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En 1972, anticipándose unos veinte años a la publicación de ese pastiche encantador que es El año de Drácula, de Kim Newman, podemos encontrar el evento del que sin duda es directamente deudor el cómic La Liga de los Caballeros Extraordinarios, de Alan Moore.

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Entramos en la última década del siglo XIX, momento del florecimiento de la CF, impulsada, según el cliché, por el éxito de Verne y Wells, pero también gracias a la moda de utopías como la de Edward Bellamy. Cientos de títulos vieron la luz en estos años; de hecho, la evolución del interés del público por el nuevo género fue cada vez mayor a medida que se aproximaba el nuevo siglo.

A finales del siglo XIX, la época dorada de Verne ya había quedado atrás. Sus mejores novelas hacía tiempo que habían sido publicadas y el género del "romance científico" había continuado evolucionando y ramificándose en formas más atrevidas que las ensayadas por el escritor francés. Sin embargo, aún le quedaban cosas que contar…

En esta ocasión, pasamos breve revista a uno de los mejores romances interplanetarios de finales del siglo XIX, escrito por el filósofo alemán Kurd Lasswitz (1848–1910). A veces se ha llamado a Lasswitz el Julio Verne alemán, pero, de hecho, su ciencia ficción tiene un sabor muy diferente a la del francés.

Leer a Julio Verne

Ya no podemos leer a Verne como ficción científica. Sus cálculos y prospecciones han sido contradichos o confirmados por la ciencia moderna y sus tecnologías. En el primer caso, han resultado fantásticos; en el segundo, trivializados por la realidad.

En esta ocasión, Julio Verne recupera la institución presentada en otra de sus novelas más famosas, el Gun Club de Baltimore, patrocinador de la construcción del cohete de De la Tierra a la Luna (1865).

El hombre siempre ha soñado con volar. Ícaro, símbolo temprano de ese anhelo, forma parte de nuestro legado cultural. Escritores, artistas e inventores como Leonardo da Vinci mantuvieron vivo el sueño hasta que a finales del siglo XVIII los hermanos Montgolfier elevaron sus primeros globos, primero con animales a bordo y, después, en octubre de 1783, con pasajeros humanos. Se había abierto un nuevo camino no solo para los sueños, sino para la ciencia y la tecnología.

“Los hombres de este siglo XXIX viven en medio de una magia continua, sin parecer darse cuenta de ello. Abrumados de maravillas, permanecen fríos ante aquellas que el progreso les aporta cada día. Todo les parece natural”. Cualquiera diría que Verne no hablaba del lejano futuro. Estas palabras, que abren el relato que ahora nos ocupa, son perfectamente aplicables a nuestros días; y, probablemente, también a los suyos.

En el artículo dedicado a De la Tierra a la Luna mencionamos cómo Julio Verne propuso escapar al campo gravitatorio terrestre mediante el lanzamiento de una cápsula desde un cañón, una solución que no gustó ya en su época al entender –correctamente– que el ser humano no podría sobrevivir a la experiencia. Debía haber otra manera de situar al hombre fuera de la Tierra. Los escritores de ciencia ficción, antes y después de Verne, habían comenzado a jugar con el concepto de instrumentos o elementos “antigravitatorios”.