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En 2016 hubo una noticia interesante en el ámbito de la navegación espacial. Un grupo de físicos de la Universidad de California en Santa Bárbara dio a conocer sus investigaciones sobre la posibilidad de utilizar la propulsión fotónica. Es decir, que los fotones emitidos por un laser golpearan una nave (en principio pequeña) de tal manera que el empuje generado permitiera a dicha nave alcanzar altas velocidades. Recordemos que en el espacio no hay rozamiento que frene los objetos en movimiento.

No siempre los remakes son mejores que la película original, pero este es uno de esos casos. La mosca (1958), dirigida por Kurt Neumann, era una película entretenida. Su versión de los ochenta –por cierto, quién lo iba a decir, producida por Mel Brooks– es terrorífica, una de las películas más impactantes y acongojantes de la ciencia–ficción.

Durante casi diez años me dediqué a dar recorridos en el Museo de Geología de la UNAM. Me preocupaba por dar información comprobable y lo más actualizada posible pero, como narrador de historias, también me gustaba mostrar otras caras del mismo dado. Cuando llegaba a la sala de paleontología, completaba muchos de los datos científicos con anécdotas históricas y mitología, buscando dejar una percepción más clara de la influencia que los fósiles, en especial los de dinosaurios, tienen en la cultura.

La ciencia ficción, como toda expresión artística, consta de obras atemporales que cualquier lector de cualquier época puede disfrutar; y de obras producto de su tiempo y para cuya comprensión es necesario un conocimiento previo de su marco de referencia temporal y social. Estas últimas nos sirven de puerta al pasado, que nos ayuda a entender determinados aspectos de la sociedad en cuyo seno fue concebida.

El éxito cosechado por Star Trek: La nueva generación (1987–1994) supuso a la hora de la verdad poco impulso en lo que se refiere a la producción de nuevas series televisivas de ciencia ficción. De hecho, muchas cadenas seguían pensando que el género era veneno para las cifras de audiencia. Star Trek no era más que la excepción que confirmaba la regla.

Resulta curioso que en un género como la ciencia-ficción, que, al menos en parte, puede definirse por oposición a lo religioso y místico, esté tan presente una figura tan querida a la religión como es la del mesías.

Desde su publicación en 1869, la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino no sólo ha superado en longevidad editorial a otros best-sellers del momento e incluso a la mayoría de obras de autores premios Nobel, sino que ha cautivado la imaginación de cuatro generaciones de lectores. Es por ello por lo que figura entre los clásicos de la literatura universal.

Sí, Leslie Nielsen (1926-2010) es uno de los protagonistas de la película. Y no, no es una comedia. El actor se hizo luego mundialmente famoso gracias a films paródicos como Aterriza como puedas o Agárralo como puedas, pero en sus inicios fue considerado como un intérprete de películas serias . En Planeta prohibido es, de hecho, el héroe de la historia: salva la situación y se queda con la chica sin hacer ni una broma.

The Night Land es uno de los libros de ciencia-ficción más peculiares que se hayan escrito jamás. Su autor, el británico William Hope Hodgson, pertenecía al círculo de escritores eduardianos (George MacDonald, Arthur Machen, Lord Dunsany o David Lyndsay) que al final del movimiento prerrafaelista, afectados por el clima de inestabilidad europea y huyendo de la sociedad industrializada, impulsaron el género fantástico.

De todas las maneras que tiene un escritor de ciencia ficción de alcanzar la fama, sin duda la más original fue la elegida por Lafayette Ronald Hubbard. No llegó a ella a través de sus numerosos relatos firmados con diversos pseudónimos (Rene Lafayette, Tom Esterbrook, Kurt von Rachen, Captain B.A. Northrup, Winchester Remington Colt), sino en su calidad de fundador de la Iglesia de la Cienciología.

En el periodo que medió entre las dos guerras mundiales, Checoslovaquia se convirtió en un lugar fascinante. Enclavado en el centro de Europa, había salido del acartonado imperio austrohúngaro y se tambaleaba hacia la modernidad representada por la Liga de Naciones, un recorrido que la invasión alemana primero y la tiranía comunista después, no le permitiría completar. A mitad de camino entre ambos mundos, entre la tradición y la renovación, entre las aberraciones del Antiguo Régimen y las amenazas que reservaba la Edad Contemporánea, vivió Karel Čapek.

Los héroes de ciencia-ficción comenzaban a poblar las páginas de las revistas pulp: Conan Doyle llevó al profesor Challenger a las selvas amazónicas para que descubriera un Mundo Perdido; Edgar Rice Burroughs mandó a John Carter a Marte en lo que sería el inicio de una mítica serie de aventuras de espada y brujería espacial; el ingeniero juvenil Tom Swift continuaba corriendo aventuras mecánicas y Hugo Gernsback convertía a Ralph 124C41+ en heraldo del progreso científico.

La inserción social de las tecnologías de la comunicación ha venido acompañada de toda clase de expectativas, incluso de carácter fantástico o sobrenatural. En este trabajo se repasan dos de las fantasías que cuajaron con la llegada del telégrafo y de la radiofonía: la confianza en su poder para comunicarse con los muertos en una primera fase, y con seres extraterrestres posteriormente. Se pretende con ello contribuir a una historia de la comunicación atenta a los fenómenos creados en la interacción de los imaginarios culturales y la innovación técnica.

La Primera Guerra Mundial estalla en 1914, pero la tragedia se venía respirando desde mucho antes. En esta revista hemos visto múltiples ejemplos de novelas que se hacían eco, predecían o contribuían al ambiente prebélico: fue la época en la que floreció el subgénero de las Guerras Futuras.

Me encantan las historias de ciencia-ficción, pero algunas veces, la realidad es incluso más extraña. En los últimos años puede que no hayamos sido testigos de una odisea espacial, pero han sucedido cosas que podrían haberse considerado sin problemas como ciencia-ficción, por ejemplo, el SARS, la gripe aviar y otras pandemias víricas.

Ya comentamos en un artículo anterior la pintoresca vida de Matthew Phipps Shiel, uno de los escritores más excéntricos de su época. Racista (aun cuando él mismo era mestizo), estrafalario y místico, su obra más conocida es la novela apocalíptica La nube púrpura.

Los cinéfilos veteranos seguramente lo recuerdan. Ocurrió en diciembre de 1984. El público quería ir a ver una space opera al estilo Star Wars. "¿Dune? Suena divertido", se dijeron al comprar la entrada. Solo que, a los diez minutos de proyección, cayeron en la cuenta que no lo era. No era un espectáculo divertido, y lo que es peor, aquel largometraje resultaba incomprensible para el público medio, ajeno a las sutilezas y a la densidad filosófica de la novela en la que se basaba el film.

El alemán Bernhard Kellermann fue un escritor muy apreciado en su tierra natal, cuyo estilo evolucionó desde la elegante prosa impresionista hasta la crítica social más apegada a la realidad. Su novela Ingeborg llegó a contabilizar 183 ediciones desde su publicación en 1904 hasta 1939, lo que da una medida de su popularidad.

Inglaterra ha sido conquistada y anexionada a Alemania. Esta es la inquietante –para los británicos– premisa inicial de When William Came: A Story of London Under the Hohenzollerns, escrita en los turbulentos momentos que precedieron a la Primera Guerra Mundial.

Productivo como pocos escritores ha dado el género, Brian Aldiss acumuló prestigio como crítico, poeta, autor de ficción convencional e incluso ilustrador. Pero en el núcleo de su reputación siempre se hallan docenas de interesantes novelas de ciencia ficción y cientos de historias del mismo género, escritas de manera regular desde que comenzara su carrera a mediados de los años cincuenta.

Nos encontramos en esta ocasión con una curiosidad de breve vida inspirada en un icono ibérico: una sátira en clave de ciencia ficción basada en el personaje de Don Quijote. Su anti-héroe protagonista, Don Quick (Ian Hendry), se dedica a cargar contra planetas en lugar de molinos de viento.

A comienzos de la década de los sesenta y a demanda de unas cadenas de televisión dispuestas a satisfacer las demandas de entretenimiento de todos los sectores de la población, las series de ciencia ficción empezaron a formar parte regular de todas las programaciones.

Atendiendo a la demanda de las cadenas de televisión, la ciencia ficción comenzó en los años sesenta a frecuentar las parrillas de programación. Desde el espionaje futurista de El agente de CIPOL” (1964-1968) a las aventuras con sabor pulp de Viaje al fondo del mar, la diversidad que se pudo encontrar en esa década dentro del ámbito de nuestro género fue extraordinaria.

Más de treinta años después de su estreno, es difícil pasar por alto la influencia de Star Wars en el cine de ciencia ficción. Su masivo éxito popular y espectaculares imágenes pusieron punto y final a la larga lista de deprimentes filmes que el género había ofrecido en los años anteriores y directores y productores de todo el mundo se lanzaron a capitalizar la exigencia de los espectadores de una ciencia ficción escapista.

Teniendo en cuenta que en su emisión televisiva original de los sesenta (1966–1969), Star Trek registró unas cifras de audiencia mediocres, resulta notable que el paso del tiempo la haya convertido en una de las franquicias más populares y lucrativas de la historia.

La ciencia ficción en la pequeña pantalla experimentó una enorme transformación en los años ochenta. A medida que la industria evolucionaba para afrontar los nuevos desafíos planteados por el cine para adolescentes y los juegos de ordenador interactivos, el género se encontró en la vanguardia de la lucha de las cadenas para intentar fidelizar amplios segmentos de la audiencia.

El hecho más relevante de la ciencia ficción televisiva de los sesenta fue la creación y desarrollo de los dos seriales más importantes del género, programas que demostrarían una capacidad de pervivencia extraordinaria, mucho más allá de lo que sus creadores y primeros fans podrían haber imaginado: por una parte, el británico Doctor Who (1963-1989, 2005-) y, por otra, la norteamericana Star Trek (1966-1969).

¿Alguien se acuerda de aquella vieja serie norteamericana titulada Wild Wild West? Bueno, los creadores del programa de televisión que ahora comentamos sí se acordaban y se inspiraron en su mezcla de aventuras, ciencia-ficción y fantasía para desarrollar una serie inteligente que, desgraciadamente, no llegó muy lejos.