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Se viene escuchando con frecuencia creciente la necesidad de evitar la interpretación androcéntrica de la historia. Esto apunta no solo a una urgencia ética o social, sino a un imperativo intelectual, sobre todo si tenemos en cuenta que la presencia femenina en los procesos históricos ha sido silenciada de forma lamentable. Hora es, pues, de ampliar el foco, reconociendo qué negativa ha sido esa distorsión del pasado en los textos académicos.

Tucídides a pesar de sus méritos indudables, no se ha podido llevar el título de padre de la historia, porque Heródoto se le anticipó.

Aunque hayan leído mucho sobre el tema, los lectores que tomen entre sus manos este volumen llegarán a la conclusión de que se trata de uno de los mejores tratados de mitología disponibles en la bibliografía actual. Comprensible, exhaustivo, riguroso y apasionante, este libro es uno de esos títulos que siempre conviene tener a mano, tanto por el repertorio clásico que atesora como por la pasión atemporal que despiertan sus verdaderos protagonistas: aquellos dioses y semidioses que siguen inspirando nuestra cultura y nuestro arte.

Aunque en los años más recientes amar la cultura grecolatina se considera un síntoma de elitismo, conviene rechazar ese prejuicio. Tengámoslo claro: con el estudio de los clásicos sobrevienen la sorpresa y la iluminación, el placer y el encantamiento. Así lo creían nuestros antepasados y así hemos de creerlo en esta época de píxeles, memes y modas pasajeras.

Demócrito, todólogo

Estobeo asegura que Demócrito dijo: “No desees conocer todo, pues te convertirás en ignorante en todo”.

En mi deseo de contribuir al avance del conocimiento, como ya hice cuando mostré cómo enviar un mensaje a mayor velocidad que la de la luz, y queriendo dejar testimonio para la posteridad del proceso creativo del descubrimiento científico, intentaré reconstruir las diversas fases de la asombrosa intuición que me llevó a descifrar el disco de Phaistos.

Con 20 años sueles tener las cosas muy claras. Al menos, yo las tenía a esa edad. Por aquel entonces, navegaba felizmente por las asignaturas de la carrera de filología clásica, donde siempre me decanté más por el griego clásico, hasta que acabé orientando mi doctorado al ámbito de los estudios helénicos.

El abate Gounon regaló a Rousseau una fuente diseñada por Herón de Alejandría. Se trataba de una fuente neumática de la que manaba un chorro de agua vertical, mediante la presión del aire. El aparato evocaba los trucajes de los templos antiguos que Herón había descrito en sus obras y se regía por los mismos principios.

El mortífero fuego valyrio de la serie Juego de Tronos está inspirado en un arma incendiaria real que salvó Constantinopla de la expansión islámica. La lista de ingredientes de este invento bizantino, cuyas llamas devoraban las flotas enemigas con rapidez, no ha llegado hasta nuestros días, pero se sabe que apagarlo era toda una hazaña porque ardía en contacto con el agua. Químicos e historiadores tratan de reescribir su fórmula perdida.

Que las artes demoníacas existen como perpetuo tentador de la voluntad humana, es indudable. En cuanto a lo real y positivo de sus efectos, la cuestión varía. Teóricamente no podemos negarla. Históricamente no en todos casos, puesto que leemos en los Sagrados libros los prodigios verificados por los Magos de Faraón y la evocación del alma de Samuel por la pitonisa de Endor. Pero fuera de estos hechos indiscutibles y de algún otro que parece comprobado en términos que no dejan lugar a duda, hay que guardarse mucho de la nimia credulidad en esta parte.