Televisión

Televisión (89)

Hasta el momento, 2016 está siendo un año lamentable en casi todos los ámbitos. Como no es mi intención deprimir a nadie, me limitaré a hablar solamente de uno de esos ámbitos: el cine comercial o, si lo prefieren, los blockbusters.

Quizá las grandes productoras ya no se esfuerzan como antes en ofrecer diversión estúpida pero bien hecha, o puede ser que presten demasiada atención a las redes sociales, los blogueros y los estudios demográficos, retocando en exceso sus películas (volviendo a rodar escenas y dando mil vueltas al material en la sala de montaje) hasta el punto de convertirlas en tráilers de dos horas y pico que quieren contentar a todo el mundo, pero que consiguen el resultado contrario.

Secuelas que no entusiasman (Independence Day: Contraataque, Star Trek: Más allá), caóticas y decepcionantes adaptaciones de cómics (Batman v Superman, El escuadrón suicida), tímidos intentos de renovación de personajes clásicos (La leyenda de Tarzán), olvidables films basados en videojuegos (Angry Birds, Warcraft) o insulsos remakes (o reboots, o como los quieran llamar ahora) que nadie había pedido (Cazafantasmas) han desfilado por las pantallas de cine con algo de pena, ninguna gloria y una fría aceptación de las de “ni fú ni fá”.

Este año no ha habido “película del verano”, pero, curiosamente, una producción más modesta ha cosechado una legión de fans que no dejan de alabarla, dedicándole artículos entusiastas, memes, ilustraciones y, qué sé yo, propuestas de matrimonio. Hablo de la serie de Netflix Stranger Things.

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Creada por los emergentes hermanos Duffer (Matt y Ross), responsables del guión de algún episodio de Wayward Pines y de la modesta película de ciencia ficción Hidden (nada que ver con el magnífico film de culto de 1987), Stranger Things es una de esas obras que trata de retomar-homenajear el espíritu del género fantástico de finales de la década de los 70 y principios de los 80, momento marcado principalmente por los éxitos del novelista Stephen King y el cineasta Steven Spielberg (hay muchas más referencias en la serie, pero son fáciles de identificar y aburren mucho las listas hechas por “listos”).

No son los Duffer los primeros en intentar hacer algo de este estilo. Ya en 2001, Richard Kelly dio una siniestra vuelta de tuerca al cine “modelo Amblin” en Donnie Darko. En 2005, Paco Plaza también se acercó a ese modelo con algo de mala leche y un toque ibérico en el magnífico telefilme Cuento de Navidad, perteneciente a la serie (¿maldita?) Películas para no dormir. Unos años más tarde, en 2011, y con producción del mismísimo Steven Spielberg, J.J. Abrams estrenó la tierna y algo melancólica Super 8, todo un canto de (auto)amor a la productora Amblin.

Ninguna de estas películas, pese a ser estupendas, ha logrado replicar al 100% el estilo del cine infantil-juvenil de los 80, como tampoco lo ha hecho la serie Stranger Things. ¿Las razones? Ni la fotografía, ni el montaje ni el estilo narrativo actual puede ajustarse totalmente al de una época anterior. No se puede viajar del todo al pasado, ni siquiera por medio del arte, qué le vamos a hacer.

Pero tampoco es necesario. Lo importante en productos de este estilo es contar una historia entretenida, y Stranger Things parece que ha dado en el blanco incluso más que sus recientes “películas parientes”. Más cercana a Stephen King que a Spielberg, la historia que nos narra la serie es muy sencilla, tanto que incluso se podría decir que sobra metraje y que todo habría funcionado mejor como película de 90 minutos que como serie de 8 episodios.

Un chavalín rolero desaparece misteriosamente, y su madre (la adorable Winona Ryder, amor platónico de la Generación X durante los 90), sus amiguitos y el sheriff lo buscan cada uno por sus propios medios, adentrándose poco en el terreno de lo imposible. Por su parte, los mencionados amigos del desaparecido encuentran y acogen en secreto a una niña muy peculiar, fugitiva de una de esas Agencias malignas y dotada de poderes mentales poco menos que impresionantes.

Añada al cóctel un monstruo interdimensional, un romance de instituto, temazos musicales de la época y una buena alternancia entre comedia, drama, ciencia-ficción y terror y obtendrá todo un éxito como ha sido Stranger Things, el verdadero fenómeno del verano 2016, y una serie que ha supuesto un importantísimo impulso en la implantación de Netflix en un país tan reticente a pagar por la cultura como es (esperemos decir “era” en breve) España.

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Sinopsis

Stranger Things está ambientada en 1983, en Indiana, y es un homenaje a los clásicos de los 80 que cautivaron a toda una generación. La trama de la historia gira alrededor de la repentina desaparición de un niño y la agobiante búsqueda de la familia, los amigos y la policía, que terminan enredándose en un extraordinario misterio relacionado con experimentos ultrasecretos del Gobierno, aterradoras fuerzas sobrenaturales y una niña muy especial.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Netflix. Reservados todos los derechos.

Martes, 28 Julio 2015 21:57

Transparent

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La premisa de la que parte Transparent es sencilla: un antiguo profesor de ciencias políticas, Mort Pfefferman, ha mantenido siempre en secreto que se siente mujer. A los setenta años, sin embargo, decide aceptar su transexualidad y vivir plenamente como Maura. Ahora bien, antes de iniciar su transición, debe superar una difícil prueba: explicar a sus tres hijos adultos la realidad –y las mentiras– de su vida.  

Mort/Maura tomará conciencia de la dificultad del paso cuando, en la cena familiar que convoca para explicar su transexualidad, sus tres hijos dan por sentado que el secreto de su padre es que tiene cáncer, de modo que lo que debería convertirse en una escena de revelación acaba siendo más bien una discusión sobre quién se quedará con la valiosa casa familiar.

A partir de aquí, en un tono predominantemente irónico, aunque también tierno, melancólico y divertido, se despliega una comedia negra construida a partir de pinceladas de las vidas de cada unos de los miembros de la familia Pfefferman. Así, además de en torno al eje argumental de Mort/Maura, la historia se construye alrededor de las vidas de los tres hijos de aquella.

Tenemos, en primer lugar, a la hija mayor, Sarah (Amy Landecker), una ama de casa convencional, de clase acomodada, cuya vida cambia al reencontrarse con su primer amor de la universidad, otra mujer, en el preciso momento en el que su matrimonio con el padre de sus dos hijos parece haber llegado a un callejón sin salida.

El hijo mediano, Josh (Jay Duplass), empieza la serie siendo un hombre de éxito en la industria musical, pero pronto un traspiés amoroso pondrá en cuestión su situación profesional. Ahora bien, por muy inmaduro y egoísta que parezca, este personaje no es un simple Peter Pan, pues es más complejo de lo que parece en un primer momento, y guarda secretos dolorosos que se irán desvelando con el paso de los episodios. Con esas revelaciones, no solo se consigue dar más profundidad al personaje, sino que también aumenta la simpatía del espectador por este al alejarlo de clichés.

Por último, está Ali, Gaby Hoffmann, la hija pequeña y genio de la familia que, sin embargo, es incapaz de conseguir un trabajo que le permita no vivir de los cheques de su padre. Ali es uno de los personajes que más momentos cómicos da a la serie, tanto por los palos de ciego que va dando para encontrar su vocación, como por sus relaciones disfuncionales, y, por supuesto, por las escenas que protagoniza con una de las secundarias de lujo de la serie, Carrie Brownstein (Portlandia), que, en el papel de su mejor amiga de la infancia, Syd, la acompaña en algunas escenas muy ingeniosas, que harían palidecer de envidia a los guionistas de Girls (imprescindible la escena en la que Syd y Ali asisten a clase sobre lenguaje y teoría feminista).

Ahora bien, más allá de las diferencias vitales de estos tres hermanos, los tres coinciden, como Maura afirma en un grupo de apoyo, incapacidad de ver más allá de sí mismos. La ex mujer de Mort/Maura, interpretada por Judith Light, también tiene un papel importante y divertido. Además, es protagonista de algunos de los flashbacks, que permiten contar el pasado de esta familia y la evolución del personaje de Mort/Maura.

En suma, la serie de diez episodios, de media hora de duración, parece una película de cinco horas. Y como tal encarna el espíritu del mejor cine independiente, empezando por la solidez de sus guiones y acabando por las fantásticas interpretaciones de todo el elenco de actores. A partir de esos puntales básicos, los temas que abarca van más allá del de la transexualidad, de hecho, con humor y naturalidad se plantean cuestiones sobre el género y la individualidad difíciles de encontrar tanto en el cine como en la literatura actuales.

Es cierto que la serie parte del viaje de Mort/Maura, pero llega mucho más lejos, y todos los personajes acaban dándose cuenta de que está inmersos en un viaje personal por encontrarse a sí mismos.

Otro elemento relevante es el tono que marca la serie. La dignidad y seriedad con la que se enfoca la transición de Mort en Maura no se reviste de un heroísmo incuestionable, que podría provocar un distanciamiento del espectador respecto al personaje. Al contrario, en multitud de ocasiones, aflora la vulnerabilidad del personaje, su frustración, la conciencia de sus errores y del tiempo perdido, y el peso de la soledad. De ahí que honestidad sea la palabra que mejor defina el tono de la serie. Su valentía reside precisamente en presentarnos a personajes absolutamente falibles, que caen bien en ocasiones, y que en otras resultan irritantes; que aciertan y fallan miserablemente.

Una película o serie típica acabaría justo donde Transparent empieza. El protagonista toma una decisión trascendental y valiente al presentarse como verdaderamente se siente ante el mundo (y no descarten que se usara de música de fondo alguna canción de Gloria Gaynor). Sin embargo, en Transparent vemos las repercusiones de esa decisión: Maura no encuentra toda la comprensión que desearía, tiene que sobrellevar la ignorancia, la torpeza o mezquindad de otras personas, así como la soledad que le acarrea su decisión. Y la serie no endulza los hechos. Tampoco hay personajes que sean estrictamente buenos o malos, todos tienen días mejores y peores.

El perfecto equilibrio que consigue Transparent se debe, sin ninguna duda, a la habilidad de su creadora, guionista y directora, Jill Soloway. Si no la conocen, tiene unas referencias inmejorables pues fue guionista de cuatro temporadas de la serie A dos metros bajo tierra, y finalmente también su productora ejecutiva. Así, Soloway traslada a Transparent la mezcla de drama y comedia, de situaciones surrealistas y tiernas con otras dolorosas, capaces de encoger el corazón del espectador por el realismo y la cercanía que caracterizaban A dos metros bajo tierra, una serie que marcó un antes y un después en la televisión, y que muchos de sus espectadores seguimos adorando por innumerables razones.

Para terminar, permítanme citar al propio Jeffrey Tambor, que, en varias entrevistas, ha resumido de forma fantástica la premisa de la serie en varias preguntas, que en el fondo son la misma: «Si cambio, ¿seguirás a mi lado? Si cambio, ¿seguirás queriéndome? Si decido mostrar quién soy de verdad, ¿seguirás siendo mi hijo, mi padre, mi amigo, mi pareja?». Al fin y al cabo, la cuestión que subyace en el fondo de la historia es: «Si me muestro tal y como soy, ¿me aceptarán, me querrán?» ¿Y acaso no es esa una de las preguntas que más miedo nos da a cualquier ser humano?

Pues Transparent, más que dar respuestas definitivas a estas cuestiones, reflexiona sobre ellas e invita a la reflexión. Y así, sin más fuegos de artificio, ni grandes declaraciones de principios, consigue conmover como pocas historias consiguen hacerlo. 

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

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Viernes, 12 Junio 2015 22:54

Hannibal: la reinvención del mal

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Hannibal, la serie creada por Bryan Fuller (Muertos como yo, Pushing Daisies) para NBC, es una rareza en el panorama televisivo, una maravillosa rareza; y no solo para las cadenas en abierto, sino incluso para los clubes más selectos de las cadenas de cable.

Basada, como habrán imaginado, en los libros de Thomas Harris, tenía ante sí un enorme reto que otras predecesoras no lograron superar: conseguir entidad propia y distinguirse de El silencio de los corderos. Pues la película de Jonathan Demme, un clásico moderno, consiguió convertir la historia de Hannibal el Caníbal en un éxito de masas, y consagrar a su protagonista, Anthony Hopkins, como el único actor capaz de embelesar y fascinar al público, aun a pesar de ser el malo de la película.

La primera adaptación al cine de las hazañas del doctor Lecter no consiguió ni por asomo el mismo éxito que la película de Demme. Se trataba de Manhunter (1986), dirigida y escrita por Michael Mann, y protagonizada por William Petersen (CSI), en el papel de Will Graham, y Brian Cox en el de Hannibal Lecter.

Manhunter se centraba en la historia del Dragón Rojo. Aunque ahora se considere prácticamente una película de culto, tanto por su peculiar estilo visual y su uso del color (con el que el director pretendía influir en el estado de ánimo del espectador), como por sus interpretaciones, en el momento de su estreno fue un rotundo fracaso en la taquilla.

Ni siquiera las películas posteriores a El silencio de los corderos pudieron aunar al mismo nivel el éxito de crítica y público, a pesar de contar con Anthony Hopkins. Hannibal (2001), dirigida por Ridley Scott, después de que Jonathan Demme se desmarcara del proyecto, volvió a romper las taquillas, pero la acogida entre la crítica fue muy dispar, y muchos seguimos pensando que palidece ante la cinta de Demme, pese a contar con una historia sólida, un archienemigo para Lecter (el desfigurado Mason Verger), y una nueva Clarice (interpretada por Julianne Moore) que recogía adecuadamente el testigo de Jodie Foster.

En la misma línea se encuentra El Dragón Rojo (2002), dirigida en este caso por Brett Ratner, y con Edward Norton en el papel de Will Graham. Situada en un momento temporal anterior a El silencio y Hannibal, El dragón rojo vuelve a adaptar el mismo material que usó Manhunter. Sin duda, las mayores bazas de la película son las fantásticas interpretaciones de Norton, Ralph Fiennes y Philip Seymour Hoffman, que encarna al periodista de sucesos Freddy Lounds, dispuesto a pactar con el diablo con tal de conseguir sangre fresca para su tabloide.

La última película que contó las andanzas de Hannibal Lecter fue Hannibal: el origen del mal (2007), donde veíamos los primeros años del protagonista absoluto de la saga. Lo mejor de este último intento de exprimir al psicópata más rentable del cine es la interpretación de Gong Li como Lady Murasaki, la tutora de Lecter, después de que este se quede huérfano.

Tras este somero repaso, salta a la vista que la mitología sobre la historia de Hannibal Lecter es abundante e intrincada. El público tiene una imagen clara de quién es, de sus enemigos, de sus extraños aliados, de sus gustos, sus vicios e, incluso, de sus debilidades.

Entonces, ¿qué podía aportar una serie de televisión sobre los mismos personajes? Y más aún, ¿es realmente posible que alguien, aparte de Anthony Hopkins, sea Hannibal Lecter?

Bryan Fuller, como decía más arriba, asumió el reto con valentía y reescribió la historia de Hannibal de principio a fin. Para empezar, Mads Mikkelsen (Casino Royale, La caza) aborda la interpretación del personaje de Hannibal Lecter desde un punto distinto que Anthony Hopkins. Es tremendamente más contenido, más hierático y sutil. En muchas ocasiones, su maldad se intuye, y eso lo hace más atractivo para el espectador. En un giro perverso, la serie consigue obligarnos a ver a Hannibal como persona, y no simplemente como el asesino cruel y despiadado que es. Así, en el juego del gato y el ratón que se establece entre el doctor Lecter y el FBI durante las dos primeras temporadas de la serie, el espectador no podrá evitar el deseo de que Lecter escape, y que los investigadores del FBI caigan en alguna de las trampas que Hannibal les ha tendido para desviarlos de su pista. Y, sin duda alguna, esto es mérito del guión, pero también del actor.

Por mucho carisma que pueda tener un personaje como Hannibal Lecter, si el actor encargado de encarnarlo no consigue que a los espectadores les importe su destino, más allá de sus tropelías, la serie podría perder rápidamente todo su interés. Y es que las escenas gore de las películas pueden ser efectivas cuando la historia se prolonga durante dos horas, pero el efecto se pierde si pretendes mantenerlo durante veinte horas, es decir, durante los veinte capítulos que componen las dos primeras temporadas de la serie.

Por eso, el Hannibal de Bryan Fuller es un tira y afloja. Encontrarán sangre y vísceras, asesinatos grotescos y ambiente de pesadilla, pero también tensión psicológica, largas escenas de diálogos entre los protagonistas, en los que importa más lo que se insinúa que lo que se dice abiertamente, o momentos en los que puede intuirse que el doctor Lecter, solo en su despacho o en su casa, está maquinando su próximo paso.

Así han sido las dos primeras temporadas de Hannibal: una progresión in crescendo de violencia y tensión, durante las que Mads Mikkelsen se ha adueñado del personaje de Hannibal Lecter, y ha eclipsado a todos los demás.

Sin desvelar detalles sobre la trama, sí puedo afirmar que parece que esas dos primeras temporadas se construyeran para un clímax en el que Hannibal Lecter por fin se quitara su apariencia de moralidad y normalidad. Como el doctor afirma en un diálogo de la tercera temporada, “ya no hay ética, solo estética”.

Por supuesto, Mikkelsen tiene buenos acompañantes, todos ellos sacados de las novelas de Thomas Harris. Hugh Dancy es un torturado y taciturno Will Graham, que, irónicamente, tiene mayores dificultades para relacionarse con las personas que el propio Lecter. Laurence Fishburne es Jack Crawford, el mandamás del FBI, y confidente de Lecter, que pagará su ignorancia. Y en un lugar destacado tenemos a la psiquiatra del buen doctor: Bedelia du Maurier, a quien da vida una Gillian Anderson que lleva décadas en estado de gracia.

Ahora bien, aunque los nombres suenen familiares, no se dejen embaucar. Bryan Fuller no solo ha reinventado al doctor Lecter, sino a todos los personajes e historias. ¿Recuerdan a Freddy Lounds, el periodista que tan genial y trágicamente interpretó Philip Seymour Hoffman, y que protagoniza una de las escenas más grotescas de El Dragón Rojo? Pues en la serie, Freddy Lounds es una bloguera entrometida, que se convierte en una pieza importante del plan maestro de Lecter.

Les recomiendo encarecidamente que, si aún no lo han hecho, vean tan pronto como puedan las dos primeras temporadas. La serie, como todos los trabajos de Fuller (excepto, claro, Mockingbird Lane), tiene una estética característica y muy personal. De los escenarios asépticos de la morgue, pasa al puro virtuosismo decadente de los banquetes de Hannibal. De las cuatro paredes del austero despacho de Lecter de las primeras dos temporadas, en la tercera pasamos a un lujoso palazzo florentino.

De momento, con el primer capítulo de la tercera temporada, Fuller no defrauda. Juega con las líneas temporales, con la estética, con los diálogos e incluso con el humor. Pues, no lo duden, por muy sangrienta que pueda llegar a ser Hannibal, no carece de humor, retorcido, claro está, pero humor al fin y al cabo.

El doctor Lecter se ha despojado de su “traje de persona”, como dice Bedelia du Maurier, y se dedica solo a disfrutar de la vida, con el peligro que eso conlleva para quienes lo rodean, por supuesto.

Ahora falta por ver qué nuevas posiciones adoptaran sus antiguos aliados, cómo se resolverá la ambigua relación entre Will Graham y Hannibal, y por qué medios acabará el asesino Lecter convirtiéndose en aquel que ayude a atrapar al Dragón Rojo, como Bryan Fuller ha prometido que ocurrirá a lo largo de esta temporada.

De momento, Hannibal Lecter está libre. Disfruten del espectáculo.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

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Lunes, 06 Abril 2015 18:20

Portlandia

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Cuando en 2011, Portlandia se estrenó en un pequeño canal de cable estadounidense, Fred Armisen era muy conocido gracias a su trabajo en el histórico programa de televisión Saturday Night Live, en el que había empezado a participar en 2002, y donde había encarnado a personajes muy distintos, pues su registro incluía imitaciones de Barack Obama o Prince, entre muchos otros. El formato del programa, construido con sketches interpretados en directo, permitía a Armisen explotar una de sus bazas, la improvisación, que es fundamental en su carrera.

Carrie Brownstein, por su parte, tenía también una carrera importante, solo que en el mundo de la música, pues fundó la banda Sleater-Kinney junto a Corin Tucker, y después, en solitario, Wild Flag. Ahora bien, no tenía experiencia como actriz.

Brownstein y Armisen se unieron por primera vez como dúo cómico bajo el nombre de ThunderAnt, y grabaron una serie de vídeos donde ya se encontraba el humor y el espíritu característicos de Portlandia. No solo aparecen algunos de los personajes más icónicos de la serie (como las dueñas de la librería feminista), sino que, en ciertos casos, son pequeñas píldoras de su esencia. Les recomiendo, por ejemplo, ver el vídeo Dream of the 90’s. Un improvisado videoclip en el que se define a Portland como “el sueño de los noventa”, es decir el lugar en el que los ideales más ingenuos de una generación se han hecho realidad, donde no hay coches, reina la excentricidad y en cuya historia la administración Bush parece no haber existido.

Así, se perfila el personaje protagonista de Portlandia, que no es otro que la ciudad de Portland, Oregon. Carrie Brownstein y Fred Armisen hacen suyo el eslogan que ya reinaba en la ciudad «Keep Portland Weird» (con el que se reivindicaba la personalidad de la ciudad, de sus comercios, locales y habitantes), y crean un microcosmos habitado por personajes de lo más variopinto.

La serie está escrita por Brownstein, Armisen, así como por Jonathan Krisel, que también es el director. Los personajes que han ido apareciendo en cada uno de los sketches son tantos que resulta imposible citarlos a todos, pero algunos de ellos se han ganado el favor de los seguidores de la serie y han ido ganando peso y presencia.

Sin duda, Toni y Candace, las feministas de la tienda de libros Women & Women First, son una de las parejas más logradas, y permiten a los guionistas mofarse de las ideas propugnadas por el relativismo cultural y los estudios de género más recalcitrantes. Ahora bien, también cabría citar a Peter y Nance (una pareja de mediana edad, que decide abrir un Bed & Breakfast), a Spike y Iris (representantes de un estilo de vida alternativo, fanáticos de las bicis y de las dilataciones de los lóbulos de las orejas –con una fantástica caracterización de Armisen), o a Nina y Lance, donde Fred Armisen y Carrie Brownstein se intercambian los papeles, pues él interpreta a la chica cursi y remilgada, y ella a machote obsesionado por los coches y las motos.

Podría seguir enumerando personajes, pero la lista sería inacabable. En todo caso, todos sirven a una misma función: reírse de cada una de las costumbres pequeñoburguesas de una sociedad instalada en la comodidad.

Si bien el humor de Portlandia no es corrosivo ni satírico, consigue que nos miremos en el espejo y nos demos cuenta de lo ridículas que pueden ser algunas de las costumbres y hábitos sociales que tenemos. Tal vez podría decirse que Portlandia pretende que nos riamos, de forma amable pero sin concesión, de los «problemas del primer mundo». Y ahí es cuando lo que ocurre en esa Portland ficticia poblada por los personajes a los que dan vida Brownstein y Armisen podría trasladarse a Madrid, Barcelona, o cualquier gran ciudad enferma de modernidad.

Algunas de las situaciones que se han parodiado a lo largo de las últimas cinco temporadas de Portlandia resultan extremadamente familiares, como el agobio de las redes sociales (lo que lleva a Carrie a declararse en “bancarrota social”), los padres primerizos obsesionados por el control, y que programan incluso el día en que van a drogarse, la obsesión por las bodas alternativas, el narcisismo imperante entre treintañeros que se organizan a sí mismos exóticas fiestas de cumpleaños, para las que parece que hay que pedir un préstamo, la obsesión por la moda o el desarrollo de un  carácter gruñón precoz.

En definitiva, es fácil reírse con Portlandia si aprendemos a reconocer nuestras flaquezas y las de nuestro entorno en el espejo burlón que se nos pone delante. Asimismo, la serie ha ido evolucionando. Aunque al principio podía parecer más deslavazada, en las tres últimas temporadas, los personajes, dentro de sus limitaciones, han ido creciendo y el público los ha conocido más. De ese modo, la continuidad entre episodios ha aumentado, y se ha reforzado el hilo argumental que da coherencia a cada una de las temporadas. Aun así, sigue habiendo algunos sketches aislados (normalmente en forma de anuncios) que son muy divertidos, como el de «Church is an option», en el que un cura se muestra dispuesto a practicar acupuntura si con ello consigue recuperar fieles que han caído en manos de las terapias y pseudofilosofías alternativas.

 Cabe destacar también los secundarios de lujo con los que cuenta la serie, con especial mención a Jeff Goldblum (que parece salido directamente de una película de Wes Anderson), Steve Buscemi (protagonista de uno de los mejores episodios de la temporada pasada, Celery), y, por supuesto, Kyle MacLachlan, que interpreta a un pintoresco alcalde de Portland.

Portlandia es una serie que no suele dejar indiferente, tiene seguidores acérrimos, entre los que me cuento, pero también hay quienes no le ven ni la más mínima gracia. Es un humor absurdo, raro y hay que saber entrar en el juego y pillarle el tono. Ahora bien, una vez lo consigues, Portlandia es extremadamente adictiva, hasta el punto de que para más de uno de sus seguidores Portland se ha convertido en un destino deseado para sus próximas vacaciones.

Con toda probabilidad, el mundo creado por Brownstein y Armisen no se corresponde al que existe en la ciudad de Oregon, de modo que saber que la serie contará con dos temporadas más, además de la que se emite actualmente por Canal+, es una gran noticia.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Jueves, 23 Octubre 2014 17:26

Crítica: "The Walking Dead" (5ª temporada)

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The Walking Dead estrenó su cuarta temporada en Estados Unidos (y un día después en España) con un éxito fulminante. Ha roto sus propios récords: el 12 de octubre consiguió sentar a 17 millones de personas ante el televisor (a los que habría que añadir otros 5 millones que usaron servicios de VOD, o de grabación). Es decir, con 22 millones de personas, se convierte en la serie más vista de cable.

Cuando empezó su primera temporada, con un Rick (Andrew Lincoln) que se despertaba en una cama de hospital, y caminaba por los pasillos desiertos, sin ser consciente de lo que había ocurrido, no creo que ni los productores ni la cadena (AMC) creyeran que The Walking Dead se iba a convertir en el fenómeno mundial que es hoy en día. De hecho, no estaba muy claro que fuera a tener más de una temporada, y los medios y personajes de aquellos primeros episodios eran más escasos, que no menos efectivos.

Para poner al lector en situación, la quinta temporada comienza donde acabó la cuarta. Quien marca, una vez más, el tono dramático es el showrunner Scott Gimple. El grupo, tras dispersarse al escapar del ataque de la prisión dirigido por el Gobernador (un personaje al que se echa de menos), se ha reunido casi en su totalidad. Ahora bien, están atrapados en un vagón por los habitantes de Terminus. Como cabía presagiar en un mundo post-apocalíptico, no hay santuarios, y sin ser conscientes de ello, las vías del tren han guiado a los supervivientes al nido de un grupo de caníbales, dirigidos por Gareth (Andrew J. West), un villano de menor empaque que el gobernador, pero con un grado de locura similar.

Como es posible que algún seguidor de la serie todavía no haya visto los primeros capítulos ya emitidos en España, procuraré ir con cuidado con los spoilers, pero advierto al lector de que a continuación puede enterarse de algún detalle de la trama.

Para empezar, seguimos con el tema de fondo de esta serie: ¿cómo responde el ser humano al dolor y a la pérdida? Y cuando hablo de pérdida me refiero a la pérdida del mundo tal y como lo conocíamos.

La serie ha respondido a esta pregunta de forma contundente: a lo largo de las cuatro temporadas previas hemos podido ver que no todo el mundo estaba dispuesto a lo mismo por sobrevivir, y que los límites y fidelidades que cada personaje tenía eran distintos.

En la cuarta temporada este conflicto se planteó claramente a través de los personajes de Carol (Melissa McBride) y Rick. Este último no parecía querer asumir sus responsabilidades como líder, harto de muertes y fracasos, y se había tomado lo de cultivar su huerto al pie de la letra. Carol, por su parte, completó un viaje en el sentido inverso. De mujer desvalida, maltratada, y que lloraba la muerte de su hija, se convierte en uno de los personajes que más claro tiene que viven en un mundo en el que ya no se siguen las mismas normas; la lógica de Carol es clara: el bienestar del grupo puede exigir tomar medidas drásticas y un individuo no puede ponerlo en peligro.

Por supuesto, es difícil de aceptar y Carol paga cara su determinación, aunque el apocalipsis zombi no deje una y otra vez de darle la razón.

Ahora bien, los habitantes de Terminus sirven para dejar clara dónde está la línea que no se puede cruzar y permiten, por fin, entender al grupo la forma de actuar de Carol. De hecho, el inicio de temporada sirve prácticamente como redención de este personaje. Mientras Tyresse (Chad Coleman) está ocupado cuidando a la bebé Judith, y los demás machos alfa del grupo (Rick, Daryl, Glenn) están maniatados y amordazados a la espera de ser sacrificados como en un matadero, Carol se encarga de salvar el día.

Contraponer a Carol y a los habitantes de Terminus sirve para dejar claro que Carol no ha cruzado una línea de no retorno, pero también, resulta interesante conocer por qué Terminus dejó de ser un santuario y los motivos que llevaron a Gareth y a sus acólitos a ser asesinos caníbales, que no respetan ni a su propia familia (fíjense bien en quién es la persona que está en la mesa de disección, y verán que es una persona muy cercana a Gareth, que aparecía en el final de la 4ª temporada).

La reflexión final a la que se podría llegar es que un mundo sin límites morales, donde la supervivencia puede servir de excusa a la crueldad, desprovee al ser humano de todo aquello que lo hace humano. Y, entonces, el lema de que el hombre es un lobo para el hombre se vuelve completamente literal. Los habitantes de Terminus lo tienen claro, puedes ser depredador o rebaño. No hay término medio. De hecho, la revelación de que todas las personas están infectadas por el virus no es más que la metáfora de una cuestión que en los cómics queda muy clara: ¿Somos todos susceptibles de convertirnos en monstruos dadas las circunstancias? ¿Hasta dónde se puede llegar sin perder la humanidad?

La nueva temporada llega con la artillería cargada. Los dos primeros episodios han tenido toda la acción y el ritmo narrativo ágil que algunos seguidores (no era mi caso) echaban de menos en la última temporada. Aunque algunos personajes, como Maggie (Lauren Cohan) o Glenn (Steven Yeun) no ha pronunciado todavía palabra, ha habido explosiones, hordas de zombis y sustos suficientes para compensar la segunda mitad de la cuarta temporada, que se usó para profundizar más en los personajes.

Sin duda, el ritmo desenfrenado de estos dos primeros capítulos consigue entretener al espectador, hasta el punto de que no se puede apartar la mirada de la pantalla para no perder detalle de quién vive y quién no.

El único problema que puedo achacarle es la saturación. Es decir, ¿es posible que hayamos llegado a un punto con The Walking Dead en el que nos hayamos insensibilizado a las atrocidades de corte gore? Es la duda que tengo. Estos dos capítulos se promocionaron bajo la premisa de que era tan tremendos que habían tenido que cortar algunas escenas (y no pretendo hacer ningún juego de palabras), y a mí, teniendo en cuenta el género, no me han parecido tan tremendos, y desde luego, no explotan el factor sorpresa.

En resumen, es un buen inicio de temporada, con algunas escenas largamente esperadas por los fans (como el abrazo entre Daryl y Carol cuando por fin se reencuentran), pero le pido más. No tantos fuegos de artificio y algo más de carga dramática, que hasta ahora se concentra solo en el personaje de Carol.

No espero que lleguen al nivel de crudeza de la novela de Cormac McCarthy, La Carretera (que John Hillcoat llevó al cine en 2009), pero sí un poco más de intensidad emocional a través del desarrollo de los personajes. En este sentido, la muerte de Hershel fue clave, y le echamos mucho de menos.

De todos modos, tengo la impresión, después de leer algunos avances por Internet, que esta temporada va a ser dura para todos. Y no creo que sea la última vez que la frase que citaba antes –El hombre es un lobo para el hombre– pueda volver a aplicarse. Disfruten del apocalipsis.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © AMC Studios, Circle of Confusion, Darkwood Productions, Valhalla Motion Pictures. Reservados todos los derechos.

Martes, 14 Octubre 2014 11:35

American Horror Story: Freak Show

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«Gooble Gobble, one of us, we accept her». Si reconocen las palabras anteriores como la letra que se canturrea en Freaks (1932), dirigida por Tod Browning, en una de las escenas más difíciles de describir de la historia del cine –en ella se mezcla la comedia, el drama, el patetismo y lo trágico; de ahí que resulte icónica para los amantes del cine de terror–, el Freak Show de Ryan Murphy se les quedará corto y encontrarán cierto parecidos que sobrepasan el homenaje. Al menos, según lo que hemos podido ver en el primer capítulo.

Freaks de Tod Browning fue una película escandalosa, que acabó prácticamente con la carrera de su director. Sin embargo, 70 años después se la reconoce como una de las películas imprescindibles de la historia del cine, no solo porque su director decidiera prescindir de estrellas y utilizar a “fenómenos circenses” reales, es decir, a personas con deformidades reales, que de modo alguno podrían hacerse con un papel en la gran pantalla junto a Bela Lugosi (que había protagonizado, Drácula, la anterior película de Browning), sino por el mensaje que exponía.

Browning había vivido en el circo, sabía lo que era estar fuera de la sociedad, y el mensaje que lanzaba de forma completamente explícita reivindicaba los derechos de lo que otros calificaban como “engendros” o “curiosidades de la naturaleza”. Desde el inicio, Freaks cuenta cómo estas personas rechazadas forjan una hermandad, si te metes con uno, te metes con todos. Dan la vuelta al concepto de alteridad y normalidad. En el circo, ellos son los dueños, y las personas sin deformidades, la amenaza. No son de fiar.

Bien, pues este es el planteamiento del Freak Show de Ryan Murphy: una comunidad de artistas de circo que luchan unidos para sobrevivir, conscientes de que fuera del circo acabarían en la cárcel, como chivos expiatorios, (pues de siempre la deformidad física se ha asociado a la falta de moral), o en algún psiquiátrico. Hasta aquí los paralelismos con la obra de Browning son totales. Del mismo modo los personajes se parecen mucho. Para empezar, la Elsa Mars que interpreta Jessica Lange, una actriz fracasada que envidia a la Dietrich, recuerda en algunos momentos, por su actitud y apariencia al personaje de Madame Tetrallini, que al igual que Lange en Freak Show, se encarga de dirigir el circo y llama a los fenómenos hijos.

Entre los personajes protagonistas que pertenecen al circo parece que también se sigue la pauta del Freaks de Browning: Ethel es la mujer barbuda (Kathy Bates); mientras que en el Freaks de Browning, había unas siamesas de verdad, en Freak Show, Sarah Paulson se encarga de dar vida a Bette y Dot, que comparten toda la parte inferior del cuerpo; Angela Basset interpreta a una mujer con tres pechos y Michael Chiklis es su marido, un forzudo, que, en un giro narrativo algo forzado es también el exmarido de Ethel y el padre del hijo de esta, Jimmy Darling (Evan Peters), al que llaman Lobster Boy (chico langosta), por tener los dedos de las manos deformes.

La caracterización de los demás “fenómenos” siguen bastante la estela de Freaks, sobre todo en los personajes de Salty y Pepper –sí, el mismo personaje de Asylum–, dos hermanos con un trastorno llamado microcefalia; un hombre sin brazos, y otro que solo posee el torso y las extremidades superiores. En definitiva, entre todos forman un elenco curioso. Pero su salvación llega con las hermanas siamesas, que deben refugiarse en el circo después de que Elsa Mars las rescate de un arresto policial inmediato.

En su primera aparición en escena también se presenta al personaje de Frances Conroy (A dos metros bajo tierra, AHS: Murder House, Asylum, Coven), como una rica mujer del pueblo, Gloria Mott, con un hijo extremadamente consentido, y obsesionado por los fenómenos y monstruos. Y por supuesto, no podemos olvidarnos de Twisty el payaso. Y sí, por supuesto, como era un payaso en una serie de miedo, es un payaso psicótico malvado.

Esta es más o menos la disposición de las fichas en la nueva partida de American Horror Story. Les recuerdo una cosa: como juego que hay, existen reglas. Y esas reglas las pone Ryan Murphy (que dirige el episodio piloto), les guste o no. Eso que quiere decir: los guiones no siempre tendrán coherencia, las historias no siempre tendrán sentido, los personajes se comportarán de forma extraña y no esperen que todas las preguntas se respondan. Además, para Ryan Murphy, más es más, y si es mucho más, mejor. American Horror Story es una serie de excesos, que a veces resultan embarazosos o rozan el ridículo (como el segundo trabajo de Jimmy Darling, les dejo que descubran de qué se trata). Tampoco traten de compararla con Freaks de Tod Browning, o con la serie Carnivàle (2003-2005) de la HBO y creada por Daniel Kanuf.

Ahora bien, pese a todo esto, si están dispuestos a jugar, se divertirán como me divertí yo. La primera vez que vi un episodio de American Horror Story, en Murder House, me quedé desagradablemente sorprendida. Aquello violaba todas las normas del género. Es una idea del misterio completamente contraria a la de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, a cuya concepción del terror tantos deben tanto. Pero Ryan Murphy, no. Son la noche y el día. Por ejemplo, uno esperaría que se esperara a mostrar al tortuoso payaso asesino, y sin embargo se lo ve en los primeros minutos y a la luz del día. Así es el juego.

En el primer episodio tenemos una bonita panoplia de horrores, fenómenos, asesinatos y miserias; pero el truco, creo yo, es que es demasiado irreal como para que te lo tomes muy en serio. American Horror Story es un divertimento. Y como tal debería entenderse. Es la hipérbole del cine de miedo de serie B. Pero funciona. Es divertida. Engancha. Al menos a mí.

Por otro lado, Ryan Murphy es muy listo. Esta serie no habría pasado de media temporada sin Jessica Lange, Frances Conroy, Sarah Paulson, Lili Rabe, y ahora, Kathy Bates y Angela Basset, con mención especial a Evan Peters (no en Coven), y apariciones en algunas temporadas de Zachary Quinto, Joseph Fiennes, Danny Huston, James Cromwell y Dennis O’Hare. Es decir, los actores lo son todo.

Esta serie se disfruta por las grandes escenas que coprotagonizan Frances Conroy y Jessica Lange (memorables sus rifirrafes en Murder House), por la tremenda interpretación de una psicópata racista de Kathy Bates en Coven, por el romance decadente pero perturbador de Danny Huston y Jessica Lange también en Coven, y por supuesto, no olvidemos las peleas madre e hija de Sarah Paulson y Jessica Lange, o las escenas entre la monja poseída Lili Rabe y el científico nazi James Cromwell.

Es una serie de actores, que hacen malabarismos con los guiones y consiguen venderlos. Me atrevería a decir que no hay ninguna serie, o casi ninguna, con la misma cantidad de principales y secundarios de lujo que la franquicia de American Horror Story. En mi opinión, ese (con especial énfasis en Jessica Lange) es el secreto de su éxito. Eso, y su descaro. ¿Cómo se explica si no una escena como la del Name Game —recuerdan a Lana Banana— en Asylum?

En American Horror Story vale todo. Y ahora toca meterse en el mundo de los feriantes, de la alteridad convertida en normalidad, con un payaso loco, una relación madre-hijo edípica, y vayan ustedes a saber qué. ¿Saben a qué me recuerda esta temporada de American Horror Story? A esas cajas a las que hay que dar cuerda para que salga el payaso con un resorte que te sorprende. Eso es lo que hizo Ryan Murphy cuando puso a Elsa Mars (Lange) a cantar un hit del glam rock, en un giro anacrónico, con el que levantaba el telón para que el espectador pudiera ver lo que realmente le esperaba. A partir de esa actuación (maravillosa por parte de Lange), todo es posible. Sin duda en un circo hay material tétrico y siniestro suficiente para una buena temporada de una serie que juega a asustar al espectador, que tiene el mérito de haber creado un registro y un tono propio (te guste o no), y que a pesar de todo su envoltorio histriónico o estrambótico, sigue teniendo momentos conmovedores, como la última conversación entre Kathy Bates y Jessica Lange del primer capítulo.

En definitiva, aquí no hay puntos medios. No se puede ser indiferente a una serie llena de excesos como American Horror Story. Este inicio de temporada ha estado a la altura (e incluso por encima) de las expectativas. No me sorprende que la serie haya merecido ya la aprobación de una quinta temporada, sobre todo al saber que el estreno de Freak Show fue seguido por diez millones de televidentes, convirtiéndose en el récord de audiencia absoluto para la cadena FX.

Ya conocen las reglas, ya conocen los trucos, pueden hacerse una idea de sus fallos y sus virtudes. Por mi parte, he tomado partido. Quiero saber qué pasa con esos cazadores de Freaks, quiero conocer la historia de Twisty el payaso, y quiero ver a Jessica Lange vestida con un traje azul emulando a David Bowie. Ahora les toca a ustedes elegir. En el fondo es un poco como la tonadilla que repetían en la escena de Freaks. ¿Aceptan a Ryan Murphy como lo que es? ¿Quieren formar parte de su desquiciado universo? En resumidas cuentas: ¿Juegan o no juegan?

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © FX. Reservados todos los derechos.

Viernes, 26 Septiembre 2014 15:03

Crítica: "Gotham" (Danny Cannon, 2014)

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El actual auge de las películas basadas en personajes de cómic ha llevado la eterna (y sana) rivalidad de las editoriales Marvel y DC al terreno de las salas de exhibición y de las pantallas televisivas.

Si Marvel sigue un Plan Maestro con el que tanto sus películas como series están interconectadas, en DC-Warner están siendo un poco más caóticos, como si no supieran muy bien qué hacer con sus míticos personajes: Superman, Batman, Flecha Verde, Wonder Woman, Linterna Verde…

Si Superman, el primer superhéroe de cómic, es el estandarte oficial de DC, lo cierto es que su personaje estrella es Batman. ¿Cómo acercarse a su más valioso activo en el medio televisivo en la actualidad? Con precedentes tan célebres como la loca serie de los 60 (con Adam West bailando el Batusi) o tan estupendos como las series animadas Batman (1992) y El Intrépido Batman (Batman: The Brave and the Bold, 2008) no es sencillo. Tampoco lo es presentar un producto independiente ubicado poco después de la popular trilogía de Christopher Nolan y justo antes la inminente versión de Zack Snyder, con Ben Affleck como Cruzado Enmascarado.

Durante bastante tiempo se habló de una serie tipo Smallville que narrara la juventud de Bruce Wayne y su camino para convertirse en Batman. Por otro lado, se planteó una versión televisiva de la extraordinaria serie policíaca Gotham Central, centrada en la lucha cotidiana de los maderos gothamitas contra el crimen y el súper-crimen.

Viendo el episodio piloto de Gotham, uno sospecha que los responsables han tomado el camino del medio y han combinado la precuela súperheroica con la clásica serie policiaca.

¿El resultado? En un principio, prometedor. Con la dirección de Danny Cannon (Juez Dredd, CSI) y el guión y supervisión de Bruno Heller (quien ya recorriera las calles de Gotham con la fracasada serie Birds of Prey, y cerebro de series como Roma y El Mentalista), nos encontramos con un thriller sólido, bien interpretado y muy llamativo visualmente.

La dirección artística es excelente, y logra situarnos en el centro de una Gotham que se parece a Gotham, no a Chicago ni a Nueva York, combinando urbanismo mal planificado con suciedad callejera, oscuridad y hasta alguna que otra gárgola.

Un novato James Gordon (impecable Ben McKenzie) se estrena como detective íntegro en una ciudad totalmente corrupta, aferrándose a la promesa de limpiar el panorama que le hace a un niño: el pequeño Bruce Wayne, con sus padres recientemente asesinados frente a sus ojos.

En Gotham hacen aparición interesantísimos personajes de los cómics y la animación que esperaban su turno en la “imagen real”. Su ubicación cronológica y profesional resulta algo desconcertante para el conocedor previo del mundo de Batman, pero no por ello pierden su interés. Hablamos especialmente de Harvey Bullock (Donal Logue), Renee Montoya (Victoria Cartagena) y Crispus Allen (Andrew Stewart-Jones).

Por otro lado, también abundan las apariciones breves de personajes que serán importantes en la vida de Batman. Estos “guiños” resultan un tanto forzados e innecesarios, pero suponemos que han sido inevitables. Sólo en el episodio piloto hemos visto, entre otros, las versiones juveniles de Hiedra Venenosa (con el nombre cambiado de Pamela a Ivy), el Acertijo, Joker, Catwoman y el Pingüino, estos dos últimos con papeles que parecen más relevantes.

Mención aparte para el Alfred Pennyworth encarnado por Sean Pertwee, que sigue el discutible modelo de ex militar reciclado a mayordomo algo rudo que ya hemos visto, por ejemplo, en la serie Beware the Batman (Cartoon Network, 2013)

Alejándonos de la perspectiva del fan “intenso” de Batman, lo que nos queda es una serie policiaca bien realizada, con momentos dramáticos nada desdeñables, acción bien rodada y, lo más importante, el suspense necesario como para que queramos saber qué va a pasar a continuación.

Sinopsis

Antes del Pingüino, antes de Catwoman, antes de Hiedra Venenosa, antes de Enigma, antes del Joker, antes de Batman... Antes estaba Gotham.

Gotham se centra en el detective Jim Gordon y su día a día antes de llegar a convertirse en el famoso comisario Gordon, cuya reputación es sinónimo de ley y orden. Junto a su colega y mentor Harvey Bullock, el joven detective Jim Gordon no cesa en su constante lucha contra la corrupción y el crimen que asolan la oscura metrópoli de Gotham. Un territorio ambiguo en el que los hombres son los únicos superhéroes y también los únicos villanos.

Basada en los personajes creados por Bob Kane para DC Cómics, Gotham está protagonizada por Ben McKenzie (Southland, The O.C.) en el papel del joven Jim Gordon, Donal Logue (Sons of Anarchy, Vikingos, Copper) como su compañero y mentor Harvey Bullock, Jada Pinkett Smith (Matrix Reloaded, Scream 2) como la retorcida jefa de la mafia Fish Mooney, y Robin Taylor (Admitido, Ley y orden) como el psicópata Oswald Cobblepot, más tarde conocido como el Pingüino, al servicio de Mooney.

Completan el reparto Sean Pertwee como Alfred Pennyworth, el mayordomo del joven Bruce Wayne, Cory Michael Smith como Edward Nygma, Zabryna Guevara como Sarah Essen, jefe del departamento de policía, y Erin Richards como la esposa de Gordon, Barbara Kean; así como un plantel de jóvenes encabezado por David Mazou como Bruce Wayne, Clare Foley como Ivy Pepper y Camren Bicondova como Selina Kyle.

La serie está desarrollada por Bruno Heller (El mentalista) y el episodio piloto está dirigido por Danny Cannon (CSI, Nikita).

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de sinopsis e imágenes ©   DC Entertainment, Primrose Hill Productions, Warner Bros. Television. Cortesía de CANAL+. Reservados todos los derechos.

El domingo 24 de agosto se emitió en Estados Unidos el último episodio de una de las series más populares de HBO, True Blood. La historia de esta serie de Alan Ball, basada en los libros de Charlaine Harris, es uno de los claros ejemplos de que incluso la cadena de culto estadounidense se deja seducir por las audiencias.

Lo cierto es que la serie empezó con buen pie. Su campaña de promoción, en la que se presentaban como reales las bebidas True Blood, la sangre sintética que permite a los vampiros “salir del armario” e iniciar una convivencia pacífica con los humanos, era ya original, y quienes idolatraban, como yo, la serie A dos metros bajo tierra (también de Alan Ball), estaban dispuestos a dar la oportunidad a su nuevo creador.

Ahora bien, desde la cabecera quedaba claro que estábamos ante una creación completamente diferente. Como siempre, estaba muy cuidada, con imágenes decadentes e impactantes, que nos remitían al paisaje pantanoso del sur de Estados Unidos donde se ubica el pueblo de Bon Temps. Además, contaba con una de las canciones más potentes de la parrilla televisiva (algo también marca de la casa, y si no, recuerden la canción de la cabecera de The Sopranos, de Alabama 3), a medio camino entre el country y el rock clásico, interpretada por Jace Everett, y titulada Bad Things.

La canción prometía un espíritu de transgresión que, en una cadena de cable, podía tener cierto sentido. Y quienes conocíamos a Alan Ball por A dos metros bajo tierra sabíamos hasta dónde es capaz de llegar para diseccionar al ser humano, con sus miedos, virtudes, mezquindades y bondades. Así que la idea de una serie ambientada en una pequeña localidad de Louisana, en la que se narraba la coexistencia forzada de humanos (de todas las razas), y otros seres que caían en el ámbito de la alteridad (vampiros, hombres lobo, cambiantes) podía dar para mucho. Por supuesto, no está de más un amor que cruza los bordes y amenaza con alterar el orden establecido de “juntos, pero no revueltos”, ni algún villano carismático que, como se adivina, en algún momento pasará al otro bando.

En el planteamiento inicial estos elementos aparecían perfectamente perfilados gracias a la relación de amor y sexo que entablan Sookie (Anna Paquin) y el vampiro Bill (Stephen Moyer), por una parte, y por la magnífica interpretación del personaje de Eric Northman, un vampiro canalla y guapo, que realiza Alexander Skarsgard (a modo de curiosidad, cabe recordar que su hermano menor, Bill Skarsgard, parece estar especializándose también en papeles semejantes, mientras el padre de ambos, Stellan, se dedica a salvar el mundo junto a Thor. Según parece, hay un Skarsgard para cada grupo de edad).

Durante las dos primeras temporadas explotaron la química de la pareja protagonista (que se trasladó también a la vida real, con la boda de Paquin y Moyer), en tanto que Eric se mantenía como el antagonista. Mientras Bill Compton parecía ser el perfecto caballero del sur, Eric se convertía en traficante de “V” (sangre de vampiro), una potente droga para los humanos, y pensaba siempre en su propio beneficio, y en el de su progenie, Pam, una vampiresa maravillosamente interpretada por Kristin Bauer, y ponía el contrapunto ácido a la dulzura empalagosa de Sookie.

Esta podría haber sido una gran serie si hubiera acabado tras la tercera temporada, más o menos. Sin embargo, murió de éxito. Durante esas tres primeras tandas de episodios, hubo momentos muy interesantes, divertidos y estrambóticos. Más es más, y la ambientación sureña, así como los vampiros metidos a políticos y tertulianos que debatían con los cristianos radicales de la Iglesia del Sol hacían de la serie un entretenimiento estrafalario, y que exigía al espectador que ampliara los límites de lo verosímil, pero divertido al fin y al cabo.

Ahora bien, una fórmula tan sobrecargada no se puede seguir explotando mucho tiempo, y, sin duda, los creadores de True Blood y la cadena decidieron que debían exprimir como fuera el éxito, y eso los llevó no solo a rozar el ridículo sino que consiguieron que algunos de sus seguidores llegáramos a sentir vergüenza ajena.

La aparentemente original serie de vampiros de la cadena más exquisita del mundo se convirtió en un folletín de tercera y cuarta categoría. Sí, las temporadas tenían un hilo argumental de fondo, pero lo único que parecía importar a los guionistas era conseguir una escena de sexo que epatara al espectador. Llegaron al momento más lamentable a principios de esta última temporada cuando esbozaron una escena entre Jason, el hermano de Sookie, y Eric. Resultó ser un sueño, y no tenía ningún fin en la historia, simplemente meter una escena entre dos actores guapos con calzador para seguir siendo rompedores. Desde luego, lo que sí rompieron fue cualquier esperanza de credibilidad.

Sin explicar el final de la serie, claro, sí puedo adelantar que True Blood se traicionó al revelar lo que realmente es, una serie de soft porn, donde metieron a presión todos los elementos fantásticos que se les ocurrió, sin originalidad alguna, que echaba mano de las escenas de sexo y desnudos para llenar la enorme falta de ideas nuevas y creatividad que parecía aquejar a los guionistas después de la tercera temporada.

De hecho, el final es absolutamente convencional. La serie no consigue ser en absoluto transgresora: ¿una escena de sexo entre dos hombres debe escandalizarnos? ¿No lo tenemos superado? Como mínimo, en las series de las cadenas de cable estadounidenses. Me resulta un pensamiento bastante retrógrado, y cuando pienso en el final aún confirmo más mi idea de que tras la aparente transgresión de True Blood se esconde en realidad un tufillo bastante conservador.

Para resumir, este es un caso claro de que la mayor transgresión reside siempre en unos guiones bien escritos, en un desarrollo coherente de los personajes y, sobre todo, en la honestidad con el público. Y True Blood vendía humo, envuelto, eso sí, en un paquetito muy resultón. Si hubieran sabido parar a tiempo, quizás el resultado habría sido distinto. Por supuesto, siempre se puede salvar algo, incluso hasta el final, y yo me quedo con la pareja de Eric y Pam. Son los dos personajes que han conservado una coherencia de principio a fin, que actuaban como lo que son, vampiros que viven de la sangre de los vivos, que han aportado importantes dosis de humor, cinismo y réplicas deslenguadas. Concluiré recordando simplemente que hay que saber irse de la fiesta antes de que la música deje de sonar, las luces se enciendan, y la magia desaparezca.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © HBO. Reservados todos los derechos.

 

Miércoles, 20 Agosto 2014 17:37

All is full of love

Escrito por

Volví al Pompidou para reencontrarme con las obras de algunos artistas clave del siglo XX. Lo que no imaginaba es que lo que más me iba a impactar sería el maravilloso video de Chris Cunningham All is full of love, de la polifacética artista islandesa Björk. De repente, lo expuesto allí dejó de interesarme y me dediqué a mirar, una y otra vez, hechizado, aquel video que, de hecho, es considerado una de las cimas en la creación audiovisual de las últimas décadas.

All is full of love fue lanzado en junio de 1999 como el último de los cinco sencillos del álbum Homogenic, un trabajo que la autora quería agresivo y machista. Pero la canción en realidad muestra la necesidad de creer en el amor, no sólo entre dos personas, sino del amor en general, que está por todas partes.

Recuperando la idea de la mitología islandesa, donde los dioses se vuelven violentos, el mundo estalla y todo muere, para que tras la salida del sol comience la vida de nuevo, la cantante quiso reflejar la emoción de sentir el amor renovado a la vida, reflejado en el canto de los pájaros tras el final del duro invierno islandés y la llegada de la primavera.

El video es obra de Chris Cunningham, uno de los pocos realizadores que pueden sustraerse a la imposición de la industria musical que entiende el videoclip como un producto publicitario para la venta de discos.

De hecho, en su trabajo, a medio camino entre el arte y la publicidad, en el que se materializan y filtran obsesiones recurrentes como entornos postapocalípticos, atmósferas gélidas retro futuristas, paisajes urbanos opresivos, colores fríos, e industriales al servicio de historias cercanas a la iconografía de la ciencia ficción, el cine del terror y la pornografía con un sutil sentido del humor, encontramos la influencia de Stanley Kubrick, Ridley Scott, David Cronenberg, David Lynch o H.G. Wells.

En este trabajo aborda el antiguo sueño del ser humano de crear un doble de sí mismo, lo cual nos remite al mito clásico de Prometeo, pasando por el Frankenstein de Mary Shelley, el robot femenino de Metrópolis de Fritz Lang, los replicantes de Blade Runner de Ridley Scott, o los clones con capacidad para emocionarse de Inteligencia Artificial de Spielberg.

La figura robótica de Björk señala hacia un futuro en el que las fronteras de la existencia humana estarán determinadas por las máquinas y nuestra capacidad humana para experimentar el amor y el deseo, despojada de su exclusividad, se convierta en la cualidad propia de seres cibernéticos para los que la identidad sexual deja de ser un problema.

La ambientación escenográfica recuerda la estética gélidamente aséptica de películas de ciencia ficción como 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick. El frío y clínico colorido blanco del mundo de los robots controlado por los ordenadores provocan sensaciones como la soledad y el abandono. Pero Cunningham introduce elementos emocionales que actúan como contrapunto, pues, por otra parte, el color blanco representa cualidades como la pureza, la inocencia y la paz. De hecho, las imágenes de tiernas caricias, junto con la cálida, aunque tímida, mirada de los ojos oscuros y humanos (de la propia Björk), fortalecen esta sensación de emoción pura y pacífica.

El video comienza con unos chispeantes cables de electricidad entrelazados. Dos máquinas, en una habitación muy luminosa, trabajan sobre una figura durmiente androide que con ligeros movimientos de su boca va introduciendo la melodía a base de sonidos inspirados por máquinas con instrumentos orquestales y clavicordio. Es Björk. Para ello fueron usados sus ojos y boca y el resto del cuerpo fue tratado en ordenador a través de un programa de 3D.

Sigue con el encuentro del robot Björk con su propio alter–ego y su unión en un apasionado y sexual abrazo. Ambos hacen el amor a través de un ballet mecánico que sugiere un acto de modesta timidez virginal. Los robots poseen una timidez inicial que se va elevando hasta el sentimiento de amor. Para su acoplamiento la sexualidad del acto de amor es intensificada por el líquido lubricante que facilita la velocidad de sus movimientos, lo que genera en el espectador una sensación voyeurista de haber visto a las máquinas haciendo el amor.

En EEUU la canción alcanzó el octavo puesto en las listas dance y el sencillo fue el primero en la discografía de Björk en publicarse en el nuevo formato de DVD single para mejorar la calidad del vídeo. Además recibió una candidatura a los premios Grammy y ganó varios, como "Mejor Video" y "Mejores Efectos Especiales" en los MTV Video Awards del año 2000. Paradógicamente el video fue censurado por algunas cadenas porque se decía que daba una imagen homosexual, al ser los robots más bien femeninos. Sin embargo, sigue emitiéndose en la MTV hoy en día. Desde luego, no me extraña.

Copyright © Alfredo Llopico. Reservados todos los derechos.

The Leftovers es una de las series que más expectación ha levantado esta temporada, no solo porque era una de las apuestas más fuertes de la HBO, sino porque suponía el regreso a la televisión de Damon Lindelof, tras Perdidos.

Lindelof se jugaba mucho después del controvertido final de la serie que se convirtió en un fenómeno mundial, tal vez el primero de ese calibre. Así que no es de extrañar que eligiera con sumo cuidado su siguiente proyecto y el lugar donde desarrollarlo.

Finalmente, decidió unirse a Tom Perrotta y convertir el libro de este último, publicado en 2011, en esta serie de televisión que luce el mismo título.

El Macguffin es aparentemente muy simple y con toques de misterio o ciencia ficción: un día, el 2% de la población mundial desaparece, sin más. En cierto modo, y como mínimo en la premisa inicial, The Leftovers es una respuesta a Perdidos. Si esta última contaba la historia de quienes se subieron a un avión y se fueron, la nueva serie cuenta la otra parte, la de las personas que se quedan y deben seguir con su vida tras un hecho excepcional para el que no hay explicación.

Eso es algo que al espectador debe quedarle claro: la solución del misterio es un elemento secundario, que, probablemente, nunca llegue a revelarse. Lo excepcional de esta serie es que narra con gran habilidad los hechos posteriores a los títulos de crédito de una producción al uso. ¿Qué ocurre con quienes se quedan? ¿Con quienes no experimentan nada excepcional? ¿Con todos aquellos que solo son testigos pero no protagonistas del hecho inexplicable?

A estas preguntas pretende responder la serie. Y no hay una única respuesta y tampoco se intuye que haya una mejor que otra. Al fin y al cabo, el tema de fondo de la historia es la reacción humana a la pérdida de otro ser querido. Algunas personas responden racionalizando, convenciéndose de que su vida debe continuar y haciendo lo necesario para recuperar la normalidad; otras buscan un sentido trascendental que dé un significado a la pérdida y la haga más llevadera; y también hay quien, simplemente, se niega a aceptar la pérdida y a avanzar.

Esas son las posturas que adoptan de muy variadas formas los habitantes de Mapleton, cuyas vidas sirven para tejer el tapiz que es The Leftovers. Tenemos primero a la familia del jefe de policía, Kevin Garvey (interpretado por Justin Theroux), empeñado en mantener el orden no solo en su ciudad, sino también en su casa, pese a que su mujer, Laurie (Amy Brenneman) lo ha abandonado para unirse a una secta del lugar llamada The Guilty Remnant, cuyos miembros no hablan, visten de blanco, fuman sin parar y han hecho suya la misión de no permitir que nadie olvide lo ocurrido.

Ambos tienen dos hijos: Jill (Margaret Qualley), una adolescente que se ha abandonado a un comportamiento autodestructivo; y Tommy (Chris Zylka), el hijo mayor de Laurie, que Kevin ha criado como propio, y que ha caído en manos de un extraño gurú que asegura eliminar el dolor de sus semejantes.

Entre los demás miembros de la comunidad de Mapleton, destacan también el antiguo reverendo de la ciudad (Christopher Eccleston), que se ha propuesto sacar a la luz los trapos sucios de todos aquellos a los que él no considera dignos de estar entre “los elegidos”, Nora Durst (Carrie Coon), una mujer que se ha convertido en el emblema de la resistencia, al menos en apariencia, después de perder a sus dos hijos y a su marido, y, por último a Megan (Liv Tyler), una joven a punto de casarse, y que es uno de los objetivos de la secta The Guilty Remnant.

Como habrán visto por la complejidad de las tramas de cada personaje, el pilar fundamental para mantener el interés del espectador es el trabajo ejemplar de algunos de los actores. Permítanme destacar en primer lugar a Christopher Eccleston, el reverendo decidido a todo por encontrar un sentido a ese rapto divino y que se dedica a escarbar en las miserias de quienes se fueron.

El tercer capítulo está dedicado por completo a él, y Eccleston hace gala de su enorme talento como actor, el mismo que ya se vio en la adaptación cinematográfica de Jude el Oscuro.

Carrie Coon también tiene un papel importante, pues encarna a la persona a la que los demás ven como modelo de fortaleza, al tiempo que vive un infierno personal.

Amy Brenneman, y en general todos los actores que encarnan a los miembros de la secta consiguen transmitir inquietud o más bien la culpa del que ha sobrevivido.

No quiero adelantar muchos detalles del argumento, porque la serie empieza poco a poco. No desesperen y manténganse fieles, como mínimo, hasta el tercer capítulo, protagonizado enteramente por Eccleston.

Pese a la narrativa pausada, The Leftovers contiene escenas muy duras, una de ellas mucho más que cualquiera de las de The Walking Dead.

En definitiva, es una serie que no hace concesiones. Ahora bien, no todo tiene que ser diversión de consumo rápido. The Leftovers es precisamente un plato que se debe deleitar, que te lleva a reflexionar sobre las respuestas del ser humano a la pérdida. Parece casi inevitable pensar que la historia pudiera estar relacionada con los atentados en Estados Unidos del 11-S, por la multitud de vidas que desaparecieron, sin más respuesta y repentinamente.

Para acabar, como decía antes, en la serie no parece haber ninguna respuesta definitiva. (Por eso, entre otras cosas, no entiendo por qué la han traducido como Ascensión, pues nadie sabe adónde han ido los que faltan, arriba, abajo o a ninguna parte). El mundo que conocíamos ha cambiado y cada uno obra en consecuencia.

En resumen, el planteamiento es extremadamente ingenioso, los guiones están muy bien trabados y el elenco de actores (no pierdan de vista a la líder de la secta) es excelente. Por eso no tengo ninguna duda en recomendarla. Eso sí, es una serie distinta, cercana de algún modo a A dos metros bajo tierra, y en ocasiones a Doctor en Alaska. Se nota que va enfocada a un público concreto: aquel al que no le molesta reflexionar sobre las consecuencias de un hecho misterioso, que acaso no se resolverá nunca.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Warner Bros Television, HBO. Reservados todos los derechos.

 

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