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América telúrica

A comienzos del siglo XX era frecuente que los intelectuales de todo el mundo se preguntaran qué era una nación, en qué consistía el “ser” nacional. Qué significaba ser español, alemán, ruso, chino, japonés. Las páginas de las revistas y los estantes de la bibliotecas se llenaron de artículos y libros que se preguntaban por esa esencia nacional, que a veces era incluso supranacional: qué significaba ser europeo, americano, latinoamericano, asiático, ario o judío.

Divinos autobuses

Refugiándome del frío, cogí sucesivamente dos autobuses con sus carteles teológicos, uno ateo y el otro creyente. No te asustes, lector/a, no te endilgaré una monserga filosófica. Por otra parte, Dios es, si se quiere, Alguien sencillo: es Quien tiene todo lo que a nosotros, los humanos, nos falta.

Va de modas

Lo dicho en el título, aunque no para dar la palabra a un modisto, que no es lo mío, sino a un colega —se llamaba a sí mismo periodista— el filósofo Ortega y Gasset. Escribió en «Las Atlántidas» (1924): «…a poco que se medita, aparece la moda como una dimensión permanente de la vida espiritual, que se desenvuelve conforme a leyes ni más ni menos rigorosas que las dominantes sobre los demás fenómenos históricos». Y, más adelante, acerca de la supuesta frivolidad del tema, añade: «…es un error desdeñar los caprichos de la moda; si los analizamos, nos servirán como datos de la más fina calidad para insinuarnos en lo más recóndito de una época.»

Biografías

Escribió José Ortega y Gasset en 1932, prologando una edición de sus obras: «Toda vida es secreto y jeroglífico. De aquí que la biografía sea siempre un albur de la intuición. No hay método seguro para acertar con la clave arcana de una existencia ajena».

Victoria Ocampo responde a Ortega

En el número 2 de Sur (1931) contesta Ocampo a un epílogo de Ortega, en el que el filósofo español le pide que siga escribiendo sobre Dante. De manera modesta, ella responde a la petición con un excelente artículo.

El vago estío

Alguna vez mi colega Ortega y Gasset —escribía en su propio periódico unipersonal, El Espectador— calificó al estío de vago. Seguramente, por entonces la gente fina pasaba sus estíos. Hoy preferimos pasar los veranos. La diferencia es notable, al menos en mi percepción.

Notas del vago estío

Así titula Ortega y Gasset uno de sus ensayos. Tan vaga es su sugestión que no me animo a buscar la serie a la cual pertenece.

Azorín

Hace medio siglo que murió Azorín. Es pertinente hablar de siglos cuando se trata del escritor alicantino afincado en Madrid. Nació en el XIX, llegó mozo al comienzo del XX y murió en su segunda mitad.

En La Vorágine inicié una Brevísima historia de la decadencia de la lengua filosófica francesa, con un texto de Braudillard. Antes de añadir nuevos capítulos, vale la pena leer un fragmento de una de las autobiografías de Leibniz. En esta autobiografía, escrita en tercera persona, Leibniz se lamenta de la manera de escribir de sus contemporáneos.

Destinos humanos

En Babelia leo un interesante artículo del doctor Sánchez Ron acerca de las energías y materias llamadas oscuras y que ocupan el 95% de cuanto nos rodea. ¿Problemas o enigmas a resolver? ¿Misterios para siempre inaccesibles a la razón humana? Algún pensador escéptico –quiero decir: sabedor de que sus verdades pueden ser erróneas– dijo alguna vez que la ciencia, cuanto más sabe, más modesta se torna, advirtiendo la masa de lo que ignora. Añado que, en sus rectos caminos, abundantes en diversiones, es decir en desvíos, en ocasiones resbala y se da con el trasero en el duro suelo. Entre sus desvíos figura el imperialismo, la pretensión cientificista de poner ante sí y de rodillas al arte, la filosofía, la religión y otras tantas minucias con las que solemos entretener nuestras fantasías en las salas de espera de este mundo.