Trestesauros500

"El tren de las 4.50", de Agatha Christie

La mansión de los Crackenthorpe tiene problemas domésticos. "¿Y quién no?", diría mucha gente. Es un caserón grande y viejo en el que vive el anciano Luther Crackenthorpe con algunos de sus hijos. Otros, van y vienen, quejándose continuamente de que su padre tiene el dinero bien atado y de que, hasta que no se muera, no va a soltar las cuerdas de la bolsa.

Con un criterio estricto, la época victoriana ocupa el reinado de Victoria I, que subió al trono con 18 años en 1837 y murió en 1901, después de llevar la corona durante más de 63 años.

Nada es lo que parece. Si eres uno de esos lectores curiosos que sucumben a la tentación de darse una vueltecita por las últimas páginas antes de terminar... no lo hagas. Te perderías lo mejor. Las vueltas de tuerca de Henry James son peccata minuta comparada con estas.

A los seguidores de Agatha Christie no siempre les importa la calidad literaria. Esto es así, aunque sorprenda a algunos. Más de un admirador de la vieja dama del crimen usa los relatos de Christie como un ejercicio intuitivo. Como una partida de ajedrez, si lo prefieren. No es tanto cuestión de asombrarse ante el retrato de personajes y el ritmo narrativo ‒dos virtudes de doña Agatha‒ como de disfrutar ante un engranaje diseñado con primor.

Lluvia de estrellas

Cada tanto, el cine insiste en lo que los franceses llaman un filme à vedettes, es decir una película donde todos los papeles están desempeñados por primeras figuras. Recuerdo, al azar, lo hecho en Francia misma (Sacha Guitry: Las perlas de la Corona), Estados Unidos (Julien Duvivier: Seis destinos) y Argentina (Luis Saslavsky: Cenizas al viento  y Daniel Tinayre: La cigarra no es un bicho). Me volvieron a la memoria al ver Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh. Con su habitual narcisismo y su habitual talento, él inventa, dirige, actúa, dialoga y monologa a cámara abierta y en off. Lo sabe hacer, vaya que sí.

Asesinatos de andar por casa

Hay una escena repetida: una adolescente arrastra su maleta por alguna estación de ferrocarril y se para ante el expositor de libros de cualquiera de sus quioscos. La mirada se detiene en un libro. Se alegra y lo compra. Lo lleva en la mano todo el tiempo hasta que se sienta en el tren, que está a punto de salir, y empieza a leerlo. Lo lee durante todo el viaje y, quizá, si este es un poco largo, cuando llegue ya lo ha leído. Esto no significa nada. Porque lo releerá una y otra vez con el paso del tiempo.

Agatha Christie es una de las novelistas más populares que jamás han existido (prácticamente en todos los hogares hay, al menos, uno de sus libros), y Asesinato en el Orient Express bien podría ser su obra más famosa.

Muera madame Bovary

La muerte por ingestión de arsénico de doña Emma Bovary ha dado mucho de que hablar. Ni más ni menos que nuestra ¿Cómo ves? ha abordado el tema de la explicación bioquímica de la acción de los venenos y, por supuesto, de algunos famosos envenenamientos históricos y literarios. Yo viví durante algún tiempo de juventud expuesta al “olor a almendras amargas”, pues era fan de Agatha Christie.

Dicen que la vida de Agatha Christie comenzó cuando cumplió los cuarenta, edad crítica para muchas personas, pero no para la mundialmente conocida como Dama del Crimen.

El arte de lo cotidiano

Desde hace algún tiempo tengo en “ellas” mis principales referencias. Mujeres que escriben, podría titularse, por eso, este artículo. Literatura escrita por mujeres pero no “literatura de mujeres”, aunque hay quien se empeñe en calificarla así, y aun de convertirla en algo secundario.