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Este libro demuestra lo rápidamente que los modelos instaurados por H.G. Wells se utilizaron para avanzar, lentamente pero con firmeza, hacia la consolidación de la ciencia-ficción como género.

Una pregunta que puede surgir viendo esta cinta de Terry Gilliam es si el veterano innovador se está imitando a sí mismo. Esta cuestión se plantea en cada nueva obra de un autor cinematográfico de marcada personalidad artística, ya sea Lars Von Trier, Tim Burton, John Waters, Pedro Almodóvar o James Cameron, por poner algunos ejemplos dispares.

La infancia de Shaun Tan en Perth, Australia, lleva entrañablemente archivada una memoria de robots, caballos voladores, dinosaurios, episodios de The Twilight Zone, libros de Ray Bradbury, postres de tarta de manzana y cómics guardados en un viejo baúl. Se trata de un reino imaginario que, ahora, cuando ya es un ilustrador de renombre internacional, sigue aflorando en su obra con insólita elegancia.



Érase una vez dos hermanos gallardos pero opuestos, el cínico Will y Jacob el soñador, que eran conocidos por todo lo ancho y largo del mundo como los Hermanos Grimm.

Frente a la aparente frivolidad de otras adaptaciones recientes del mito artúrico, esta versión de la leyenda, llevada a la pantalla por el ex Monty Python, Terry Gilliam, constituye una obra de culto.

En marzo de 1999, el director estadounidense Terry Gilliam afrontó el inicio de una de sus producciones más ambiciosas: The Man Who Killed Don Quixote.

El 22 de enero de 2008 murió Heath Ledger, el protagonista de El Imaginario del Doctor Parnassus. El realizador Terry Gilliam nos cuenta cómo, a pesar de ese terrible golpe, pudo concluir la película y llevarla a un nivel absolutamente nuevo.

El Imaginario del Doctor Parnassus

La trágica pérdida de Heath Ledger durante el rodaje amenazó con enviar la película a limbo de los proyectos inconclusos. Por suerte, Gilliam luchó para reconfigurar la historia sin tener que tirar al traste la buena interpretación que el protagonista había hecho en esta formidable producción.

Diálogo con Terry Gilliam

La imagen es barroca, densa, tupida de criaturas extrañas. Apretando los dientes, Terry Gilliam extiende sobre su escritorio un puñado de diseños, mientras los encargados de producir su película –qué más da de cuál de ellas se trate– enarcan las cejas y se dejan llevar por la voz firme y grave de este vendedor de alfombras.