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Como ya comenté en su respectiva entrada, la novela Hijos de los hombres, de P.D. James, pasó en su momento sin pena ni gloria. No convenció a los seguidores de la escritora, que esperaban encontrar en ella otra de sus intrigas policiacas y se encontraron en cambio con un melancólico thriller de ciencia ficción distópica. Y, dado el encasillamiento de James como escritora de misterio, el libro tampoco llamó la atención de los amantes de la ciencia-ficción.

Nos habíamos distraído con la espera de otros superhéroes más conocidos, y de pronto, Doctor Extraño nos invita a pensárnoslo dos veces antes de olvidar a los secundarios del panteón Marvel. Y eso que, créanme, la formidable película de Scott Derrickson me ha obligado de reconocer que este personaje fue uno de los que más disfruté hace décadas, cuando descubrí sus cómics casi por casualidad.

Hay cuatro cosas que me gusta encontrar en una aventura cinematográfica: optimismo, paisajes exóticos, emoción y rebeldía. Cualquier combinación de esos cuatro ingredientes equivale a una fiesta sorpresa en cuanto se enciende el proyector. Cuando, además, esa mezcla funciona a la primera, un entusiasmo indefinible se materializa de la nada. Como si, contra todo pronóstico, la vida se elevara a un plano más elevado.

Pocos meses después del acercamiento tangencial (como todo lo que hace) de Tarantino a la época de la esclavitud en el Sur de estados Unidos (Django desencadenado, 2013), se estrena la película cuyos responsables quieren que sea definitiva, la última palabra en el tratamiento cinematográfico de aquellos años de indignidad para la especie humana.



El productor Brian Grazer, premiado por la Academia, y el director Spike Lee, nominado por la Academia, se conocieron en una entrega de los Oscar en 1990 cuando el director estaba nominado a Mejor Guión Original por Haz lo que debas.