Hace cien años Marcel Duchamp expuso en una muestra de objetos artísticos un pissoir (léase meadero) destinado a dar que hablar, tanto que la Revista de Occidente acaba de dedicar una sección monográfica al secular evento.

Una casualidad editorial me ha permitido leer a la vez un par de libros temáticamente ligados: Der deutsche Glaubenskrieg. Martin Luther, der  Papst und die Folgen, de Tillmann Bendikovski (Bertelsmann, Munich) y Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista, de Peter L. Berger (traducción de Francisco Javier Molina de la Torre, Sígueme, Salamanca).

En los años de 1950 se publicaba en la Argentina una revista verduscona llamada Rico Tipo en la cual había una historieta semanal: El otro yo del doctor Merengue.

Hace cien años se produjo en San Petersburgo la revolución bolchevique. Diez días que conmovieron al mundo, según el tópico, y de los cuales no sé si el mundo se enteró, dada la conmoción producida por la guerra mundial. De todos modos, es la fecha de partida hacia un planeta dividido entre capitalismo y socialismo y que habrá de perdurar hasta 1989 cuando cae la muralla berlinesa.

En 1936, Hitler convocó las Olimpiadas Mundiales a efectos de mostrar su eficacia y su amor a la paz, dos cosas que habría de desmentir en la guerra a precio de 55 millones de muertos. A tal efecto mandó suprimir toda la propaganda antijudía y permitió que una judía exilada en Estados Unidos, Helene Mayer, participara en los juegos sin declarar su identidad y reservándola para el caso extremo de mostrarla como prueba de tolerancia racial.

Liquidar y licuar tienen una raíz común: volver líquido algo que no lo es, sea que se trate de gases o de sólidos. Por deslizamiento, se puede liquidar una deuda, pagándola, o liquidar mercancías convirtiéndolas en dinero por medio de una venta.

Es un tópico, aunque algo desteñido, con cierta vigencia, decir que España es una sociedad mayormente de izquierdas. Para ello se suman marbetes que repiten la palabra pero que, observados de cerca, admiten diferencias bastante radicales.

Un poco de todo hay en Volar en círculos. Historias de mi vida de John Le Carré que, traducido por Claudia Conde, ha editado Planeta en Barcelona. A una serie de crónicas  sueltas, mayormente prescindibles, se añade un par de capítulos de autoanálisis, imprescindibles. No sólo guardan al fino y encarnizado investigador de sí mismo sino que permiten pensar acerca de la calidad vocacional de cierto tipo de escritor, el que podríamos llamar escritor espía. Me atrevo a pensar que es generalizable y decir que cualquier escritor lo es.

Hace unos años el cine se ocupó de biografiar al poeta Jaime Gil de Biedma. El filme se llamó El cónsul de Sodoma y en él un excelente y sensible Jordi Mollá lidió victoriosamente contra un guión presumido y débil. Comentándolo con un amigo que había tratado al escritor, escuché su rasante censura, basada en el hecho de que (sic) había conocido a Gil de Biedma y no era para nada como lo mostraba su biopic. Pensé que aviados estamos si cada vez que se nos referencia algo histórico en el cine sólo lo entenderemos si hemos conocido a los personajes “reales” del caso.

Dentro de poco desaparecerá el estadio Calderón de Madrid, que se mudará a la periferia y cambiará su nombre castellano por otro chino: Wanda. No veré nunca más su resplandor nocturno cuando había, justamente, partidos de noche. El barrio sur de la capital se queda sin su club emblemático, algo propio que desaparece en una suerte de enajenación.

Cuanto más se difunde una palabra, menos precisos son sus contornos. Es lo que está ocurriendo con el populismo. Tras esta denominación hay un poco de todo: tradicionalistas reaccionarios, revolucionarios asambleístas, entusiastas del racismo, a veces meros demagogos de clase alta disfrazados de macarras, acaso evocando a las reinas vestidas de pastoras y las duquesas vestidas de majas (desnudas no importa que sean una cosa o la otra, desde luego).

Viendo el cortejo fúnebre que recorrió Cuba con las cenizas de Fidel Castro, evoqué el que organizó Dionisio Ridruejo con los restos de José Antonio desde Alicante a El Escorial. No es la única asociación entre Franco y Fidel que se me haya presentado. Tengo para mí que el Caudillo alentaba una secreta admiración por el Comandante. Finalmente, era lo que él no pudo ser: un gallego que expulsara a los yanquis de Cuba, lavando la afrenta del Desastre Colonial de 1898.

Quienes somos nativos de alguna ciudad capital y nos hemos criado en una de ellas, sabemos que existe un mito capitalino fundado en la chirriante dualidad de amor y odio por parte del resto del país. Las capitales son codiciadas y detestadas por las provincias, según ocurre con los sentimientos profundos. Los provincianos sienten repeluz por la capital, una ciudad normalmente llena de provincianos. En cualquier caso, la lejanía, como envidia o nostalgia, siempre resulta indispensable para la idealización.

Dice Maquiavelo, palabra más o menos, que el buen príncipe, a quien hoy llamamos dirigente, ha de reunir dos cualidades: una personal, la Virtud, y otra objetiva, la Fortuna. Cuando ambas se juntan, el príncipe triunfa y, aunque no sea amado, será respetado y temido.

Fue famoso el tópico de que España eludió ambas guerras mundiales. En parte, se lo derogó al considerar que la guerra civil fue una suerte de primer episodio de la segunda. Pero queda en el aire considerar en qué medida, oblicua pero efectiva, la llamada en un principio Guerra Grande o Guerra Europea no ocurrió asimismo en España.

Recorriendo la exposición de los pintores fovistas franceses y suizos que ofrece la Fundación Mapfre, un amigo insistió en el tema de la inmediata expresividad de los colores.

Soy aficionado a la ópera y concurro a este tipo de espectáculo desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo. La primera vez que vi una ópera fue en el teatro Colón de Buenos Aires. Era Mefistofele de Arrigo Boito. Me desilusionó el Demonio porque noté que no se hundía en la tierra, sino que abrían una trampilla cuadrada y bajaba por un ascensor oculto. En cambio, en la escena de la feria me encantó ver pasar un asno conducido a pie por un chico y un monje montado del revés y arrojando monedas a la plebe. Quiero decir que exhibir el artilugio me decepcionó y la verdad del animal me persuadió.

Ofrece una variada utilidad el libro de Andreu Navarra El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS (Fórcola, Madrid, 2016, 328 páginas). El trabajo en sí mismo, con una caudalosa información aseadamente ordenada y expuesta, ahorra al lector curioso pero no especializado una profusa navegación por archivos, bibliotecas, hemerotecas y librerías de viejo. Además, aquel trabajo tiene un valor específico. En efecto, este tipo de pesquisas obliga a leer buena y mala literatura, a lo cual el lector hedonista, que es mayoritario, no está dispuesto. Pero hay más y se podría hablar de cierta moraleja histórica. Provisoria, como toda conclusión en el tráfago de la historia, pero muy útil como reflexión y balance.

No soy aficionado a los desfiles militares, ni siquiera a los civiles. La uniformidad es imprescindible a las fuerzas armadas pero sobra en las manifestaciones cívicas. Tampoco entiendo, si no es por mera tradición, que la fiesta nacional deba celebrarse con paradas de tropas.

En 2008, cuando al señor Trichet, monetarista estricto y entonces cabeza del Banco Central Europeo, se le ocurrió alzar los tipos de interés del dinero prestado en pleno declive económico, provocando la crisis que culminó con la quiebra de Lehmann Brothers, entonces conocí una estadística con el monto completo de las deudas públicas del mundo.

Llevo cuarenta años en Madrid, tiempo suficiente como para comprobar cómo el Tiempo se lleva lo que ha traído. Hago un veloz inventario: aguaduchos que aceptan meriendas, cabinas telefónicas, cines de barrio, freidurías de gallinejas, billetes de pesetas, las revistas del teatro La Latina con Tania Doris, las cerilleras o cigarreras de bandeja. Pondría poner puntos suspensivos pero los detesto como recurso de estilo.

En su inteligente, aguda y divertida miscelánea Metáfora y memoria. Ensayos reunidos (traducción de Ernesto Montequin, Mardulce s/l, 2016) define Cynthia Ozick el ensayo como un “cuerpo tibio”, equidistante de la fría ciencia y de la cálida ficción poética o narrativa.

Durante el verano, la vestimenta ligera y sumaria permite ver con más facilidad el cuerpo de los semejantes. Sin pasar de impresión, puedo decir que mi mayor curiosidad se ha dirigido a los tatuajes, tal vez por mi afición a leer, a descifrar signos. Y, siguiendo en el mero impresionismo, he contado una notable mayoría de varones entre los tatuados. Varones jóvenes que, tras hacerse depilar, o sea destacando la tersura de la piel juvenil, se dedicaron trazar rugosas singladuras de tinta sobre esa misma piel.

En su novela La saga/fuga de J.B. narra Gonzalo Torrente Ballester la historia de una supuesta ciudad capaz de levitar y desaparecer a la vista de los forasteros que intentan visitarla. Figura en los mapas, de ella hablan las viejas crónicas y hasta algún escritor muy válido glosa sus encantos. Pero lo cierto es que sólo existe para sus habitantes.

En su momento, Sigmund Freud meditó acerca de los contrasentidos que abrigan los sentidos que atribuimos y aceptamos en las palabras. Vino a decir, más o menos, que llevada a su extremo semántico, toda palabra acaba significando lo contrario de lo que empezó significando. En parte, porque el lenguaje es silencioso y escrito como estas líneas pero, a la vez, sonoro y hablado, tal como imaginariamente lo estoy escuchando mientras las tecleo. En parte, porque las palabras tienen un núcleo duro, donde el significado parece muy claro, y una periferia gris, ambigua, donde no lo es y hace falta explicarse por medio de otras palabras y así sucesivamente. Hablar es contar el cuento de nunca acabar, gracias al cual nos damos cuenta de que seguimos vivos.

Las visitas de extraterrestres a nuestro planeta son objeto de variables inquietudes. Los platillos volantes y los ovnis parecen tener existencia objetiva y, en buena medida, pertenecen a los secretos supuestos o reales de los altos mandos militares. Luego, los seres que los tripulan, su aspecto más o menos humanoide y sus pretensiones de secuestros y viajes de instrucción, pueden pertenecer a la red de leyendas urbanas que integran nuestra vida extraordinaria, paralela a nuestra ordinaria existencia. Ordinario es lo que esperamos que ocurra, extraordinario es lo inesperado.

Oliver Sacks tardó en decidir su vocación de escritor, tras sus investigaciones y ejercicios clínicos de neurología y neuropatología, en especial por los enfermos de trastornos cerebrales provocados por la posencefalitis. Y la chispa que necesitó su escritura fue literaria, unas palabras de Wells que él mismo cita en sus memorias En movimiento. Una vida. “El único lugar en que nos movemos con soltura o con gracia es con las ideas y con las palabras. Nuestro amor por la ciencia es totalmente literario.” (cito por la traducción de Damián Alou según la edición de Anagrama). Se trata de la propuesta del logos clásico: pensamos lo que dicen las palabras.

La obra del recientemente fallecido Ernst Nolte ha servido, entre otras cosas, para reiterar el carácter inestable del pasado, que es el objeto por excelencia del historiador. Certeau señala que, junto con el psicoanálisis, la historia se caracteriza por ocuparse de un objeto ausente: el inconsciente y el pasado. En efecto, el pasado no está presente porque, de hecho, ha pasado, y esta impresencia es la que vuelve imposible su condición de objeto y, por tanto, su trato científico.