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Marie Corelli fue quizás la novelista británica más popular del cambio de siglo. Sus libros se vendieron, con diferencia, mucho más que los de H.G. Wells o Arthur Conan Doyle.

La máquina del tiempo y La guerra de los mundos son desde luego las obras más conocidas de toda la extensa bibliografía de Wells. Ambas trataban temas relacionados con la evolución, un tema que fascinaba al escritor y que también aparece presente en La isla del doctor Moreau. Como el resto de sus novelas de la primera época de su carrera, es una emocionante aventura tejida alrededor de una serie de cuestiones éticas que aún no han perdido actualidad tras más de cien años.

Rosny aîne era el seudónimo del escritor belga Joseph–Henri Boëx, discípulo de Emile Zola y sólo segundo tras Julio Verne en la ciencia ficción francesa del siglo XIX. Estudiante de paleontología, a partir de 1887 empezó a reimaginar la historia de la humanidad desde sus oscuros orígenes hasta el momento en que el Homo sapiens es destronado como rey de la creación por una especie nueva y superior que podríamos traducir como "Hierromagnéticos". Semejante epopeya es narrada en una serie de novelas: Les Xipéhuz (1887), Un autre monde (1888), La mort de la Terre (1910), La Guerre du feu (1911) y Les navigateurs de L´infini (1925).

Aunque las utopías fueron populares durante todo el siglo XIX, una en particular disfrutó de mayor influencia que las demás: Looking Backward 2000–1887 de Edward Bellamy, no sólo se convirtió en un superventas, sino que llegó a inspirar la creación de un partido político. En 1930, el libro fue nominado por un grupo de pensadores americanos (entre ellos el célebre analista John Dewey) como uno de los más influyentes e importantes de los últimos cincuenta años.

En el artículo dedicado a De la Tierra a la Luna mencionamos cómo Julio Verne propuso escapar al campo gravitatorio terrestre mediante el lanzamiento de una cápsula desde un cañón, una solución que no gustó ya en su época al entender –correctamente– que el ser humano no podría sobrevivir a la experiencia. Debía haber otra manera de situar al hombre fuera de la Tierra. Los escritores de ciencia ficción, antes y después de Verne, habían comenzado a jugar con el concepto de instrumentos o elementos “antigravitatorios”.

Tercera novela de ciencia-ficción de H.G. Wells tras La máquina del tiempo y La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible sigue la línea de las anteriores, mezclando la aventura con un nada disimulado subtexto moral.

La figura de H.G. Wells como padre fundador de la ciencia-ficción moderna es compleja y llena de matices. Introdujo en el romance científico una imaginación retorcida, gótica, inspirada en Mary Shelley o Edgar Allan Poe, junto a un don para la anticipación tecnológica que superó con mucho a Julio Verne.

He aquí uno de tantos casos en los que el autor de relatos cortos sufre un injusto olvido, eclipsado por sus "hermanos mayores", los novelistas.

Si alguien puede arrogarse el manto de “padre de la SF”, éste sería probablemente Herbert George Wells (1866–1946). Y las razones para ello son de peso: innovó el género hasta el punto de que dejó de llamarse “romance científico” para pasar a ser “ciencia ficción” (aunque el término propiamente dicho sería acuñado en los años veinte), e introdujo en él nuevos elementos y temas –a menudo adaptando y modernizando figuras preexistentes– que pasaron a ser clásicos y recurrentes dentro de la literatura de ciencia ficción.

No hay consenso acerca de la primera vez que apareció el concepto de viaje temporal en la literatura. ¿Fue el primer viajero Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens? ¿Quizá el compatriota que Mark Twain imaginó llegando a tiempos medievales en Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889)?