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Arte proustiano

Proust prefería, en su adolescencia, a Meissonier y, en 1892, declaró que lo sustituía por Leonardo y Rembrandt. Un humanista enciclopédico y un pintor del tiempo, capaz de retratarle a un mismo modelo a lo largo de los años, mostrando que era siempre otro. Como la Dama de Rosa, que es Miss Sacripant vestida de hombre, que es Odette de Crécy, que es la Zéfora de Botticelli vista por el enamorado Swann.

Los lectores de Proust

Toda lectura es, al menos como proyecto, infinita. En el caso de Proust, si se permite la licencia, aún más infinita. La producción crítica generada por Proust es incesante y cada año aporta sus títulos. Por ello es interesante volver a los comienzos, gracias, sirva el ejemplo, a la reedición facsímil del número que dedicó al novelista la Nouvelle Revue Française con motivo de su muerte (tomo XX, décimo año, n° 112, enero de 1923).

Contra el narrador omnisciente

En las novelas con un narrador en primera persona, aunque sepamos que se trata de alguien que nos está contando una historia tal como él la ve, tendemos a pensar que podemos fiarnos de sus palabras. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que este narrador nos dice, pero no solemos pensar en que nos mienta deliberadamente, o que cuente las cosas, los actos concretos, de manera diferente a como sucedieron. Y mucho menos se nos ocurre pensar que no piensa lo que dice que piensa. Esta confianza, que no tiene razón de ser desde un punto de vista lógico, ha sido aprovechada por algunos autores para dar una vuelta de tuerca a una narración. Creo que eso sucede en El doble de Dostoievsky, aunque no lo recuerdo bien, y sin duda en alguna de las novelas de Nabokov, quizá en Pnin, quizá en Desesperación: de pronto, llegados a una página determinada, nos damos cuenta de que el narrador en el que confiábamos nos ha mentido, está loco, no es de fiar. Esto es muy interesante.

Adentro y afuera

Una semanita en París. Aprovecho para revisitar los lugares proustianos. El pueblo de Illiers (hoy también, Combray, como en la novela) me recuerda a un modesto barrio de Buenos Aires, Villa del Parque, Proust iba allí, de niño, a visitar a su tía Amiot (la tía Léonie del libro, más o menos). Volvió una vez sola, siendo mayor.

De las sonatas para violín y piano de Saint-Saëns, la primera ha resultado ser la más afortunada. En parte, por sus méritos propios, en parte por sus momentos de virtuosismo (eran los años de Sarasate y Brindis de Sala) y, en un tercio, por la tardía sugestión literaria de Proust, en cuya novela En busca del tiempo perdido el músico Vinteuil, que se parece algo a Duparc, compone una sonata que sirve para que Swann se enamore de Odette y esa sonata, en ocasiones, se dice que es la primera de Saint-Saëns.

Otras ventanas indiscretas

En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Proust y la droga sonora

El 14 de enero de 1895 Marcel Proust publicó en el periódico Le Gaulois un artículo titulado «Un domingo en el Conservatorio».

Los escritores y la guerra

Con el centenario de la guerra mundial proliferaron los libros y artículos sobre diversos temas, especialmente los colaterales. Uno de ellos fue el de los escritores y el conflicto. Frondosa fue la literatura generada por el hecho, fuera en obras donde se señalaban sus atrocidades –Barbusse, Martin Du Gard, Remarque– o donde se ensalzaban las virtudes de los combatientes y la grandeza de la patria vencedora o derrotada, en este caso, toda la Frontlitteratur alemana. Reflexiones a pie de las batallas tampoco faltaron, según vemos en los diarios de Stefan Zweig y en Consideraciones de un apolítico de Thomas Mann, una elegía indirecta por la Alemania guillermina.

"El abrigo de Proust", de Lorenza Foschini

Busquen un sitio tranquilo para leer y acomódense. Este es un libro ingenioso y perspicaz, en el que uno ha de penetrar con alma proustiana, confiando en el poder evocador de los objetos y en la imaginación literaria que nos liga para siempre a ellos.

Julio Verne anticipó los viajes espaciales en De la Tierra a la Luna, y los transatlánticos en La ciudad flotante. También hay quienes sugieren que Borges prefiguró la existencia de internet con La Biblioteca de Babel, aunque esto sea discutible. No son pocos los casos en los que escritores no científicos adelantan con precisa verosimilitud el futuro. Y sin practicar un solo experimento. No, al menos, fuera de sus cabezas.