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El año 1950 fue especialmente bueno para la ciencia-ficción literaria. Además de obras de Robert A. Heinlein, se publicaron trabajos de Isaac Asimov, Cordwainer Smith, C.M. Kornbluth, Damon Knight, Poul Anderson, E.E. Doc Smith y Theodore Sturgeon. El ámbito cinematográfico, sin embargo, ofrecía menos motivos para el entusiasmo. Tras un esperanzador arranque en los años veinte, las décadas de los treinta y cuarenta tuvieron sólo incursiones aisladas y poco exitosas en el género, viéndose éste relegado a los seriales de Flash Gordon (1936) o Buck Rogers (1939), cuya calidad era acorde a su apretado presupuesto. Las cosas cambiaron precisamente este año 1950 y fue gracias a la película que ahora comentamos: Con destino a la Luna.

No hay consenso acerca de la primera vez que apareció el concepto de viaje temporal en la literatura. ¿Fue el primer viajero Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens? ¿Quizá el compatriota que Mark Twain imaginó llegando a tiempos medievales en Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889)?

Basada en la novela La máquina del tiempo, de H.G. Wells, El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960) anticipa un inquietante futuro en el que nuestra desmoronada sociedad se divide en dos castas irreconciliables.

La adaptación de la novela de Robert A. Heinlein Rocketship Galileo, titulada Con destino a la Luna (Destination Moon, 1950), fue uno de los más tempranos acercamientos a dos temas decisivos en la ciencia-ficción de su época: el poderío atómico y la guerra fría.