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El eterno y caótico polvorín que es Oriente Medio, un territorio fragmentado en el que se encadenan los enfrentamientos desde los tiempos bíblicos (o quizá desde antes), siempre es un buen escenario para relatos llenos de tensión.



El gran éxito internacional de El caso Bourne en el año 2002 sirvió para que el público conociera, o recordara, al personaje del mercenario Jason Bourne creado por Robert Ludlum. Pero también supuso una anomalía bien recibida por el espectador veraniego: un “blockbuster” lleno de estilo y de sustancia.



Aunque las relaciones entre la política, los lobbies empresariales y los medios de comunicación han sido repetidamente abordadas por el cine, siempre cabe situar este fenónemo en un nuevo contexto. Así lo entiende Kevin Macdonald, el director de La sombra del poder, un thriller bien hecho, de un ritmo notable, en el que afloran ese tipo de complots que, en el imaginario popular, encuentran su respaldo en las teorías de la conspiración.