Aunque la familia de los tálpidos (Talpidae) excava sus madrigueras en medio mundo, escribo estas líneas pensando en las dos especies que me resultan familiares, Talpa europaea y Talpa occidentalis. Les hablo, por tanto, del topo menudo y aterciopelado que, de cuando en cuanto, revela su presencia con esos montículos de tierra tan frecuentes en huertos y jardines.

Ubicada en Castilla la Mancha, en la finca experimental La Higueruela llevan más de cuarenta años analizando el funcionamiento del sistema agrario. Estas cuatro décadas han permitido a los responsables analizar con ejemplos prácticos cómo mejorar la agricultura evitando la pérdida de calidad del suelo y mejorando la producción de alimentos en zonas semiáridas. En estas líneas Carlos Lacasta, actual responsable de la finca, nos resume algunas de las conclusiones más destacadas.

"La ciencia y la tecnología no pueden realizar transformaciones milagrosas, del mismo modo que no pueden hacerlo las leyes del mercado. Las únicas leyes verdaderamente férreas con las cuales nuestra cultura finalmente tendrá que ajustar cuentas, son las leyes de la naturaleza" (Enzo Tiezzi)

Supongamos por un momento que las formas geométricas desaparecieran de nuestros huertos. Imaginemos que ese espíritu cartesiano, arquitectónico, no fuese la norma en su diseño. ¿Qué sucedería si, en lugar de surcos perfectos encontrásemos una floresta similar a la que prosperaría en la naturaleza?

Observación, formulación de hipótesis, experimentación, control de variables y conclusiones... No, no les estoy proponiendo una investigación en el laboratorio, aunque algo hay de ello. En realidad, esa metodología científica es la misma que Bill Mollison siguió a la hora de revolucionar los cultivos agrarios con una fórmula respetuosa con el medio, sostenible y también rentable. ¿Su nombre? Permacultura.

Entre los precursores de la agricultura ecológica, hay una figura que parece salida de las novelas de Agatha Christie. Aristócrata, muy inteligente y con un ligero toque de excentricidad, Lady Evelyn Barbara Balfour (1898-1990) resulta admirable por muchas razones, pero hoy me detendré en su labor en defensa de los métodos agrícolas más tradicionales.

Puede que tengamos que mirarnos al espejo, porque el tema del que voy a hablarles incluye un dilema ético. Veámoslo de este modo: pese a que la agricultura intensiva proporciona las ingentes cantidades de alimentos que llegan a nuestros supermercados, hay un punto en que se asemeja a la pesca industrial. Y es que, a largo plazo, tampoco será sostenible. No es tarde para remediarlo, pero el tiempo corre en nuestra contra.

La semana pasada hablábamos de lo tramposo que resulta definir como “natural” a un tipo de familia que es resultado de una construcción comunitaria en respuesta a ciertas necesidades sociales. Cuando la situación cambia, es natural que la definición de familia cambie –como efectivamente está sucediendo en las sociedades actuales–. Hoy hay que aceptar, so pena de ser injustamente excluyente, que familias distintas a la tradicional merecen el mismo respeto y los mismos derechos que las que durante tanto tiempo (pero no desde siempre) fueron las más comunes y funcionales.

Los organismos modificados genéticamente (OMG), conocidos como transgénicos, son más comunes de lo que pueda parecer. La ropa que lleva usted puesta ahora mismo o el dinero con el que paga la compra son fabricados casi con total seguridad gracias a las hebras de algodón OMG cultivado en EE UU, Argentina o Brasil, entre otros países.

Les voy a contar la historia de una mujer. Transcurre en un país lejano al nuestro, Japón, pero de ella cabe extraer lecciones que, sin duda, son válidas entre nosotros. Como ahora verán, el relato combina tradición y modernidad.