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Resulta curioso que en un género como la ciencia-ficción, que, al menos en parte, puede definirse por oposición a lo religioso y místico, esté tan presente una figura tan querida a la religión como es la del mesías.

The Night Land es uno de los libros de ciencia-ficción más peculiares que se hayan escrito jamás. Su autor, el británico William Hope Hodgson, pertenecía al círculo de escritores eduardianos (George MacDonald, Arthur Machen, Lord Dunsany o David Lyndsay) que al final del movimiento prerrafaelista, afectados por el clima de inestabilidad europea y huyendo de la sociedad industrializada, impulsaron el género fantástico.

La Primera Guerra Mundial estalla en 1914, pero la tragedia se venía respirando desde mucho antes. En esta revista hemos visto múltiples ejemplos de novelas que se hacían eco, predecían o contribuían al ambiente prebélico: fue la época en la que floreció el subgénero de las Guerras Futuras.

Las revistas pulp, en su comienzo un fenómeno norteamericano, han recibido tradicionalmente muy mala prensa y habitualmente se les considera como un subproducto literario sin apenas méritos.

“Imagina si puedes, una pequeña habitación, de forma hexagonal, como la celda de una abeja” comienza The Machine Stops. Esa habitación subterránea es fácil de visualizar porque sólo contiene un sofá y un escritorio, con luz y ventilación provenientes de una fuente invisible.

Que la ficción de H.G. Wells compartía origen con el subgénero de guerras futuras quedó demostrado con su novedosa aproximación a esa temática en La Guerra de los Mundos (1898). El escritor tardaría en volver a esa rama de la ficción especulativa, quizá por su rechazo al belicismo y a la destrucción que una guerra futurista y tecnificada podía causar, actitud que lo alejaba bastante de la opinión preponderante en su época.

Un joven estudiante de extracción humilde, William, no está a gusto en el mundo que le ha tocado vivir. Ha perdido su empleo; su novia de clase media, Nettie, ya no le quiere; en su calidad de socialista militante detesta las clases acomodadas… en fin, odia al mundo. A través de sus ojos se nos describen las pobres condiciones en las que viven las clases sociales más desfavorecidas debido a la despiadada industrialización. Consumido por ese sentimiento, William decide asesinar a su exnovia y su nuevo amante, Verral.

En el tiempo transcurrido entre la publicación de La Batalla de Dorking en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hubo, literalmente, cientos de autores escribiendo libros sobre guerras futuras y fantasías de invasión. Sus obras a menudo alcanzaron una inmensa popularidad en Inglaterra, Alemania y Francia. Se estima que llegaron a publicarse unos 400 títulos, el más conocido de los cuales fue La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, si bien hemos analizado varios de ellos en artículos anteriores.

El pensamiento utópico socialista fue una de las influencias más importantes que tuvo la ciencia-ficción a finales del siglo XIX, especialmente en el mundo anglosajón y Rusia. Las figuras más influyentes en el desarrollo de la ciencia-ficción anglosajona en los treinta años que discurrieron entre mediados de los ochenta del XIX y el comienzo de la Primera Guerra Mundial –Edward Bellamy, William Morris, H.G. Wells y Jack London– fueron todos socialistas. Aunque de ellos sólo London era realmente un marxista declarado, todos compartían la noción de que el romance científico y utópico estaba relacionado con la reforma social que superaría el amoral laissez–faire capitalista.

Gracias a la pluma de H.G. Wells, el por entonces aún conocido como romance científico llegó a su mayoría de edad. En sus primeros libros, especialmente La máquina del tiempo, La isla del Dr. Moreau, La Guerra de los Mundos y esta Los primeros hombres en la Luna, consiguió sintetizar una mezcla casi perfecta de todos los elementos que en las décadas anteriores habían ido filtrándose en el recién nacido genero: utopía, anti–utopía, sátira, relato filosófico, aventura verniana e invenciones científicas. Y esa mezcla, además, tenía un enfoque completamente moderno.