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Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

Antes de esta, otras muchas películas han reflejado la pasión destructiva de Godzilla. El tema principal de la saga es fácil de resumir: una bestia antediluviana, nacida de la pesadilla atómica japonesa, sembraba el caos en los primeros filmes, y luego, en una larga lista de secuelas, empezó a enfrentarse a otros leviatanes, defendiendo tangencialmente a la humanidad.



Aunque el rodaje de El último samurai comenzó oficialmente en octubre de 2002, el director Edward Zwick ha estado fascinado desde hace mucho tiempo por la cultura y el cine japoneses. En cierto sentido, ha estado imaginando El último samurai desde que era adolescente.



Desde antaño, las geishas han sido objeto de fascinación en Japón y en todo el mundo. Durante siglos, salían de sus casas al anochecer, como mariposas de sus capullos, para atender los compromisos que les aguardaban en las casas de té.



Del ganador del Oscar de la Academia Clint Eastwood (“Million Dollar Baby,” “Sin perdón”) llega la historia nunca contada de los soldados japoneses y de su general que, 61 años atrás, se defendieron de la invasión de las fuerzas americanas en la isla de Iwo Jima.