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Si tuviera que elegir un subgénero de la fantasía, me quedaría, sin dudarlo ni un momento, con el de los mundos perdidos. Ambientados en tierras incógnitas, esos relatos suelen enfrentar a sus protagonistas con saurios prehistóricos y con otras bestias olvidadas por el tiempo.

En Nueva Iberia, una ciudad de Louisiana, el detective Dave Robicheaux (Tommy Lee Jones) investiga el macabro asesinato de una joven prostituta. Uno de sus sospechosos es el mafioso local “Baby Feet” Balboni (John Goodman), que últimamente anda metido en el negocio del cine coproduciendo una película sobre la Guerra Civil cuyo rodaje trascurre por la zona.

La infame Caza de Brujas en el Hollywood de los 50 sigue dando juego. Además de tratarse de una historia llena de dramatismo, todo aquel turbio asunto del macarthismo y las “listas negras” sirve para hablar de diversos temas, en su mayoría vigentes.

La película que nos ocupa viene a ser una derivación de otra producción de J.J. Abrams, Cloverfield (2008), aquella vigorosa combinación del clásico subgénero de monstruos gigantes con la fórmula del found-footage. Curiosamente, a pesar de este parentesco, Calle Cloverfield 10 se aleja de la grandilocuencia de su predecesora y nos ofrece un misterio íntimo, compacto, sometido a un escenario reducido y amenazador.

Guerreros del arte. Así llama Robert M. Edsel a los integrantes del Grupo de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, protagonistas de su libro The Monuments Men, publicado entre nosotros en 2012 por Destino. Mucho antes de que George Clooney llevase esta historia real a la gran pantalla, Edsel se empeñó en investigar a esos peculiares personajes que lo dieron todo por salvar el arte europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

Pueden acertar más o menos, pero está claro que los Coen –ahora que ya se les puede considerar veteranos– no se han dormido en los laureles, y siguen creando las películas que les apetece hacer, sin ajustarse especialmente a fórmulas, ya sean comerciales o autorales.