Historia de Alcalá de Henares

Historia de Alcalá de Henares

La muestra Alcalá, una ciudad en la historia, que podrá visitarse en la Sala de Exposiciones Temporales de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, desde el 19 de septiembre hasta el próximo 16 de noviembre, está comisariada por Miguel Ángel Castillo Oreja. La exposición fue presentada el 18 de septiembre por la viceconsejera de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid, Concha Guerra, y en sus palabras quedó de manifiesto el gran interés de esta iniciativa. Todo un acontecimiento cultural que nos invita a recorrer, una vez más, la historia de Alcalá de Henares, esa noble ciudad española declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en diciembre de 1998.

Como les decía, esta exposición sobre la historia de Alcalá de Henares podrá visitarse, hasta el 16 de noviembre, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Está estructurada de forma que podamos seguir el desarrollo histórico y cultural de esta población, cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad clásica, a través de documentos históricos y obras de pintura, escultura, platería y artes menores, acompañadas de dibujos y planos.

Una excelente colección que, en definitiva, contribuye a acercar al visitante a una realidad histórica y a un conjunto arquitectónico singular.

La exposición cuenta con un total de 177 piezas procedentes de más de 25 prestadores. Incluye obras procedentes de museos, archivos, bibliotecas, iglesias, conventos y otras instituciones, tanto nacionales como internacionales, que contribuyen a esclarecer la historia de Alcalá de Henares desde diversas perspectivas.

Alcalá, una ciudad en la historia ha sido organizada por Consejería de Cultura y Turismo, con la colaboración de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, dentro de su programa de promoción y difusión del Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid.Por supuesto, aquí salen a relucir algunos de los personajes más importantes para la ciudad y para su historia. Por ejemplo: Ambrosio de Morales, San Diego de Alcalá, Francisco Jiménez de Cisneros, Miguel de Cervantes Saavedra, Angelo Nardi y Antonio Ponz. Tiempo habrá para que hablemos de algunos de ellos.

Diseñada por el estudio de arquitectura Jorge Ruiz Ampuero Arquitectos, la exposición se enriquece además con pinturas de Zurbarán, Alonso Cano, Nardi o Ribera; documentos y libros de los siglos XIII en adelante, piezas de orfebrería y arqueología, así como planos de varios edificios.

Conviene destacar que las pinturas de Zurbarán (San Jacobo de la Marca y San Buenaventura recibiendo la visita de Santo Tomás de Aquino) y las de Alonso Cano (San Antonio de Padua y Estigmatización de San Francisco) que fueron realizadas para la decoración de la capilla de San Diego del convento franciscano de Alcalá de Henares, se exponen por primera vez en su conjunto.

(Aviso a los lectores: Todo lo dicho hasta ahora es una elaboración de los datos facilitados por el Departamento de Prensa de la Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid. De aquí en adelante, nos dejaremos llevar por las sugerencias de Alcalá, una ciudad en la historia para repasar una trayectoria colectiva que abarca milenios).

Historia de Alcalá de Henares

lcalá de Henares, cuna de Cervantes, reúne diferentes estratos de la historia cultural española. Llamada Complutum por los romanos y Al-kala-en-Nahr por los árabes, está ligada también a los nombres del Cardenal Cisneros, quien puso la primera piedra de la Universidad Complutense, a Francisco de Quevedo, quien fuera alumno de este centro de estudiosos y residió en el Colegio del Rey, a Calderón de la Barca y a Mateo Alemán, entre otras muchas celebridades.

La relevancia de estas figuras clave de la cultura española podrá verse en las diferentes facetas de este breve viaje a través del tiempo que viene a ser la historia de Alcalá.

 La concepción del mundo que sugiere la villa complutense puede bifurcarse entre las variantes de la Contrarreforma y esa gozosa mescolanza de cristianos, musulmanes y judíos, cuya vida en común fue tan duradera como compleja y, al menos en su último tramo, dramática.

De la muy activa aljama judía cabe indicar que se extendía en torno a la calle Mayor. En torno a 1474, ciento once familias componían la judería alcalaína, representada por figuras tan ilustres como Menahem Ben Zerah y Alfonso de Alcalá. Posteriormente, los judeoconversos se instalarían en la calle de la Imagen. En cuanto a la morería, parece que a comienzos del siglo XVI también la componían más de un centenar de ciudadanos, cuyos hogares se erigieron en los afluentes de la calle de Santiago. Fue en esa vía donde se alzaba la mezquita de Alcalá, que en 1501, por decisión de Cisneros, pasó a cambiar de rito, convirtiéndose en Iglesia de Santiago. Otras huellas permanentes en la historia de la Alcalá musulmana son la Almanxara, donde habitaron los musulmanes dedicados a la carpintería; el Rastro Viejo, que antaño fue una suerte de zoco; y el Postigo de la Morería, que, como indica su nombre, abría el paso a dicha barriada.

La comunidad dominante en número e influencia social, la cristiana, tuvo su núcleo simbólico en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor. El empuje contrarreformista animó a instalarse en la ciudad a diversas órdenes religiosas. Por su especial relevancia, citaremos a los jesuitas, que en Alcalá cuentan con el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús. El fundador de la Orden, San Ignacio de Loyola, y jesuitas ilustres, como Juan de Mariana, Diego Laínez  y Alonso Deza también dejaron su rastro en la historia de Alcalá.

La convivencia tricultural fue un fenómeno rico en matices, y su fruto intelectual y artístico puede darnos la medida de su extraordinario funcionamiento en Alcalá. Cosa distinta es dejarnos llevar por el romanticismo novelesco, tan propenso a la idealización, pues a veces selecciona detalles legendarios y suele ser desdeñoso para con los tratados más realistas.



Antigüedad. Leyenda y realidad de un ilustre pasado

Este relato histórico ha de iniciar su andadura en la remota Edad del Hierro. Nada es seguro desde el punto de vista documental, pero resulta posible imaginar la población de carpetanos que se instaló en el cerro de San Juan del Viso.

La romanización de la Carpetania, fechada en torno al año 195 a.C., debió de iniciarse en dicha ciudadela, que muy pronto cedió paso a otra de nueva planta, cuyos fundadores nombraron Complutum.

Bajo la administración romana, se complicó bastante esa actitud burocrática que consiste en delimitar competencias. Así, los complutenses figuraron primero en las fronteras de la Hispania Citerior.

Luego, bajo el mandato de Augusto, Complutum pasó a integrarse en la provincia Tarraconense. Finalmente, los delegados de Diocleciano aplicaron a la ciudad el Convento Jurídico de Caesararaugusta. En todo caso, el vestigio latino permanece en placas de bronce, tabletas de barro, mosaicos y estelas. Rastros de una prosperidad que puede advertir el visitante en espacios tan sugerentes como la Casa de Hippolytus.

En su Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, Luis Sánchez, 1611), Sebastián de Covarrubias nos habla de ese periodo en la historia de Alcalá de Henares, «dicha así por el río que pasa cerca de ella: por otro nombre se dijo Complutum: y viene bien con lo que dice Esteban de Garibay, que Alcalá en arábigo vale congregación de aguas». Añade Covarrubias que «alegóricamente se podría entender por el concurso de tantas gentes que acude a ella», y explica que «por ventura debieron de ser muchos pueblos comarcanos que acudían a este como al principal: porque Plinio hace mención a los pueblos Complutenses, y Abraham Ortelio refiere lo que se sigue: Coplutum, Ptolomeo & Prudentio, Carpetanorum urbe est, in Hispania Tarraconensi, Alcala de Henares, esse ex vetustis marmorum eius loci inscriptionibus docer Carolus Clusius insignis hic omnium disciplinarum academia est, &c.».

Sin duda, es oportuna la referencia al flamenco Abraham Ortelio (1527-1598), por su prestigio como geógrafo oficial de Felipe II y autor de uno de los primeros atlas de los que tenemos noticia, el llamado Theatrum orbis terrarum; Theatri orbis terrarum parergon, sive veteris geographiae tabulae; Synonimya geographica.

Pero pasemos página, pues los días de Complutum, si bien gloriosos, desembocaron en los tiempos de la monarquía visigótica, señalados por la devoción a los Santos Niños Justo y Pastor.

Ese perfil cristiano es descrito así por Covarrubias: «A esta Alcalá de Henares viene bien la etimología que un gran arábigo me dijo. Significa ultra de lo dicho ‘campo cultivado, de donde se han arrancado malas hierbas y maleza’: oficio que hace la doctrina y disciplina, arrancando de los pechos cristianos la ignorancia y los errores, y extirpando las herejías (...) En tiempo de los godos fue Alcalá de Henares catedral, según lo refiere el padre Mariana en su Historia de España, lib. 4, capítulo 21».

Otro tratadista más reciente, Cayetano Enríquez de Salamanca, pormenoriza en los detalles que atañen a la arabización de la ciudad.

Cuando las tropas de Tarik toman Toledo en 719, la empresa guerrera trae como consecuencia la caída de Complutum, que pasa a formar parte de las dilatadas posesiones musulmanas. Quizá por un reflejo filológico, en el momento de escribir estas líneas, acudimos de nuevo al anaquel y releemos a don Cayetano para comprobar cómo la ocupación tuvo su efecto en la nomenclatura de la localidad: «Así en el año 920, Al-Bayan-al Mugrib relata una derrota sufrida por los leoneses en Alcalá en un encuentro sostenido con el gobernador de Wad-il-Hachara (Guadalajara). En otras crónicas posteriores se la cita con el nombre de Al-Medina Chancida (Mesa verde) y de Kalat-Abd-al-Salam (Castillo de Abd-al-Salam); y, más tarde aún, con el de Al-Ka’a-Nahar (Castillo del Henares), antecedente más próximo del actual topónimo de la ciudad y motivo de su escudo de armas» (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración Pública [Antigua Universidad de Alcalá de Henares], 1973, p. 53).

Este periodo musulmán, digno de abrir nuevas investigaciones, concluye en 1085, cuando Alfonso VI vence al rey Cadí y devuelve a la capital su dignidad de Corte y Sede Arzobispal. Un tanto desconcertante es el hecho de que tan noble ciudad fuese llamada de formas tan diversas: Campum Laudabile, según unos; Neo-Compluto, según otros; Alkalaga, Alcalá de San Yuste, Santiuste, e incluso Alcalá la Nueva, afirmando su originalidad frente a esa Alcalá la Vieja, de sesgo musulmán.

oponimias al margen, lo cierto es que en 1126 Alfonso VII, el Emperador, convirtió a la villa en señorío prelaticio, dependiente de los arzobispos toledanos. El depositario de tan alto honor fue Don Raimundo, quien concedió a la ciudad el Fuero Viejo, denominado también Fuero de Alcalá. Como pueden imaginar, este es un hecho decisivo en la historia de Alcalá de Henares.

Uno de los ilustres sucesores de don Raimundo fue don Rodrigo Ximénez de Rada, quien fue arzobispo de Toledo entre 1208 y 1247. Un año después de adquirir su responsabilidad eclesial, el prelado dio por comenzadas las labores que llevaron a la construcción del Palacio Arzobispal, y en 1223, al objeto de aumentar los honores de Alcalá, convirtió a la ciudad en Corte de los arzobispos toledanos. Puestos a resumir el periodo que sigue a tal decisión, acudimos de nuevo a la biblioteca para repasar otra ilustre enciclopedia.

Elías Zerolo comenta que «en 1088 la tomó a los moros el arzobispo de Toledo; después fue atacada por los almohades, sin que pudieran tomarla. En la misma hizo testamento D. Sancho el Bravo a favor de su hijo Fernando. En 1348 reunió Cortes en Alcalá Alfonso XI; allí se reformó el cuerpo de leyes bajo el nombre de «ordenamiento de Alcalá» y se declaró ley del Reino el Código de las Siete Partidas. En 1390 murió allí D. Juan I de Castilla, de una caída del caballo. En 1405 recibió, en Alcalá, Enrique III a los Embajadores del conquistador tártaro El Gran Tamerlán».

Merced a las notas de Zerolo, podemos repasar otros acontecimientos de indudable interés en la historia de Alcalá. Así, el citado Ordenamiento de Alcalá impone en el ánimo de los historiadores la certeza de un gran cambio, pues gracias a su cuerpo de leyes alcanzó a unificarse la administración de justicia.

Tras ocupar su sitio en Toledo el cardenal Gil de Albornoz, heredó su responsabilidad el arzobispo don Pedro Tenorio, muy preocupado por mejorar el urbanismo alcalaíno. En el ámbito eclesiástico, destaca Tenorio por haber presidido el Concilio Nacional convocado en 1379. El motivo de dicho encuentro no era otro que adoptar desde España una decisión ante el Cisma de Occidente. La resolución, muy divulgada, consistió en no reconocer a ninguno de los dos Papas en conflicto: Urbano VI y Clemente VII.

Otro detalle recogido por Zerolo está fechado en 1402. Fue entonces cuando Enrique III recibió en el Palacio Arzobispal la muy exótica embajada que le envió el Gran Tamerlán, y que, por su estampa, aún exalta la imaginación.

Los siguientes ocupantes de la sede arzobispal, don Alonso Carrillo y Acuña y don Pedro González de Mendoza, también dejaron su sello en la configuración de Alcalá. Merece estudio aparte un encuentro que se celebró durante el mandato de Mendoza, concretamente el 20 de enero de 1486. En el solemne escenario del Palacio Arzobispal, se entrevistaban por vez primera Isabel la Católica y Colón. La anécdota, bien significativa en la historia de Alcalá, nos permite resaltar la dimensión ultramarina de la villa, cuna de virreyes y cronistas de Indias. Piénsese en el cronista Francisco López de Gómara, en el administrador colonial Diego Ladrón de Guevara o en el navegante Pedro Sarmiento de Gamboa.



Nueva Roma. Contrarreforma y espacios de devoción

En 1495 fue nombrado arzobispo de Toledo el Cardenal Cisneros, figura sin duda substancial para comprender el devenir de Alcalá de Henares. Responsable, entre otros méritos, de la fundación de la Universidad en 1498 y de la reconstrucción de la Colegiata en 1497 —recibió el título de Magistral en1519—, también fue el encargado de conceder a los alcalaínos, en 1509, el denominado Fuero Nuevo. Poco después nacía un historiador pionero, Jerónimo Zurita, que más adelante se instaló en la villa.

No deseamos escapar de las enciclopedias, así que consultamos en este tramo el Diccionario enciclopédico de la lengua española, con todas las vozes, frases, refranes y locuciones usadas en España y las Américas Españolas (...) (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, editores, 1853).

En sus páginas, un tanto enmohecidas, hallamos noticia de monumentos como «la Iglesia Magistral, única de este título en España, donde se veneran las reliquias de San Justo y Pastor, y a donde se trasladaron en 1850 el sepulcro y restos del cardenal Cisneros, que se hallaban en la Universidad; y la Parroquia de Santa María la Mayor, que tiene en sus naves laterales varias pinturas al fresco de Juan de Cano, y en la cual fue bautizado el 9 de octubre de 1547 Miguel de Cervantes Saavedra». Aparte de citar la fertilidad de su campiña, Gaspar y Roig describe Alcalá con detalles del pasado:

«Esta ciudad, célebre en la Historia por las Cortes tenidas en ella, y por varios concilios diocesanos y uno nacional que se han celebrado allí, es patria del obispo Gregorio, teólogo ilustre del siglo IV; de Gerónimo de Florencia, famoso predicador del siglo XVII; del poeta Figueroa [Se refiere a Francisco de Figueroa, el Divino, nacido en 1536 y fallecido en 1617, poco después de que ordenase quemar toda su obra]; del naturalista Juan Bustamante de la Cántara; del jesuita Alonso Deza; del arquitecto Pedro Gumiel, y otros varones insignes, entre los cuales ocupa el primer lugar Miguel de Cervantes Saavedra».

omo sucede en obras similares, también ésta convierte a Cisneros en invitado solemne, depositario de las glorias humanísticas que ahora adornan la villa y definen esta historia de Alcalá. A su vera, figuras como Nebrija contribuyen a dar importancia al proyecto complutense.

Precisamente se refiere a este último Luis Gil, cuando explica cómo Cisneros lo llamó a Alcalá para que participase en la elaboración de la Biblia Políglota en 1499, «y ni las discrepancias de criterio ni la renuncia de Nebrija a formar parte del equipo editor en 1503 fueron óbice para que en 1514 le concediera una cátedra de retórica, con el insólito privilegio de percibir su salario diera o no diera clase, ya que no se lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España» («Guerra a los bárbaros», ABC Cultural, 14 de agosto de 1992, p. 8).

También se refiere a Nebrija el erudito mexicano Alfonso Reyes, cuyo testimonio, si lo tomamos en su amplio sentido, parece resumir el verdadero valor de la experiencia alcalaína: «Gramáticas latinas y castellanas, diccionarios, traducciones, libros de cosmografía, crónicas sobre el reinado de los Reyes Católicos, y hasta el fin de sus días, las mil actividades diarias de la enseñanza: amplia es la labor de Nebrija, como buen hijo del Renacimiento. No les bastaba a aquellos hombres universales el trecho pasado de una vida, ni todas las horas del día y la noche para su sed de conocimiento y acción» (Retratos reales e imaginarios, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 35).

Todas estas reflexiones y anécdotas sirven para probar la delicada eficacia del  humanismo, foco de todos los impulsos de la Universidad Complutense y motor de la historia de Alcalá de Henares. Al elogiar tan poderoso enunciado intelectual, sólo cabe coincidir con Víctor García de la Concha en la afirmación siguiente:

«En su base —y esto era lo nuevo— había colocado el Humanismo italiano el estudio del latín y la recuperación de los clásicos. No se agotaba aquél en un método más práctico de aprendizaje de la lengua, sino que iba mucho más allá al proponerse como objetivo la adquisición de un hábito de razonamiento crítico. Eso permitía, entre otras cosas, leer a los clásicos en su propio contexto y tomarlos como paradigma y estímulo en la restauración de otra edad de oro. Latín y cultivo de los clásicos venían así a identificarse con audacia en el saber, y en definitiva con modernidad. La gramática se convertía de este modo en instrumento clave para la reforma del hombre y de la sociedad» («El hombre que aquí alumbró», ABC Cultural, 14 de agosto de 1992, p. 7).

Habrá ocasión de comprobarlo en esta muestra de la Real Academia de Bellas Artes: el humanismo se acomodó a la ciudad como una clave explicativa de su destino, y es asombroso el modo en que todo el aporte científico e intelectual que la Universidad deparó a los colegiales fue invariablemente acompañado de un sobrio esplendor.

Sucede además que el ritmo interno de la ciudad fue acostumbrándose a los protocolos más elevados, también en lo que concierne al ámbito cortesano. En el Palacio Arzobispal de Alcalá nació Catalina de Aragón, hija de Fernando II de Aragón y de Isabel de Castilla, y protagonista del drama amoroso que provocó el cisma de la Iglesia Anglicana.



La “ciudad del saber”: Humanismo y Renacimiento

Existe un personaje idóneo para centrar este apartado en la historia de Alcalá: el humanista, escritor e historiador siciliano Lucio Marineo Sículo (1460-1533), profesor en la Universidad de Salamanca, capellán y cronista de Fernando V el Católico y autor de volúmenes con raíces en el pensamiento más noble y viajero.

Como ya habrá intuido algún lector, aquí viene al caso recordar lo que a propósito de Alcalá escribió este sabio, para quien la ciudad es un foco de excelencias renacentistas:

«En medio de Madrid y Guadalajara —nos dice— está la muy noble villa de Alcalá, que por otro nombre llaman Compluto. Muy abundante de las cosas que son necesarias a la vida humana. Por donde pienso que fue llamada Compluto por el cumplimiento que tiene de cada cosa. Porque sin que le vengan provisiones de otras partes, ella las tiene todas sin faltarle cosa ninguna. La cual fue en nuestros tiempos muy ennoblecida por don Francisco Jiménez, cardenal de España que la adornó con los colegios, y otras grandes obras inmortales que fundó. La cual ha sido también muy ilustrada de los profesores de las disciplinas y artes liberales y de los muy claros ingenios de los estudiantes que en ella mucho florecen y alaban en sus actos y ejercicios que hacen muy excelentes» (De las cosas memorables de España [De Rebus Hispaniae Memorabilibus], Libro II, Alcalá de Henares, 1539, en Madrid en la prosa de viaje I. Siglos XV, XVI y XVII. Estudio y selección de José Luis Checa Cremades, Ediciones Comunidad de Madrid, pp. 269-270).

a Universidad cisneriana emprendió su vida muy próxima a las órdenes religiosas, y no escasean los colegios-convento, cuya función alternaba el cuidado de la fe y el de los saberes. Citemos, en apretada sucesión, el Colegio-convento de Capuchinos, el de Carmelitas Descalzos de San Cirilo, el de Dominicos de la Madre de Dios, el de la Merced Descalza, el de la Trinidad Descalza, el de Mínimos de Santa Ana, el de San Basilio Magno, el de Santo Tomás de los Ángeles y el del Carmen Calzado.

Empresas tan caudalosas como ésta que alterna estudio y recogimiento nos hablan de una cuidadosa distribución de las órdenes en la villa. En esta línea, tampoco faltan los conjuntos monumentales, en su mayoría privados del sobrio esplendor que antaño los caracterizó.

Con todo, aún podemos ilustrar esta tendencia con la cita del Convento de Agustinas Descalzas de Nuestra Señora de la Consolación o de la Magdalena (también llamado Convento de Agustinas o de Santa María Magdalena), el Convento de Carmelitas de Afuera o del Corpus Christi, el Convento de Carmelitas Descalzas de la Concepción o de la Imagen, el Convento de Dominicas de Santa Catalina de Siena, el Monasterio de las Franciscanas de Santa Clara, el Monasterio de San Bernardo, el Convento de Franciscanas de la Purísima Concepción y Santa Úrsula o de las Úrsulas, el Convento de las Clarisas de San Diego y el Convento de San Juan de la Penitencia.

Las iglesias y capillas, memoria en piedra de la historia de Alcalá, también tienen una significación especial en la arquitectura de ciudad. Conjuntos como el de la Iglesia de la Compañía, hoy parroquia de Santa María la Mayor, y el de la Iglesia Magistral de los Santos Justo y Pastor ejemplifican rasgos de adecuación a un estilo que ya mencionamos al comentar la arquitectura civil. Una vez más, hemos de referirnos a esa interpolación de elementos que se van sumando al sistema constructivo gótico. Y en ello cabe un apunte simbólico, relacionado con el gusto de Cisneros; un gusto cultivado artísticamente cuando él fue capellán en la Catedral de Sigüenza y vicario del obispo don Pedro González de Mendoza, y aún más refinado cuando el Cardenal se vinculó a la Corte.

En palabras de Víctor Nieto, «para Cisneros el gótico era un lenguaje legitimado por los programas de la monarquía, y de la Iglesia, símbolo del poder, y un lenguaje que (...) encarnaba la idea de modernidad. La connotación «tradicional» que se aplica al gótico, carecía de sentido, a una escala universal, en los primeros años del siglo XVI» («Renovación e indefinición estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, p. 75). Así, pues, atendiendo a este protocolo, cabe relacionar una parte de esa monumentalidad con ese estilo morisco renaciente, identificado por un tiempo con el nombre del Fundador.



Sabios en la historia de Alcalá

isneros quiso anticiparse a a la bula de Alejandro VI, otorgada el 13 de abril de 1499, precisa para confirmar los privilegios de los Estudios de Sancho IV. El cardenal se sabía anciano, y ese detalle hace que cobre sentido el adelanto de la fecha inaugural, pues Cisneros colocó la primera piedra del Colegio Mayor de San Ildefonso, epicentro de la futura Universidad, el 13 de marzo de 1499. Aquella tarde, el cardenal cruzaba las puertas del convento de Santa María, dichoso ante la idea de bendecir las obras. Algún tiempo después, el 26 de julio de 1508, entraban en el colegio los siete primeros escolares.

Apenas bastaron unas décadas para que la fama de Alcalá de Henares y de su Universidad cruzasen fronteras, transmitiendo una imagen tan moderna que es en cierto modo justo reivindicar hoy, en esta breve historia de Alcalá, aquel prodigio humanista.

Cuando en 1546 el portugués Gaspar de Barreiros  fue enviado por el infante don Enrique para que se reuniera con el papa Pablo III, el viajero tuvo la oportunidad de anotar en sus pliegos todo un catálogo de resultados.

Describe Barreiros la Iglesia Colegiata de los Bienaventurados Mártires Justo y Pastor, que tenía entonces treinta beneficiados y seis dignidades cuyos beneficios valían ciento cincuenta ducados. Según aclara el erudito portugués, éstos sólo podían ser provistos por quienes hubiesen alcanzado el grado de doctores. Además, los beneficiados debían ser, cuando menos, maestros en artes. En el caso de los capellanes, su grado tenía que alcanzar el de bachiller. «La mayor parte de la renta de esta iglesia —añade— proviene del mencionado cardenal don Francisco Jiménez de Cisneros, el cual, como dije, fundó esta Universidad así como el Colegio de San Ildefonso con treinta y tres colegiales, doce capellanes y doce familiares, al que dotó con diez mil ducados de renta, que ahora valen catorce mil. Esta renta se recibe en este colegio. Mandó allí edificar una suntuosísima capilla con su hermosa sepultura y la mandó labrar». (Chorographia, Coimbra, 1561, en Madrid en la prosa de viaje I. Siglos XV, XVI y XVII, estudio y selección de José Luis Checa Cremades, Ediciones Comunidad de Madrid, p. 264).

Otros hechos confieren esplendor a este plan universitario que, al decir de Marcelino Menéndez Pelayo fue centro principal del humanismo español, aún más abierto a la invasión del Renacimiento que la Universidad de Salamanca.

Asimismo, comenta el erudito cántabro que en el estudio complutense «encontró Erasmo sus principales contradictores: Diego de Stúniga y Sancho Carranza; pero allí precisamente se formó el núcleo erasmiano; de allí salieron la mayor parte de los adeptos del humanista holandés, unos que lo eran juntamente de su doctrina y de su estilo, otros que en su manera de escribir se inclinaban con preferencia al gusto de Italia» («Bibliografía hispano-latina clásica», en José M.ª Sánchez de Muniain, Antología general de Menéndez Pelayo. Recopilación orgánica por materias, tomo I, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1956, p. 594).



Crisis de un modelo urbano

ambién vino al mundo en Alcalá de Henares Fernando I de Habsburgo, futuro emperador de Alemania. En 1678 Carlos II, confirmando los honores, le concedió el título de ciudad. Por desgracia, la historia tiende a remedar a los mismos fantasmas, y el declive siempre sucede al esplendor. No sorprende por ello que los siglos XVIII y XIX transmitan la penosa sensación de una urbe decadente.

En esta línea de descenso en su historia, Alcalá fue golpeada por dos sucesos tristemente eficaces a la hora de deteriorar su hermosura: la invasión napoleónica y la desamortización de Mendizábal. De la lucha contra las tropas francesas, queda el recuerdo heroico de Juan Martín, el Empecinado, que combatió a los incursores con tácticas de guerrilla.

En cuanto al proceso desamortizador, cabe añadir que su carga se añadía a otra: el traslado a Madrid de la Universidad en 1836. Tan sólo la constitución en 1851 de una Sociedad de Condueños limitó los desmanes y la especulación que se ensañaron con los monumentos de la ciudad.

Con todo, para que el lector se haga una idea del nuevo destino de Alcalá —un acuartelamiento en toda regla—, transcribimos unas líneas de Elías Zerolo, quien comenta estos avatares:  «De Alcalá puede decirse hoy que es una colonia militar. En diferentes formas ha tenido varios establecimientos de instrucción del arma de caballería, el Colegio de cadetes de esta arma al separarse del Colegio general militar. En este concepto ha tenido importancia en los movimientos político-militares de España. De allí salieron los regimientos de caballería que a las órdenes de los generales O’Donnell y Dulce hicieron la revolución de 1854, y en el movimiento republicano del 19 de septiembre de 1886, un tren insurrecto con una escolta del regimiento infantería de Garellano, salió de Madrid y llegó a Alcalá de Henares, conducido por un jefe del ejército».

Poco antes de llevarse a cabo ese movimiento republicano, en 1880, nacía en Alcalá don Manuel Azaña, intelectual y político de gran importancia en la historia de España, y protagonista de una de sus más tristes etapas.

Con toda seguridad, el joven Azaña debió de advertir esa infravaloración que sufría Alcalá, y que de forma tan atinada supo reflejar Unamuno por escrito.

Como sucedió en el resto de la geografía española, la guerra civil dejó un rastro infernal en la villa. Sin duda, los alcalaínos sufrieron duramente la contienda, y ésta fue asimismo fatal para muchos de sus bienes artísticos.

Naturalmente, los años siguientes dejaron claro que hacía falta remodelar y restaurar ese patrimonio, pero esta empresa no era nada fácil. En 1968 el casco histórico fue declarado Conjunto histórico-artístico. Con la llegada de la democracia, la ciudad recuperó su Universidad, y ese año 1977 consolidó el nuevo ciclo de prosperidad que se había iniciado una década antes.

Animada por la presencia de profesores, investigadores y estudiantes, Alcalá de Henares volvió a ser un enclave cultural, y esta línea de acción fue capaz de contrarrestar la erosión, la ruina y el mal uso de no pocos monumentos. El proceso de rehabilitación, cuyo éxito estaba destinado a originar un efecto más allá de nuestras fronteras, culminó en 1998, cuando la villa fue catalogada como Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

A partir de aquí, la historia de Alcalá sigue su curso, y del mismo modo que en otro tiempo, continúa imprimiendo su huella en el devenir cultural español.

Copyright de parte de la introducción y de las imágenes de Alcalá, una ciudad en la historia © Cortesía del Departamento de Prensa de la Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid. Reservados todos los derechos.

Copyright de la Historia de Alcalá de Henares (Resto de contenidos, salvo la introducción) © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Esta es una versión expandida de varios artículos que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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