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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

El tropo musical nació en un entorno puritano. Pese a ser un recurso asociado a una música tan antigua como el Canto Gregoriano, lo cierto es que podemos ver vestigios de este elemento en nuestros más cercanos días….

Forma clásica por excelencia, hija de la sonata y madre de la obertura, la sinfonía fue tratada con extrema formalidad durante el siglo XVIII: Haydn, Mozart, Boccherini y suma y sigue. En sus cuatro movimientos, severamente ordenados, se puede leer una alegoría de la vida humana, seccionada en cuatro edades.

El enorme cartel de Arturo Toscanini dejó en un segundo plano a una ilustre compañía de directores italianos, atentos, a la vez, a la herencia de su país como a las propuestas contemporáneas de otras fuentes, Alemania y Francia, en especial.

Samuil Feinberg (1890-1962) es más conocido como pianista y maestro de pianistas que como compositor. Estas recuperaciones en CD que motivan estas líneas sirvieron para completar el tablero histórico de la música rusa durante el rico periodo que cubre la primera mitad del siglo XX, en el caso, para el renglón del pianismo de punta que Rusia produjo en todo tiempo y bajo cualquier régimen político.

Barry Harris es el especialista del bebop más importante del mundo. El término bebop es una onomatopeya que alude al sonido de esas innovadoras melodías. Se desarrolló entre los años cuarenta y cincuenta, y ha supuesto mucho más que una rama dentro del jazz. Es un punto de inflexión de donde surgen los elementos que caracterizan actualmente al jazz: desde el repertorio denominado standards (comprende tanto canciones tomadas de musicales y películas como melodías instrumentales escritas por los músicos de jazz) hasta las jam sessions, que son reuniones de jazzeros en el escenario, para tocar dicho repertorio sin apenas ensayo previo, y por lo tanto, abiertas a la espontaneidad musical.

Robert Fuchs (1846-1927) vivió lo suficiente como para asistir a varios derrumbes: el imperio austrohúngaro, la paz octaviana de la Europa finisecular y la música tonal.

Paganini fue un músico de cuerdas. Frotadas, punteadas, pellizcadas, pulsadas, pero siempre tensas y vibrantes. No es casual que haya reunido, en numerosas ocasiones, al violín con la guitarra.

Franz Liszt, aparte de su obra sinfónica, vocal, organística y oratorial, o por encima de ella, según se mire su catálogo, se pasó la vida sentado al piano. Escribió su propia obra pianística pero, además, sintió la necesidad de traducir a su pianismo personal buena parte de la música de su siglo: las sinfonías de Beethoven, momentos de óperas wagnerianas, verdianas y belcantistas y hasta su misma música sacra.

Sucinta, breve, vigilada y estricta es la obra de Falla. Se la suele dividir en dos períodos, el nacionalista/andaluz y el neoclásico/castellano.

Una nueva grabación del Barbero de Sevilla rossiniano, una de las óperas más grabadas de la historia discográfica (la primera es de 1918), no debería llamar anormalmente la atención dadas las excelentes versiones que el interesado tiene a su alcance, desde la divertidísima de Callas y Gobbi (1957) a la «depurada» de Bartoli y Nucci (1988), con una buena legión de Rosinas, Bartolos, Almavivas, Basilios o Fígaros de varias generaciones por ahí danzando, entre los que podemos recordar sólo a algunos, así al azar y sin pretender agotar la enorme lista, como Victoria de los Ángeles, Sesto Bruscantini, Enzo Dara, Cesare Valletti, Samuel Ramey, William Matteuzzi, Marilyn Horne, Rockwell Blake, Alessandro Corbelli, Teresa Berganza y Ruggero Raimondi.

Antonio Rosetti se llamaba, en verdad, Anton Rössler. No sabemos bien cuándo nació en Bohemia, aunque se supone que fue por 1750. Tampoco, por qué se hacía pasar por italiano. Le tocó morir en 1792.

A través de Rossini, se llega a leer a Stendhal, y gracias al autor de esas joyazas novelísticas que se llaman Rojo y negro o La Cartuja de Parma, llegamos a Carlo Soliva, de quien el escritor habló elogiosamente en Roma, Nápoles y Florencia.

Como antes Lully, Haendel o Gluck, recordando sólo a los que lograron que sus obras basadas sobre la Jerusalén conquistada de Tasso sobrevivieran al paso del tiempo, Giuseppe Sarti compuso para la inauguración del Teatro del Hermitage de San Petersburgo en 1786 una Armida e Rinaldo, que la ciudad natal del compositor (Faenza) ha tenido a bien recuperar con motivo del bicentenario de su muerte celebrado en 2002.

Federico y Luigi Ricci fueron dos hermanos compositores que firmaron conjuntamente cuatro partituras, una de ellas Crispino e la comare (1850), uno de los escasos productos cómicos estrenados con éxito duradero en aquellos momentos de furores románticos.

El oratorio es el género por excelencia de monseñor Perosi. Lo demuestra desde su juventud, ya que su Masacre de los inocentes data de 1900, o sea cuando su autor no había llegado a los treinta años.

De las sonatas para violín y piano de Saint-Saëns, la primera ha resultado ser la más afortunada. En parte, por sus méritos propios, en parte por sus momentos de virtuosismo (eran los años de Sarasate y Brindis de Sala) y, en un tercio, por la tardía sugestión literaria de Proust, en cuya novela En busca del tiempo perdido el músico Vinteuil, que se parece algo a Duparc, compone una sonata que sirve para que Swann se enamore de Odette y esa sonata, en ocasiones, se dice que es la primera de Saint-Saëns.

De la obra firmada por Alessandro Rolla (1757-1841) son especialmente conocidos sus dúos para instrumentos de arco, que en un par de colecciones se ofrecieron en el sello Dynamic, en los CDs 252 y 371.

El danés Nielsen (1865-1931) es conocido, sobre todo, por sus sinfonías. Menos, por su interesante obra pianística y, de vez en cuando, es llevado a las tablas junto con su ópera Saúl y David.

La soprano genovesa Luisa Maragliano ha sido otra cantante más de aquéllas que resultaron perjudicadas por el disco oficial, que apenas tuvo en cuenta su excelente carrera italiana e internacional, muy realzada sobre todo en la década de los sesenta de la pasada centuria.

Nada pacíficos fueron los comienzos del operista Tchaikovski. La guerra del caso era íntima y hace a su prehistoria como artista, ya que no como compositor.

Pese a dos Marcellos puccinianos, un Filippo Visconti belliniano y unos verdianos Nabucco, Rigoletto (éste videográfico en el Covent Garden) y Gusmano de Alzira, Paolo Gavanelli no ha encontrado aún en la discografía un reflejo veraz de lo que es su importante carrera profesional en escenarios de todo el mundo.

Para su décima ópera, Isabeau, Mascagni acudió a un tema medieval, servido por Luigi Illica (el libretista pucciniano) que tomó libremente, nada menos que de la leyenda de Lady Godiva, la mujer que se subió desnuda a lomos de su caballo y ocultando el resto de su pudor tras su melena se paseó por la ciudad inglesa de Coventry.

Un largo e ilustre camino recorre el violonchelo alemán entre Bach y Brahms, un camino que va de la suite a la sonata, cuyo enlace puede ser Boccherini, que amaba ambos géneros y era un violonchelista de fuste.

Como no hay tenor que deje pasar por alto (si sus medios se lo permiten y, a veces, sin esta posibilidad) el cantar Andrea Chénier, ni ninguna soprano-actriz, auténtica o pretendida, pierde por su parte la oportunidad de enfrentarse con Fedora, ambas partituras del compositor (parece ocioso recordarlo) Umberto Giordano, la popularidad de estas óperas ha mantenido el nombre de su autor en el candelero lírico, orillándose un tanto a dos pequeñas joyas de madurez (La cena delle beffe o Il Re), mientras la siempre eficacísima Madame Sans- Gêne, otra más sobre el incansable Sardou, consigue de tanto en tanto algún imprevisto y fugaz renacer, si se pone en manos de una soprano apropiada.

Acaso toda la música sea romántica. Entonces, habría que suprimir esta categoría de la historia y de la estética musicales. El pataleo general que es previsible obligaría a la restauración.

Opera Rara a la par que rescata repertorio teatral del XIX, con una unción y un empeño digno de los más encendidos elogios, ha emprendido también un paralelo esfuerzo con la contemporánea canción de salón, la mayoría de las veces obra de aquellos mismos compositores teatrales si no de sus adláteres.

Es sabido que la música de iglesia atareó a Rossini desde su más tierna edad hasta su último esplendor compositivo: en 1808, en su época estudiantil en Bolonia, ya le vemos autor de una Misa que lleva el nombre de la ciudad, y cinco años antes de su muerte (o sea, 1863) es capaz de asombrarnos erigiendo esa exuberante Petite Messe Solennelle, una de la joyas más originales, y por supuesto hermosas, del repertorio sacro.

Mucho ha tardado La clemenza di Tito en conseguir un lugar en las temporadas y grabaciones de ópera. Podría decirse que no antes de la década iniciada en 1970, con la Nueva Edición corregida y depurada de su autor y los trabajos de ciertos directores de escena como Jean-Pierre Ponnelle quienes, contra la tópica tradición, hallaron teatralmente eficaz esta obra.