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"Mundo Antiguo", de Jerry Toner

No es fácil convencer al lector moderno de que la idealización del pasado tiene vacuna. Por ejemplo, lo que le da fuerza a la versión popular del mundo grecolatino es, de forma justificada, esa imagen solemne, grandilocuente y legendaria que nos brindan el cine y cierta novela histórica. Frente a esa simplificación, es muy saludable leer un libro tan ameno e informativo como el de Jerry Toner, un verdadero modelo de divulgación y repleto de datos que contarrestan los viejos clichés sobre el mundo antiguo.

"La guerra de las Galias", de Julio César

Los clásicos... Quién puede negarse a leerlos. Me imagino que si les hablo de una edición bilingüe de los comentarios sobre la Guerra de las Galias, ustedes tendrán que recordar su trayectoria escolar. Quizá una de las muchas líneas que dividen el mundo sea ésta que separa a quienes hojearon ‒o siguen hojeando‒ De bello Gallico con el diccionario de latín sobre la mesa, y quienes han oído hablar de dicha obra pero no han sentido aún el impulso o la obligación de adentrarse en ella.

Al señalar en el mapa ‒un mapa histórico, se entiende‒ los territorios que constituyeron el Imperio de los Césares, surge una certeza. Se trata del convencimiento de que Roma alcanzó su apogeo con una maquinaria militar, cultural y burocrática perfectamente engrasada.

Aunque en los años más recientes amar la cultura grecolatina se considera un síntoma de elitismo, conviene rechazar ese prejuicio. Tengámoslo claro: con el estudio de los clásicos sobrevienen la sorpresa y la iluminación, el placer y el encantamiento. Así lo creían nuestros antepasados y así hemos de creerlo en esta época de píxeles, memes y modas pasajeras.

En Colosseum, Simone Sarasso (Rizzoli, 2012), viajamos a la Roma del año 80 d.C., un escenario de alto riesgo, en el que la violencia, el drama y la épica sobresaltan al lector gracias a la eficacia narrativa de este popular novelista.

El efecto susto

El reciente estreno madrileño de La grande bellezza, el filme de Paolo Sorrentino, me permite referirme a un fenómeno pseudocrítico, bisnieto del esnobismo decimonónico, bastante habitual en nuestros medios y que bautizo en estas líneas como efecto susto.

 
Roma, en la época de Nerón, caracterizada por la corrupción y la decadencia, es el escenario donde transcurren las aventuras de Encolpius, un estudiante en un mundo de perversión y violencia, donde es secuestrado, esclavizado y sometido a todo tipo de brutalidades, hasta que consigue ser libre.

Género tan antiguo como la imaginación humana es el relato de casos fabulosos, ya para recrear con su mera exposición, ya para sacar de ellos alguna saludable enseñanza. La parábola, el apólogo, la fábula y otras maneras del símbolo didáctico son narraciones más o menos sencillas, y gérmenes del cuento, que tiene siempre en sus más remotos orígenes algún carácter mítico y trascendental, aunque este sentido vaya perdiéndose con el transcurso de los tiempos y quedando la mera envoltura poética.

Que las artes demoníacas existen como perpetuo tentador de la voluntad humana, es indudable. En cuanto a lo real y positivo de sus efectos, la cuestión varía. Teóricamente no podemos negarla. Históricamente no en todos casos, puesto que leemos en los Sagrados libros los prodigios verificados por los Magos de Faraón y la evocación del alma de Samuel por la pitonisa de Endor. Pero fuera de estos hechos indiscutibles y de algún otro que parece comprobado en términos que no dejan lugar a duda, hay que guardarse mucho de la nimia credulidad en esta parte.

Horacio es un tipo de intolerancia estética, un ingenio helenizado que procura arrojar de sí cuanto tiene de romano. ¡Y eso que a veces es tan romana la inspiración de sus Sátiras. ¡Sus preocupaciones literarias contra todos sus predecesores, sin exceptuar el mismo Catulo, tan idólatra de los griegos como él, no son efecto de un humorismo pasajero, sino de una tendencia literaria constante y marcadísima, que no puede llamarse teoría, porque no se presenta con aparato didáctico, sino envuelta en chanzas, pero que indudablemente quiere convencer, dogmatizar y hacer escuela, sobre todo en la Epístola a los Pisones. No anduvo tan ciega la tradición de los humanistas al llamarla Arte Poética, así como fue inocencia de algunos echar de menos en ella un orden doctrinal que no viene bien a ninguna composición poética, y que riñe con los giros caprichosos y errabundos del ingenio de Horacio. Pero la doctrina está allí clara y patente, inflexible y severa como en un Código, y reducida a versos de tono axiomático, con su sanción penal al canto, en forma de agudísimos dardos satíricos. Casi todos los preceptos de Horacio son aforismos que corresponden a leyes eternas del espíritu humano.