Conversaciones con Juan José Sebreli

Mi amistad con Sebreli pasó por años de interminables conversaciones, en su casa o en la mía, en cafés porteños, por las calles de Buenos Aires, y ese flujo de palabras, la mayor parte de las cuales se ha llevado el olvido, se transformó en un brusco y enorme silencio con el hecho del destierro. Ahora imagino que también para los argentinos que se quedaron y debieron experimentar, sin quererlo, la separación de sus amigos y parientes, estos años han sido de destierro, de extrañamiento en una tierra donde, de golpe, numerosas presencias habituales habían desaparecido.

Conocí a Sebreli hacia 1965, por amigos comunes, cuando había leído sus libros hasta entonces, un folleto sobre la historia argentina, el celebérrimo Buenos Aires vida cotidiana y alienación, el ensayo sobre Martínez EstradaLos jóvenes como yo buscábamos una síntesis entre las vivencias peronistas de las masas obreras y nuestras lecturas marxistas, dos mundos que parecían conciliarse en los planteos de lo que entonces se llamaba izquierda nacional. No es que Sebreli fuera uno de sus ideólogos, sino que su obra, personal y hasta solitaria, se tocaba en muchos puntos con el bloque ideológico de la mencionada izquierda. Había, también, puntos de fricción, que con los años han hecho crisis y separado la obra sebreliana del otro espacio.

Las incursiones en el psicoanálisis, la reivindicación de ciertas marginalidades (mujeres, homosexuales, judíos), un intento de ligar la problemática argentina con algunas corrientes del pensamiento europeo (la escuela de Frankfurt, el freudomarxismo de Wilhelm Reich, la disidencia izquierdista de los PC europeos, el existencialismo laico de Sartre, etc.) alejaban a Sebreli de otros escritores en cierta medida coetáneos, como Jorge Abelardo Ramos y Rodolfo Puiggrós.

Había en Sebreli, además, alguna simpatía jaco bina por aspectos del peronismo que todavía resultaban escandalosos para el filisteísmo argentino. Sobre todo, la figura desgarrada y contradictoria de Evita, el escándalo de que una mujer con un pasado de pelandusca y actriz de radioteatro hubiese alcanzado el rango de ministro en una sociedad gazmoña como la argentina y en un gobierno con tantas deudas ideológicas y políticas a pagar al Ejército y la Iglesia. Evita era la flor de enredadera que creció en el callejón pero que, un día, alcanzó los bulevares del centro.

Si uso estas citas tangueras es porque uno de los temas de conversación obligada con Sebreli era el viejo cine argentino tan impregnado de la Weltanschauung que proporcionan el sainete y el tango, y la primera noción de la lucha de clases, muchos niños de los 40 y los 50 la tuvimos a través de películas donde se reiteraba la visión de una clase alta parasitaria, viciosa y desalmada, ante la cual un vago pueblo representaba el depósito de bondad que, resignada y tenaz, termina por triunfar. Algo había pasado en la Argentina de esa época para que, de pronto, una mujer rechazara la limosna de la burguesía encopetada y reivindicase su condición proletaria, o sea, de sujeto que vende su fuerza de trabajo.

Niní Marshall y sus compañeras rechazando la limosna que propone Mecha Ortiz en Mujeres que trabajan y Libertad Lamarque haciendo otro tanto en Madreselva anticipaban el vacilante jacobinismo populista de Evita Duarte.

¿Por qué aquellas conversaciones donde aparecían Hegel y Croce, la princesa de Polignac y Proust, Saussure y Merleau-Ponty, recaían constantemente en las fábulas de Manuel Romero y los tangos de Alfredo MalerbaTal vez ya entonces la Argentina era un país que debíamos salvar de la muerte con unos cuantos puñados de palabras, gracias a esa guerra a muerte contra la muerte que es la palabra, condición de existencia del mundo y heideggeriana «habladuría» de la historia.

Divago por estas asociaciones de imágenes porque una de las tareas constantes de Sebreli y del grupo Contorno fue la de salvar a la Argentina de la irracionalidad mitológica y del vacío mental de la rutina gracias a un proceso de historización. Hacer un discurso histórico sobre la Argentina para dotar a la sociedad argentina de un considerable instrumento de historicidad, que es, finalmente, la única posibilidad de identificarse con el pasado y de imaginar el futuro. Tener historia, nada más, nada menos.

¡Cuánto de idealismo había y hay en estas pretensiones, generadas en medio de una sociedad que se ha alejado cada vez más del proceso de la historia, aislándose en una suerte de ensueño perverso y autista, encantada de sus propias limitaciones como si fueran virtudes a perpetuar? Buenos Aires, otra de las pasiones de Sebreli (los une el amor y, a la vez, el espanto, como podría decir Borges, el espanto que produce el amor y el amor a lo espantoso) era una imagen gráfica de esa desintegración histórica argentina. Buenos Aires, antología de vicios y virtudes, obra maestra de la civilización argentina, era una ciudad que vivía (¿vive?) autodestruyéndose, aniquilándose, inflingiéndose derrumbes como santas heridas gozosas. Una ciudad en la que es casi imposible buscar algún fetiche sentimental con el cual identificar el antepasado y proponerse como antepasado de la descendencia. Ciudad inorgánica, llena de ocurrencias individuales e insolidarias, que parecía habitada por recién llegados, desconectados de los habitantes anteriores, e invadida por hordas de nuevos ricos ansiosos de superponer sus mo que todavía novedades a la odiosa riqueza de ayer y a la vetustez de lo arcaico.

Andábamos incansablemente con Sebreli por Buenos Aires, constatando que esos fetiches quedaban en pie o eran borrados por la renovación edilicia, acabando con las bolseries de los cafés, las selvas de yeso dorado de los cines, las rejas y jardines de los viejos palacios, sembrando los baldíos con tumultuosos cajones de cemento sin edad, condenados a la desaparición por arcaísmo en un par de generaciones. La lectura de esas evidencias físicas como símbolos de la vida social iban formando los libros de Sebreli, sobre Buenos Aires, sobre Eva Perón, sobre Mar del Plata, sobre la familia AnchorenaSimbología de la ruina, meditación del derrumbe, intento de ligar los restos del pasado con el presente, que siempre es enigmático por lo movedizo y por la imprecisión de sus confines.

Si Contorno (y Sebreli es, quizás, el único contornista que cumplió el informulado programa de la revista) no hubiera existido, la gente de mi edad debía haberla inventado, con lo cual la tarea histórica tendría veinte años de atraso, poco más o menos. Pero estaba allí, y era nuestra obligada precedencia.

En la década del 60 se revitalizó el culto a lo novedoso de la era vanguardista y se hizo de la renovación (la subversión, la revolución, el cambio) un valor abstracto y autárquico. Era bueno lo nuevo porque era nuevo. Sebreli siempre fue bastante misoneísta y amigo de lo clásico, si por tal se entiende aquello que tiene una clase distinguible y que ha soportado su identidad a través de varias etapas históricas. Lo clásico es aquello capaz de salir de su mundo histórico, al revés que lo moderno (lo que atañe a la moda) que perece con el sistema histórico en el que apareció. Lo clásico no es lo eterno, sino lo opuesto: aquello que tiene historia y atraviesa las relecturas de distintas épocas, reclamando al tiempo escandido (y no escondido, sino manifiesto) de los almanaques, un tiempo (escondido, esta vez) propio, un ritmo de ondas particulares.

Sebreli ha llevado esta actitud, como otras suyas, hasta la exageración, pero esta misma exageración ha sido didáctica y ha servido de revulsivo al esnobismo y sus peligros, aparte de la notoria ventaja que representa estar esperando, de modo infatigable, que el tiempo traiga novedades, actitud propia de los esnobs. Sebreli rechaza los happenings, los objetos pop, el teatro del absurdo «fatto in casa», las películas de la nueva ola francesa, los sermones metafísicos de Ingmar Bergman, casi todas las novelas del llamado «boom» latinoamericano, el neoliberalismo de los años cincuenta y el neoperonismo de los años setenta.

Con simétrica pasión ama la novela del siglo XIX, a Brahms y los cuartetos de Bartok más que a Schonberg, a Proust y Thomas Mann y no a Joyce, los cuentos de Bernardo Kordon (otro salvador de Buenos Aires, palabra contra muerte), las vanguardias históricas que habían tomado un cariz de clasicismo vanguardista, si cabe, a Visconti y a Einsenstein.

En casi todas estas apreciaciones coincidíamos. En otros incisos, he discutido muchos años con Sebreli, y creo que este espacio de discusión fue lo mejor de nuestra amistad, pues libró al vínculo de los peligros de la complicidad que tanto abunda en los medios literarios y que los esquivos muchachos de Contorno, en general, no practicaron, prefiriendo a ella cierta agresiva nitidez intelectual y política.

Nunca le he oído hablar tan mal de ninguna ciudad como de Buenos Aires, ni expresar mayor desprecio que por el mundo de los valores de nuestra clase media. En esto, de nuevo, aparece el opositor como integrante necesario de nuestro ser. Pero hay algo más que quiero señalar en este orden y que el lector de Sebreli, seguramente, ha advertido en casi todos sus textos. Sebreli es una mentalidad porteña a partir de aquello que más nos define, o sea, concretamente: de las carencias de Buenos Aires.

Todos sus ideales (una Argentina moderna, una vida política basada en el reconocimiento y la discusión de los intereses de clase, la libertad de pensamiento, la tolerancia moral, etc.) corresponde a la valorativa de una sociedad burguesa avanzada. Y Buenos Aires, con su disfraz europeo y sus veleidades de ultramar, es una ciudad con un desarrollo burgués atrofiado y menguado, como todo el país. A la Argentina le ha faltado burguesía y le ha sobrado, por lo mismo, ejército. De ahí que, mezcladas con la fascinación por lo lejano, aparezcan en Sebreli críticas radicales a los dos extremos de nuestro espectro social: la oligarquía y su máscara de aristocracia, la clase obrera y su máscara de populismo cesarista.

Hay, por ello, en Sebreli, la nostalgia de Europa, no como espacio poblado de fetiches ilustres, sino como un paradigma del modelo burgués de desarrollo, en que una fuerte burguesía acaba con el Antiguo Régimen, funda un ejército profesional que es su brazo armado, organiza la vida política por medio de una Constitución, protagoniza los procesos de cambio para manejarlos (al revés que nuestra «oligarquía», que se opone a ellos por temor al desborde) y condiciona el desarrollo de una clase obrera con perfiles nítidos e identidad inconfundible.

Leer y releer a Sebreli, leerlo a partir de él mismo y desde fuera, es un ejercicio infrecuente en la literatura argentina, tan recargada de compinchería, de oportunismo, de amor a la obviedad y de caricias al lector. Más que reconocimiento, Sebreli busca el desconocimiento, el extrañamiento del lector, al cual no sólo no seduce, sino que, a menudo, irrita y obliga a constituirse en opositor del «autor». Sebreli desautoriza constantemente a Sebreli. En este proceso he hallado lo mejor de mi amistad con él y creo que como confesión ya es bastante.

Copyright © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en TheCult.es con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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