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Un curioso destino musical marca la región polaca de Lublin: el de ser una tierra de eminentes violinistas. Nuestro compositor, Karol Lipinski (1790- 1861) es una ilustre prueba de lo dicho.

Es sabido que la ópera sirvió de modelo a buena parte de la música del siglo XIX. Tanto que la influencia acabó siendo mutua y la orquesta sinfónica llenó el foso de los teatros a partir de Wagner.

Un buen homenaje a un autor, en este caso compositor, es programar una de sus obras en condiciones óptimas; un homenaje mejor aún es programar la obra de un colega contemporáneo de aquél, compuesta casi al mismo tiempo, basada exactamente en el mismo tema, y con resultados evidentemente mejores.

Tras diez años sin estrenar en el Teatro alla Scala de Milán (la juvenil Chiara e Serafina de 1822), a año y pico de distancia de haber triunfado en la ciudad lombarda con Anna Bolena, es cuando con Ugo, conte di Parigi Donizetti no obtiene, pese a tener aparentemente todas las bazas en la mano, la esperada acogida.

Estamos habituados a considerar a Giovanni Paisiello, contemporáneo exacto de Mozart, aunque mucho más longevo, un ingenio del siglo XVIII: comedido, elegante, irónico, mundano, íntimo, amable y laico.

A buen seguro, El lago de los cisnes es el más admirado de todos los ballets clásicos, y por ello sorprende que fuera recibido con tan poco entusiasmo cuando se estrenó, en 1877. Como luego veremos, la versión definitiva, que Marius Petipa y Lev Ivanov mostraron al público en 1895, alcanzó una resonancia que llega a nuestros días, tanto por la belleza e intensidad de la música de Tchaikovsky como por el admirable trabajo coreográfico de Petipa.

Agrippina, la ópera satírica de Haendel, estrenada durante su estancia italiana (1706-1710), el 26 de diciembre de 1709 en el Teatro de San Giovanni Crisóstomo de Venecia, ha vivido una notable revalorización, en la que, a lo largo de los últimos años, han participado muchos de los grandes santones actuales de la interpretación barroca: Hogwood, McGegan, Östmann, Spinosi, Minkowski, Goddwin, Jacobs o Gardiner, atrayendo también a registas de variado perfil estético, desde el tradicional Michael Hampe, sobre todo, al algo iconoclasta David McVicar.

Fue buena idea la de Myto de reunir en un volumen varias interpretaciones de la gran mezzosoprano triestina Fedora Barbieri, es decir, dedicarle un recital a ella solita.

Alejada de los escenarios tras superar una peligrosa enfermedad, reapareció Mara Zampieri con un disco grabado a principios de 2004, y donde reunió un original repertorio de 33 canciones de compositores italianos, todos nacidos, menos Menotti y Petrassi, entre los siglos XIX y XX.

Es raro que Verdi, que admiraba a Alessando Manzoni hasta la adoración y que tenía como lectura de cabecera su preciosa obra I promessi sposi (Los novios), no se planteara (¿atreviera?) pasar al pentagrama tan magna, movida y entretenida novela.

Canio, de Payasos, fue uno de los primeros papeles debutados por Corelli, en julio de 1953 en las Termas de Caracalla, es decir a apenas dos años de iniciar su profesión, y aunque no lo cantara tanto como cabría esperar, sí lo ofreció en dos escenarios de especial importancia: Scala de Milán (1957) y Metropolitan de Nueva York (1964), mientras en medio (1960) lo grababa en estudio para la EMI.

Goethe escribió en 1774 su novela epistolar Las desventuras del joven Werther, un éxito inmediato que propició una serie de adaptaciones operísticas cuya más imperecedera consecuencia fue, como posiblemente nadie que se acerque a estas líneas ignore, la partitura de Jules Massenet, estrenada en Viena en 1892.

Con sus aires optimistas y cordiales llega un nuevo título de Paisiello, La Frascatana, estrenada en Venecia en 1774, algo antes de que Catalina la Grande llamara a Rusia al compositor, y pronto difundida por medio Europa, incluido Madrid donde se estrenó en el Teatro de los Caños del Peral (el precedente del Real) el 24 de noviembre de 1787, repuesta luego en 1807 en el mismo escenario.

La afición del pintor Ingres al violín, que tocaba a ratos perdidos, ha acuñado la expresión «violín de Ingres» para señalar la tarea secundaria que suele acompañar a la principal de determinados artistas.

Nacido en 1938 en Gert Town, Luisiana, y fallecido en Madrid, en 2015, el pianista y compositor Allen Toussaint creció entre músicos y maduró mientras encadenaba éxitos para artistas de rhythm and blues durante los años 60 y 70. Temas como "Fortune Teller" (que compuso bajo el seudónimo de Naomi Neville y fue grabado por Benny Spellman en 1962) llegaron a figurar el repertorio de los Rolling Stones y The Who.

El primer álbum de Anita Baker llevaba por título The Songstress. Fue editado por primera vez en 1983, y mostró el talento de esta gran vocalista en una serie de baladas, algunas de las cuales se convertirían en clásicos slow jams (es decir, temas románticos a medio camino entre el rhythm and blues y el soul).

La breve vida de Nikos Skalkottas (1904-1949) bastó para convertirlo en el músico nacional griego y para poner a Grecia en el escaparate de la música europea. Para ello debió sortear algunos desafíos, quiero decir comodidades que se convierten en obstáculo.

Adolf Busch (1891-1952) fue uno de los más importantes violinistas de su tiempo. Acaso, en el mundo germánico, el más considerado, porque unió al repertorio habitual el rescate de Bach y, a las actuaciones solistas, la orquesta de cámara.

La obra de Franco Alfano se vincula fácilmente con el teatro lírico, donde le ha tocado componer para una partitura ajena, la pucciniana Turandot, su música más difundida, el final de la ópera.

Rondando los cuarenta y con seis álbumes editados a lo largo de sus 15 años como líder en activo, [en 2013, fecha en que apareció este disco] ya no podía persistir la duda de que el bajista y compositor Kyle Eastwood había dejado atrás la formidable sombra de su padre.

El 150 aniversario del nacimiento de Puccini se celebró de diversas maneras. Una de ellas, bien sabrosa, fue la emprendida en plan individual por la soprano milanesa de nombre tan evocador, Amarilli Nizza, al registrar todas las arias escritas para soprano por el compositor luqués.

Conocido por su obra operística, que se codea largamente con Rossini y el belcantismo hasta el último Verdi, Saverio Mercadante (1795-1870) tiene también una semioculta obra instrumental.

Joseph Lanner (1801-1843) cubre de un salto el espacio que va desde los valses y Ländler de Schubert hasta los bailes animados por la familia Strauss (la de Viena, no nos confundamos).

Cenicienta del mundo germánico, Suiza da contadas e ilustres sorpresas a la cultura teutona. En el siglo XIX, los mayores prosistas de la lengua alemana, Conrad Ferdinand Mayer y Gottfried Keller, son suizos.

La sombra de Richard Wagner es alargada y no sólo cubre las salas teatrales sino también los demás dominios de la música. Uno de sus efectos tiene lugar en el mundo estructurado de la sonata y la sinfonía.

Alejado de cualquier divismo, protegido de la cultura del espectáculo por el proverbial comedimiento británico, John Ogdon ha dejado una obra relativamente breve cuanto indisputablemente sólida.

Los venecianos amantes de la tradición neoclásica tanto como de la ópera bufa, Goldoni y Galuppi, se unieron repetidamente para construir artefactos escénicos de variado talante.

Se sabe que Marilyn Horne sacó a la luz, recuperó, esa categoría vocal rossiniana que se conoce como la del contralto in travesti, aquella que de alguna manera venía a sustituir en la nomenclatura canora del compositor al castrado, por aquellos años en lógico periodo de extinción.