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Si tuviera que elegir un subgénero de la fantasía, me quedaría, sin dudarlo ni un momento, con el de los mundos perdidos. Ambientados en tierras incógnitas, esos relatos suelen enfrentar a sus protagonistas con saurios prehistóricos y con otras bestias olvidadas por el tiempo.

Pese a la mutación perpetua del séptimo arte, hay cosas que se resisten a cambiar. Quizá por ello, los litigios en torno a Quentin Tarantino se saldan con la evidencia de que ha forjado un estilo propio. Hay algo orgánicamente trabado en toda la producción tarantinesca. Algo que sigue su camino al margen de las modas, y que convierte su emulación de otros cineastas en genial idiosincrasia. De ahí que nadie deba llevarse a engaño al sentarse a ver Los odiosos ocho, algo así como una nave nodriza del tarantinismo, con todos los aciertos, tics y gritos de guerra de este formidable cineasta.

Si creciste en los ochenta, tu reloj mental necesita tiempo para adaptarse a este nuevo Robocop. Durante los primeros minutos de proyección, uno sigue buscando indicios de la cinta original, rodada en 1987 por Paul Verhoeven. Es un impulso nostálgico que nos sentimos apremiados a resolver... hasta que el realizador brasileño José Padilha aprieta el botón Reset, y la película adquiere su propia identidad: la de un sólido technothriller que, más allá de su llamativa pirotecnia, va adquiriendo profundidad e incluso una pátina de inteligencia. Felizmente, Padilha ocupa un área rica en dobles sentidos, donde se conjugan la corrupción institucional, el miedo a la tecnología, la geopolítica, la actividad de los lobbies, ciertos horrores de la experimentación médica, las mentiras periodísticas y la paranoia en torno a la seguridad.