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Stendhal y Napoleón

El padre ineficaz lleva a Stendhal a congelar la escena en que el niño idealiza al padre como omnipotente. Es cuando se encuentra con Napoleón.

La ambición y la intriga son las únicas pasiones de este hombre político, carente de escrúpulos y moral, que navega a través de las convulsiones sociales y políticas de la Francia revolucionaria y del imperio sin mudar el gesto.

De la simpatía y admiración romántica que Sir Arthur Conan Doyle profesaba por la «aventura imperial francesa» nos ha quedado una biografía de Napoleón, La gran sombra, y diecisiete espléndidos relatos protagonizados por el heroico, jactancioso, valiente, humano y no excesivamente perspicaz Etienne Gerard, oficial de húsares del Emperador.

"La Gran Sombra", de Arthur Conan Doyle

Para Arthur Conan Doyle, autor escocés y gran defensor de las bondades del imperio británico, la historia y la cultura francesa –que su madre irlandesa le había inculcado y por la que sentía una gran admiración– era una debilidad a la que dedicó horas de estudio y algunas de sus obras.

Cruzando ríos

“El 15 de mayo de 1796 entró en Milán el general Bonaparte, al frente de aquel ejército joven que acababa de pasar el puente de Lodi y de enterar al mundo de que, al cabo de tantos siglos, César y Alejandro tenían un sucesor.” Con esta rotundidad comenzaba Stendhal su libro La cartuja de Parma, publicado en 1839.

Giuseppe Napoleone Buonaparte, o como ha sido conocido por estos lares, Pepe Botella, tiene un extraño récord: el de haber sido seguramente un magnífico rey, y por supuesto el mejor alcalde de Madrid después del habitual tópico con el que se nomina a su predecesor Borbón, Carlos III. Sin embargo, ha pasado a la Historia como un usurpador ambicioso y borracho. Dejó marca, pero no la que se merecía. Y es que a la hora de trabajar una marca personal, no todo está en nuestras manos.

¿Europa?

Paul Valéry dijo alguna vez que Europa era una península asiática administrada por una comisión americana. También dijo que las civilizaciones habíamos comprendido que somos mortales. Lo dijo después de la primera guerra mundial y antes de la segunda. ¿Han perdido actualidad estas miradas sobre el mundo actual, una fórmula también valéryana?

Una ópera para Napoleón

Giovanni Paisiello fue un auténtico hijo de su época, músico errabundo que sabía impregnarse de las corrientes estéticas de su generación. En la postrera fase de su carrera, después de las fructíferas etapas rusa (El barbero de Sevilla), vienesa (El rey Teodoro en Venecia) o napolitana (La molinera) fue llamado por Napoleón a París (donde años atrás había triunfado con Nina, la loca por amor) para dar algo de impulso a la mortecina producción lírica francesa.

Gente en la historia

Diría Ortega y Gasset que la historia es lo que nos pasa a todos, lo que pasa y se vuelve pasado. En ella la vida se convierte en relato y la podemos pensar, si es que se deja. Entonces ¿por qué decimos que ciertos acontecimientos y ciertos personajes son históricos como si los demás no lo fuéramos? La respuesta simple, la que ahora propongo, es: porque no cabemos todos en la memoria histórica y hemos de seleccionar los materiales que se han de salvar del gran constructor del recuerdo, que es el olvido.

Daniel Innerarity ha publicado en El País un artículo titulado Populismos buenos y malos que, por su precisión y eficacia, merece una apostilla. Ante todo porque la palabra populismo padece generosos abusos que la conducen a la confusión.