intolerable en Claramonte y lo que prueba la penuria de su educación literaria es el estilo. Por raro caso en su tiempo, Claramonte escribe mal, no ya por culteranismo o conceptismo, como muchos otros, sino por incorrección gramatical grosera, que hace sobremanera enmarañados y oscuros sus conceptos. Este desaseo y torpeza de expresión es, por decirlo así, la marca de fábrica de su teatro, y sirve de indicio casi infalible para deslindar lo que realmente le pertenece en las obras que llevan su nombre.

Así sucede en El Rey Don Pedro en Madrid , título que lleva El Infanzón en un manuscrito de la Biblioteca de Osuna (hoy de la Nacional), donde está con nombre de Claramonte. El señor Cotarelo ha estudiado con sagaz diligencia este importante manuscrito, llegando a determinar una por una las desdichadísimas interpolaciones de Claramonte (Clarindo ) , con lo cual ya hay base para reconstruir el texto primitivo, que Claramonte respetó en lo esencial.

¿Pero este texto primitivo de quién era, de Lope o de Tirso? Con nombre de Lope está en la más antigua edición conocida hasta hoy, en una parte 27.ª de Barcelona, 1633, de las llamadas extravagantes: con nombre de Lope también en una edición suelta. Se dirá que el testimonio de las partes apócrifas y de las ediciones sueltas ha de recibirse siempre con cautela; pero guardémonos de exagerar la fuerza de este argumento, porque en resumidas cuentas, ¿en qué se funda la atribución de El Burlador de Sevilla a Tirso (de cuyo estilo bien puede decirse que apenas tiene un solo rasgo), sino en el testimonio de esas partes apócrifas y extravagantes de Barcelona y de Valencia? Si El Burlador hubiera llegado a nosotros anónimo, todo el mundo sin vacilar hubiera dicho que era una comedia de Lope, de las escritas más de prisa.

Por poco que valga la palabra del editor de 1633, ¿valdrá menos, por ventura, que la fe de un manuscrito moderno , único en que se atribuye esta obra a Tirso, según declara Hartzenbusch? Manuscrito moderno , tratándose de Tirso, no puede ser más que una copia del siglo pasado, a lo sumo, y quizá del presente. Yo creo en la existencia de ese manuscrito sobre la honradísima palabra del venerable don Juan Eugenio Hartzenbusch; pero al ver que el texto de El Infanzón de Illescas que él publicó, en nada sustancial difere del refundido por Claramonte, me doy a pensar que ese manuscrito moderno no era ni más ni menos que una copia del manuscrito de Osuna, sacada por cualquier curioso, que de propio arbitrio adjudicó la comedia a Tirso.

Y llegando a razones de otro orden, debo decir que todos los elementos de El Infanzón de Illescas, ya en lo que toca a la idealización del carácter de D. Pedro, ya en la parte sobrenatural, que da tan misterioso carácter a esta obra, están esparcidos en diversos dramas de Lope, entre los cuales recuerdo ahora Audiencias del Rey D. Pedro , Los Novios de Hornachuelo; El Duque de Viseo , El Marqués de las Navas; este último, además, enlazado tan estrechamente con El Burlador de Sevilla , que hasta tiene versos idénticos.

Ni mucho menos puede decirse que Tirso fuera, entre nuestros grandes dramáticos, el único que sintió y penetró la poesía histórica de la Edad Media. Yo no tengo inconveniente en admitir que La Prudencia en la mujer sea el mejor drama histórico de nuestro teatro; pero en todo lo demás del repertorio auténtico de Tirso no vuelve a encontrarse jamás la magnífica poesía del siglo XIV, que se respira en esta crónica dramática. En Lope, por el contario, la inspiración histórica fue continua e inagotable; y si por ventura no se mostró con tanta pujanza en una obra aislada, bastó para dar vida a un centenar de ellas, que constituyen el más glorioso monumento épico-dramático levantado a nuestra tradición heroica. ¿Cómo he de admitir yo que no venciese a todos, en este sentido penetrante del alma de la Edad Media, el autor de El Casamiento en la muerte , y de El Bastardo Mudarra , y de Las Famosas asturianas , y de Los Tellos de Meneses , de Peribáñez y el Comendador de Ocaña , de El Mejor Alcalde el Rey , de Las Almenas de Toro , y de Fuente Ovejuna? Lo que Lope había hecho doscientas veces en su vida, porque era en él cosa nativa y brotaba de manantial perenne, lo hizo Tirso una vez sola; y una vez sola también Guillén de Castro en Las Mocedades del Cid; y una vez sola Calderón en La Virgen del Sagrario.

Con la misma buena fe, pues, con que he reivindicado para Tirso la grandiosa creación teológica de El Condenado por desconfiado , juzgo que ha llegado la hora de restituir a Lope El Rey D. Pedro en Madrid , original del Valiente justiciero de Moreto.

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

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