En 1888, las conferencias de Georg Brandes en Copenhague empiezan a poner de moda la obra de un filósofo ignorado, un profesor de filología aficionado a la música que edita sus opúsculos en tiradas ínfimas para repartir entre los amigos y someter a la indiferencia de los libreros: Federico Nietzsche.

Han ido apareciendo en algunos puntos de Europa unos prostíbulos que, en lugar de pupilas de carne y hueso, ofrecen a sus clientes una suerte de muñecas de materiales sintéticos. Tienen la consistencia, la temperatura, la tersura y la flexibilidad del mejor organismo estándar de nuestra especie.

Alejamiento del mundo, ensimismamiento, sospecha de que la realidad aparente de las cosas no sea su verdad última, son rasgos de comportamiento que, sin excesiva dificultad, permiten apuntalar una ideología religiosa.

Goethe cumplió ya sus primeros 260 años. Aunque su soporte físico haya muerto hace más de un siglo y medio, el constante retorno a sus libros autoriza a celebrar su aniversario.

En 1771, el joven Goethe había terminado Götz van Berlinchingen, el de la mano de hierro. No halló editor para esta temprana novela dramática, que se publicó en 1773 sin nombre de autor ni pie de imprenta.

Cuenta Pío Baroja que cierta vez, escribiendo una de sus novelas, se detuvo indeciso sin saber si su personaje estaba calzado en zapatillas o de zapatillas.

La vieja costumbre de dividir el tiempo histórico en unidades regulares y adjudicar a cada una de ellas un sentido predominante, nos hace admitir con facilidad, por ejemplo, que el siglo XVI fue el del humanismo; el XVII, del barroco; el XVIII, el de las Luces; el XIX, de la revolución y la reacción, etc.

El viaje de San Brandán, de Benedeit, es un texto de principios del siglo XII, perteneciente al área de cultura anglonormanda, tiempo y lugar de donde surge el moderno roman, narración en verso o en prosa que utiliza la lengua vulgar como literaria y señala el fin de la lingua franca y el comienzo de las culturas nacionales europeas. Si se quiere optar por el rigor: culturas protonacionales.

De los múltiples géneros y tópicos del periodismo, uno muy especial es el de la necrológica. Es un tipo de nota en que un vivo intenta señalar que sigue vivo frente a un congénere que ya no lo es. Es decir que el protagonista de la prosa es el superviviente y no, como sería del caso, el occiso.

Hace cien años Marcel Duchamp expuso en una muestra de objetos artísticos un pissoir (léase meadero) destinado a dar que hablar, tanto que la Revista de Occidente acaba de dedicar una sección monográfica al secular evento.

Una casualidad editorial me ha permitido leer a la vez un par de libros temáticamente ligados: Der deutsche Glaubenskrieg. Martin Luther, der  Papst und die Folgen, de Tillmann Bendikovski (Bertelsmann, Munich) y Los numerosos altares de la modernidad. En busca de un paradigma para la religión en una época pluralista, de Peter L. Berger (traducción de Francisco Javier Molina de la Torre, Sígueme, Salamanca).

Un poco de todo hay en Volar en círculos. Historias de mi vida de John Le Carré que, traducido por Claudia Conde, ha editado Planeta en Barcelona. A una serie de crónicas  sueltas, mayormente prescindibles, se añade un par de capítulos de autoanálisis, imprescindibles. No sólo guardan al fino y encarnizado investigador de sí mismo sino que permiten pensar acerca de la calidad vocacional de cierto tipo de escritor, el que podríamos llamar escritor espía. Me atrevo a pensar que es generalizable y decir que cualquier escritor lo es.

Fue famoso el tópico de que España eludió ambas guerras mundiales. En parte, se lo derogó al considerar que la guerra civil fue una suerte de primer episodio de la segunda. Pero queda en el aire considerar en qué medida, oblicua pero efectiva, la llamada en un principio Guerra Grande o Guerra Europea no ocurrió asimismo en España.

Recorriendo la exposición de los pintores fovistas franceses y suizos que ofrece la Fundación Mapfre, un amigo insistió en el tema de la inmediata expresividad de los colores.

Soy aficionado a la ópera y concurro a este tipo de espectáculo desde mediados de los años cincuenta del pasado siglo. La primera vez que vi una ópera fue en el teatro Colón de Buenos Aires. Era Mefistofele de Arrigo Boito. Me desilusionó el Demonio porque noté que no se hundía en la tierra, sino que abrían una trampilla cuadrada y bajaba por un ascensor oculto. En cambio, en la escena de la feria me encantó ver pasar un asno conducido a pie por un chico y un monje montado del revés y arrojando monedas a la plebe. Quiero decir que exhibir el artilugio me decepcionó y la verdad del animal me persuadió.

En su inteligente, aguda y divertida miscelánea Metáfora y memoria. Ensayos reunidos (traducción de Ernesto Montequin, Mardulce s/l, 2016) define Cynthia Ozick el ensayo como un “cuerpo tibio”, equidistante de la fría ciencia y de la cálida ficción poética o narrativa.

Durante el verano, la vestimenta ligera y sumaria permite ver con más facilidad el cuerpo de los semejantes. Sin pasar de impresión, puedo decir que mi mayor curiosidad se ha dirigido a los tatuajes, tal vez por mi afición a leer, a descifrar signos. Y, siguiendo en el mero impresionismo, he contado una notable mayoría de varones entre los tatuados. Varones jóvenes que, tras hacerse depilar, o sea destacando la tersura de la piel juvenil, se dedicaron trazar rugosas singladuras de tinta sobre esa misma piel.

En su novela La saga/fuga de J.B. narra Gonzalo Torrente Ballester la historia de una supuesta ciudad capaz de levitar y desaparecer a la vista de los forasteros que intentan visitarla. Figura en los mapas, de ella hablan las viejas crónicas y hasta algún escritor muy válido glosa sus encantos. Pero lo cierto es que sólo existe para sus habitantes.

En su momento, Sigmund Freud meditó acerca de los contrasentidos que abrigan los sentidos que atribuimos y aceptamos en las palabras. Vino a decir, más o menos, que llevada a su extremo semántico, toda palabra acaba significando lo contrario de lo que empezó significando. En parte, porque el lenguaje es silencioso y escrito como estas líneas pero, a la vez, sonoro y hablado, tal como imaginariamente lo estoy escuchando mientras las tecleo. En parte, porque las palabras tienen un núcleo duro, donde el significado parece muy claro, y una periferia gris, ambigua, donde no lo es y hace falta explicarse por medio de otras palabras y así sucesivamente. Hablar es contar el cuento de nunca acabar, gracias al cual nos damos cuenta de que seguimos vivos.

Las visitas de extraterrestres a nuestro planeta son objeto de variables inquietudes. Los platillos volantes y los ovnis parecen tener existencia objetiva y, en buena medida, pertenecen a los secretos supuestos o reales de los altos mandos militares. Luego, los seres que los tripulan, su aspecto más o menos humanoide y sus pretensiones de secuestros y viajes de instrucción, pueden pertenecer a la red de leyendas urbanas que integran nuestra vida extraordinaria, paralela a nuestra ordinaria existencia. Ordinario es lo que esperamos que ocurra, extraordinario es lo inesperado.

Oliver Sacks tardó en decidir su vocación de escritor, tras sus investigaciones y ejercicios clínicos de neurología y neuropatología, en especial por los enfermos de trastornos cerebrales provocados por la posencefalitis. Y la chispa que necesitó su escritura fue literaria, unas palabras de Wells que él mismo cita en sus memorias En movimiento. Una vida. “El único lugar en que nos movemos con soltura o con gracia es con las ideas y con las palabras. Nuestro amor por la ciencia es totalmente literario.” (cito por la traducción de Damián Alou según la edición de Anagrama). Se trata de la propuesta del logos clásico: pensamos lo que dicen las palabras.

La obra de Ernst Nolte ha servido, entre otras cosas, para reiterar el carácter inestable del pasado, que es el objeto por excelencia del historiador. Certeau señala que, junto con el psicoanálisis, la historia se caracteriza por ocuparse de un objeto ausente: el inconsciente y el pasado. En efecto, el pasado no está presente porque, de hecho, ha pasado, y esta impresencia es la que vuelve imposible su condición de objeto y, por tanto, su trato científico.

Allá por los años sesenta del pasado siglo, los sociólogos pusieron en circulación la fórmula de la muchedumbre solitaria. Evoco el hecho como evoco mi juventud de entonces y la frase de Baudelaire que proponía al verdadero artista sentirse a solas en medio de la muchedumbre.

Ernst Peter Fischer, alemán de Wuppertal, formado en California y actual profesor de historia de la ciencia en Constanza y Heidelberg, ha añadido un nuevo libro a su catálogo bajo el sugestivo título de A través de la noche. Una historia natural de la oscuridad.

Le tocó morir en Buenos Aires, la ciudad en la que vivió durante décadas y cumplió la mayor parte de su obra literaria y docente. Pero era rosarina y cabe recordarlo porque pertenece a una época muy intensa de la cultura letrada del país que se dio en esa ciudad de Santa Fe sobrenombrada la Chicago argentina.

Una reciente lectura, la de un libro del investigador chileno afincado desde hace décadas en España, Mario Boero Vargas (Vida, pensamiento y mística de Ludwig Wittgenstein, Arcos, Madrid, 2015) me ha permitido retornar a esa figura singularísima de filósofo que fue el intelectual austriaco.

Cuando muere un famoso, se le apuntan innúmeros amigos íntimos. Evitaré el contagio tratándose de Umberto Eco pero no resisto una pequeña evocación. Recuerdo un par de cursillos suyos a los que asistí, cuaderno en mano, allá por 1970, en la Fundación Di Tella y en la galería Rubbers de Buenos Aires.

Las falsificaciones e imitaciones suelen conmover las más lucidas tardes en las salas de remate y anticuarios. La diferencia de precio entre lo auténtico y lo inauténtico es enorme y, en ocasiones, difícil de establecer.