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Con la modestia de los personajes de serie B, el Llanero Solitario animó nuestra infancia a través de aquellos inolvidables tebeos del sello mexicano Novaro. Más tarde fuimos descubriendo que este ranger enmascarado y su compañero inseparable, el indio Tonto (rebautizado Toro en los países hispanohablantes), eran unas figuras icónicas para los estadounidenses.

Empecemos con algo positivo: Gore Verbinski satisface al público infantil con un artefacto entretenido y ágil, que aprovecha los recursos de un magnífico diseño de producción. Por desgracia, El Llanero Solitario no es fiel a ese admirable personaje al que pretende homenajear, y para oscurecer aún más las cosas, la película se debate entre tantos estados de ánimo que acaba aturdiendo a cualquier espectador que espere algo más que saltos y carreras.

No es por azar que el Llanero Solitario, en sus distintas adaptaciones, haya sido perfilado como un adalid del tradicionalismo ético. Sus aventuras siempre concluyen con algún tipo de moraleja, y ese mensaje, cuidadosamente diseñado, coincide por lo común, con los valores familiares del estilo de vida norteamericano.