Vida y obras de Pedro de Quirós

Vida y obras de Pedro de Quirós

El nombre de este poeta para nada había sonado en la historia de las letras castellanas hasta el año de 1838. Su recuerdo yacía sepultado en las colecciones de biografías manuscritas de los hijos ilustres de Sevilla, y en el códice de sus propios versos, que después de haber pertenecido a la Biblioteca del Conde del Águila, fue a parar en 1821 a la Biblioteca de la Catedral de Sevilla, vulgar y abusivamente llamada por muchos Colombina. Ninguna de nuestras antologías del siglo pasado y comienzos del presente dió hospitalidad a los frutos de su ingenio: ni el Parnaso Español de Sedano, ni la colección de Fernández, ni la de Quintana, ni la de Böhl de Faber.

Gallardo estudió y extractó con su habitual diligencia el manuscrito de la Colombina, pero no llegó a publicar sus notas. Quizá lo mismo les aconteció a otros eruditos, por lo cual no vacilamos en afirmar que hasta el presente no consta que poesía ni fragmento alguno de Pedro de Quirós hubiera llegado a general noticia antes del referido año de 1838, en que don José Amador de los Ríos, a la sazón muy joven, pero ya inclinado, como toda su vida lo fue, a la investigación de nuestros tesoros literarios, publicó en El Cisne, periódico sevillano, el madrigal y el soneto famosísimos, acompañados de algunas noticias biográficas del poeta, no todas exactas. En otros tres periódicos literarios de la época romántica, La Aureola de Cádiz (1839 a 1840) y El Paraíso y La Floresta Andaluza de Sevilla, continuó insertando Amador la mayor parte de aquellos escasos versos de Pedro de Quirós, que luego, en 1854, aparecieron ya coleccionados en el tomo primero de los Poetas Líricos de los siglos XVI y XVII, que reunió para la Biblioteca de Autores Españoles don Adolfo de Castro. Posteriormente en El Ateneo, periódico de Sevilla (1875), insertó don José María Asensio y Toledo unas décimas y tres epigramas inéditos de Pedro de Quirós. A esto se reducen todas las publicaciones parciales de que tenemos noticia, y que, como se ve, comprenden una mínima parte de las ciento treinta y cinco piezas, contenidas en el códice sevillano y en la presente edición, que es copia textual de él. Sólo ahora podrá juzgarse al poeta con cabal conocimiento de causa, y yo, por mi parte, voy a intentarlo, exponiendo en términos breves la impresión que en mi ánimo ha hecho la lectura de estos versos, sin intentar prevenir en modo alguno el juicio definitivo de mis lectores.

Ante todo conviene saber algo de la persona del autor, a quien no pocas veces se ha confundido con otros de su mismo nombre y apellido. Los datos principales para deshacer esta confusión nos los suministran, principalmente, Nicolás Antonio en su Bibliotheca Hispana Nova; el adicionador de los Claros Varones en Letras naturales de Sevilla, obra comenzada por Rodrigo Caro; el diligentísimo Matute y Gaviria en sus Hijos de Sevilla señalados en santidad, letras, armas, artes o dignidad (obra de capital interés, que viene publicando nuestra Sociedad) y también en sus Adiciones y Correcciones a los Hijos de Sevilla de D. Fermín Arana de Varflora (el P. Valderrama), las cuales pueden estimarse como inseparable complemento de la obra anterior, y también gozan ya de la luz pública por el buen celo de nuestro consocio el Duque de T'Serclaes Tilly; y finalmente, con más extensión y crítica que los biógrafos anteriores, el joven sevillano don Antonio Mejías y Asensio en el notable discurso que leyó en la Universidad Central el día 22 de noviembre de 1886, para recibir el grado de doctor en la facultad de Filosofía y Letras.

Por las noticias que estos autores más de propósito, y otros por incidencia, como Dorado en su Historia de Salamanca, y Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla, consignan, resulta averiguado que Pedro de Quirós nació en Sevilla, probablemente en las casas de su apellido, antigua plaza de la Gavidia, perteneciente por mitad a las parroquias de San Vicente y San Miguel. Su partida bautismal no ha parecido aún (aunque sí las de otros de su familia), pero todo induce a colocar su nacimiento en los últimos años del siglo XVI, distinguiéndole cuidadosamente de otro más antiguo Pedro de Quirós, cura del Sagrario de la Santa Metropolitana Iglesia Hispalense, sabio teólogo y humanista, de quien nos da Rodrigo Caro en sus Claros Varones las interesantes noticias que a continuación transcribo:

« fue natural de esta ciudad, del apellido de Quirós, gente conocida por muy antigua y limpia... Supo la lengua griega y la latina con eminencia. Su genio le inclinó a hacer y escribir poemas latinos: hizo uno muy celebrado en España y otras provincias de Europa, de la expedición del Dr. de la Gasta y victoria de los Pizarros en las Indias, de cuya elegancia y de las muchas partes de este ingenio sevillano no es menos que el doctísimo Arias Montano, el que lo celebra en estos versos del libro III de sus Rhetóricos, Cap. XXIX.

Ast aliter noster Chirosius unica Bethis
Gloria, Castalidom decus, atque optanda Poetis
Mens priscis, optanda viris, qui liberiore
Eloquio nomenque sibi famamque pararunt.
Nec satis in patria notus, tamen inclyta famae
Buccina per Latium, per quos Germania fines
Extendit, Gallos populos, extremaque nostrae
Hesperiae auditur per littora, mirus utroque
In genere, Hispanum seu tentet condere carmen,
Humanae et celebrare pius monumenta salutis,
Tartareo quondam partos ex hoste triumphos,
Attonitas reddit mentes, et viscera sacris
Ignibus ardere, et lachrymas diflundere cogit:
Sive canat laetum Gasca redeunte trophaeum,
Atque acie tantum visa, pavidumque tremore
Pizarrum dare terga ferat, pacataque magni
Littora Neptuni saevo usurpata tyranno.
Sive etiam clarum in sua carmina Pontion armis
Advocet, indomitis figentem colla juvencis:
Argumento omni, atque omni mirabilis ausu,
Non tamen inceptis turgentibus, atque maligno
Progressu, potius gravis atque modestus in ipsis
Principiis, prudens paulatim surgit, opusque
In mediumque decens, et finem protrahit altum.
Pontias Hesperio genus alto á sanguine regum
Antiquo longoque gerens se stemmate dignum,
Luditur hic, tenuem non dedignatus avenam
Dum tamen in tristes sedes, Plutonia regna,
Invidia tactos juvenes descendere cogit,
Nigrantes adeunt Herebi fuligine portas,
Admotaque manu bis terque quaterque trementes
Pulsant, ac magico tentant aperire susurro.
¿Quid melius priscis dictum, quid pulchrius?...

«De manera (prosigue Rodrigo Caro) que como dice aquí Arias Montano, tres obras poéticas había publicado Pedro de Quirós. La primera una silva en verso heroico latino, de la victoria que tuvo el doctor Gasca contra Gonzalo Pizarro en el Perú... El segundo poema de nuestro Pedro de Quirós fue también en versos latinos heroicos, en alabanza de don Pedro Ponce de León, hermano segundo de don Luis Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos. Era este caballero muy gentil hombre, bizarro a caballo y gran jinete, inclinado, como deben de ser los caballeros de tal calidad, a torear, dar rejones y lanzadas a toros, jugar cañas, y finalmente todos aquellos ejercicios que disponen para la guerra y hacen los cuerpos fuertes y ágiles para trances de armas y caballería... La tercera obra del ingenio de Pedro de Quirós fue la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, decantada en octava rima en siete cantos, que el primero empieza así:

«Canta con canto triste y doloroso,
Oh Musa, de dolor enternecida...»

«Este libro fue en aquella edad muy bien recibido de la piedad cristiana, y en toda España estimado por el ingenio que en él muestra su autor, y por el argumento que en sí contiene, digno de un sacerdote, y docto erudito como lo fue su autor. Llamóle Christopathia, voz griega que comprende el asunto, en el cual observó los preceptos del arte poética y retórica con mucho primor, guardándolos de manera que parecen naturales y no afectados. De este libro he visto dos impresiones distintas.»

He copiado tan a la larga este pasaje de Rodrigo Caro, no sólo por lo interesante de sus noticias, y porque siempre es grato recrear el oído con los elegantes versos de Arias Montano, sino para corregir un error en que al parecer incurre el sabio arqueólogo de Utrera, atribuyendo a ese primitivo Pedro de Quirós el rarísimo poema de la Christopathia o Pasión de Cristo, que en su misma portada dice ser obra de Juan de Quirós, sucesor de Pedro en el curato del Sagrario, según afirma Matute, y autor también, por consiguiente, de los dos poemas latinos que Arias Montano atribuye a un Quirós (Chirosius) sin indicación alguna de nombre propio. Arias Montano no podía equivocarse en este punto, porque fue grande amigo de Juan de Quirós, e hizo un soneto a su retrato, que puede verse al frente de la Christopathia en la edición toledana de 1552; pero no es de extrañar que más de ochenta años después confundiese Rodrigo Caro a dos personas del mismo apellido, de la misma profesión y cargo, del mismo tiempo, y casi seguramente de la misma familia. Para nosotros el Chirosius de la Retórica no puede ser otro que Juan de Quirós, porque sería coincidencia verdaderamente maravillosa, después de tantas otras, que ambos ingenios hubiesen celebrado igualmente en un poema español (Hispanum Carmen) el grande asunto de la Redención humana. Y aun no paran aquí los homónimos, puesto que así como en el siglo XVI hubo un Pedro y un Juan de Quirós, curas entrambos del Sagrario, así en el XVII encontramos repetidos ambos nombres bautismales en otros dos escritores de Sevilla, religiosos los dos, es a saber el poeta cuyas obras tenemos entre manos, y un fray Juan de Quirós, de la orden de San Francisco, Lector en Sagrada Teología, Consultor del Santo Oficio, Provincial de la Bética, Vice-Consejero General de las Indias, famoso teólogo escotista, y autor de dos obras en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción (Rosario Inmaculado de la Virgen María, y Marial o segundo tomo de los Misterios y Glorias de María), impresas respectivamente en 1650 y 1651.

Otras dos veces, por lo menos, suena este apellido en la historia literaria de nuestra edad de oro; pero los ingenios que le llevaron no pertenecían, como los anteriores, a la rama sevillana de los Quirós. fue el primero Juan de Quirós, natural de Toledo, jurado o regidor de aquella imperial ciudad, escritor dramático notable, que en 1591 ponía término a su ingeniosa y desconocida comedia La Famosa Toledana, que se conserva entre los manuscritos de la Biblioteca de Osuna, existentes hoy en la Nacional. Ni es posible olvidar tampoco al picaresco y sazonado entremetiste asturiano don Francisco Bernaldo de Quirós, Alguacil de Casa y Corte en tiempo de Felipe IV, y autor de la extraña novela Aventuras de D. Fruela (Madrid, 1656), donde van intercalados diez entremeses suyos, una comedia burlesca y muchos versos jocosos a estilo de los de Cáncer.

Todo este deslinde era necesario para dejar clara y aislada la personalidad de nuestro Pedro de Quirós, confundido por algunos con el Cura del Sagrario, mientras que otros le han atribuído obras dramáticas, que quizá sean del entremesista.

Así como ignoramos la fecha exacta del nacimiento de nuestro poeta, así también carecemos de toda noticia acerca de sus primeros estudios, que fueron, sin duda, los habituales de un hombre de letras entonces, basados especialmente en el cultivo de las humanidades, a las cuales debió, en medio de pasajeros desvíos, el buen sabor de su estilo, verdadera excepción (aunque no única ni mucho menos) en una época infestada ya por el culteranismo.

Cuando en 1624 llegó a Sevilla por primera vez la comunidad regular de los Clérigos Menores, Pedro de Quirós fue de los primeros que hicieron profesión en la casa conventual de aquella Orden, y él fue el encargado de redactar la inscripción bien elegante y docta (al decir de Ortiz de Zúñiga) que se puso en la primera piedra de la iglesia que en aquella ciudad comenzaron a levantar los Padres de la nueva Religión, y que Pedro de Quirós no pudo ver terminada, pues sólo se abrió al culto en 1717.

Pedro de Quirós residía aún en Sevilla en 1649, año de terrible epidemia. Para nosotros es casi seguro que antes de esa fecha apenas había salido de la capital de Andalucía, salvas ligeras excursiones al vecino pueblo de Umbrete, cuyas damas y cuya vendimias ha celebrado en un romance y en un soneto.

El lunes 4 de diciembre de 1657 le encontramos en la villa de Olivares, narrando con estro satírico y desenfadado las peripecias de su viaje y la dureza del gallo que le dieron a comer en la posada.

En marte 4 de noviembre de 1659 concurre con unas quintillas laudatorias a la fiesta de San Carlos Borromeo. Pero antes o después de esta fecha (porque para nosotros no es seguro que estas quintillas fuesen compuestas precisamente en la metrópoli hispalense) el P. Pedro de Quirós fue nombrado Prepósito del Colegio de su Orden en Salamanca, cargo que todavía desempeñaba por reelección en 1665, puesto que en dicho año presidió en concepto de tal la procesión de los Clérigos Menores que asistieron a las exequias de Felipe IV y escribió, por mandato de la ciudad de Salamanca, la relación de ellas, que se imprimió al año siguiente con el conceptuoso título de Parentación Real .

Aquel mismo año debió de obtener Pedro de Quirós uno de los más altos cargos de su Orden, el de Visitador general de la Provincia de España, del que disfrutó poco tiempo, puesto que murió en Madrid en junio de 1667. La fecha consta en unos apuntes manuscritos de don Joseph Maldonado y Saavedra (tío de Ortiz de Zúñiga), y ha sido dado a conocer primeramente por el señor Mejías y Asensio en su citado discurso.

Todo induce a creer que los versos del P. Pedro de Quirós, compuestos únicamente para solaz propio y recreación de sus amigos o de sus hermanos de Orden, fueron enteramente desconocidos de sus contemporáneos. Nicolás Antonio, que como hispalense debía de tener muy exacta noticia de su persona, le incluye en su Bibliotheca Nova, pero no a título de poeta, sino como autor de varios libros en prosa. El primero es la Vida y Virtudes del Venerable Padre Bartolomé Simorilli, de los Clérigos Menores, obra escrita en limado y elegante estilo (limato et luculento) al decir de Nicolás Antonio, que por cierto omite las señas de impresión.

El segundo es Parentación Real, Honras que hizo la ciudad de Salamanca al Rey N. S. D. Felipe IV, obra impresa en Salamanca el año 1666, por Joseph Gómez de los Cobos. Es, como su título lo indica, una de las relaciones de fiestas que tanto abundan en nuestra literatura, con descripción del túmulo o catafalco (que al parecer era de muy mal gusto) y algunas interesantes noticias históricas sobre los conventos, parroquias y cofradías de aquella ciudad, razón por la cual este libro ha sido muy explotado y tenido muy en cuenta por los historiógrafos salmantinos.

Mucho más importante, sin ninguna duda, que los dos anteriores era el tercer libro que Pedro de Quirós tenía dispuesto para la imprenta en elegantísimo estilo latino (según Nicolás Antonio) con el título de Comentarios al Profeta lonás (In Ionam Prophetam Commentaria).

Nicolás Antonio, a quien había dado noticia de esta obra el General de los Clérigos Menores Fray Juan Ximénez, se inclina a creer, no obstante, que este libro, en su mayor parte, no era trabajo de Pedro de Quirós sino de su compañero de hábito Jacinto Carlos Quintero, cuyo manuscrito fue terminado y corregido por Pedro de Quirós. No sabemos que este comentario llegara a imprimirse nunca.

La primera referencia a los versos de Pedro de Quirós la encontramos en el adicionador de los Claros Varones de Rodrigo Caro, que después de traducir el artículo de Nicolás Antonio, añade: «El padre Quirós escribió excelentes versos latinos y castellanos, y quien esto escribe tiene buena parte de ellos copiados en su poder y aún algunos en los originales mismos.» Los versos latinos no existen o no han sido descubiertos hasta ahora. De los castellanos no se conoce más códice que el que perteneció (como dicho queda) a la librería del Conde del Águila, y luego a la Biblioteca capitular de Sevilla. No es original, sino copia esmerada, cuya mayor parte se terminó en Sevilla en 1656, según nota que consta al principio del índice. Más adelante se añadieron, a modo de segunda parte, y de distinta letra, otras diez composiciones no registradas en dicho índice. El título de la colección es: Poesías divinas y humanas del P. Pedro de Quirós, Religioso de los Clérigos Menores de la Ciudad de Sevilla. Es un volumen en cuarto de 40 folios, sin contar los dos del índice, y lleva algunas correcciones más o menos atinadas, de letra de don Bartolomé Joseph Gallardo, que estudió este códice en mayo de 1823, estampando al pie del índice su firma.

A pesar del esmero habitual de la copia, no puede decirse que esté exenta de algunos errores harto visibles. Es imposible, por ejemplo, que un versificador tan correcto como Pedro de Quirós comenzase su célebre soneto a las ruinas de Itálica o Sevilla la Vieja con un verso que no lo es, de ninguna manera que se intente leerle:

¡Oh Itálica breve, ya tu lozanía...

Hay que suponer o que el soneto no es a Itálica sino a Italia (a lo cual se presta lo vago y enfático de su contexto) o aceptar en el primer verso la brillante corrección con que le imprimió Amador de los Ríos, y le han reproducido otros muchos:

Itálica ¿dó estás? Tu lozanía...

El juicio que corre estereotipado en los libros, acerca de Pedro de Quirós, puede reducirse a los términos siguientes: «Pedro de Quirós es un poeta de la escuela sevillana: siguió, por consiguiente, la dirección clásica de Herrera, Arguijo, Jáuregui y Rodrigo Caro, y resistió con mucha fortuna al invasor influjo del culteranismo, mostrándose en la pureza del gusto émulo digno del mismo Rioja.» En este juicio hay sin duda una verdad incompleta, pero mezclada con no leves errores, que sólo pueden disiparse hoy que tenemos a nuestro alcance la colección entera de las obras del poeta.

Ante todo, ¿Pedro de Quirós es un poeta de la escuela sevillana? La respuesta no es tan fácil como a primera vista parece. Si la escuela sevillana es un grupo que tiene carácter propio dentro de nuestra poesía lírica, y que se diferencia de las otras escuelas peninsulares en ciertos principios teóricos y en ciertos procedimientos de ejecución, es evidente que no todos los ingenios nacidos bajo el cielo de Sevilla pueden y deben ser alistados en esa escuela, sino pura y simplemente los que coinciden en esos principios y en esos procedimientos. Francisco de Medrano, por ejemplo, es un poeta natural de Sevilla, pero por su estilo sobrio, rápido, severo, algo desnudo y nada exuberante, por su gusto rígidamente latino y horaciano, hasta por el corte de sus estrofas, pertenece con pleno derecho a la escuela de Salamanca. En cambio Pablo de Céspedes, nacido en Córdoba, es un poeta de escuela sevillana con tanto derecho como el mismo Herrera.

Ya hemos indicado en otro escrito que no tenemos a las escuelas literarias la antipatía que contra ellas han manifestado ciertos críticos. Si la poesía es obra intelectual y humana, como sin duda lo es, ¿quién puede creer que se haya desenvuelto de una manera caprichosa y fortuita, por aislados impulsos individuales, sin tradición ni concierto? ¿Faltará en la poesía lo que nadie niega en las artes plásticas? Lo que importa es que la clasificación esté bien hecha, y que corresponda exactamente a la realidad de las cosas, fundándose, no en razones externas y superficiales de paisanaje, de educación, de convivencia, etc., sino en la comparación profunda de las tendencias y aptitudes estéticas de los diversos ingenios, puestas en relación con el medio intelectual en que se desarrollaron.

El que no tenga cuenta con las escuelas literarias, forzosamente convertirá en un caos la historia de la poesía. Pero como algún orden se impone en todo trabajo humano, el crítico que así piensa tendrá que seguir o el orden cronológico estricto, que es, a las veces, el mayor desorden, o bien agrupar a los poetas por razones enteramente externas y anticientíficas. Y no se objete que la poesía es libérrima, porque ahí está la historia para atestiguarnos que cuanto más espontáneo, nacional y popular es un género de poesía, tanto más obedece a un proceso lógico y fatal, tanto más se extiende y perpetúa en él la reproducción de unos mismos tipos, tanto más frecuentes son los remedos y los plagios, y tanto mayor y más visible la unidad de principios y de sistema. ¿Quién ha de dudar, por ejemplo, que Lope de Vega y los dramáticos que le siguieron forman una escuela?

Ni la palabra tiene en sí nada de absurdo, ni envuelve nada de opresivo y tiránico para el libre desarrollo del genio, puesto que al fin y al cabo no es mucho mayor la libertad de que disfruta el hombre en el arte que en la Filosofía, por ejemplo. ¿Y es esto negar la independencia del genio filosófico, que sólo merece el nombre de tal cuando ha llegado a formarse un sistema propio sobre los principios de las cosas? Es cierto que hay un poderoso elemento individual, así en la obra científica como en la artística, pero este elemento no obsta de ninguna manera a lo que hay de exterior, de involuntario, de obligado por las condiciones en que el espíritu se mueve. Y por muy propio que sea del filósofo este sistema, puesto que él ha tenido que formársele por propio esfuerzo intelectual, conservará, no obstante, relaciones y adherencias profundas con todo lo que se ha pensado en el mundo, con todo lo que se pensará después; y atendiendo a estas relaciones, el historiador crítico afilía al independiente filósofo quizá en aquel grupo de pensadores al cuál menos se holgaría de pertenecer. Lo mismo o poco menos sucede con las creaciones artísticas, ninguna de las cuales puede aspirar a salvarse de ser analizada y clasificada y puesta donde le corresponda.

Dos cosas se requieren a toda luz para constituir verdadera escuela: una, es la semejanza de procedimientos, pero no basta; la otra y más esencial es una doctrina estética recibida por todos, y cuyo espíritu se deje sentir en todas las producciones de la escuela. No importa que esta doctrina no se formule en libros, no importa que los mismos artífices no puedan razonarla, si por ella se les pregunta: basta que esté difundida en la atmósfera de academia o de taller, y que, respirándola ellos sin sentir, ajusten luego sus creaciones al modelo ideal de perfección que la escuela ha concebido instintiva o racionalmente.

Pero en la escuela sevillana del siglo XVI hubo más que esto: hubo una doctrina literaria formalmente profesada y expuesta en obras tales como las Anotaciones de Herrera a Garcilasso (que pueden considerarse como una verdadera poética) y el Discurso que al frente de las mismas Anotaciones estampó el Maestro Francisco de Medina. La escuela sevillana no difiere de ninguna otra de nuestras escuelas líricas por razón de los asuntos, que son los habituales y consagrados en la poesía lírica de entonces: ni por la imitación de los clásicos y de los italianos, que era asimismo ley universal de nuestro arte erudito; ni por el orientalismo o hebraísmo que algunos han soñado, refiriéndose sin duda a las dos admirables canciones bíblicas de Herrera, sin reparar que de tal orientalismo no vuelve a encontrarse el menor vestigio en las obras del cantor de Heliodora, ni en las de ninguno de sus discípulos, contemporáneos e imitadores, al paso que la escuela salmantina nos ofrece en Fr. Luis de León muestras de un hebraísmo todavía más puro y más directo. La verdadera nota característica de la escuela sevillana está en la forma, y no precisamente en la forma más íntima, sino en la más externa, que en todo arte tiene, sin embargo, una importancia capital: está en su especial teoría del lenguaje poético, en la nobleza y escogimiento de las palabras, en el número del período poético, en la majestad y arrogancia de la dicción, contenidas siempre en los límites del buen gusto.

Así (aún prescindiendo de sus remotos orígenes, que pueden buscarse en la falanje de poetas dantescos del siglo XV, que empieza con Micer Francisco Imperial, y termina con el cartujano Juan de Padilla) mostró la escuela sevillana su vitalidad creadora y pujante en los ensayos clásicos de Mal-Lara, Medina, Diego Girón y el canónigo Pacheco: en las elegías y demasiado abundantes sonetos petrarquescos de Herrera, en las raras pero insuperables muestras que el mismo Herrera nos ha dejado de su inspiración encendida al calor de los grandes hechos contemporáneos: en el numen arqueológico de Rodrigo Caro: en la hábil factura de los sonetos, también arqueológicos, que don Juan de Arguijo cincelaba con primor de artífice toscano: en la lozana y florida musa de Jáuregui, que robó a la del Tasso la mayor parte de sus hechizos: en la gravedad estoica y serena del autor de la Epístola Moral; en el arte exquisito con que Rioja sacó de las flores emblemas de dicha fugaz y documentos de moral sabiduría.

Ahora bien ¿el carácter poético de Pedro de Quirós, aparece en armonía con el de estos maestros? No se olvide para juzgarle, que escribió a mediados del siglo XVII, que no alcanzó las academias poéticas del XVI, que no pudo asistir a la escuela de Mal-Lara, ni al taller de Pacheco, ni a la casa de Arguijo, y que no consta siquiera que tuviese relaciones de amistad con ninguno de los ilustres poetas hispalenses de la última época, ni con Jáuregui, ni con Rioja, ni con Rodrigo Caro, ni con Andrada, ni con el doctor Salinas, que nunca le mencionan en sus versos ni dan muestras de haber tenido noticia de su existencia. Añádase a esto que Pedro de Quirós, no parece haber sido nunca poeta de profesión, ni haber profesado al arte aquel culto sagrado que le tributaron Herrera y algunos de sus sucesores, sino que escribió la mayor parte de sus versos en ratos hurtados a más graves ocupaciones, y los escribió muchas veces de encargo, ya para funciones devotas, ya para fugitivo solaz y sobre temas prosaicos y baladíes. En lo profano nunca inflamaron su estro asuntos tales como la batalla de Lepanto, la pérdida del rey don Sebastián, el vencimiento de los moriscos de la Alpujarra, las reliquias de una ciudad romana. Muy rara vez atravesaron por su espíritu altas y melancólicas filosofías sobre lo vano y caduco de las grandezas humanas: sólo en el soneto a Itálica se hizo intérprete de ellas. El amor no fue nunca en sus versos (ni cuadraba otra cosa a la gravedad de su estado) más que motivo de discreteo u ocasión de sutilezas y conceptos. Se inclinó al cultivo de la sátira, pero en su forma más ligera e inofensiva. Más bien que poeta satírico, fue jocoso y burlesco, sin punta ni hiel, y siguiendo en parte a aquellos dos sevillanos maestros del donaire y de la agudeza, Alcázar y Salinas, pero en parte todavía mayor a los poetas conceptuosos y equivoquistas del siglo XVII, cuya tradición se continuó largamente en el siglo pasado; gustó de dedicar sus décimas, redondillas y epigramas a una dama que envió a un D. Sancho un corazón de alcorza, a otra dama lavándose la cabeza, a unas manos con sarna, a Cintia lastimada de unos mosquitos, a Anarda sacando de entre las faldas unos búcaros, a un albañil bebedor, a una dama que se casó con un calvo, a D. Fernando de Alderete, que envió al autor una cesta de pasas, al P. Francisco de Santiago, que le envió unos jamones y unos quesos, y a otros temas por el estilo, que se prestan ciertamente a saladas agudezas, propias de cierta poesía de sociedad, pero que fácilmente degeneran en vulgar coplerismo, como es de ver en los Montoros y Benegasis del siglo pasado, aunque hasta cierto punto tenga visos de profanación citar sus nombres cuando se trata de Pedro de Quirós.

Es cierto que no faltan en la colección de Pedro de Quirós poesías de índole más elevada, mereciendo entre ellas la palma las composiciones religiosas, pero estas mismas, si bien se miran, se ajustan mucho más al tono semi-popular y genuinamente español que tienen, por ejemplo, las de Lope de Vega y otros ingenios castellanos, que a la manera solemne y clásica con que había tratado estos argumentos la musa hispalense, en las raras ocasiones en que los eligió para sus cantos. Si a esto se añade que con excepción de los sonetos, que no pasan de treinta y nueve, y de tres o cuatro canciones entre amorosas y sacras, con más alguna traducción, Pedro de Quirós ha manifestado especial y declarada predilección por los metros cortos, claro se ve que las habituales condiciones de su poesía le alejan bastante del tipo clásico de los Herreras, Riojas y Arguijos, con los cuales hasta ahora ha solido confundirse su nombre. Si a algunos poetas sevillanos se parece, es sin duda alguna a Baltasar de Alcázar y al Dr. Juan de Salinas; a este último mucho más que al primero, sobre todo si nos fijamos en el Salinas de la vejez, ingenio agudísimo, pero contagiado hasta no más de las sutilezas y los retruécanos, de que siempre anduvo libre aquel otro inmortal artífice de redondillas, que con sus donaires ennobleció la taberna.

Porque, en efecto, sería error grave pensar que Pedro de Quirós se libró del general contagio, ni más ni menos que Rioja, como se lee en muchos libros de crítica. Prescindiendo de Rioja, del verdadero Rioja, en cuyos versos legítimos (principalmente en los sonetos) no dejan de notarse ciertos enfáticos rasgos y ciertas expresiones retorcidas que no son de gusto muy puro, aunque sí muy propias de aquel docto varón de quien pudo escribir Lope que por maravilla se apeaba de su divinidad; en lo que toca a Pedro de Quirós, hay que reconocer que si pocas veces es culterano (porque no le inclinaba a ello su ingenio más agudo y sutil que lozano y colorista) es en cambio con extraordinaria frecuencia alambicado y conceptuoso, amigo de antítesis y de pensamientos simétricos, de hipérboles galantes, de metáforas más rebuscadas que ingeniosas. Citaremos algunos ejemplos ya de culteranismo, ya de conceptismo, ya de ambas cosas a la vez.

«Coro Apolíneo, espejo del luciente
Fanal del cielo, lámpara del día,
Justa es veneración de mi Talía
Libar a vuestras aras lo que siente.
Si no es que coronando floreciente
Dafne esas sienes, la ignorancia mía
Afecte reparar su cobardía
A la sombra de tan augusta frente.»

A no ser por el rótulo que el soneto lleva, nadie adivinaría después de leídos ocho versos que el asunto es celebrar los ingenios y hermosuras de la villa de Umbrete en unas vendimias. Este soneto no figuraría mal entre los más encrespados de Góngora en su última manera. Y lo mismo digo del que compuso Quirós en elogio de un sermón fúnebre del Padre Manuel de Lemos:

«Aunque de un sol la occidental carrera
(Fatal eclipse a su ardimiento grave)
Cuanto de sentimiento pide, cabe
Deste volumen en la breve esfera»;

o de este otro a un anillo que se quebró al tomar la mano de Antandra:

«De un jazmín tuyo, Antandra, articulado
Era negra prisión círculo breve;
¡Oh qué ufana se vía en él la nieve
Si aún sin opuesto luce lo nevado!»

Aun en las Canciones, que están escritas con más naturalidad y a veces con singular ternura, no faltan rasgos que ciertamente hubieran mirado de reojo el maestro Mal-Lara o el severísimo Francisco de Medina:

«Ya de tus luces bellas,
Mi amor, si mariposa no encendida,
Será, por vivir dellas,
El ave rara que en Arabia anida:
Pues si abrasado yace,
Fénix será un amor que en ti renace.
(...)
Por sentir tus enojos,
Los álamos que viven ya sin verte
Hacen sus hojas ojos.

Y no digamos nada de aquel soneto a Celia hecho con dos solos consonantes: cielos y soles.

En los versos cortos abundan todavía más los discreteos y los juegos de palabras , pero allí suelen agradar, y están compensados por la extraordinaria fluidez y soltura del versificador.

De todo lo expuesto se deduce, que por las condiciones habituales de su estilo poético Pedro de Quirós poca semejanza tiene con los líricos de la escuela hispalense propiamente dicha. Es un poeta del siglo XVII, con dejos y reminiscencias de Lope, de Góngora, de Salinas y aún de Quevedo, y con cierto buen gusto relativo, que es el único elemento sevillano que hemos acertado a descubrir en sus versos. Pero esto mismo le da su originalidad y valor propio, y nos induce a detenernos en su examen, siquiera para acentuar más los rasgos de su fisonomía, que hasta ahora se nos han presentado tan confusos y borrosos.

Pedro de Quirós es, sin duda, un poeta de segundo orden, y nadie ha pretendido otra cosa. Sobre este punto no entablaremos apelación, pero hay algo que decir sobre los motivos en que se funda tradicionalmente la modesta fama de este simpático escritor. Para la mayor parte de los aficionados y aún de los críticos, Pedro de Quirós no es más que el poeta del soneto a Itálica, y del madrigal de la Tórtola. El madrigal es, sin duda alguna, muy lindo, y merece ponerse junto a los más delicados de Gutierre de Cetina. Los primeros versos, sobre todo, agradan mucho por una singular mezcla de ternura y de artificio:

«Tórtola amante, que en el robre moras
Endechando en arrullos quejas tantas,
Mucho alivias tus penas, si es que lloras,
Y pocos son tus males, si es que cantas...»

Quirós era muy dado a este ingenioso paralelismo, y lo ha repetido en otros versos suyos:

«Ruiseñor amoroso, cuyo llanto
No hay robre que no deje enternecido,
¡Oh si tu voz cantase mi gemido,
Oh si gimiese mi dolor tu canto!...»

En cuanto al famoso soneto de Itálica, confieso que mi admiración no va muy lejos. Dejando aparte el primer verso mal medido, del cual en buena ley no es posible hacer responsable al autor, el pensamiento final es de lo más hueco y desafinado que puede darse. ¿Qué hubiera pensado de él el severísimo Francisco de Medina, que por mucho menos lanzaba el siguiente anatema sobre el final del soneto de Arguijo a Baco?: «La fanfarria poética de este último terceto parece de algún trovador nacido y crecido en la rua nova de Lisboa: salga, por ende, de Castilla.» Empieza muy noblemente el soneto de Quirós, y se sostiene con igual valentía en los dos cuartetos, pero el demonio de la hipérbole se apodera del poeta a última hora, y le hace estropear su obra con el enfático pensamiento de que Itálica (que fue, al cabo, una de tantas colonias romanas, aunque más gloriosa que otras por los emperadores que de ella salieron) debió morir, porque si viviera, no habría encontrado en el mundo lugar bastante para los trofeos de sus hijos. El rasgo parece todavía más gascón o portugués que andaluz. ¡Con cuán diversa y más sincera y verdaderamente arqueológica inspiración cantaron aquellas ruinas Francisco de Medrano y Rodrigo Caro!

Otros sonetos superiores en mérito tiene Pedro de Quirós, aunque quizá sea ésta la sección más endeble de sus poesías. Pocos merecen alabanza en su conjunto, pero hay en la mayor parte de ellos versos elegantes y rasgos ingeniosos, demasiado ingeniosos por lo común, aunque expresados con sencillez relativa: v. gr.:

«Decidla que la ausencia es el estío,
Y han sido para dar por fruto abrojos,
Tierra mi amor, mis lágrimas rocío.
(...)
Eres trasunto fiel del llanto mío,
Libre arroyuelo, que en corriente plata
Pagas tributo a ese olmo que dilata
Sus ramas secas por tu margen frío,
(...)
Poco debe a la fértil primavera
Ese cristal, y poco el que tuviste
Pródigo amor a aquesta inculta rama.
Mas de flores desnuda tu ribera
Consuele de mi amor el campo triste,
Pues así medra quien de veras ama.
(...)
Al canto de los dulces ruiseñores
El alba despertó, vistióse de oro,
Y con amena risa y blando lloro
Desmayo a estrellas dió, y aliento a flores. (...)

Ciertamente que nada de esto es de un gusto muy clásico y muy severo: ciertamente que no escribían así los grandes maestros del siglo XVI; pero ¿quién ha de ser tan áspero y ceñudo que condene una poesía levemente viciosa, es cierto, pero con vicios y lunares tan españoles, nacidos de un ingenio tan vivaz, despierto y agudo? Lo que todavía aplaudimos en el teatro ¿cómo no tolerarlo en la poesía lírica? Repetimos que la poesía de Pedro de Quirós es conceptuosa por esencia, y no sólo en la ejecución sino en el pensamiento. La antítesis, figura predilecta del autor, está buscada hasta en los asuntos. A un ciprés junto a un almendro, A una rosa blanca que se abrió en Viernes Santo, son dos de los más poéticos y felices. Véase íntegro el primero:

«Árbol funesto, a cuya pira debe
Tálamo siempre verde cada Aurora,
Hoy el Enero helado te mejora
En ése que a tu vista el aire mueve.
No su pompa florida, fácil, breve,
Desaliente tu rama vividora
Si efímera su dicha debe a Flora
Flores de vanidad que el viento lleve.
Cuánta luz das al desengaño, advierte,
Del que mira esa rama tan florida
Junto a lo firme de tu tronco fuerte;
Luz que al más perezoso le convida
A ver en ti lo firme de la muerte,
Cuando en ella lo fácil de la vida.»

Este es el mejor soneto de Pedro de Quirós, superior cien veces al de Itálica en la idea y en los detalles. Y aún fuera mejor el de la rosa blanca abierta en Viernes Santo (nacido como el anterior de la misma inspiración entre graciosa y melancólica que dictó los populares y lindos versos a una flor dentro de una calavera) si el conceptismo no degenerase ya en oscuridad, contribuyendo a ello inoportunas reminiscencias mitológicas:

«Pues las que el pie manchó de ciega Diosa
Dios amante las pone en su cabeza.»

¡Con cuánta más sencillez y ternura exclama el autor en otro soneto, paráfrasis feliz del In lectulo meo per noctes quaesivi de los Cantares!:

«Firme mi amor en su quietud buscaba

El centro dulce de la gloria mía,

Y tantas de mis ojos se escondía

Cuantas veces mi voz le convidaba.»

Verdad es que Pedro de Quirós, como tantos otros ingenios nuestros, parecía cobrar nuevas fuerzas y levantarse sobre sí, cada vez que aplicaba sus labios al raudal de aguas vivas de los libros santos. ¿Quién olvidará, una vez leída, aquella admirable canción sacra, digna de Lope de Vega, en que glosa, entre otros textos bíblicos, el Quis mihi det te fratrem meum sugentem ubera matris meae, ut inveniam te foris del cap. VIII de los Cantares:

«¡Oh pasos venturosos,
Bien dirigidos del amor ardiente,
Caminad presurosos
Como de corza herida hacia la fuente.
Mas ¡ay, Esposo ausente!
Que mal la corza herida
Te seguirá, si le faltó la vida.»

Siempre se engrandeció en los temas religiosos la inspiración de Pedro de Quirós, ya usase los metros nacionales, ya los de escuela italiana, ya escribiese originalmente, ya traduciendo o imitando. Algunas veces se dejaba arrastrar del torrente del mal gusto, y pagaba tributo a la imitación de los Ledesmas y Bonillas, como en el pésimo romance que compuso dando vaya a la culpa por haber quedado vencida en la Concepción de María Santísima, romance que no parecería mal en los Conceptos Espirituales o en los Juegos de Noche-Buena a lo divino. Pero esta es la excepción, y el buen gusto lo habitual, lo mismo en la versión de los Himnos de Nuestra Señora, que en la del Magníficat o en la del Dies Irae. El que lee, por ejemplo, la paráfrasis del Oh gloriosa Virginum cree escuchar la inefable y candorosa armonía del autor de los Pastores de Belén y del Romancero Espiritual:

«Reina de la gloria
Que lucidas sendas
De estrellas caminas
Más radiante que ellas.
Criaste al que cría
El cielo y la tierra,
Si Él con su palabra,
Tú con dulce néctar.

En la flor hallamos
De tu primavera
Cuanto bien perdimos
Por la fruta de Eva.
¿Quién de los mortales
Ver a Dios pudiera,
Si Tú de los Cielos
No fueses la puerta?...»

Innumerables traductores ha tenido entre nosotros el Ave Maris Stella: entre ellos figuran nombres como el de Valdivielso, el de Lope, el de Calderón (en su auto sacramental A María el corazón): pues bien, ninguna de estas versiones nos parece tan poética como la de Pedro de Quirós. Nada transcribiremos ni de esta versión ni de la que el mismo Quirós hizo de la secuencia Dies Irae, porque queremos dejarlas íntegras a la consideración y buen juicio de nuestros lectores; pero quizá no parezca inútil llamar la atención sobre las endechas que el P. Quirós escribió glosando aquel versículo de Job (13), Contra folium, quod vento rapitur... La tersura y la pulcritud de su estilo brillan más en estas imitaciones que en los versos originales.

No sé si fue poeta dramático, en el rigor de la frase, ni si es o no suya la comedia de La Remediadora, a la cual se alude en el encabezamiento de uno de sus sonetos; comedia que no he visto nunca, y que no menciona Barrera en su Catálogo del Teatro. Pero que tenía condiciones dramáticas, es indudable para todo el que haya leído sus loas Al Nacimiento de S. Juan Bautista y A S. Juan Evangelista, y su égloga Al Nacimiento de Cristo. Pertenecen estas obras (donde interviene mucho el elemento figurativo y alegórico) al género más rudimentario y modesto de representaciones teatrales. Se escribieron, sin duda, para honesto solaz de los clérigos menores o de algunos devotos que gustaban de solemnizar la Natividad de nuestro Señor con breves y piadosos diálogos; pero su entonación es la del teatro religioso de aquel período que va desde los autos de Lope, Tirso y Valdivielso hasta los de Calderón. Cuando exclaman la Envidia y el Mundo en la loa Al nacimiento de S. Juan Bautista:

«Fruto de humilde linaje,
Nació entre peñas y riscos
Un infante a quien el cielo
Dió por caudal un pellico.
De tres años desterrado
De su doméstico abrigo,
Huésped las selvas le vieron
De sus palacios umbríos.
Voz que alteraba los montes,
Clarín ronco, triste grito
Que a los hombres enseñaba,
(...)
Tórtola humilde del prado,
Que el aire hería a gemidos,
Sin que el hombre ni aún el ave
Fácil se parase a oírlos...
(...)
Tal vez al dulce remanso
De un arroyo fugitivo,
Dedicó el alma a mejores
Contemplaciones y avisos.
(...)
Penitencia era su voz,
Virtudes eran sus gritos,
Despertando a ocios mejores
A quien dormía en sus vicios...»

creemos escuchar al autor de El Sacro Parnaso o de El Divino Orfeo, todavía más que al poeta del Auto de la Siega o del de Los Cantares. Y este tono calderoniano se acentúa aun más en la Loa que comienza:

«¡Ah de la montaña cuantos
De vacas o de corderos
Sois mayorales, y cuantos
Herís con dientes de hierro
La tierra en peinados surcos,
Sobornándola sedientos,
Para que en fértiles copias
Os pague anüales feudos!»

La firma de Calderón no parecería mal debajo de estos versos. Y ciertamente que la artificiosa construcción de los romances dramáticos de Pedro de Quirós recuerda mucho la de los del gran poeta madrileño:

«Aquí trompeta animada,
Clara voz, divino trueno,
En los términos del mundo
Resonarán sus preceptos...»

Sería preciso copiar íntegra toda esta Loa, para apreciar dignamente lo robusto de su versificación, y lo arrogante de su empuje lírico. ¡Y tales versos no figuran en las antologías ni crítico alguno da razón de ellos! ¡Y cuando se habla de Pedro de Quirós, estaremos repitiendo eternamente la lamentación sobre Itálica, o Italia, que ni aún esto está bien averiguado! Sunt fata libellis. ¡Feliz el poeta que sobrenada, aunque al parecer sea por caprichos de la suerte! Siempre habrá alguna razón más honda que le haga sobrenadar. Para mí el verdadero mérito del P. Quirós está en sus versos a lo divino. Allí es flúido, natural y sencillo, y a veces enérgico y sentencioso. Aquello le sale del alma: en lo profano se advierte más sutileza y artificio. Lo cual no es negar el mérito de algunos de estos versos profanos. No muestra en ellos el P. Quirós ni honda ternura ni elevada inspiración ni afecto místico, pero sí aquella gracia y desenfado que son la prenda más estimable en los que llaman los franceses poetas de sociedad. El maestro de Pedro de Quirós fue (no hay que decirlo) el Dr. Salinas: basta leer cualquiera de sus composiciones en décimas, para convencerse de ello. Pero el Dr. Salinas, que tenía verdadero genio satírico, solía poner en sus burlas más pimienta que la que se permite el inofensivo clérigo menor, el cual muy rara vez traspasa los límites del donaire, y se guarda muy bien de caer en lo lascivo ni en lo mordiente. fue, sin duda, Quirós poeta muy sazonado en las burlas, y de gran gentileza en la expresión de los afectos amorosos, pero una y otra cosa sin daño de barras.

Los versos eróticos nos agradan en él más que los burlescos.Y ningunos tanto como la linda barcarola A Ardenia, llena de soltura y gracia melódica, que recuerdan inmediatamente las barquillas de Lope, con cuyos escritos parece Quirós muy familiarizado:

«Agora que el manso
Viento el mar serena,
Y ofrece a mi pena
La noche descanso;
Mientras lisonjero
Va el viento veloz,
Escucha la voz
De tu marinero;
Oye: no te abscondas:
La luz manifiesta
De un sol que se acuesta
En las rubias ondas:
(...)
Si hay en ti afición,
Dueño hermoso, ven..
Las horas del bien,
¡Oh qué tardas son!
(...)
Sin ti se ven solas,
Y en sus escarceos,
A mudos gorgeos
Te llaman las olas..
Su voz cristalina
Acordes rompieran,
Si heridas se vieran
De tu luz divina..
Y la noche oscura
Luciera tan clara,
Que el día envidiara
Su alegre hermosura..
No mar sino cielo
Debiera llamarse,
A poder copiarse
En el mar tu velo,» etc..

Generalmente Pedro de Quirós, en los versos cortos, es muy superior a sí mismo: nueva razón para no tenerle por lírico de la genuina escuela hispalense.. La pompa y alteza de la canción italiana, glorioso triunfo del Divino Herrera, le seduce poco.. Más que verdaderas canciones, las pocas que compuso, siempre sobre asuntos amorosos, son madrigales largos, donde no veo especial imitación del Petrarca, sino más bien de la suave y cortesana manera de algunos dramáticos nuestros.. Véanse algunas estrofas notables por la delicadeza de la expresión:

«¡Ay dulce hermoso Dueño,
Si es sueño grave mi felice suerte,
Como hay vida que es sueño,
Sea mi vida dilatada muerte,
Porque esté más segura
Vida que es muerte, sueño que es ventura..
Morir por adorarte,
Aunque sin esperar el merecerte,
Amar por sólo amarte,
Tener por dulce fin sólo el quererte,
Es gloria donde el alma
Tiene sin interés su fe por palma..
(...)
Altivo pensamiento
No afectes ardimiento soberano,
Porque es atrevimiento
Seguir tanta deidad con vuelo humano..
Mira que la ventura
Está cuando mayor, menos segura..
(...)
Incontrastable muro
Mal combatir intenta tu cuidado:
Más rebelde, más duro
Le hallarás mientras fueres más osado,
Que está en un amor muerto
Dormido el gusto y el rigor despierto..»

Si en la lírica amorosa y aún en la sacra tiene Quirós tantos dejos del estilo de Lope, en la única composición extensa de carácter filosófico que nos ha dejado; es decir en la preciosa silva, malamente intitulada madrigal A la inconstancia de la vida, con ocasión de ver un olmo caído, y después quemado al margen de un arroyo, sigue evidentemente no la inspiración de Rioja, sino la de Quevedo, intentando emular la gravedad y magisterio estoico de sus silvas y sermones, si bien con más llaneza de dicción y no tan adusto e intratable ceño:

«Si esta ruina advierte
Que el ser es caminar hacia la muerte,
¿Quién pone su esperanza
En la misma mudanza,
En un frágil aliento,
En una pluma que se lleva el viento,
En una sombra vana,

En una flor temprana,
En luz tan mal segura,
En mudable hermosura,
Viendo ceniza fría
Un árbol que inmortal se presumía,
Y viendo finalmente
Que todo bien humano es aparente,
Y que en sus nudos la primera faja
Firma la sucesión de la mortaja?»

En los romances, por el contrario, es la inspiración del Góngora de los buenos tiempos la que domina. Por ejemplo, el bello romance del pescador Daliso (que es una de las más felices inspiraciones del P. Quirós) tiene su modelo indubitable en aquellos otros romances piscatorios del grande y temerario maestro cordobés:

«Donde esclarecidamente
Guarnecen antiguas torres...
En el caudaloso río
Donde el muro de mi patria
Se mira la gran corona
Y el antiguo pie se baña...
Las redes sobre la arena
Y la barquilla ligada...
Sobre unas altas rocas
Ejemplo sobre la firmeza...»

imitados también dentro de la moderna escuela sevillana por don Alberto Lista en los suyos del pescador Anfriso. Faltóles a Quirós y a Lista para acercarse a su modelo algo de aquel brío y arrogancia indómita que Góngora ponía donde quiera, siendo uno y otro poetas de más elegancia que nervio, y de más agudeza de concepto que arranque ni fantasía pintoresca.

Por eso el madrigal es la forma congénita a la inspiración de Pedro de Quirós, como lo era a la de Gutierre de Cetina, de quien tan lindamente escribió el Divino Herrera que «se contentó con la dulzura y terneza, no mostrando alguna señal de nervios y músculos... y así dice muchas cosas dulcemente, pero sin fuerzas». Lo mismo Pedro de Quirós: madrigales son sus canciones, madrigales sus romances, y sus propios epigramas valen más cuando no tienen punta y se convierten en madrigales. Hay en nuestro Marcial un dístico encantador, de una galantería enteramente desusada en la poesía antigua hasta los tiempos de decadencia. Está dirigido a una mujer llamada Pola, y el sentido es éste: «¿Por qué me nandas intactas esas flores? prefiero que me las envíes ajadas por tus manos»:

A te vexatas malo tenere rosas...

Véase qué lindamente le imitó Pedro de Quirós, alterando un poco la simplicidad clásica:

«Aunque fue sumo el favor,
De los jazmines nevados,
Si vinieran más ajados,
Hubiera sido mayor.
Vengan, pues, menos ufanos
Otra vez, mi serafín,
Pues afrentar el jazmín
¡Es tan propio de tus manos!»

En lo profano, la inspiración más genial de Pedro de Quirós está en los discreteos galantes, en las chanzas cultas, en los juguetes de sociedad, en el encarecimiento festivo de las prendas de varias damas, en las redondillas Al breve hermoso pie de la una, en las décimas Al negro pelo de la otra, en el romance A unas manos blancas. Pretender analizar tales composiciones sería deshojarlas. Allí el conceptismo es lícito y gracioso y no debe tenerse por vicio, sino por gala y ornamento de la materia, la cual siendo trivial por sí, recibe todo su precio de los insólitos caprichos de la forma.

Resumiendo este breve análisis, diremos que a nuestro entender, Pedro de Quirós, ese desconocido famoso, gana mucho más que pierde con la publicación íntegra de sus poesías. Los que hayan creído encontrar en él un sucesor de Herrera y émulo de Rioja, quedarán altamente defraudados en sus esperanzas: nunca tuvo Pedro de Quirós tan altas aspiraciones, ni cultivó siquiera, a no ser por excepción, las formas superiores del arte lírico. Ni la canción propiamente dicha, la canción de Herrera, ya pindárica, ya bíblica, ya petrarquesca, ni la oda arqueológica de Rodrigo Caro, ni la elegía, ni la epístola moral, ni el soneto que Arguijo concibió y ejecutó como un bajo relieve o un repujado florentino, ni la silva descriptiva y lozanísima de Jáuregui, tienen verdadera representación en el tomo de poesías que hoy se imprime. Pero la poesía ligera de formas y metros nacionales, la poesía devota de sabor popular, tiene muchas y lindísimas muestras, para las cuales no es poca alabanza decir que muchas veces recuerdan tonos del Dr. Salinas (único poeta sevillano con quien tiene Quirós cierta analogía) y otras veces saben a villanescas de las de Lope o a romances espirituales de los de Valdivielso. No nos atrevemos a decidir si el poeta que presentamos al público vale más o menos que el Quirós algo fantástico de los manuales de literatura, pero si afirmamos que nuestro Quirós es el único verdadero, y que tal como ahora se presenta, no con la prestada y mitológica gloria de contradictor del mal gusto, sino con un gusto harto vacilante e inseguro; no heredero de la tradición lírica del siglo XVI (a lo menos en lo que esta tradición tiene de más puro y característico), sino poeta del siglo décimoséptimo así en lo bueno como en lo malo, y por de contado fervorosamente conceptista aunque poco culterano, poeta en sumo, más bien madrileño que cordobés ni sevillano, es en la apacible y modesta esfera en que se mueve, un ingenio sumamente ameno, risueño y fácil, un versificador muy limpio y suave, digno por todos conceptos de ocupar puesto señalado entre los que pudiéramos llamar, usando de un anglicismo o galicismo que nos hace falta, más bien que poetas de segundo orden (lo cual parece que implica en ellos un conato frustrado de acercarse a los de primero) pequeños poetas españoles, consistiendo su pequeñez aún más que en las condiciones de su ingenio, en las de la poesía que cultivan, y que no por eso ha de ser tenida en menos, pues también cabe perfección en lo pequeño, como nos lo prueba, sin salir de Sevilla, el gran cincelador de la redondilla castellana, el casi perfecto Baltasar de Alcázar.

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

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