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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

"La biología precede, la cultura trasciende" (Francisco J. Ayala)

La lucha por dejar más y mejor descendencia no termina en el apareamiento. En su teoría de la selección natural expuesta en 1859, Charles Darwin explicó el origen de la diversidad biológica del planeta señalando que todos los seres vivos enfrentan una serie de situaciones (promovidas por otras especies biológicas y por factores del medio) que ponen en riesgo su vida y, en consecuencia, la probabilidad de pasar sus genes a la siguiente generación.

A todas horas, en casi cualquier lugar, el escenario circular de la naturaleza se llena de vida y nos sorprende con su ferviente esperanza de futuro. En este sentido, uno de los fenómenos más llamativos ‒y acaso imperceptibles para la mayoría‒ es el de la especiación: el surgimiento de nuevas variedades animales o vegetales.

Clasificar

El ser humano —y también muchos animales— tiende, de manera natural, a clasificar. Clasifica a sus congéneres en machos y hembras; en jóvenes, adultos y ancianos; en grandes y pequeños, y de muchas otras maneras. Clasifica a los seres que lo rodean: en animales (domésticos, ganado, aves y depredadores) y plantas (de ornato, hortalizas y malezas).

La evolución por medio de la selección natural –la gran idea de Darwin– es la columna vertebral de la biología, y una de las más poderosas ideas producidas por la mente humana. Y sin embargo, es también una de las peor entendidas por la mayoría de la gente.

A más de 150 años de la aparición de la primera edición de El origen de las especies, el libro por el que más se recuerda a Darwin, en la mayoría de los textos sobre biología, evolución, y aun en las ciencias sociales, se sigue las analogías entre Darwin, darwinismo y neodarwinismo como si el mismo Darwin hubiera sido el padre de todo el entramado reduccionista al que han llevado sus conceptos de selección, variación y lucha por la vida.

En el bicentenario del naci­mien­to de Charles Darwin quie­ro evocar su contribución al co­nocimiento del ser humano y las demás especies. Él sabía que en la naturaleza todo lo que vive, o casi todo, se reproduce normalmente con tal exceso de descendientes que sólo algunos pueden sobrevivir (o eso ocurre precisamente para que algunos sobrevivan). A partir de este cálculo Darwin observa que los animales, además de las plantas, nacen de una pa­reja (macho y hembra) y aun­que el recién nacido hereda los caracteres biológicos de los dos (sus genes, diríamos hoy), estos “caracteres”, aun en gemelos, muy raramente son todos idénticos.

En este texto, el Dr. Bowler trata de responder la pregunta ¿hasta qué punto la ciencia se ve influenciada por los valores culturales, políticos e ideológicos del entorno en el que surge? Para ello, explora las formas en que las primeras generaciones de biogeógrafos han tratado de explicar, por medio de metáforas, el origen y la evolución de la vida.

La teoría de evolución mediante selección natural de Charles Darwin ha sido descrita quizá como la teoría científica más innovadora y más radical jamás propuesta. Para algunos ateos, como Richard Dawkins y Daniel Dennet, es el “ácido universal” que disuelve toda esa fábrica de ideas provenientes de la concepción tradicional de que el mundo fue diseñado por Dios, con los humanos jugando un papel central en el drama cósmico.

Quizá convenga aclarar que Hugo De Vries (1848-1935) redescubrió las leyes de Mendel y formuló una teoría de la evolución que incidía en la importancia de la mutación como mecanismo evolutivo.