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La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Rosny aîne era el seudónimo del escritor belga Joseph–Henri Boëx, discípulo de Emile Zola y sólo segundo tras Julio Verne en la ciencia ficción francesa del siglo XIX. Estudiante de paleontología, a partir de 1887 empezó a reimaginar la historia de la humanidad desde sus oscuros orígenes hasta el momento en que el Homo sapiens es destronado como rey de la creación por una especie nueva y superior que podríamos traducir como "Hierromagnéticos". Semejante epopeya es narrada en una serie de novelas: Les Xipéhuz (1887), Un autre monde (1888), La mort de la Terre (1910), La Guerre du feu (1911) y Les navigateurs de L´infini (1925).

Del mismo modo en que el tiempo va del pasado al futuro, las ilusiones más tenaces van prosperando en el imaginario colectivo, convenciéndonos de que la utopía puede adoptar muchas formas, aunque de momento no terminen de salirnos las cuentas y sigamos convencidos de que el ideal ‒ese ideal utópico‒ aún está muy lejano.

Una de las imágenes más famosas de la ciencia ficción es aquella que aparece en la escena final de El Planeta de los Simios: la mitad de la Estatua de la Libertad varada en una playa, símbolo de lo efímero de la gloria de los imperios. Recuerdo haber visto la película siendo un niño y la manera en que me impactó (curiosamente, aquel momento, uno de los más recordados de la CF cinematográfica, no estaba en la novela original de Pierre Boulle, cuyo desarrollo difería bastante del film).

Anthony Trollope, escritor londinense enormemente prolífico y tan popular entre el público como poco querido por los críticos, publicó sólo un trabajo de CF, una curiosa novela titulada El plazo fijado.

Las ficciones apocalípticas siempre han gozado de popularidad entre los escritores de ciencia ficción... e incluso entre los cultivadores de otros géneros. Ya comentamos en una entrada anterior la que se considera como primera novela postapocalíptica de la ciencia ficción, El último hombre, escrita por Mary W. Shelley en 1826.

En la edición de Salamandra de esta novela de Margaret Atwood (Ottawa, 1939), con la traducción de Elsa Mateo Blanco, la autora revela los pormenores de su creación y algunas de sus intenciones últimas. También, y esto es especialmente interesante, responde a algunas preguntas que se han formulado acerca del libro desde la primera vez que vio la luz.

"1984" (1949), de George Orwell

Mientras que la ciencia ficción norteamericana apostó en la primera mitad del siglo XX por un tono optimista, orientado hacia el espacio y con vocación escapista (entiéndase esto no como algo necesariamente peyorativo), en Europa y particularmente en Gran Bretaña, las visiones futuristas siguieron un camino muy diferente, dominado por el pesimismo.

Julian Huxley, nieto del principal defensor de Darwin, T.H. Huxley, fue no sólo un notable biólogo evolucionista, sino un activo divulgador científico. En colaboración con H.G. Wells, publicó un tratado en nueve volúmenes titulado La Ciencia de la Vida.

Siempre habrá una nueva distopía juvenil en la cartelera. De un tiempo a esta parte, la ciencia ficción adolescente que llega a la pantalla grande parece empeñada en hibridar las pesadillas de Orwell y Huxley con los clásicos juegos de supervivencia. Divergente es la penúltima reedición de esa fórmula, y no precisamente la mejor de ellas.