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Agatha Christie es una de las novelistas más populares que jamás han existido (prácticamente en todos los hogares hay, al menos, uno de sus libros), y Asesinato en el Orient Express bien podría ser su obra más famosa.

Se puede decir que Wes Anderson es un director fiel a su propio imaginario. En cada una de sus historias encontramos una serie de denominadores comunes: estética simétrica y preciosista, obsesión por el fetiche retro, escenografía teatral, planos exquisitos, melancolía, humor y un viaje, ya sea interior, exterior o ambos, en el que conviven un íntimo aprendizaje e hilarantes aventuras. Desde Bottle Rocket hasta El Gran Hotel Budapest, sus fábulas se desarrollan en un mismo lugar: un mundo onírico, ficticio, irreal que con cada nueva película va ampliando sus fronteras. Esta vez la imaginación andersoniana hace hueco a un nuevo país, esculpido a partir de los países del este de Europa.

Confieso mi devoción por Stephen Sommers. Así ha sido desde mi primer visionado de Deep Rising (1998).



Abel Ferrara aporta su granito de arena a la temática post-apocalíptica con un film intimista, centrado en una pareja neoyorquina –pintora ella, actor él– que pasan juntos las últimas horas antes de que a las cuatro y cuarenta y cuatro minutos de la tarde la Tierra deje de existir.



El productor Brian Grazer, premiado por la Academia, y el director Spike Lee, nominado por la Academia, se conocieron en una entrega de los Oscar en 1990 cuando el director estaba nominado a Mejor Guión Original por Haz lo que debas.



Con solamente tres películas (Bottle rocket, Rushmore y The Royal Tenenbaums), Wes Anderson ha establecido un punto de vista cargado de comicidad y a la misma vez profundamente humano acerca de la vida moderna y las relaciones.